Laboratorio 8 de marzo: Eclipse

Comentaremos textos escritos por los participantes y haremos actividades de escritura en el momento, que nos pueden servir como semillas para la sesión siguiente o no.

Cada sábado tendremos una consigna sobre la cual escribir. Los textos se tienen que poner en los comentarios de la entrada pertinente antes del viernes anterior a la sesión. Podemos poner el texto tal cual o un enlace a un sitio donde leerlo. Los textos tienen que tener, como máximo, 900 palabras. Cada participante tiene dos compromisos: a) Escribir un texto y b) Leer los de los compañeros.

El laboratorio tendrá un número limitado de participantes. Para cada sesión podrán asistir quienes cumplan las dos condiciones anteriores, por orden de presentación de textos. Pedimos a todos los participantes honestidad y buen rollo.

La consigna en esta ocasión es escribir un relato sobre un eclipse. Puede ser real o metafórico.

Tenéis que escribir vuestros textos y ponerlos en los comentarios de esta entrada, bien pegando directamente el texto, bien poniendo un enlace donde leerlo hasta el jueves anterior a las 12 de la noche. Tenemos hasta la sesión para leer los relatos de los demás.

Cualquier duda la podéis preguntar por el grupo de Whatsapp.

8 comentarios

  1. David Muñoz

    Anoche ví un dopelganger. Pero al contrario de lo que había previsto cuando en noches de vigilia
    imaginaba mi encuentro con uno, no sentí miedo.
    Fue a la una y media de la madrugada. Acompañaba a un hombre idéntico a él. La misma calva
    brillante. El mismo chándal. Paseaban un perro.
    Por la ventanilla abierta saqué la cabeza (yo iba en mi coche) y el viento de la noche me enfrió las
    orejas.
    – Disculpen, he observado que uno de ustedes es un dopelganger.
    – Así es.- Contestó uno de ellos.
    El otro se mantenía a dos pasos de distancia, con una mueca horrible en la boca. Su mirada era
    grave y dirigida al que había hablado.
    – Ah. ¿Y viven por aquí?
    – Sí. Ahí al lado. Hemos estado de putas en el polígono de Villaverde y al volver mi mujer nos mandó sacar al
    perro.
    – ¿Y qué tal se ha dado?
    – Regular. Este siempre me incitaa estar con alguna aunque yo no tenga ganas y me siento incómodo.
    – Cómo le incita?
    – No para de mirarme.
    – Entiendo.
    – Lo tengo todo el día detrás. Nunca habla. A veces hace un ruido con la garganta parecido a un
    rebuzno, y si quiero que pare le tengo que dar golpecillos suaves con el palo de la escoba.
    – Vaya.
    – Encima duerme con los ojos abiertos. Se tumba a mi lado mirando el techo y cuando le doy la
    espalda y me giro hacia mi mujer, se inquieta y me pega toquecitos en el hombro para que me
    vuelva otra vez hacia él. Cuando por fin lo consigue, clava su mirada inexpresiva en mi cara y la
    mueca grotesca en su boca me hace sentir indignado. Luego se pone a mirar el techo. Algunas veces
    tengo ganas de gritar y me gustaría matarle, pero mi mujer dice que él forma parte de mí. Que me
    tengo que acostumbrar.
    – Ya. Bueno… oiga yo me tengo que ir.
    Me entraron ganas de marcharme.
    – Que te vaya bien chaval.
    – A usted también. Y suerte con el dopelganger.
    – ¿Todavía no te has dado cuenta?
    – ¿De qué?
    – El dopelganger soy yo.
    Subí la ventanilla y antes de arrancar puse la radio. Camarón de la Isla empezó a cantar por los
    altavoces:
    <>.

  2. Solecito

    Tinieblas

    Llevamos horas caminando. Desde que salimos del refugio no hemos encontrado ni un alma. La oscuridad cae fría sobre los hombros, trayendo vapor helado que agrieta los huesos. Puedo sentir la fricción de la rótula contra el fémur por el desgaste de mis cartílagos. La mala alimentación nos está envejeciendo prematuramente. En este mundo sin apenas sol, la vida se ha detenido como un reloj de arena quebrado, dejando polvo sobre el polvo que seremos. Solo quedarán algunos árboles hambrientos cuando nos hayamos ido, después nada.

    El día de juicio llegó inesperado. Lo tuvieron fácil. Hacía años que el mundo estaba roto y sin solución. La gran guerra, mayor aún que las dos del siglo XX, dejaron la tierra devastada. No les costó mucho rematarnos robándonos el sol.

    Hemos parado a descansar. Miro el paisaje, desolado, lo que queda de él. Puedo ver el círculo brillante en el cielo y en el centro la enorme esfera que bloquea el sol casi por completo, como un eclipse sin fin. Así es como acabaran con nosotros, nos están aniquilando poco a poco.

    El dolor de huesos es ya demasiado intenso y no me quedan semillas de amapola para preparar un té. A veces tengo ganas de morir. No sé por qué no me mato. Bueno, claro que lo sé. Todo lo hago por ellos. Por mis dos hijos y porque temo morir, encontrarme con mi esposa y que me reproche el no haber hecho lo suficiente por mantenerlos con vida.

    Nuestro grupo se esconde en las montañas. Tuvimos suerte de encontrar el refugio, pero no siempre nos protegerá. Sé que nos encontraran; si no son ellos, serán los otros. Espero que sean los otros. No quiero que mis hijos sean carnaza para caníbales.

    Visiones atroces irrumpen en mi mente como una catarata salvaje que no consigo frenar y me ahogo en el recuerdo. Sus ojos fijos en mí mientras la desmiembran. La súplica, el aviso en la mirada. “No me salves”. “Protégelos”. “No me salves”. Y yo, cobarde, escondiéndome entre la maleza, con las caras de mis hijos vueltas hacia el pecho. Apretándolos tan fuerte para que no chillen que casi los ahogo. Para que no vean los brazos de ella volteados como trofeo. Para que no oigan el chasquido de las hachas. Para que no perciban el olor a sangre. Para que no me pregunten por qué no la he podido salvar, para que no me pregunten si podré salvarlos a ellos. Me golpeo la frente contra una roca hasta que siento el líquido pegajoso en los labios. Ahora me siento mejor. La falta de sol no nos está matando. Nos estamos matando nosotros mismos.

    Cuando empezó la oscuridad, las ciudades se convirtieron en caos. Pánico en las calles. Gente intentando huir. Saqueos en las tiendas y en las casas. Asesinatos. Violaciones. Es como si el ser humano creyese que era mejor destruirse él mismo antes que ser destruido por una civilización desconocida. Los países se estaban recomponiendo y los gobiernos eran inexistentes. El aire aún olía a carbón y queroseno, a carne quemada, a fósforo y pólvora, al olor acre y corrosivo de las armas nucleares.

    Nosotros huimos hacia el Pirineo. No queríamos ir tan arriba ya que temíamos la radiación que pudiera llegar desde el norte de Europa, pero hacia el sur estaba la zona iluminada y allí era imposible permanecer mucho tiempo, si te descubrían aquellos seres, te mataban desde el cielo.

    Nos ponemos en marcha otra vez. En el horizonte el aro anaranjado del sol brilla radiante y pesado. Debe ser mediodía. La penumbra ofusca mi mente y el frío me adormece. Cierro los ojos un segundo y aspiro profundo para aclarar las ideas. El aire huele a barro y a vegetación putrefacta. Tenemos que llegar al círculo de luz, allí podremos conseguir alimento. Aunque llegar hasta allí puede suponer nuestra muerte, pero ya no se encuentra comida en la zona sombría.

    Esta vez hemos salido cinco personas. Al llegar a la zona de semi oscuridad, a pocos kilómetros de la zona iluminada, nos separarnos para tener mayores posibilidades de conseguir alimento sin ser descubiertos.

    Me tumbo en el suelo y oteo alrededor con los prismáticos. No puedo ver nada en kilómetros a la redonda. Es buena señal. Creo que conseguiré llegar. Ojalá pueda cazar algo antes de entrar en la luz porque la luz es más aterradora que las sombras. En la oscuridad me muevo con facilidad y he sido capaz de eludir a los caníbales infinidad de veces. En la luz, en cambio, no puedo ver a los depredadores. Esos malditos extraterrestres nos controlan desde las esferas, desde las últimas capas de la atmósfera. Creo que hay miles de esas cápsulas invisibles diseminadas por todo el planeta. Andreu que vio una, dice que son transparentes y que solo se las descubre cuando apuntan a algún humano con un rayo púrpura. Ése haz de luz rojizo es lo último que se ve antes de morir. Eso es lo que él vio cuando mataron a su hermano.

    Empiezo a correr hacia la luz. Jadeo con fuerza. Tengo 36 años pero me ahogo como un anciano. He visto pasar un animal, una especie de vaca. Me arrodillo y miro por la mirilla del rifle. Ahí está, es un toro. Me tiembla el dedo en el gatillo. Algo lo ha asustado y huye en dirección contraria a donde yo estoy apuntando. Debo acercarme más. Camino agachado, al menos el suelo está tan húmedo que no se oyen mis pisadas amortiguadas por el fango. Veo al animal, es enorme, con eso podremos alimentarnos unos días si somos capaces de llevarlo hasta el refugio. De nuevo me acerco sigilosamente y apunto. Alguien me hace una señal. Es Andreu que ha llegado al animal por el otro lado. Ambos estamos rozando la zona iluminada. Creo que el corazón me va a estallar. El toro se sacia de brotes verdes. En esa zona la vida es tan hermosa que duele. Apunto y disparo. Un tiro certero en la cabeza y el animal se desploma, la tierra rojiza se hunde bajo su peso. Hago señas a Andreu pero me quedo petrificado al ver un rayo violeta que tilila con reflejos irisados. Ahora puedo ver una esfera y el corazón se me para en seco. Ahí está Andreu. Nos despedimos con la mirada aceptando lo que está por llegar. Un zumbido me ensordece y todo se vuelve blanco.

  3. Ele de Pesca

    Eclipse artificial

    Me despierta mi churri a puro empujón para acá y para allá, en plan animal, angustiada, aterrados los ojos y los labios agitados de miedo. Alguien ha entrado por el garaje, sí, algún criminal o lobo asesino. Empuja, me saca a trompicones de la cama, que vaya a ver.
    —¿Yo? ¡No se oye nada!
    —Tú nunca oyes nada, cagón.
    —¡Las dos de la mañana! ¿En serio? De verdad, no oigo nada.
    —Que bajes ya.
    Su voz y mal genio no dan pábulo a la resistencia. Me encojo dentro del batín, enciendo la luz del primer piso, bajo las escaleras, las luces de la planta baja. Hela ahí, la puerta como boca que de abrirla me tirará escaleras abajo a la garganta del sótano, al cuarto negro como abisal océano, donde mi churri organizó una alacena repleta de consumibles, lejías y jabones. Al costado, una puerta antiincendios cierra el paso al garaje también cerrado bajo puerta automática. Imposible que nada, nadie, ninguno haya sido capaz…, nadie ha entrado. ¿No? Solo un profesional podría…
    Joder, un profesional,
    ¡No!
    Estoy muerto.
    Tiembla mi boca, tirita mi brazo, mi mano empuja mis dedos, el pomo de la puerta. La puerta cagona parpadea. Se agrieta despacio.
    ¡No!
    ¡Sí, coño!
    ¡Soy yo!
    Mi puñetera mano que, sin avisar ni encomendarse al diablo, la está abriendo. Qué mano más…, más idiota, un día la cedo a la ciencia. Ya te digo. Joder, qué oscuro. Qué niebla sombría. Que mal rollo.
    Pero si hay luz, capullo. Ya te digo. A punto de bajar a oscuras, estoy atontado. Mi churri se encargó de poner dos bonitas lámparas. Una pequeña al principio, silueta de luna, y otra más grande abajo, a corpachón de sol. ¡Qué tontería! El sol y la luna, solo a mi churri se le ocurre. Casi sonrío, pero un sombrío pensamiento tumba el amago de sonrisa.
    ¿Y si hay un eclipse?
    Los eclipses son funestos presagios de horrendas calamidades. A saber, un asesino en serie primerizo, y yo el primer tonto en caer destripado o degollado, vete a saber. Joder, joder…, joder. No me lo puedo creer.
    Ya vale, ¿no? Toda esta parafernalia. ¡Baja ya! No hay nadie, deja de torrarte la cabeza. Seguro que no hay nadie.
    Maldita sea, un escalón, dos escalones…, me paro y escucho con celo. Semeja que la luz alumbrase insegura, a punto de largarse. No me jodas ¿eh? Qué tonterías más tontas. Tres, cuatro, cinco, seis y siete…, ya solo falta cuatro o cinco escalones.
    Ostia, ¡la luz! ¿Quién ha sido?
    El asesino, ¡el asesino! A oscuras. A oscuras para degollarme tranquilamente. Seguro que anda con gafas nocturnas. Maldita sea.
    ¡Dios! Con su navaja debe estar al tanteo de mi cuello, a rebanarlo. Me lanzo al suelo. Joder, qué costalazo. Faltaban cuatro escaleras, vaya hostia, me ahogo, me cuesta respirar, qué dolor. Pero…
    Oigo un jadeo sádico. Una risita sardónica, cruel y sanguinaria. Dos jadeos que se acercan. ¡No! Me retuerzo en el suelo, me meo. ¡No, por Dios! Ahora no toca. Culebreo por el suelo, busco el bate que está junto a la lejía. Tanteo a ciegas, pero no lo encuentro, joder, por el amor de dios…
    Un leve gemido, una risita salvaje, me eriza de pavor y saco espumarajos como salivazos. Un postrer esfuerzo y toco el bate.
    ¡Sí!
    Lo aprieto como un poseso, me giro desde el suelo y me lío a batazos, me alzo y no paro. Busco al asesino, de esta no le libra ni el Espíritu Santo. ¡Cabrón, te machaco! Le grito, aúllo como un loco. Cuerpos por aquí, cabezas por allí, zambombazos como bombas. Sudo y sudo, pero no paro.
    Y la luz se hace. Se acabó el eclipse. El sol y la luna, cada uno en su sitio.
    —Pero, qué has hecho —mi churri surge y baja los escalones —. Dios, pero, qué has hecho. ¡Mis frascos de lentejas y judías, las botellas de agua y la lejía! ¿Estás loco?
    —Estaba aquí. Churri, no te engaño. Ha apagado la luz mientras reía salvaje con su navaja. Quería matarme, que sí, churri. ¿Dónde está? Lo he machacado. Que sí, churri.
    —No hay nadie, cagón. Nadie, aquí no hay nadie. Y estás lámparas a veces se apagan y encienden solas, es el portalámparas. Cuántas veces te he dicho que lo arregles.
    Me quedo de pasta boniato. He destrozado la alacena. Dios, qué ridículo más espantoso.
    —No te preocupe, churri. No me acostaré hasta limpiarlo a fondo. Como una patena lo voy a dejar. Sí, churri. De verdad, cariño. Y mañana vamos a Mercadona y lo reponemos, todo, cariño, todo.
    —¿Y ya está? ¡De eso nada!
    —Churri, por favor.
    —Ahora limpias esto. Y mañana toda la cocina a fondo, hasta el último rincón. Hasta que no reluzca a mi gusto no te mueves de la cocina. ¿Algún problema?
    Uf, mi churri es comprensiva. Suspiro aliviado cuando mi churri da la vuelta y comienza a subir las escaleras.
    —No churri. Quedará como los chorros del oro.
    Churri, siempre me dice churri. Es infantil, pero no me disgusta. Odio limpiar la cocina, me tocaba a mí. Ahora ya no. Es tan cagón. Le metes en situación, le apagas la luz, algunas fieras risitas y se mea de miedo. Es tan previsible. Aunque, no sé. Igual me he pasado.
    Yo también le quiero.

  4. Luzbel

    Andar en tinieblas

    Fuera, siempre está oscuro. Tone dice que es por nuestros pecados. «Desde tiempos inmemoriales, la luz y la oscuridad se han enfrentado. Pero la humanidad se fue apartando del camino de la virtud, la iniquidad triunfó, y ahora vivimos en penumbra perpetua». Si nos portamos bien, anuncia con voz de trueno, volverá a salir el sol y nuestras penas acabarán. Zarma escucha con los ojos muy abiertos, pero yo sé que por dentro se está riendo. «No creerás esas tonterías» me dice susurrando antes de ir a dormir. Yo no quiero pasar por tonta y niego con la cabeza, pero por dentro tengo miedo. Sigo los preceptos de pensamiento y obra. Quiero que acabe este eclipse sin fin y poder salir de la cueva y dejar de comer gachas asquerosas siempre. Si me asaltan pensamientos impuros me clavo las uñas en la palma de la mano y me muerdo la lengua. Siempre funciona. Zarma se da cuenta y se burla con la mirada, pero calla.

    Recojo los champiñones con cariño, teniendo cuidado de no romper el micelio. La excelencia provee la supervivencia. Me gusta el olor del cieno y, cuando no hay nadie, acerco la cara a los huecos y aspiro profundamente. A veces tengo que limpiarme la nariz. En la granja, como en el exterior, apenas hay luz. Me muevo a ciegas guiada por el tacto suave del sombrero. No me hace falta ver para hacer bien mi tarea.

    Zarma tiene una rana pequeñita. La guarda en una caja. Ignoro cómo la alimenta. Antes, me dicen, los animales eran abundantes. Cuando había hierba, y árboles, y un sol que iluminaba todo y daba calor a la tierra, y la gente reía y jugaba en armonía con la naturaleza. Antes de que nuestros pecados provocaran la caída y las tinieblas reclamaran su dominio. Zarma la acaricia antes de ir a dormir. No deja que la toque nadie y duerme abrazada a la caja. Despierta siempre se está riendo de todo, pero cuando duerme la oigo sollozar bajito.

    Tone dice que debemos tener cuidado con las asechanzas del demonio. Está vigilando nuestros pasos y poniendo zancadillas para que tropecemos. No quiere que vuelva la luz. No pasa nada si nos equivocamos, siempre que hagamos propósito de enmienda. Todas las noches alguien se levanta y se acusa, y todos lo perdonamos y le animamos a ser más fuerte en el futuro. Damos las gracias por no persistir en el pecado. Alabamos la gracia que todo lo sana y rezamos por acercarnos cada día un poco más a la virtud.

    Zarma me pregunta si quiero tocar su rana. Sus ojos emiten un extraño brillo. Le digo que no, que me da asco. «No da asco, es como el sombrero de los champiñones, pero más cálido» y me acerca la caja abierta. Le digo que no y me voy corriendo. Sé lo que pasa. Es el maligno poniéndome a prueba. Quiero avisar a Tone, pero me callo. Soy lo suficientemente fuerte para resistir. Mi fortaleza nos acerca a la virtud. Se me escapan algunas lágrimas, pero respiro profundamente dos, tres veces, y se me pasa.

    Tone clama con fuerza «Cada día estamos más cerca de la gracia. No hay que desfallecer. El tiempo de la oscuridad se está acabando. Pronto volverá la luz, y las plantas, y los árboles, y los animales. ¡Resistamos, solo un poco de esfuerzo más» Yo sé, sin embargo, que cada vez recolectamos menos champiñones. Supongo que las reservas de cereal también estarán menguando. Tengo miedo. Yo sé que cumplo los preceptos pero ¿y los demás? ¿Realmente están siendo sinceros en las reuniones?

    No puedo dormir. Imagino que todos, en algún momento, se acercan a acariciar la rana de Zarma. Yo soy fuerte pero los demás me temo que no. Tiemblo cuando le quitó con toda la suavidad de la que soy capaz, la caja de las manos. La abro y pongo la ranita en la palma de mi mano. Tenía razón, su tacto es cálido y hace cosquillas. Entiendo la tentación. Pienso en apretar con todas mis fuerzas pero no sé si seré capaz de aplastarla. Así que me la meto en la boca y mastico con fuerza y machaco los pequeños huesecillos y trago con asco pero con determinación. Zarma solloza en sueños, como tantas veces. Yo me tumbo a su lado y le acaricio el cabello. Tranquila, pienso, tranquila. Ya no hay tentación. Pronto vendrá la luz.

  5. No soy Raquel

    Irresponsable o Los ojos que no quisieron ver

    Unos minutos antes del eclipse había salido todo el colegio al patio, los niños estaban excitados y ruidosos por lo inusual del acontecimiento y por la rotura de la rutina. Los profesores pasaban entre los niños instándoles a esperar a mirar hasta que bajara la intensidad de la luz y los niños estaban impacientes, unos ya tenían puestas unas gafas especiales de cartón que se habían estado vendiendo para la ocasión y otros tenían en la mano grandes hojas de radiografías. Una maestra se fijó en John que no tenía nada en la mano.
    –¿Tus padres te han dado algo para protegerte los ojos?
    El niño la miró con descaro y esperó unos instantes para negar con la cabeza.
    La profesora valoró compartir con el niño sus gafas, pero decidió que no quería perderse el eclipse e hizo una mueca de desagrado pensando que si sus padres no se habían ocupado del niño ella no se debía sentir obligada a suplirlos.
    –No mires el eclipse que te puedes hacer daño en los ojos aunque no lo notes– le dijo insensible.
    John balbuceó unas palabras que la profesora no oyó por el alboroto del patio y levantó los hombros en señal de indiferencia.
    El eclipse comenzó y todos los niños y profesores se cubrieron los ojos y se oyeron exclamaciones. John miró al sol, entrecerró los ojos y se cubrió con la mano haciendo visera, le pareció apreciar como la luna cubría el sol por un lado como le habían enseñado en clase, pero enseguida perdió interés. Bajó la vista y observó a los niños y profesores que estaban mirando hacia arriba y fijó su vista en una niña que no había visto nunca, supuso que debía ser de primero por su cuerpo pequeño y enclenque, vestía unos pantalones cortos y una camiseta donde se apreciaban unos pechitos incipientes.
    El ambiente iba oscureciéndose y una ráfaga de viento barrió el patio. La luz tenue le llevó a pensar en la cabaña del bosque donde solía pasar las tardes y recordó al gato que tenía amarrado con cinta americana al viejo tablón, con las patas extendidas como si estuviera crucificado y se preguntó si seguiría vivo. No era el primer animal que había torturado, pero no se podía quitar de la cabeza la mirada del gato con una expresión de pena absoluta, con unos ojos que pedían compasión cuando con las tijeras le había cortado la piel que separó como si fuera un abrigo y vio su cuerpo escuálido casi transparente con el corazón latiendo con fuerza. La mirada afligida del gato y esa indefensión le había excitado tanto que se había masturbado delante del animal.
    John gimió notando su sexo que se hinchaba y miró a la niña de nuevo preguntándose si ella también lo miraría de esa manera si la tuviera amarrada y se imaginó su cara inocente asustada, desprotegida y vulnerable pidiendo clemencia.
    El ambiente se oscureció del todo y John levantó la vista viendo el círculo negro iluminado en su circunferencia exterior y sonrió al sol con un rictus salvaje en la cara hasta que el sol volvió a aparecer en un extremo y la luz le hizo daño en los ojos. John bajó la vista y miró a la niña de nuevo, pensó cómo podría inmovilizarla, el tablón era demasiado pequeño, debería llevar una puerta vieja a la cabaña que había visto en el cobertizo y estaba seguro que su padre no la echaría en falta. La seguiría y cuando estuviera seguro que nadie lo viera la aturdiría y se la llevaría a la cabaña. Estaba seguro que podría con ella sin dificultad. Volvió a gemir pensando en la niña atada, pero en el patio los gritos de los niños eran ensordecedores y nadie se percató de ello.
    Las exclamaciones en el patio siguieron hasta que el sol volvió a aparecer en todo su esplendor y los profesores volvieron a pasar entre los niños para que dejaran de mirar el sol. La profesora pasó al lado de John y se dio cuenta de su mirada sádica clavada en la niña y la mancha de humedad en su muslo, pero estaba demasiado eufórica con el eclipse que acaba de ver y tenía ganas de llamar a su marido para compartir con él lo que habían vivido.
    Volvió a pensar en ese chico cuando unos días más tarde la niña había desaparecido, fue corriendo a la oficina del Sherif y explicó lo sucedido, y mientras hablaba se dio cuenta que ella había sido la única persona que podría haberla salvado y su irresponsabilidad le pesaría el resto de su vida.

  6. Quetzalcóatl Devanagari

    TEORÍA DE CONSPIRACIÓN

    Mike llegó al laboratorio sin ni siquiera intentar contener la exaltación. Hoy era el día, lo sabía, lo sabía. Iba a funcionar, no podía no funcionar, estaba seguro, todos los cálculos lo apoyaban. Hoy, con el eclipse en la nebulosa MNSC674 finalizando el ciclo de la recogida de los datos, él por fin podría comprobar su hipótesis y si funcionara (tenía que funcionar, lo sabía, lo sabía) vería, después de todo, aquello que nadie más antes había sido capaz de ver.

    Sin el café habitual —después, después, no había tiempo— encendió todos los monitores. Los datos lo estaban esperando. Mover los archivos en las carpetas correspondientes, conectar las bases, elegir todos los parámetros, poner los filtros, seleccionar los espectros… Con el corazón bombardeando como los tambores de guerra africanos, Mike dio al sistema el orden de mostrar el cuadrante de MNSC674, y al ver el resultado soltó un suspiro. ¡Ha funcionado! ¡Obviamente ha funcionado! Pero… ¿y esto qué es?

    Entre las espirales habituales de los gases estelares de la nebulosa, desde los monitores de alta tecnología miraba a Mike un ojo. ¿Una distorsión en los datos? Mike jugó con los filtros. El ojo desaparecía junto con todos los demás efectos que Mike justamente quería ver sobre los monitores, y volvía a aparecer junto con ellos. ¿Era un efecto del eclipse? Ajustó los datos para ver la dinámica en el tiempo. La forma se movió fuera de la zona espacio-temporal del eclipse sin cambiar su aspecto. Desde el monitor un ojo con una pupila vertical seguía mirando a Mike, un ojo bastante serpentino.

    Más ajustes de datos. Las bases, los filtros, los espectros. El cuadrante más amplio, la línea del tiempo más prolongada. Seguramente no era más que un fallo temporal del procesamiento visual de los datos. Al ver lo que le mostraban los monitores después de todas sus modificaciones, Mike fue a por el cafe. Al volver a la estación con la taza, de nuevo se quedó mirando fijamente a lo que le enseñaba el equipo, sin saber por cuánto tiempo. Desactivó y activó más de una vez los filtros, uno por uno y todos juntos, y finalmente cogió el teléfono.

    —¡¿Qué tal?! ¡¿Ha funcionado?! —la voz de Simon también reverberaba de expectativa. Al fin y al cabo, habían invertido en este trabajo no solamente todo su tiempo, sino sus almas por igual.
    —Tienes que verlo.
    —Ehhhh… oooookeeeei…

    Al otro lado de la línea telefónica unos dedos rápidamente tocaban un teclado.

    —Khm, khm… ¿¡Es una coña?!
    —Ya me gustaría… —Mike, casi hipnotizado, no podía dejar de observar como, entre los hilos neuronales de Laniakea, muy lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo, se deslizaba, en forma del ocho del infinito, una serpiente mordiendo su cola.

    —Yyyy… ¿has probado…?
    —Lo he probado todo, Simon, pero puedes probarlo tú también.

    Más sonidos de teclado.

    —Veo que lo has puesto en loop…
    —Sí.
    —Un efecto gracioso.
    —No me parece chistoso, Simon.
    —Bueno, por lo menos podemos afirmar que su trayectoria, efectivamente, sigue los flujos de la gravedad.
    —Ya lo veo.
    —Y esto, Mikey, significa que tenías razón. No es poco, a mi parecer.
    —¿Quieres decir que esta cosa es la materia oscura?
    —¿Por qué no? Al fin y al cabo, muchos mitos cosmogónicos hablan de una serpiente representando al caos originario. Tiene sentido.
    El silencio reinó a ambos lados de la línea telefónica.

    —¡Espera! ¿Qué ha sido esto?

    Agitado, Mike hizo retroceder la imagen unos fotogramas para dejar luego a la serpiente cósmica una vez más reanudar su travesía a través del universo. Allí, durante un instante, en un movimiento casi imperceptible, el monstruo mitológico que no debería existir soltó un suspiro, causando una sacudida y unas cuantas explosiones estelares en una de las nebulosas cercanas.

    —Creo que está creando estrellas…
    —¿Quieres decir…?
    —Ya te digo, el caos originario…
    —Pero… eh… ah… es… —Mike tuvo que contener la respiración por el miedo de pensar en las implicaciones—. Es… un Nobel, ¿no?

    El silencio le era la respuesta.

    —No lo publicarán, ¿verdad?
    —Nope… Escucha, Mikey, nadie más puede verlo. Será el fin de nuestras carreras.
    —Pero… tanto trabajo…
    —Ya… ¿Qué quieres que te diga? Mira, prueba jugar más con los espectros. Quita los datos de cada telescopio uno por uno. A ver si logramos a desenfocar esa cosa para que no se vea tan… pictórica. Tal vez es la cuestión de la combinación de los espectros.

    Un largo suspiro de decepción era la única respuesta de que Mike era capaz.

    —Oooook…
    —Ánimo, Mikey. Tenías razón, esto es lo más importante. Ya pensaremos qué hacer con ello. Llámame cuando lo tengas listo.

    Y justo antes de que la línea se desconectara, Mike oyó cómo, después de soltar una palabrota bien gorda, Simon murmuró: “Encima los reptiloides… Justo lo que nos faltaba”.

  7. El grito

    -Oh, no, ¡Un eclipse total está previsto para la semana que viene! –anunció el psiquiatra jefe un lunes por la mañana
    -Ya podemos ir avisando a todo el personal de refuerzo para que vengan a trabajar. Se les pagarán las horas extra que haga falta, ya hablaremos de dinero con el departamento de Bienestar Social. Y si no, les pago de mi propio bolsillo. Pero, como que me llamo José Calvo Sotelo, que esta vez no se nos fuga ni el aire.
    En el centro de salud mental regentado por el señor Calvo se desató una intensa actividad. Fueron llamados todos los enfermeros, psicólogos, psiquiatras, cuidadores y cualquier persona que pudiese presentarse el día de tan extraordinario acontecimiento. Para bien o para mal, el director del centro tenía experiencia con eclipses y con locos. Sabía que no debía llamárseles así, eran enfermos, pero le costaba dios y ayuda no recurrir a un término tan claro como ése.
    La primera vez que le tocó enfrentarse a un eclipse, uno parcial de luna, apenas era un médico novato. Se había aterrorizado cuando un hombre, de apariencia inofensiva por ser mayor, se transformó en un miura descontrolado de apenas cincuenta kilos armado con un palo de fregona. El tipo, diagnosticado de trastorno bipolar, había creído hallarse ante el fin del mundo durante el eclipse, y como era un hombre de profundas creencias religiosas un tanto anticuadas, no dejaba de proclamar que el planeta estaba a un telediario de extinguirse. Le intentaron atar para no desatar más caos en su morada, y una fuerza fuera de lo común se adueñó de él, robándole la fregona a alguien de la limpieza. Lo blandió con tal fuerza y pericia que le asestó un tremendo golpe al joven José Calvo, que, lejos de calmarse, se enfrentó al desquiciado paciente. ¿El resultado? Contusiones varias y una amonestación para el doctor, que se había excedido en sus funciones.
    En la segunda ocasión, Calvo ya era psiquiatra jefe en otro hospital, y el eclipse fue uno parcial de sol. Debido a su anterior experiencia, tuvo claro que debía actuar con precaución y asertividad, siendo comprensivo con los enfermos y sus particularidades, pero, a la vez, tratando con firmeza a sus empleados, animándoles a pedir ayuda a quien les hiciera falta por tal de contener posibles agresiones de un eventual paciente fuera de control. Y aunque sus medidas fueron efectivas, fue inevitable que el doctor Calvo recibiera, esta vez, un pinchazo de una aguja que nadie supo cómo había caído en manos de una paciente violenta a la que fue imposible contener. No fue una herida seria, pero sí muy aparatosa, que le tuvo apartado del servicio activo un par de meses. En aquella ocasión no hubo amonestaciones. Calvo se ganó la dirección del hospital en el que trabajaba cuando se previó el tercer eclipse.
    “No puede ser verdad, en serio, ¿Cuántas personas han pasado por tres eclipses a lo largo de su vida?”, se decía Calvo la noche antes del gran fenómeno.
    El día señalado, se presentaron en el centro tanto los trabajadores que tenían turno como los que estaban de libranza, de vacaciones e incluso algunos sustitutos que fueron llamados para cubrir a cualquiera que lo necesitara. En total, había un profesional por cada dos enfermos; más parecía una concentración de empleados del sector sanitario que un centro de trabajo.
    La jornada transcurrió con normalidad, si es que esta palabra se puede usar cuando prácticamente la totalidad de pacientes sufrió las consecuencias de un evento tan poco frecuente como un eclipse de sol total. Hubo algún incidente aislado, pero afortunadamente no se tuvieron que lamentar heridos. El eclipse había comenzado a las nueve y media de la mañana, y se dio por finalizado una hora después.
    Se procedió al recuento de pacientes y personal.
    -Falta Solano –informó el jefe de psiquiatras al director.
    -No me jodas que se nos ha fugado “Munch”. ¿Pero cuándo ha sido? ¡Si lo he visto un par de veces durante el eclipse!
    -No lo sabemos, jefe. Pero ya he mandado a tres o cuatro empleados y a algún extra a buscarlo, andan corriendo de acá para allá en su búsqueda. Tenemos suerte de que no sea violento, señor Calvo.
    -No, pero con sus alucinaciones y su tendencia suicida, quién sabe lo que podrá pasar. Voy a buscarle yo también.
    Y, dicho y hecho, el director José Calvo Sotelo, quien no guardaba parentesco alguno con su ilustre tocayo, echó a correr hacia la ciudad. Estaba seriamente preocupado por su paciente, pues Solano, a quien apodaban “Münch” por su semejanza con el personaje del cuadro de “El grito”, tenía fobia a todo aquello que le recordara a un eclipse, y no sería la primera vez que agrediese a alguien poseído por ese terror. Si se combinaban su fobia con sus tendencias suicidas, daba por resultado un cóctel que le hacía temer por la vida de alguien.
    Sucedió lo inesperado. En medio de la búsqueda, el director del hospital sintió un pinchazo tan agudo en el pecho que cayó de bruces en el suelo. Se tumbó boca arriba para tratar de relajarse, pero fue imposible. La vista se le fue nublando, eclipsando la luz del sol. Su cerebro fue capaz de articular la siguiente frase antes de morir: “He entregado mi vida a luchar con los efectos de los eclipses”.

  8. Carlos Gallego

    OJOS ROJOS
    Elisa era sorprendentemente maternal. Al menos así me lo parecía a mí. Lo de sorprendente venía de la contradicción cuando la imaginabas en su pasado como Guardia del Estado. La había visto apuntando a alguien a la cabeza, impasible, fría, una estatua de mármol, y acto seguido, tras el desenlace de la situación, fuera por un acuerdo o un balazo, te recordaba con voz cálida que no habías comido todavía y te invitaba a subir al blindado. En momentos como ese, yo saltaba al interior del incómodo vehículo con la esperanza de que me sentara en una sillita y me atara el cinturón de seguridad para no hacerme daño si frenaba bruscamente. Elisa era una mujer bella en la que no se adivinaba ningún rasgo de delicadeza o languidez; su belleza era la de la fuerza de la naturaleza, creadora y criadora, exuberante e implacable. La verdad es que Elisa me gustaba mucho. Sería insensato no enamorarse de ella.
    Llegamos al pueblo a la hora de mayor calor. El pueblo no merecía ese nombre. Era una intersección de dos calles con algunos edificios destinados a uso comunitario. Ojos Rojos, así se llamaba, estaba compuesto por las comunidades que habitaban las cinco granjas que se repartían al menos dos mil kilómetros cuadrados de la región que separaba las tierras fértiles del desierto del norte. Medio centenar de personas censadas en Ojos Rojos y otros tantos nómadas que vivían trabajando por temporadas por toda la región septentrional. La mayoría de habitantes de Ojos Rojos eran muljniks.
    Muljnik era el nombre que se daba a los nativos alienígenas en aquel rincón del planeta. Habían sido esclavizados unos doscientos años atrás, tras la guerra de la Caída del Portal, y ahora eran la fuerza de trabajo y en ocasiones el alimento en las explotaciones agropecuarias. Eran unos humanoides extremadamente fuertes debido a la carencia de esqueleto suplida por puro músculo. Cuando llegamos, la sociedad de los muljniks estaba en un estado de evolución precario, pero no tanto como para no poder manipularlos y volverlos contra sí mismos. El peor enemigo de un muljnik es un muljnik humanizado.
    Aparcamos el blindado en un costado, bajo la exigua sombra que proyectaba una alta cruz con argollas colgando de su hasta. De una de ellas colgaba un fardo de lona. Probablemente era un monumento religioso, porque el edificio más cercano tenía aspecto de iglesia. Elisa y yo salimos del blindado y dejamos a Martin dentro con el aire acondicionado funcionando. No había como resguardarse de los rayos de los dos soles, el calor era insoportable. No se veía a nadie a excepción de dos muljniks sentados en la puerta de la cantina, probablemente borrachos, friéndose como pulpos a la plancha. Buscamos con la mirada y descubrimos una apolillada bandera del Estado en un antiguo bloque prefabricado, como las viviendas que se imprimieron cuando los primeros colonos. La Delegación del Estado. En estas tierras el control estatal era mínimo, pero seguía sirviendo para arbitrar conflictos entre granjeros, aunque la mayoría se siguieran resolviendo con un tiro por la espalda y una zanja a tres metros de un camino.
    En el camino hacia el edificio descubrimos a otro muljnik, una hembra, sentada en el suelo, con la mirada perdida. Pasamos frente a ella y pareció no vernos, apenas contrajo levemente la trompa de su cara. Al otro lado, uno de los borrachos se había levantado y andaba tanteando las paredes para entrar en la cantina.
    Entramos en la Delegación. Necesitábamos información y un médico para Martin. Elisa le había extraído un proyectil del brazo y había hecho todo lo posible con el kit médico del blindado, pero necesitaba que alguien le mirase la herida. Un viejo dormía tras un escritorio sobre el que no había papeles ni ordenadores, vació con excepción de una botella en la que quedaba un culo de licor.
    -Buenos días – Elisa con su mejor versión de voz, imposible de ignorar. El viejo se sobresaltó.
    -¡Vaya! ¿Qué pasa últimamente que hay tanto movimiento?
    Su comentario nos ahorraba algunas preguntas. Los rebeldes debían haber pasado por allí, sin duda.
    -¿Y eso?
    -Hace dos días pasaron otros forasteros por el pueblo.
    -¿No se pararon a disfrutar del clima?
    -Satanás acortaría sus vacaciones para volver al infierno antes que hacer noche aquí.
    -No le tocó un buen destino, amigo –intervine.
    -Aquí sólo vienen los granjeros para ir a misa o a quejarse y los peones cuando a Ojos Rojos le toca el turno del autobús de las putas.
    -Ni los muljniks parecen muy animados –dije.
    -Esos idiotas. La mitad se han quedado ciegos mirando el doble eclipse de anteayer. Los granjeros están que muerden. Esos bichos ya estaban culpando a los forasteros y afilando los machetes para salir a cazarlos, y los habrían cogido aunque hubieran ido montados en un bubka cojo, porque el cacharro en que viajaban se caía a trozos.
    -¿Hacia dónde fueron?
    -Al norte.
    -¿Y cómo fue que no salieron a cazarlos?
    -El reverendo los convenció de que había sido culpa del bebé muljnik que parieron el mismo día, un engendro el doble de grande de lo normal. Esos bichos cuando nacen son como un ratón, éste parecía un conejo. Lo han colgado en la cruz de la iglesia, no creo que sobreviva a las alimañas de la noche.
    -¿Tienen médico aquí?
    -El reverendo fue médico de joven. Sigan la pista norte hasta un desvío a unos veinte kilómetros.
    Nos despedimos y fuimos a comprar provisiones al único almacén, cruzando la otra calle. Según nos dijo el tendero, allí tenían de todo hasta el día en que se acababa y había que ir a comprarlo a mil kilómetros. Elisa me dijo que tenía que hacer algo en el blindado y me dejó comprando. No tarde demasiado, porque la mayoría de cosas habría que ir a buscarlas a mil kilómetros, así que no perdía uno demasiado tiempo en decidir lo que se llevaba. Como Elisa no volvía, pagué y cargué como pude con todo. En la salida me la encontré y me ayudó con la caja de combustible en polvo. Iba a preguntarle qué diablos había ido a hacer, pero supuse que no me iba a responder. Subimos las compras a la trasera del vehículo. Los borrachos seguían sentados en los escalones. Por alguna razón, parecían tener un aspecto distinto que la primera vez que los había visto. Sudorosos y estirando su musculatura habían adoptado un aire de dignidad. En el otro lado, la muljnik dirigía su rostro hacia nosotros, los ojos ciegos por las quemaduras de los soles, la mirada perdida, pero su trompa estaba erguida. Habría jurado ver una sonrisa por debajo en su boca.
    Martin estaba dormido. Elisa me pidió que me pusiera al volante y ella se sentó en el banco trasero. El blindado arrancó ruidoso y dejamos Ojos Rojos tras una nube de polvo. Conduje unos quince kilómetros por la ruta norte, ya no faltaba mucho para el desvío de la granja. Entonces escuché un sonido que llegaba desde la trasera del vehículo. Soy un pésimo zoólogo, pero sé reconocer el llanto de un bebé, aunque sea de muljnik.

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