Comentaremos textos escritos por los participantes y haremos actividades de escritura en el momento, que nos pueden servir como semillas para la sesión siguiente o no.
Cada sábado tendremos una consigna sobre la cual escribir. Los textos se tienen que poner en los comentarios de la entrada pertinente antes del viernes anterior a la sesión. Podemos poner el texto tal cual o un enlace a un sitio donde leerlo. Los textos tienen que tener, como máximo, 900 palabras. Cada participante tiene dos compromisos: a) Escribir un texto y b) Leer los de los compañeros.
El laboratorio tendrá un número limitado de participantes. Para cada sesión podrán asistir quienes cumplan las dos condiciones anteriores, por orden de presentación de textos. Pedimos a todos los participantes honestidad y buen rollo.
La consigna en esta ocasión es escribir un relato sobre una conversación escuchada inesperada. En cualquier sitio, un bar, en la calle, por teléfono, en el metro, en el trabajo…
Tenéis que escribir vuestros textos y ponerlos en los comentarios de esta entrada, bien pegando directamente el texto, bien poniendo un enlace donde leerlo hasta el jueves anterior a las 12 de la noche. Tenemos hasta la sesión para leer los relatos de los demás.
Cualquier duda la podéis preguntar por el grupo de Whatsapp.
Pago el café, mamón.
Cursi y alargado, esmerada y larga su barra al servicio, pende el restaurante estirado del carrer Casp de Barna, habla catalán y castellano, ¿quién no es plurinacional? Un impecable abrigo con su humano, ancho y alto, consume un café con su tortilla de patata y pa amb tomàquet. No fuma, traga, alarga la tortilla. Vocea al estirado camarero.
—¡Manduca para los escritores! Por muy buenos que sean disfrutan con ese espíritu de limosneros desagradecidos. ¡Mendigos limosneros!
Yo, el cronista objetivo del editor, de su realidad indiscutible. ¿A quién le beneficia los escritores llorones? Una empresa editorial hace negocio, ¿hay algún negocio que no se beneficie de la materia prima? Ninguno. Un negocio atiende a: la materia prima y los beneficios. Los escritores amasan la materia prima: ¿no es infecundo cuestionar esta realidad indiscutible?
En una escasa mesa, cuadradita, allá al fondo, diminuta, siquiera reducida a su justa medida, un portátil parvo detiene su tecleo, truncado por el oído que escucha la frase hierática que sin serle dirigida le precariza su dignidad. Orejas dispuestas en cabeza de frente estrecha, pero con ese arranque disparado de un kilómetro en cinco segundos. Raudo, reduce la distancia al cuerpo a cuerpo.
—Le pago el café a este explotador. Al mamón. Se lo paga un escritor.
Yo, del escritor soy su narrador omnisciente. Reniego del realismo del palo con zanahoria. Acaso el que se dedica a traficar con la creación ajena, ese tahúr de poca monta, es un ungido de los dioses. ¿Cómo coincidir con su pretencioso relator omnisciente? La conciliación antagónica que, abocada al conflicto, necesita un tirano y un esclavo no puede admitir esta verdad de que todas las monedas en una sola talega. ¿Quién afirma que el creador es el Dios pordiosero? El editor es Satán, ergo su verdad es su tragaperras infernal. La única con la que desea jugar.
Yerras. Es habitual en ti. Tan necesitado de un enemigo como perro al gato. Acaso no existe can y minino. ¿No es gran verdad? Por qué lo niegas. En mi omnisciencia describo la realidad monda y lironda; cuando el perro persigue al gato, cuando le muerde, cuando le perdona la vida. Lo que acontece de forma natural no es sino la realidad más absoluta, no quita ni pone. Es realidad, es argumento del editor que cae por su peso indiscutible, pues cada año se editan más de ochenta mil nuevos libros. Esa necesidad de plantar un libro en tu vida como aspecto trascedente es como gato que necesita de su perro mordedor. Escriben un libro de aburrimiento y se creen con el derecho a ser perro y no gato.
—Oh, barman, por favor, le digo a usted, para que este escritor indocumentado lo oiga, que yo vendo miles de libros al lector. Lo que no se vende no existe. Hablé con él, pregúntele, cuántos de sus libros existen para el lector. Y yo, lo oiré, aunque no quiera. Y de paso, pregúntele, si necesita que le preste el dinero para pagarme el café.
—Oh, escucha usted, sr. Barman, tamaño dislate. ¿Podría usted servir las bebidas que le reclaman los clientes si nos la tuviera usted a mano, creadas e ingeniadas por otros? Ahí las tiene, dispuestas ¿Cree que esta conversación de escritor con barman podrá escucharla algún sordo de mollera? En cuanto al café, aquí le dejo el dinero sr. Barman, por si algún editor avariento pretendiese no gastar de su peculio un euro.
Cómo relatar esta situación si no como auténtica ofensa al editor. Este ni buscaba ni pretendía esta contienda. La verdad ofende, pero no ceja en su verdad, y el escritor se ha metido donde nadie le llamaba. Es un metepatas. Descrito objetivamente.
Oh, majadería de majaderos. En un orbe donde el perro otea al gato de forma casual, y el gato es visto sin pretenderlo, estas casualidades son las que provocan las causalidades, Visto el gato por el perro, el abuso y vilipendio del minino por el can ¿es puro instinto? Si así lo fuera, vos, narrador del editor, actuáis por instinto, instinto egoísta y malsano, en tal instinto ¿para qué la razón? En cuanto a metepatas. Vuestro editor, soberbio y matón, amo del mundo, ha voceado sin importarle quién se sintiese mordido en sus carnes por sus hirientes palabras. Horca para los tiranos.
—Hablemos cara a cara. ¿Serías capaz de escribir un relato que enganche a la peña para mañana? No os pido gran cosa, solo novecientas palabras, a un euro por palabra. Ni más ni menos.
—Sobre qué tema.
—Os lo repito. Cualquiera que enganche a la peña. ¿Es un imposible?
—¿Me pides que escriba cualquier cosa de fácil consumo? ¡Basura!
—¡Acabemos! Un escritor que se cree un don Camilo.
—Un Valle-Inclán si es menester.
¿Qué más hay que narrar? El realismo es descriptivo. Hete aquí, las palabras de cada cual. Frente a la razón que dirige el mundo, el pragmatismo, se opone la sinrazón dogmática, ese trajín de ideas locas e insultantes. ¿Dónde la razón y dónde el instinto?
Me hartáis. La verdad del narrador único. Pagáis a un euro por palabra, aunque sea basura. Basura la Tierra, basura la verdad, basura el escritor de razón y cabeza. ¡Ya os pago el café! Ah, lo siento, no sois más que un narrador. Yo también, pero distinto.
Mientras esperaba a mi chica en nuestra cafetería de siempre, se sentaron detrás mío un par de mujeres. Hubo un momento en el que el silencio del lugar hizo que escuchara, de forma completamente azarosa, la siguiente conversación:
—Hace un mes, Lucas habría cumplido cuarenta años. Esta es la últiima foto que le tomamos, con su hermana. Él tenía cuatro años y Blanca, dos y medio.
—La policía nunca tuvo ningún sospechoso?
—Investigaron a mucha gente de nuestro entorno, interrogaron a dos o tres, pero nada. Ni rastro de mi niño. Pero nunca me he rendido, sé que está vivo.
—Tú eres tú, y los demás son los demás. Si el psicólogo no te ha puesto pegas a tu forma de pensar, adelante con ello.
—Pero es que tengo un motivo de peso para estar segura de que Lucas no murió.
Esa mujer me inspira mucha ternura. Yo me crié con mi tía Lourdes. Su hermano era mi padre, que murió cuando yo tenía cuatro años. Él y mi madre habían ido a Brasil a trabajar como voluntarios en una zona muy violenta y durante un tiroteo resultaron heridos. Ella murió al instante, peor mi padre quedó muy malherido, y al poco falleció. Mi tía aceptó criarme. Ella y su marido nunca pudieron tener hijos, y vieron en mí su gran oportunidad. Quizá por eso empatizo tanto con la señora que está a mi espalda.
—¿Y cuál es, si no es mucho preguntar?
—Tú me puedes preguntar lo que sea. Cuando nació Lucas, no se sabe qué problema tuve en el postparto, pero a la hora y pico de haberle traído sufrí un paro cardíaco que me tuvo muerta unos veinte segundos. Volví yo sola a este planeta, y la enfermera que estaba de guardia me comentó que a Lucas le había pasado exactamente lo mismo. Nunca hallaron una explicación razonable. Desde entonces, los dos enfermábamos a la vez. Nunca nada serio, un resfriado, sus cólicos de bebé… Yo estoy convencida de que, cuando me muera, será porque él también lo ha hecho.
—-Entiendo… A medias, la verdad.
—¿Y si te digo que sé, sin lugar a dudas, que cuando tenía veintidós años se rompió un par de dedos de la mano derecha? Aún no nos conocíamos tú y yo. Una tarde, sin venir a cuento, sentí un dolor insoportable en la mano. Fui a Urgencias y me hicieron toda clase de pruebas, porque no me había golpeado ni nada…
En ese momento llega mi chica y, tras darnos un par de besos de bienvenida, nos vamos a casa de mis tíos. Esa conversación ha removido recuerdos que tenía enterrados, y una sospecha muy fea se está adueñando de mi ser. Por el camino se lo cuento todo. Gloria no sabe muy bien qué pensar, por una parte, me cree cuando le expongo mi teoría, pero necesita pruebas que la sostengan, como buena abogada que es.
Mi tía siempre ha sido muy ordenada con los papeles, así que, en teoría, debería guardar todo lo referente a mi proceso de adopción. Pero por más que busco, no consigo hallar nada.
Tengo otra idea, y es buscar fotos familiares. Así que nos dedicamos a ello, pero el resultado sigue siendo nulo.
—Pero el hecho de que no existan fotos tuyas de antes de los cuatro años no significa nada. Se pueden haber perdido en un traslado, las puede tener otro familiar… —me rebate Gloria.
—Y por qué el libro de familia es de cuando yo ya tenía cuatro años?
A eso no le puede dar respuesta.
Mi tía ha llegado sin hacer ruido, y en seguida se da cuenta de que he estado buscando algo entre sus papeles. Me mira, primero con sorpresa, luego con miedo, y finalmente se echa a llorar.
Te siento:
Estoy en el parque jugando con mis amigos. Corremos sin saber el motivo de nuestros pasos, pero nosotros no nos detenemos. Me llamo David y quiero presentarte a mis amigos: José, Luis, Antonio y Carlos. Por razones obvias nos hacemos llamar: “los cinco”. Estamos jugando al escondite en el parque cercano a la escuela. Acabamos de salir de la clase de mates. «¡Menudo aburrimiento! las ecuaciones, los polinomios, despejar por aquí, aislar la incógnita. Además, yo estaba distraído, en el pupitre del medio se sienta “mi chica”, ella no sabe que, en mis sueños y cada mañana al despertar, es mi novia. Me gustaría que ella me mirase como yo la miro a ella.
Cansado del escondite buscamos otro juego. Churro, media manga, mangotero. Jugamos con otra pandilla. ¡Somos unos brutos! Unos cuantos de nosotros se ponen con las espaldas curvadas.
«Nosotros nos hacemos llamar ‘Los Goonies’. ¡Nos gustó tanto la película! ¿Quién quiere a “gordi” ?, esa frase resuena en mi cabeza. Buscaré la respuesta en casa, cuando vaya a merendar mi nocilla. La otra pandilla, se hacen llamar “los Comecocos” saltan sobre nuestras espaldas. Uno de ellos debe pesar al menos 70 kg. Yo estoy el último en este juego. El muy jodido salta sobre mi espalda. Soy el último de la fila. Los demás han resistido el salto de los comecocos, solo falto el tío de los 70 kg. Salta con toda su jeta sobre mi espalda, me tambaleo, estoy a punto de caerme, pero resisto. Jodido te la devolveré. Mis compañeros aplauden.
Llego a casa. El autobús que me trae de la escuela a mi casa en las afueras tarda unos 45 minutos. Mi madre “sus labores” como le gusta llamarse ella y mi padre carpintero de profesión no me han oído llegar. Me acercaré, silenciosamente para decirles: vuestro mozalbete de 13 años ya está aquí. Mis pasos, ocultos por la rapidez, no se oyen; los gritos de mis padres, sí ¡
– Sepas que te aguanto por David. No me ayudas en casa, no me dices nada, ¿no me das ni un beso al llegar, que soy yo para ti? Tu criada, tu esclava.
Mi corazón pega un vuelco, no entiendo que pasa, mi padre y mi madre se quieren. Esas palabras no pueden haber salido de las entrañas de mi madre ¡Me escondo detrás de la mesita de noche en la otra habitación, no quiero que sepan que he llegado!
– Mujer eres una exagerada, qué quieres un beso en los labios cada día cuando uno viene sudado y con la espalda rota. Llego reventado, solo quiero un espacio para descansar y tú me vienes con todas estas monsergas. ¿No te hablo dices?, acaso no te pregunto por tu día, por David, acaso no te doy las buenas noches. Si no estás a gusto ya sabes dónde está la puerta.
Discuten una y otra vez. Sus gritos están a punto de romper los ventanales de mi casa si ellos resisten, si mi espalda resistió al “comecocos” yo también. i ellos resisten, si mi espalda resistió al ‘comecocos’, yo también. Puñetero autobús, que llegaste 10 minutos antes.
Vuelvo al colegio, hoy jugamos a las canicas, tengo mi canica especial. Nunca me falla. He tenido una idea. Escribiré en las hojas en blanco de mi libreta de tapa blanca las historias felices que me rodean. En otra libreta de tapa negra escribiré sobre mis momentos tristes.
Los días transcurren, me he acostumbrado a las discusiones de mis padres, ellos creen que estoy en mi habitación lejos de la suya no saben que los oigo. Mis calificaciones han bajado y la profesora decidió hablar con ellos.
Recuerdo la tarde en que se acercan a mí, mirándome fijamente: Hijo, ¿qué pasa con tus notas? Han bajado de golpe. Tu madre trabaja duro cada día en casa, mientras yo me rompo la espalda en la carpintería.
Ese día vi que la libreta negra llevaba más hojas que la blanca y decidí cambiarlo.
Así lo he hecho hasta el día de hoy. Casado con dos hijos, mi mujer y yo trabajamos juntos en la panadería. No hay ordenes ni en una dirección ni en otra. Son felices, están acabando la ESO. El cáncer se llevó a mi padre hace dos años y un mes más tarde la pena a mi madre. Al final después todas las discusiones, de todo el carbón con el que llenaron mi corazón resulta que se querían. Me puso triste que se marcharan, aunque la manera en que se fueron aligeró la carga de mi libreta de tapa negra.
Miro a mi mujer y a mis hijos mientras suena la música de un tango argentino en los altavoces del parque. No sé si podré vivir con mi rencor, con la sombra de mi pasado anclada en lo más profundo de mi ser. “Gordo” prometí que un día te la devolvería, pero cambie. Aún recuerdo tus 70 toneladas en mi espalda. Ahora que somos mayores y tú eres profesor, sepas que yo no pretendí enamorarme de tu mujer y que ella me correspondiese. Fuiste tú quien nos presentó en esa cena de antiguos alumnos. Mientras los “Comecocos” y los “Goonies “se reencontraban la Cuerda que separaba a tu mujer de mi presencia se hacía cada vez más corta. ¡Menudo beso nos dimos esa noche! Gordo no te lo mereces, ellos me rompieron la espalda tu no. Pero si cuando llega a tu casa la ves feliz mi remordimiento resistirá.
Los niños juegan en el parque, mi mujer me mira al jugar con ellos y me sonríe con mirada cómplice. Marcel Proust decía: ´La realidad no es la misma para ti y para mí. Depende de los ojos que la miran’.
He aprendido a convivir con la mía, mis hijos jamás sabrán la verdad. Se esconderme, no como hicieron mis padres. Tengo que dejaros mi mujer y mis hijos me llaman para jugar. Me siento feliz cuando me miran con esos ojos ¡
Mi madre
Estoy mirando fijamente el ataúd durante el oficio, el ataúd que contiene tu cuerpo. Ahora que ha llegado el fin del camino estoy en una ligera confusión de alivio y de tristeza.
Quisiera tener poderes sobrenaturales y verte a través del ataúd, poder hacer que tu cuerpo inmóvil vuelva a la vida, que volvamos a charlar como hacemos habitualmente y animadamente hablamos sobre sobre mis hijas, política, viajes, nuestras últimas lecturas, la actualidad y todos los temas que nos rodean y nos interesan. ¡Cómo voy a echar de menos nuestras conversaciones y tu mente ágil e inteligente!
Oigo la letanía del cura como si estuviera muy lejos, como si no fuera conmigo. Me siento devastado, no tanto por la pérdida, que también, sino por mi cobardía. Una vez más formulo la pregunta en mi cabeza, la pregunta que he ido aplazando pensando que todo es eterno y que ahora sé que nunca podré hacerte. “Mamá, ¿por qué debía guardar silencio?”. Ni siquiera fui capaz de hacértela cuando murió Papá o la semana pasada en los días que estuviste hospitalizada, hubiese sido tan fácil, estabas tan débil que te hubiera podido coger con las defensas bajas . Pero tampoco encontré el momento, auto engañándome; ahora no, que te has despertado; ahora no, que estás dormitando; ahora no, que estamos tan a gusto charlando.
No lograba entender como no había podido hacer frente a eso, a eso que no sabía ni ponerle nombre, ni definirlo, no sabía ni lo que era, ni qué pasó, ni lo que fue. Estoy seguro que algo pasó, que sucedió. Me volvía a aparecer la imagen nítida y clara, el mensaje SMS en esa pantallita gris del móvil Nokia. Yo era demasiado joven, un adolescente que leí ese mensaje y entendió lo que significaba y te hice una promesa jugando a ser mayor con un ligero movimiento de cabeza asintiendo después de tu solicitud, de tu orden, de tu súplica, “mejor que tu padre no se entere”. Pero en mi interior no lograba entender qué estaba pasando, no podía imaginar a mis padres como seres sexuados y especialmente te veía más cerca de la virgen María que como mujer. ¿Por qué no me engañaste cuando vi el mensaje y me dijiste que era una amiga o había sido una equivocación?
Y cuando pasaban los años y te veía envejecer con Papá, cuando nos juntábamos la familia por los cumpleaños o en las navidades y mostrabais un gesto de complicidad volvían a mi las preguntas, “Mamá, ¿qué significaba ese mensaje? ¿Leí bien lo que estaba escrito? ¿Tuviste una aventura? Y eso me llevaba a más preguntas. Mamá, ¿quién era él? ¿Cuánto tiempo estuviste con ese hombre? ¿Papá lo llegó a saber? ¿Lo saben mis hermanos? No. Realmente no eran esas preguntas, era una pregunta que no quería hacerme, ni siquiera plantearme, ya que la pregunta exacta debía ser ¿Lo quisiste más que a nosotros? O más bien ¿En algún momento te planteaste abandonarnos?
https://docs.google.com/document/d/1VC-EjVyqHtstOtUzsFiDsUO76_icFCEc?rtpof=true&usp=drive_fs
MUY DURA
Los tejados de los edificios antiguos eran lugares curiosos. En mi caso, al carecer nuestro piso de balcón o terraza, la azotea era el lugar donde se tendía la ropa, de modo que el lugar se convertía en un verdadero laberinto metamórfico en el que se levantaban y se derribaban continuamente efímeras paredes fabricadas con sábanas, mantas, jerséis y ropa interior.
Como Antonio trabajaba mañana y tarde, y yo estaba temporalmente desempleada, a mí me tocaba subir al terrado a tender la colada. Y ahí iba yo, con mi capazo de plástico y mi bolsa con pinzas de colores, preparada para trazar mis propias fronteras provisionales en el aljarafe comunitario a partir de los cables metálicos que recorrían el tejado.
Esa mañana lucía el sol y se había levantado una ligera brisa. En fin, las condiciones ideales para que la ropa se secara rápidamente. Pero eso mismo debieron pensar algunas vecinas, pues cuando accedí a la azotea observé que la ropa de varios pisos ya formaba tupidos meandros en cuya complejidad resultaría fácil perderse.
Total, que me fui hacia una zona limítrofe con el edificio colindante, dejé el capazo con la ropa en el suelo y procedí a tenderla meticulosamente del herrumbroso cableado.
Cuando casi había terminado, escuché unas voces apagadas. Hasta ese momento no me había dado cuenta, pero al parecer un par de vecinas ya estaban allí cuando yo accedí al tejado y estaban enfrascadas en una conversación. Sus voces agudas me llegaban lejanas, pues a la distancia, quizá unos veinte metros, había que añadir el sonido del viento, el restallar de las sábanas al ser azotadas por la corriente, y el ruido del tráfico que se filtraba hasta esa altura.
Cuando acabé de desplegar la colada, decidí acercarme a ellas y sumarme a la conversación; nunca está de más fraternizar con las vecinas, y nosotros nos habíamos mudado hacía apenas unos meses, por lo que todavía éramos unos recién llegados. Pero cuando me acerqué y pude comenzar a comprender sus palabras, algo me llevó a quedarme quieta tras unas mantas y escuchar a escondidas su conversación.
—¿…y tan dura te pareció? —estaba preguntando Belén, la vecina del entresuelo primera, con voz queda.
—Pues no sé qué decirte, cielo —le contestó Zoe, una colombiana mestiza y culona que vivía en el mismo rellano que nosotros—. Pero sí, a mí ya me lo había parecido desde un buen principio.
—Pero lo que me estás diciendo es que eso lo comprobaste el otro día, ¿no?
—Sí. Te lo juro, es como yo pensaba, cariño. El vecino del segundo tercera la tiene muy dura.
“¿El segundo tercera?”, pensé mientras un calor imbatible subía por todo mi cuerpo. “Ese era nuestro piso”.
—Antonio, creo que se llama —continuó la colombiana con su acento meloso—. Pues sí, mi amor, bien dura la tiene, te lo digo yo.
Cerré los puños, cerré los ojos, apreté los dientes. Estuve a punto de salir de mi escondite y estrangular a la tal Zoe, pero pude contenerme y decidí que sería mejor estrangular a Antonio. El muy…
Me fui del tejado y bajé a nuestro piso. Cogí el teléfono móvil y llamé a Antonio, pero no lo descolgó. Luego llamé al fijo de la empresa, pero me dijeron que estaba en una reunión. Así que le envié un audio de Whatsapp dejándole muy clarito lo que pensaba. Le dije que era un cerdo, un hijo de puta, un cabrón redomado, un mentiroso, y que cuando volviera ya podía ir haciendo las maletas e irse a casa de la zorra de su madre y… Vamos, que me despaché a gusto. Al menos, no me iba a quedar callada como una idiota después de que me pusiera los cuernos con la puñetera colombiana.
Cuando terminé, esperé unos minutos, comprobé que había escuchado el mensaje, y apagué el móvil inmediatamente. Luego me serví un vaso de whisky y busqué en el armario un par de maletas para que se hiciera el equipaje cuando volviese.
Justo en ese instante llamaron a la puerta. La abrí y me encontré cara a cara con Zoe. Me quedé de piedra. “Pero qué cuajo tiene la furcia esta; seguro que encima viene a pedirme sal o jabón para la ropa”.
—Hola, mi amor —dijo antes de que yo pudiera abrir la boca—. Escucha, ¿qué te iba a decir? Pues que he pensado que le digas a tu marido que no sea tan pesado con lo de la pintura de la barandilla de las escaleras. Es que el otro día se puso un poco burro en la reunión de vecinos, y por eso he venido a decírtelo a ti, que me pareces más razonable.
—¿La… la… pintura… de…?
—Sí, cariño, la pintura de la escalera. Qué tabarra nos dio. Qué mollera más dura tiene. Pero bien dura.
Yo me quedé con la boca abierta de par en par. Una nueva oleada de calor irradió por todo mi cuerpo.
—Bueno, cielo —continuó la vecina—, habla tú con él si puedes. A ver si a ti te hace más caso. Ya me dices. Hasta lueguito.
Y se fue. Y yo seguí allí, ya con la puerta cerrada, anonadada, preguntándome cuánta ropa mía cabría en aquellas dos maletas que había dejado en el pasillo.
UN BAR PARA EL FIN DEL MUNDO
En el bar el público estaba agitado. Al fin y al cabo, el fin del mundo no se presenta cada día. El lugar estaba repleto, las mejores mesas ocupadas desde la mañana, como si se tratara del famoso bar de Ibiza donde la clientela más exquisita procura apoderarse de las mejores mesas cuanto antes para ver el ocaso desde la primera fila. Como si el sol poniéndose veinte metros al lado se desprendiera ya otro tipo de belleza, la energía menos exclusiva.
Aquí no es que alguien tuviera una idea de dónde exactamente iban a explotar las bombas, pero siempre es mejor estar por delante de los demás por si acaso. Claro está, observar el espectáculo desde las butacas tiene un punto adicional, otro rollo. Si puedes hacerlo con un cóctel en la mano, mejor que mejor. Y si no te llega el presupuesto, una birra también sirve. Un apocalipsis lowcost, qué vamos a hacer, c’est la vie.
Las dos chicas jóvenes en la mesa de al lado elaboraban estrategias sobre cómo aprovechar el panorama global para resolver sus dramas personales.
—Creo que le escribo yo y le digo que, dadas las circunstancias, mejor lo cortamos ahora, porque el mundo no está para las relaciones. Y así corto yo con él antes de que lo haga él conmigo, porque viendo sus reels en Instagram con aquella pava ya veo por dónde van los tiros.
La otra, la que tenía que hacer de confidente, supuestamente, no hacía muy bien su trabajo y respondía fuera del lugar.
—Y yo le explico que el sintecho ese, que siempre está con su colchón justo al lado de la portería de mi finca, conoce todos mis horarios, y esto, la verdad, no me hace sentir muy cómoda. Tengo miedo. Y ella me dice que en mi lugar se haría amigos con él y le invitaría a un cafe. ¿¡Pero cómo le voy a invitar a un cafe?! ¿Y lo siguiente qué, le dejo entrar a vivir en mi piso? Ya sé que el mundo se acaba, pero eso no, por favor. Así, ¿dónde vamos a parar?
Ella no es que quisiera escuchar. No está bien escuchar a las conversaciones ajenas, es de mala educación, se lo decía siempre su madre. Ella, por costumbre con la cabeza en las nubes, había olvidado por completo el asunto del fin del mundo y vino al bar para escribir un rato. Le gustaba de vez en cuando sentirse bohemia: un cafe, un cigarro, unas notas sobre el papel a la antigua, ella imaginándose Françoise Sagan. La melancolía de la procedencia indefinida le corroía el pecho y le empujaba a moverse, a correr no sabía ella adónde, a volcar sobre las páginas no sabía qué. Cualquier cosa para no pensar en el silencio del teléfono que atragantaba en el cosmos de comunicaciones digitales cualquier misiva originada desde el número que no quería recordar. En el mundo feminista de mujeres fuertes y independientes era de mauvais ton anhelar a sucumbirse a las redes decadentes del amor romántico. ¡Qué cosas!
Y aquí —el fin del mundo. Todas las mesas ocupadas, la multitud, el ajetreo. Ella quería irse, pero ¿adónde? Todos los bares estarían igual, los eventos así solo se producen una vez en la historia. Así que se sentó en un rinconcito, sacó su libreta y los cigarros, pidió su cafe y… nada. La mente vagaba vete a saber dónde y la melancolía en el pecho seguía con sus movimientos incómodos de mal gusto. Desvió la vista hacia otra mesa, ocupada por dos tíos enormes, unos cachas de aspecto mitológico. Estaban de espaldas a ella, no veía sus caras, pero por alguna razón los imaginaba guapísimos. “Unos gays, seguro”, pensó, lamentando, junto con los millones de otras mujeres por todo el mundo, que siempre que una se encontraba frente a un hombre interesante aquel jugaba en otro bando. Inmediatamente a sus oídos llegaron los trozos de la conversación que transcurría sobre aquella mesa. Uno contaba al otro como se negó a tirarse a una tía a quién, aparentemente, nadie decía que no, y ahora, frente a lo inevitable, el desafortunado lamentaba la ocasión perdida.
El mundo ponía sus asuntos en orden. Se sintió desplazada, fuera del lugar, una sensación nada desconocida ya que en sus cuarenta años no había encontrado aún ningún lugar del que no se hallase fuera. Experimentó un ataque de culpa, porque le vino la idea herética de que, tal vez, todo lo que estaba ocurriendo no estaba tan mal. Una nueva oportunidad para la gente desubicada. Una renovación. “Solo nos faltan los aliens”, pensó, “y sería un reset total”.
Por un momento contempló la posibilidad de sacar el móvil y teclear el número odioso, borrado de la memoria con todo el empeño de una mujer indignada. Un simple “¿Cómo estás?” no sería tan inadecuado, dadas las circunstancias, ¿no? Eran las personas educadas, capaces de preocuparse uno por el otro simplemente como humanos. Pero no, “el mundo no estaba para las relaciones”.
Mientras se iba del bar, porque decidió que los hongos nucleares se verían desde cualquier parte, no hacía falta una plaza en la primera fila, no podía quitarse de la cabeza el pensamiento de que, mientras había sol, el mar y suficiente cerveza, ningún fin del mundo representaba un peligro para esta ciudad.
La luz tenue de las farolas se colaba por las cristaleras de la nave lateral, acariciando los bancos como luna que besa un mar en calma. Una enorme cruz proyectaba su fantasmal sombra en las paredes del ábside, impelida por la luminosidad de las decenas de cirios que saturaban la iglesia. Un fuerte olor a cera quemada lo impregnaba todo.
Al fondo, en la nave que quedaba en sombras, se oía el susurro crispado de la voz de una mujer. Frases entrecortadas eran escuchadas por Marcelino, quién se escondía entre la clandestinidad obscura de la nave opuesta. Había llegado allí siguiendo a su mujer en un arrebato de celos. Ahora intentaba escuchar lo que ella le confesaba al párroco.
—Padre, Marcelino………..Muy celoso…………Quiero dejarlo………..Marcelino no……….
—Hija, solo el señor……..Separar……………..Fiel a tu marido…………………..Debes ser paciente…………
—Lo sé, padre pero……………no le amo………..vuelto violento………………..amante……….
Marcelino estaba cada vez más tenso. Al oír la palabra “amante” no pudo más, abandonó el templo arrastrando varios bancos en su huida apresurada y provocando que el eco de los golpes de la madera restallara por toda la iglesia, como el estallido de los truenos en una tormenta.
Un silencio tenso se cernió sobre el confesionario. El párroco susurró unas últimas palabras atropelladas y puso fin a la conversación.
La mujer se incorporó, se encogió dentro del chal con el que se cubría y abandonó la iglesia con pasos acelerados. Temía llegar a casa. Estaba segura de que el estruendo en la iglesia lo había provocado su marido y le daba miedo su reacción. ¿Qué habría escuchado? No podía entender porqué él estaba tan celoso.
Marcelino hacía meses que había vuelto del frente y estaba distinto. Siempre huraño, mirándola de reojo. Queriendo saber en todo momento dónde estaba o a dónde iba. Por más que ella intentaba acercarse, él siempre la rehuía.
—Son imaginaciones tuyas Manuela. Yo estoy bien, solo que la guerra ha sido…difícil.
Últimamente Marcelino bebía vino de más. Bueno vino y también aguardiente, que la Francisca, la de la cantina, se lo había dicho. Ella no sabía cómo ayudarlo, cómo hacerle entender que todo estaba bien, que seguí queriéndolo a pesar de que la guerra lo había endurecido, borrando su ternura con papel de lija. Lo cierto era que aquella maldita guerra los había separado sin ellos quererlo. Los había transformado, mudándolos en seres extraños. A ella la había convertido en una mujer herida, indecisa y temerosa y de él había hecho un hombre violento, inestable y lleno de remordimientos.
Al entrar en la casa, a Manuela la saludó el olor a rescoldo y ceniza. En la chimenea se extinguían las últimas brasas y el resplandor rojizo de las ascuas atestaba la habitación con sombras chinescas. Al pie de la escalera estaba Marcelino.
—¿De dónde vienes?
—De la iglesia.
—¿Te entiendes con el cura?
—Por Dios Marcelino, no digas sandeces.
—Sé que me engañas. ¡Lo he oído!
—¿Qué dices cariño? Eso no es cierto.
Marcelino da una bofetada a su mujer, que cae de rodillas ante él.
—Te has convertido en un ser sin alma, pero aun así te quiero —solloza Manuela, mientras se acaricia la mejilla. El bofetón le escuece más en el alma que en la piel.
—¿Me vas a negar que ya no me quieres?
—El que no te quieres eres tú.
Marcelino está a punto de dar un puñetazo a su mujer pero se detiene a milímetros de su rostro. El hombre cae de rodillas. Ve el semblante preocupado de Manuela. Ella está más vieja. Observa las arrugas en los ojos de su esposa y la sombra oscura bajo los párpados, la tristeza con que le mira no puede apagar el resplandor vivo que se esconde en el fondo del iris de ella. Ese destello vivaz es la luz de la chiquilla que le volvió loco de joven. Aquella mirada tierna le recuerda que ella es su casa y que allí, en el hogar, nada malo le puede pasar. Se acurruca entre el pecho de ella y las palabras brotan sin impedimentos ni ataduras.
—Escuché los gritos de una mujer a la que estaban violando y no hice nada —confiesa —Oí su lamento, sus quejidos, su dolor, lanzaba alaridos agónicos como los de un animal, suplicaba, y no hice nada. Durante todo ese tiempo no pude parar de llorar pero aun así, no hice nada.
Manuela miró a su esposo. Él rostro atormentado de él parecía haber envejecido tanto que sintió una punzada de compasión que la partió en mil pedazos. La noche se hizo carne y los cobijó bajo un manto silencioso.
Cuando el sol despuntaba sobre las casas, rociándolas con lágrimas doradas que se filtraban por entre las persianas echadas, Manuela habló.
—Marcelino, entiendo lo que me has contado. Eso no cambia lo que siento por ti, te perdono y te amo.
Marcelino lloró como cuando era chico en el funeral de su padre, sin frenos y sin vergüenza.
A fuera, el cura regresaba a la parroquia, entre avergonzado por haber estado escuchando y satisfecho porque todo hubiera acabado bien, «¡gracias a dios!».
Despedida de soltera
– ¿A qué no sabes quién se casa?
– ¿Quién?
– ¡Elena la guarra!
– ¡No jodas!
Como escritor me encanta escuchar conversaciones ajenas. Por lo general son intrascendentes y aburridas pero de vez en cuando te proporcionan buen material para un cuento, o para dibujar a un personaje. Me gusta, sobre todo, apuntar expresiones que a mí no se me ocurriría nunca utilizar.
– Lo que te digo.
– ¿Pero quién se va a querer casar con ella, si se ha acostado con medio pueblo?
– Nunca falta un roto para un descosido
– Lo siento por el ‘afortunado’
Hay veces, como ahora, que me gustaría intervenir. En estos pueblos sigue imperando un machismo casposo y una pobre chica, por el simple hecho de tener muchas parejas sexuales, ya se ve señalada y, posiblemente, marginada. En algunos sitios todavía se vive en el siglo XIX.
– ¿Te acuerdas del San Juan de hace dos años?
– Sí, se acostó con cuatro tíos a la vez
– También se tiró a la novia de Federico
– Le da a todo, la tía, es de traca…
Comentarios homófobos, claro. Todo el pack. Si una tía quiere disfrutar de su sexualidad sin complejos, incluso de una manera líquida, ya la miran mal. Que ganas tengo de volver a Barcelona con mi prometida, aquí huele a cerrado.
– El afortunado es un tío que ha conocido en internet
– ¡Acabáramos! Porque aquí lo tenía crudo
– Se va a vivir con él a Barcelona
– Claro, porque ahí no la conoce nadie.
La misma historia de siempre, las grandes ciudades como refugio para las sexualidades disidentes. Para que puedan vivir en un sitio donde no tengan que sentirse juzgados ni señalados. Es terrible que todavía haya que emigrar para poder ser tú mismo.
– Va ha hacer una fiesta de ‘despedida’
– ¿Qué me estás contando?
– Ha quedado con el Romeo y el Rulas
– No se priva de nada, la pava.
Cada pareja tiene sus códigos, señoritas. No todo el mundo tiene que seguir una monogamia instaurada por el patriarcado para controlar el deseo femenino. A ver, yo con mi pareja he hecho ese pacto, pero es algo consensuado entre los dos, no una imposición social. Simplemente nos queremos demasiado pero, si se diera el caso, podríamos estar abiertos a otros tipos de pareja ¡Que estamos en el siglo XXI!
– El Romeo tiene una tranca de impresión
– ¿Y tú como lo sabes?
– Adivina…
– Vaya, así que la Elena no es la única guarrilla…
En fin, la hipocresía. Criticas a los demás los defectos que tú mismo tienes. Pero claro, en tu caso no es lo mismo ¿verdad? La típica doble moral de estas sociedades caducas. Como reprimes el deseo, tiene que salir de alguna manera. Pero transgredir las normas de frente ¡Eso no, nunca! Que pena me dan..
– En fin, me da pena el pobrecillo
– No sabe la que le espera
– Le va a poner los cuernos en cero coma
– A ver lo que duran
– Hasta que se caiga del guindo
– Entonces igual tiene suerte. Hay algunos que nunca se caen del guindo.
– Amén.
Hola! Perdonad que esta semana no he tenido ni medio minuto y no he podido terminar el texto de la consigna.
Si os parece, os dejo por aquí (que me confundí y lo puse solo en la meetup ^^U) un relato corto que representa mucho mi manera de escribir 😉
https://aidaescribe.wordpress.com/2025/03/20/dos-postres-y-una-cucharita/
¡Espero leeros pronto!
EL SUSURRO DE LAS GEMELAS
Estaba en uno de los cuartos de baño de la oficina. Siempre era un buen lugar para meditar sobre mis cosas y, sobre todo, para escaquearme del trabajo. Aquella mañana estaba siendo realmente complicada; el nuevo jefe venía con ínfulas de cambios. En esas ocasiones, mi truco es salir del paso para pasar inadvertida; siempre funcionaba bien.
He de reconocer que llevaba bastante, tal vez demasiado rato, sentada en el retrete mirando el móvil. Oí que entraban. Pero sabía que no había problema. El aseo ofrecía suficientes váteres para que nadie se empeñara en abrir uno en particular.
Me puse en cuclillas sobre la tapa para que no me viesen los pies; había decidido esperar quince minutos más y no iba a cambiar de opinión a causa de visitas inesperadas.
Identifiqué las voces de Marta y Bego. Eran hermanas, gemelas, compañeras de trabajo y, encima, vivían juntas. Siempre había pensado que tanta intimidad era enfermiza. Realmente, las dos eran raritas, muy raritas.
No suelo escuchar conversaciones ajenas, pero en cuanto oí susurros tensos, supe que tenía que quedarme quieta. Aquellas dos solían ser muy ruidosas y sus agudas voces se clavaban como alfileres en los oídos del mundo entero. Esta vez susurraban con un tono que parecía que conspiraban, y eso hizo que me propusiera quedarme en el más absoluto silencio.
—Tiene que ser esta noche —dijo Marta en un tono urgente y enérgico.
—¿Estás segura? —preguntó Bego, nerviosa y con su tono aniñado e infantil.
—No podemos esperar más. Mamá llega mañana y si no nos damos prisa nos pillará. El olor nos delataría. Nos mataría.
¿De qué demonios estaban hablando?
—El problema es el tamaño y el peso —murmuró Bego—. No es fácil moverlo. Tenemos que tomar precauciones, no es tan simple y el ascensor es demasiado pequeño.
—Lo tengo todo pensado —dijo Marta—. Irás tú sola en el ascensor y yo bajo por las escaleras.
—¡Noooo! A mí no me dejas sola con eso. Ya bajo yo y te quedas tú en el ascensor con el bulto. ¡Qué asco!
—Bego, si te encuentras a alguien, las palabras se te van a atragantar y te va a dar un ataque de tartamudez.
—Porfa, Marta…
—¡No seas mema! Yo sé lo que se ha de hacer y sabré solventar las sorpresas inoportunas.
Se callaron las dos. Los papeles ya estaban repartidos: era lo que dijera Marta y punto. Menuda pieza era aquella bicheja, mala hasta las trancas y la otra más tonta que un submarino descapotable.
—Pero hay que envolverlo bien. Si preguntan, diremos que es… no sé, una vieja cómoda, un colchón, ¡lo que sea! Algo que llevamos al aparcamiento para el día de la recogida de muebles viejos.
Sentí un escalofrío. ¿De qué estaban hablando?
—Si hubiéramos actuado antes, no habría llegado a este punto de descomposición —dijo Bego con pesar—. Está putrefacto y el tufo que desprende es vomitivo.
—¡No me lo recuerdes! ¡Hemos convivido con eso demasiado tiempo! Y ahora no podemos hacer nada para salvarlo.
El silencio que siguió fue aún peor. Me tapé la boca intentando controlar el sonido de mi respiración. Estaba asustada y mi corazón latía desenfrenado.
—Como regrese antes mamá, nos va a matar —susurró Bego, casi con un sollozo.
—Pues sí, la pestilencia es demasiado evidente. Si seguimos retrasando el momento, mamá lo descubrirá todo. Tiene que ser hoy.
Era muy evidente que se trataba de algo grave. Si algo temían las gemelas era a su madre; aquella mujer era una metralleta siempre dispuesta a disparar sin preguntar nada.
Me pregunté qué habría sucedido. ¿Qué habrían hecho las hermanitas? Su madre llevaba un mes fuera de casa, estaba de viaje con su nuevo novio, y cuando no estaba cerca de sus hijas, siempre pasaba algo.
¿De qué se estaban deshaciendo? Seguro que era algo ilegal si tenían que tomar tantas precauciones. Me olía a muerto. ¿Un cadáver? ¿Se habrían cargado al último inquilino de la habitación que arrendaban por días.
—¡Pero pesa como un demonio! —bufó Marta—. Tendrás que ayudarme de verdad y no puedes ir de mojigata.
—¿Cómo no nos dimos cuenta antes? —gimió Bego—. Nos hemos acostumbrado tanto al olor, bueno, poco a poco, pero ahora es insoportable…
—Lo peor es que no importa cuánto limpiemos, TODO huele igual. La ropa, las paredes, hasta mi alma huele a muerto… Hay que sacarlo esta noche… de madrugada.
—Es nuestra culpa. Lo olvidamos ahí… y ahora…
—Bego, para de lamentarte. Ahora hay que solucionar el asunto antes de que los gusanos invadan la casa.
Mi cerebro tardó varios segundos en procesar la información. Habían confesado: iban a deshacerse de un cadáver. Tendría que avisar a la policía. No podía evitarlo. Las dos memas se habían cargado a alguien durante la ausencia de la madre.
—Marta, pero al no ser día de recogida de muebles va a ser peor.
—No seas mema, por esa razón vamos a bajar el bulto de madrugada. Bien envuelto en varias mantas y rápido. Además, he pensado que llevaremos dos espráis de colonia e iremos regando el ambiente. Lo dejaremos en una esquina y ya se lo llevarán.
—¿Y la habitación?
—Lo mismo, Bego. Litros de lejía harán maravillas. Lo importante es el tiempo.
—También lo podemos dejar en el portal con un cartel de “GRATIS, LLÉVATELO”.
—¿Eres tonta o eres tonta? ¿Quién en su sano juicio se llevaría un armario poseído por un cabrales mutante con millones de gusanos haciéndole de plato?
Oí balbucear a Bego.
Me tuve que apretar la boca para amordazar mi exclamación. ¡Estaba a punto de avisar a la policía por el tufo de un cabrales agusanado!