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7 Comments

  1. LUIS
    25/12/2025 @ 11:57 pm

    Cartas sin marcar

    ¿Qué Navidad no extrae de la condición humana su compasión?

    Ese era el lema del padre de Tiny Tin , Bob Cratchit que no convencía a su hijo, delicado y enfermo. Su padre emanaba esa generosidad pusilánime. Lo respiraba su mujer y su hijo pues Ebenezer Scrooge era la némesis navideña.

    De qué sirven la luminiscente Navidad si el cuerpo discurre entre hambre y fatal frío. Caso de Gaza o de Ucrania. Pero la ucronía pretendida no es esta.

    Bien lo sé. Qué puede hacer el ángel del pasado, e incluso, del presente. Nada. Pero yo soy el ángel del futuro y en el futuro las realidades están por venir. Bien lo sabe Tiny Tin. Cada noche sueña conmigo y reclama cambiar su destino. Desea alterar las fichas que le han tocado. Una voluntad férrea difícil de ignorar.

    ¿Por qué su devenir lo determina la avaricia de tal personaje? Eso nos achaca, y nos hace responsables. Los ángeles del pasado, presente y futuro nos hemos centrado en Scrooge. El mundo gira alrededor de los ricos y poderosos ¿no? El cuento de Navidad de Charles Dickens es una simple conversión de Scrooge, de condenado al infierno pasa a salvarse gracias a los ángeles.

    Qué fácil, ¿verdad? Nos pregunta airado.

    Me duelen los tuétanos cuando me mira enfermo y débil. Quizá muera o quizá no, pero tiene derecho a un resarcimiento. Eso creo con mi bienaventurada Navidad a cuestas.
    Entro en su sueño de 21 de diciembre del 2025 y habló con él. Le concedo un deseo o dos para que desde su modorra influya en Scrooge y altere el curso de su destino, es decir, del grupo humano que condiciona su imaginario. Acepta ipso facto, y me reclama que mantenga el iter angelical de Scrooge.

    Quedo confuso, pero lo hago. Ebenezer recibe el ángel del pasado y el ángel del presente, y llegado a tal instante decide hacer uso de la gracia que le he concedido. Me reclama que sea él quien me sustituya como ángel del futuro.

    “No puede ser”. Insisto en que “no puede ser”, pero tiene mi palabra y me debo a la justicia divina que me impide ir contra mis propios actos, salvo pasar al lado oscuro: a los ángeles negros.

    Le cedo mi luz y Tiny Tim, vestido de ángel del futuro escenifica la última aparición. La que predice su futuro, el del mezquino Scrooge. Temo que reclame venganza al escuchar sus inicios.

    “Tras la Nochevieja no amanecerás, morirás. Pero en tus manos está despertar en el cielo o en el infierno”. Eso le predice y asegura. Ebenezer no se inmuta, se limita a mirar al ángel del futuro: En qué lugar podrá ganar más dinero, eso piensa. Repasa la vestimenta de mi ángel, engalanada y dorada. Olfatea con su instinto de hombre rico.

    “Al cielo. Al cielo directo”, se decide sin dudarlo.

    Escucho a mi ángel que prosigue con su propuesta: “Muy bien, pero en el cielo podrás ser inmensamente rico o inmensamente pobre, de ti depende”

    “Inmensamente rico”, contesta sin respirar.

    ¿Acaso había alguna duda?

    “Muy bien, podrás llegar a ser el hombre más rico del cielo, pero primero debes entrar en el cielo y la entrada es cara, y hay que pagarla. Esa entrada asciende a las tres cuartas partes de tu fortuna que deberás entregar a la persona que más quieras. Piénsalo. Una vez en el cielo, esa cantidad la multiplicarás por mil”.

    El silencio se instala en la boca de Scrooge. ¿Cómo no? No hay persona a la que quiera, ninguna por aquí y ninguna por allá. Cae un minuto con el silencio en la boca.

    “Está bien. El familiar más cercano”

    Se repite el silencio. Ebenezer se apretuja la sesera cuanto puede, no es posible que pierda la inmensa fortuna que le espera. No y no.

    “Bien, si no tienes a nadie a quién darle la mitad de tus riquezas pasarás a ser el alma más pobre del cielo”.

    Y claro, Scrooge suda, tiembla, se le escapan las lágrimas. Pero, zas, rememora los ángeles del pasado y del presente, mostrándole a su empleado al que le exige el sudor y la sangre por unas malas perras.

    “¡Lo tengo!” Grita, alborozado. Nombra a su fiel y querido empleado Bob.

    Mi ángel lo repasa dubitativo. “Ebenezer, Ebenezer, si tu conocida codicia te impide cumplir con Bob puedo asegurarte que perderás mil veces tu riqueza. Observa estos tesoros”.

    Surgen visiones de multitud de joyas cuantos miles de monedas de oro y plata.
    Los ojos de Ebenezer se redondean cual globos aerostáticos avariciosos.

    “Ebenezer, acude a casa del notario, le despiertas cueste lo que cueste y haces constar en escritura pública que donas la mitad de tus riquezas a Bob. Ahora, en un par de horas, sino se deshará esta oferta para siempre jamás”.

    Dicho, y Ebenezer salta de la cama y corre que se las pela.

    Ebenezer grita al notario que levanta y obliga a redactar la donación.

    Es vox populi que la Navidad ha enloquecido al miserable Scrooge, primero dona las tres cuartas parte de sus riquezas a su empleado y tras la Nochevieja acude al juzgado para denunciar a los ángeles del cielo. Le han engañado, no se ha muerto ni ha multiplicado su riqueza por mil.

    En lo corte celestial me informan que abrirán una comisión de investigación.

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  2. Scrooge
    26/12/2025 @ 11:05 am

    Fin de año
    Menudo año de mierda. Catástrofes encadenadas y golpes bajos. No puedo más, así que a por todo. Año nuevo vida nueva. En el carro de la compra lo único de valor que encuentro por casa. A ver cuánto me dan. ¿Te quedas también con el carro? Yo no lo quiero para nada. Me da la impresión de que me han timado pero ¿Qué más da? Ni loco hubiera entrado en un restaurante como éste. Voy vestido con el traje de la boda, el único bueno que tengo y que sigue pareciendo bueno. Me tratan como a uno más. Alucino con los comensales. Gente pija que me da repugnancia, enemigos de clase. Hoy me siento uno de ellos. Elijo los platos sin fijarme en el precio. Total, no voy a pagar. Vino del bueno, de mi tierra. Como con tranquilidad, saboreando. Esto no se va a repetir nunca. Después del postre, un copazo de whisky. ¿Puedo salir a fumar? Gracias, majo. Me recuesto en la puerta y saco uno de los porros que me dio Matías de propina. Hace veinte años que no fumo pero es como montar en bicicleta. Aspiro y retengo el humo. Todo se va colocando en su sitio. Tiro la colilla al suelo y me dirijo a la entrada del metro. Sin correr. Espero que en cualquier momento salga un camarero a darme el alto pero no sucede. Por fin algo que sale bien. Aunque no llevo chaqueta el segurata me deja pasar. Me pido un copazo. La pista de baile está a tope. Fin de año. Pensarán ¿Qué coño hace este viejo aquí? Busco un rincón apartado y saco la cucharilla. Parece de juguete «No tienes ni puta idea de cómo hacerte una raya, mejor con esto» Matías tenía razón. Un poco por un orificio, un poco por el otro. Subidón. De repente, todo brilla. Me siento eléctrico. Claro que te invito, guapa ¿En los baños? Por supuesto. Ella sí que sabe hacer las rayas, le salen perfectas. Me pasa el billete. Para adentro. No, no quiero que me la chupes. No sé que extraño quid por quo es éste. Sí, claro que me pareces bonita. Me pareces preciosa. Apestas a juventud. Me encantaría acariciar esa piel con mis nuevos super sentidos potenciados por la coca. Pero no, no he venido a esto. Mi polla está muerta. Completamente. Métete otra raya, tranquila, no soy un depredador. Es un regalo de navidad. me da un beso suave en los labios y me deja solo en el lavabo. Me miro al espejo. Tengo los ojos que parezco Drácula. Me río como un imbécil. Me paso agua por la cara y salgo a por otra copa. Estoy borracho y drogado. Mañana me espera una resaca de la hostia. Y pasado mañana… pasado mañana los abogados, los reproches, todos los problemas, la tormenta de mierda. Pero eso será pasado mañana. Ahora me meto otra cucharilla de coca, y salgo a la pista a bailar.

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  3. Julián
    08/01/2026 @ 6:01 pm

    Los jugadores de lotería

    En la administración de lotería que está cerca de mi casa se forman largas colas en Navidad, en algunas ocasiones he llegado a contar una veintena de personas. Cuando las observo veo a personas vestidas con colores oscuros, suelen poner caras largas, parecen cansadas y hasta tristes, siguen sumisas la cola que se ha formado, sin armar jaleo, hablando en voz bajita si viene acompañados y suelen mirar al suelo.

    No los entiendo. Pienso que deberían estar sonriendo, ilusionados por la nueva vida que les dará el premio, intentar colarse dejándose llevar por su ansia de conseguir el número ganador. Me parecería más normal que estuvieran gritando para que la buena suerte se fije en ellos, invocando espíritus o a lo que haya que invocar, haciendo aspavientos, rezando a vivo pulmón: Dios, dame el premio a mí y no a los desgraciados que están junto a mi en esta cola de miserables. Los más tímidos podrían llegar arrodillados con cilicios en zonas ocultas y mostrar al cielo el cuerno de la abundancia vacío para que Dios se apiade de ellos. O tal vez deberían estar matando un gallo y esparcir la sangre en sus ojos o en sus manos para que sepan distinguir el número que será premiado. O mejor aún, sacrificar a su hija prepúber en un altar improvisado o hacer una orgia que dure horas invocando a la diosa fortuna.

    Perdón. Me he dejado llevar por un entusiasmo repentino. Me he desviado. Retomo el hilo, donde veía a esa gente triste en la cola. Pienso que tal vez esta gente está buscando un futuro mejor, la vida debe haberse portado mal con ellos y piensan que el esfuerzo de estar haciendo esa cola de quince minutos o media hora conseguirán que una sucesión de números al azar les dé como ganador. Estúpidos, pensar que el azar resolverá sus vidas. La definición de azar en el diccionario es: “Casualidad, caso fortuito”; pero una segunda acepción es mucho más descriptiva: “Desgracia imprevista”. ¿Esta gente ha pensado en algún momento que está buscando la desgracia? ¿El que tiene un accidente de avión gastó veinte euros en la compra de un número de lotería para que le tocara morir? ¿O el que le cayó un rayo?, acontecimientos que deben tener la misma probabilidad que le toque a uno de esos desgraciados jugadores de lotería.

    No. No. Perdón. Este relato se me está yendo de las manos, me he vuelto a salir del hilo que quería seguir. Vuelvo a intentarlo, a ver si ahora me puedo centrar. Hablaba de lo triste y estúpida que me parece esa gente haciendo cola. ¿Saben que la lotería se inventó como una vía de financiación del estado? ¿No se dan cuenta que son corderitos que siguen las indicaciones de papá-estado?, zombis obedientes, maleables y manipulados que hacen exactamente lo que se espera que haga la masa.

    Vaya, me he vuelto a salir del relato, no hay manera, parece que mi cinismo se ha declarado en rebeldía este principio de año. Retomo el relato, Iba por esa gente apagada, estúpida y manipulada que hace cola delante de la administración de lotería, ¿piensan realmente que si ganan el premio gordo serán más felices?, porque ganar el duro por peseta es una ridiculez, ellos van a ganar el gordo. ¿Han pensado en el esfuerzo constante, invertir en educación, las decisiones pensadas, el espíritu crítico para salir de su vida mediocre? A esos cretinos quisiera gritarles que no tiren a la basura esos veinte, cuarenta o cien euros, en todo caso que compren un libro de autoayuda con algún título extravagante tal como “Sal de tu vida mediocre en 7 días” o “Piensa por ti mismo en 4 pasos” que tal vez les abra los ojos. Ya que, en el hipotético caso que tengan el número ganador ¿Sabrán que hacer con el dinero?

    No. No sabrán que hacer con el dinero, porque esta gente apagada, estúpida, manipulada y mediocre están en la cola apesadumbrados porque en el fondo saben que este premio traerá envidias y enemistades, desgracia imprevista como bien dice la definición. Es la envidia. La envidia que lo corroe todo. No quieren el dinero para salir de su mediocridad, nunca lo harán, lo quieren para que si ganan dar envidia a los que serán sus ex-amigos, ex-compañeros de trabajo, ex-familia exhibiendo un cochazo o una casa enorme con piscina olímpica. ¿Y si su vecino, su amigo, su familiar es el afortunado? Entonces ellos podrán tener una excusa defendiéndose que ellos también compraron, pero no tuvieron tanta suerte.

    Y el 23 de diciembre, cuando vean en la televisión el parte de papá-estado y muestre a unos desconocidos abriendo botellas y brindando eufóricos, la gente que hacía cola estará de nuevo sonriente, alegrándose en el fondo por esa gente que va a caer en desgracia y contentos que no haya tocado a nadie de su entorno, asegurando un año más que no vaya a estropearse su vida anodina.

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  4. Papá Solrak
    08/01/2026 @ 9:09 pm

    EL INVENTOR DE LA NAVIDAD

    Hace un frío que pela, pero me salgo al balcón a mirar la calle, prefiero ver la gélida realidad antes que tragarme un minuto más del enésimo especial de navidad. Dentro, en el comedor, mi familia se queja del aire helado que se cuela en el piso. Los envío a la mierda y me enciendo un cigarro. Deberían agradecerme que los oxigene un poco. ya no sé si están en la tercera sobremesa o si se han pasado toda la noche comiendo. Una vez me inventé unas hormigas, las bauticé con el nombre de marabunta, que me pareció muy sonoro. Una especie de plaga bíblica. Pues al lado de estos buitres parecen anoréxicas.

    En la esquina, delante de la tienda de electrodomésticos, que se va al carajo por la competencia desleal de Amazon, un tipo reparte propaganda disfrazado de santa klaus y achucha a los niños. Les pellizca las mejillas mientras los elogia ante sus padres. Algunos críos se fotografían sentados en sus rodillas, y luego rellenan un cupón con sus datos para el sorteo de una play. El tipo es tan seboso que consigue estar sudado en plena era glacial. Bueno, que con ese disfraz es hasta comprensible.
    El gordo sudado es un pederasta que todos los años hace un pluriempleo porque ese trabajo le viene como anillo al dedo para cultivar sus inquietudes.

    Unos portales más abajo hay un vagabundo casteñeteando los dientes. Le han dicho los del ayuntamiento que pase estos días en un refugio para indigentes, pero él no quiere porque tiene un chucho que es la única cosa buena que hay en su vida y no le dejan meterlo en el refugio. El viejo no pasará de esta noche, se quedará pajarito, se dormirá para no despertar, con su perro pegado al cuerpo intentando darle calor. Tal vez éste vaya a ser el momento mas dulce de su vida. El animal tampoco tiene futuro. Lo llevarán a una perrera donde nadie lo querrá adoptar porque es feo y viejo. Acabarán por sacrificarlo, aunque el bicho ya se estará muriendo de pena.

    Siguen insistiéndome en que cierre la puerta del Balcón. La he dejado un poco abierta para que pasen frio y se meta el humo del cigarrillo. No les hago ni caso. El fulano en el que me he encarnado es un cabeza de familia de los de antes, una especie nunca en extinción. Con dos gritos los hago callar. Que se vayan a la puta cocina.

    En el edificio de enfrente vive la señora Virginia. La estoy viendo ahora mismo trajinando en la cocina.
    Hace tres de años que se quedó viuda. Desde entonces, los hijos e hijas y sus respectivas parejas y vástagos acampan cada año para pasar las fiestas con ella.
    Entre unos y otros se juntan quince personas. Para que no se sienta sola, dicen; los tiene metidos en casa nochebuena, navidad y Sant Esteve. Dicen, que así la alegran, pero todo el trabajo se lo come ella. Está hasta el moño de la familia.

    La señora Virginia no está muy fina. Ayer no aguanto más y le rebanó el cuello a uno de los yernos. Ella y su difunto esposo tenían una carnicería, en los bajos del edificio, el local está intacto, y aún guarda los cuchillos. El yerno ha dado para hacer un montón de embutidos y un rustido que le ha quedado riquísimo; el secreto es ponerle dos buenas copas de coñac.
    Ahora está haciendo canelones para toda la tropa. Hará una bandeja de bechamel y otra con tomate.

    Dos pisos mas arriba vive un tipo que siempre va mal de dinero. Cada fin de mes se las ve y se las desea para no acabarlo en números rojos. Con tanta penuria económica a su mujer se le ha puesto cara de vinagre y siempre andan a la greña. La paga extra desapareció en un abrir y cerrar de ojos, así que el muy desgraciado decidió no comprar la lotería del trabajo para ahorrar un poco. Por supuesto, el gordo ha caído en la empresa. El pobre está como yo en el balcón, midiendo con la mirada los metros que hay hasta el suelo.

    Podría seguir durante horas, pero hasta a mí me aburre este invento que se me ocurrió de las navidades.

    Entro y cierro la puerta del balcón. Mi familia me recibe de uñas. Estoy cansado de este cuerpo y de su vida mezquina, creo que buscaré otro ya, pero antes les voy a recordar a estos que, cuando aún tenla dos piernas, me encantaba ir de montería. La escopeta está en el armario, perfecta, que cada semana la limpio y la engraso.

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  5. Judas
    08/01/2026 @ 11:08 pm

    En el portal de Belén

    Jesús está consumiendo en el portal de Belén. Con cada calada, el hachís, perfumado como incienso, le imbuye más a dentro en el sueño de la apatía. Siente el corazón pausado y los párpados pesados. La lengua pegajosa. Tiene sed, pero le cuesta moverse. Lleva días fumando ese maná balsámico que le proporciona Gaspar “el rubio”. Es suave y placentero, pero Jesús necesita algo más fuerte y lo sabe. Su cuerpo le pide heroína o mejor, crack. Aunque no tiene un duro, ni Melchor Blanco ni Baltazar Moreno le quieren fiar.

    A causa de la abstinencia no sabe si vive o si ya está muerto. Pasa el tiempo bajo las mantas y los cartones, oyendo el ajetreo de la ciudad como si fuera el rumor de un océano hostil. Es diciembre, se acercan las Navidades, pero eso no significa nada para Jesús. En su universo el tiempo se detiene. Evadiéndose, a salvo de la realidad. Al resguardo de sus miserias. Cierra los ojos y sonríe; se ha meado encima y el orín le calienta las piernas.

    Hace meses que subsiste allí, en el portal del edificio donde vive su hermana Belén. Ella ya no quiere tenerlo en el piso. Dice que le roba y es cierto. La última vez se llevó la consola de su sobrino para venderla. La que le habían regalado por el cumpleaños. Su hermana se enfadó como nunca. Juan, su sobrino, lloraba a mares, parecía bautizado en lágrimas. Pero Jesús solo se encogió de hombros y se marchó al parque. Melchor le vendió heroína. Esa fue su última bolsa de oro blanco.

    Aquella vez Belén le dijo que ya no podía más. Que podía quedarse abajo, en la calle, pero que ella ya no iba a hacer nada más por él, que tenía otros problemas. Aunque Jesús sabe que es ella quien le deja ropa limpia y comida caliente. La que esconde monedas debajo de los cartones para que él las encuentre. La que sacude su cuerpo cuando él duerme, para asegurarse de que sigue vivo. Ella siempre ha intentado ayudarle, pero él es un caso perdido.

    Su hermana no anda muy fina. Jesús, lo sabe. A veces la ve salir del portal. Cuando sus ojos se cruzan, ella siempre tiene los suyos rojos e hinchados. Además, está cada vez más delgada. Jesús teme que se haya enfermado por las preocupaciones que él le causa. Esa duda le corroe y le pesa como una losa, porque él quiere mucho a Belén. La quiere tanto que le duele el alma. Él dice que la quiere a su manera. Aunque muchos dirán que Jesús ya no sabe querer.

    Cuando la ve salir, le gustaría decirle que no se preocupe. Que todo saldrá bien. Que se olvide de él. Que no se puede querer a un hermano perdido. Pero no sabe hacerlo. En cambio, se encoge bajo las mantas y sueña que la vida es una alucinación, en la que tres rayas mágicas le dan lo que necesita para mitigar la abstinencia.

    Hoy a Jesús le duele el estómago. El hachís le ayuda, pero, a pesar de la modorra, en las tripas nota un nido de víboras. No le gusta mucho la “maría”, aunque ésta fue la que le abrió las puertas al cielo de las drogas. Pero la marihuana y el hachís le dan ansiedad. Cuando se emparanoia, siente como si millones de avispas revolotearan bajo su piel, y querría arrancársela. Por eso empezó a meterse heroína para dejar de sentir. Aunque la abstinencia es peor.

    Hoy el porro lo ha dejado adormilado, pero no lo suficiente. Los síntomas de la falta de heroína empeoran. Le zumban los oídos y la cabeza está a punto de estallar. Jesús tiembla con violencia bajo los cartones. La piel le arde como hierro incandescente, pero tiene el frío metido en los huesos. El estómago bulle, parece el caldero de una bruja. Le sobrevienen náuseas atroces. Se incorpora. Tambaleándose, se acerca al hueco de un árbol y vomita una fuente de bilis oscura. El olor a podrido le provoca nuevas arcadas. Cuando consigue incorporarse, las luces de la ciudad le deslumbran. Ya no sabe dónde está. Solo puede ver millones de círculos de colores, como si un arcoíris se le hubiera clavado en las órbitas. Se siente confuso. Está agitado. Las sombras de la ciudad se ciernen. Una figura se acerca. Un ángel deforme, sin rostro, que se abalanza sobre él. Le agarra con una mano huesuda que parece surgida del abismo. Jesús empuja al espectro, pero otros fantasmas le rodean. Se defiende a codazos. Oye gritos, lamentos. Tropieza con algo caído en el suelo, una sombra. Pero Jesús solo tiene ojos para un monedero. Un monedero que ha visto montones de veces y que aparece a sus pies como regalo de Dios. Sin pensárselo, lo agarra y corre hacia el parque, en busca del dulce néctar blanco del olvido.

    Horas después, tirado, entre la maleza del parque, Jesús babea espuma blanquinosa. Alguien lo zarandea. “Ángel, ¿está vivo ese?” “Joder, una sobredosis. Venga, ¡Este para el hospital! Llévalo al Espíritu Santo. Allí tienen depósito, por si no sobrevive.”

    Pero Jesús sobrevive. Los médicos del Espíritu Santo le han salvado la vida. Lleva quince días allí, en rehabilitación. Su cuñado viene de visita, con una mirada glacial que corta el aliento. Le cuenta que Belén ha muerto. Que hace días cayó en la acera, delante del portal, por un infarto, según dijeron los médicos. Que hacía meses que estaba en lista de espera para un trasplante, pero, por desgracia, éste no llegó a tiempo. También le cuenta que, cuando Belén murió, alguien le robó el monedero, lleno de billetes gracias a la paga extra. El cuñado le mira muy adentro del alma y le dice que el monedero se encontró en el parque de los camellos. Donde también le encontraron a él. Lo último que le dice, serio, tan serio que el tiempo se para: “no vuelvas al portal. Si me entero de que fuiste tú quien robó a Belén, te mato”.

    Desde entonces, cuando Jesús, el que volvió a la vida, escucha la canción del dichoso portal de Belén, los ojos se le anegan, el corazón se le hace un nudo y le cuesta respirar. Sabe que no es la abstinencia, a esa ya la venció, pero a la maldita vida, a esa, no pudo ganarla. La vida siempre ahoga y aprieta hasta que nos revienta.

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  6. redención
    09/01/2026 @ 5:14 pm

    La Redención de Thorne
    La niebla se aferraba a los adoquines de Oakhaven como un sudario gris y húmedo. Era Nochebuena en aquel pequeño pueblo inglés, donde las casas de piedra caliza lucían coronas de acebo y las ventanas brillaban con la promesa de pavos asados y pudines. Sin embargo, la mansión de Harold Thorne permanecía oscura, salvo por una única vela que parpadeaba en su despacho.

    Harold Thorne no era simplemente un avaro; era un arquitecto de barreras. Odiaba gastar una moneda tanto como odiaba lo «diferente». Para él, el mundo tenía un orden estricto: los ricos arriba, los pobres abajo, y cada raza en su sitio, preferiblemente lejos de su vista.

    —Bah, tonterías —masculló, firmando una orden de desalojo para una familia de inmigrantes que vivía en una de sus propiedades—. La Navidad es una excusa para que los vagos metan la mano en el bolsillo de los justos.

    Se fue a la cama con el corazón tan frío como la escarcha en sus ventanas. Pero el sueño no le traería descanso.

    Al dar la una, las cortinas de su cama se abrieron de golpe. Una ráfaga de aire cálido, con olor a especias y tierra mojada, llenó la habitación. Frente a él, de pie con una dignidad imponente, había un hombre negro. Vestía un traje de época victoriana impecable, pero sus ojos contenían una tristeza antigua.

    —¿Quién eres? —tartamudeó Thorne, retrocediendo contra la cabecera.

    —Soy el Fantasma de la Ignorancia Pasada —dijo el espíritu. Su voz era profunda, resonante como un tambor lejano—. Soy el rostro de aquellos a los que nunca miraste a los ojos.

    El espíritu tocó el brazo de Thorne y, al instante, el dormitorio se disolvió. Estaban en el patio de la escuela de Oakhaven, cincuenta años atrás. Un joven Harold se reía mientras otros niños lanzaban piedras a un chico nuevo, un niño de piel oscura hijo de un marinero. El Harold adulto vio cómo su «yo» joven, desesperado por encajar, se unía a la burla, gritando insultos que ahora resonaban con una crueldad insoportable.

    —Él solo quería jugar, Harold —dijo el espíritu, mirando la escena con compasión, no con ira—. Aprendiste a odiar para no estar solo. Y ahora, estás más solo que nadie. Mira lo que el odio te costó.

    La escena cambió. Harold, ya joven adulto, rechazaba un negocio próspero con un socio brillante simplemente por el color de su piel. Ese socio se convirtió en un magnate en Londres; Harold se quedó en el pueblo, amargado y estancado.

    —El racismo es una jaula, Thorne —susurró el espíritu mientras se desvanecía—. Y tú tienes la llave, pero te niegas a usarla.

    Thorne despertó sudando, pero el reloj marcó las dos.

    La habitación se iluminó con un resplandor dorado, casi cegador. Sentado sobre una montaña de libros de contabilidad, había un ser grotesco y fascinante. Su piel no era carne, sino oro líquido que goteaba; sus ojos eran monedas de plata y su risa sonaba como una caja registradora abriéndose.

    —¡Mírame! —bramó la figura—. Soy el Fantasma de la Avaricia Presente. Soy tu único amigo, ¿verdad, Harold? Soy el Dinero.

    El espíritu lo arrastró por el aire helado hacia las ventanas del pueblo. Vieron el interior de la casa de los Miller, la familia que Harold planeaba desalojar. No tenían pavo, solo un guiso aguado, pero la mesa estaba llena de risas. El padre contaba historias, la madre abrazaba a los niños.

    —Qué desperdicio de felicidad —dijo el Fantasma del Dinero con sarcasmo—. No tienen nada, y sin embargo, tienen algo que tú no puedes comprar.

    Luego, el espíritu llevó a Harold a su propia oficina en el presente. Vio a sus empleados burlándose de él a sus espaldas, no con odio, sino con lástima.

    —»El pobre viejo Thorne», dicen —rio el espíritu, y el oro de su piel comenzó a derretirse, convirtiéndose en lodo negro—. Crees que me posees, Harold, pero yo te poseo a ti. Y soy un amo terrible. Me estás acumulando para que nadie más me tenga, pero al final, solo soy metal frío. No abrazo, no consuelo, no recuerdo.

    El espíritu se deshizo en un charco de alquitrán y monedas oxidadas, dejando a Harold solo en la oscuridad de la noche, temblando no de frío, sino de una verdad que empezaba a agrietar su alma.

    El reloj dio las tres. El silencio era absoluto.

    De las sombras emergió una figura alta, envuelta en velos negros de luto. Caminaba con una elegancia etérea. Era, sin duda, una mujer. Su presencia imponía un respeto solemne.

    —¿Eres el Futuro? —preguntó Harold, con la voz quebrada.

    La figura no habló. Solo señaló con una mano enguantada en encaje negro hacia adelante. Caminaron hacia el cementerio de Oakhaven. La niebla era tan densa que Harold apenas podía ver sus propios pies.

    Se detuvieron ante una lápida descuidada, cubierta de malas hierbas. No había flores. Nadie la visitaba. Harold se acercó y leyó su propio nombre: Harold Thorne. Murió rico. Murió solo.

    —No… —sollozó Harold, cayendo de rodillas—. Puedo cambiar. He visto mi error. He visto que el color de la piel no define el alma, que el dinero no compra el calor humano. ¡Dime que puedo cambiar esto!

    Harold se aferró a la falda del espíritu, suplicando una respuesta. La figura se detuvo y, lentamente, llevó sus manos al velo que cubría su rostro.

    —Las cosas no siempre son lo que parecen, Harold —dijo la figura.

    Pero la voz no era de mujer. Era un barítono suave y firme.

    La figura se quitó el velo y la ropa de luto cayó. Debajo, no había una dama victoriana, sino un hombre joven, de rasgos finos y mirada desafiante, vestido con ropa moderna y sencilla.

    Harold retrocedió, confundido.

    —¿Un hombre? Pero… vestías como… yo pensé…

    —Asumiste —dijo el espíritu, mirándolo fijamente—. Me viste y decidiste quién era yo basándote en un trozo de tela, igual que decides quién vale la pena basándote en su piel o en su cuenta bancaria. Soy el Futuro, Harold, y el futuro no cabe en tus cajas estrechas. El futuro es fluido, es cambio, es la verdad debajo de la máscara. Si no puedes aceptar que te equivocaste con algo tan simple como mi apariencia, ¿cómo esperas cambiar tu destino?

    El hombre sonrió, una sonrisa triste pero esperanzadora.

    —Rompe tus moldes, Thorne. O esta tumba será la única caja que te encaje perfectamente.

    El suelo se abrió bajo los pies de Harold. Cayó en un abismo negro, gritando promesas de redención…

    Hasta que despertó enredado en sus propias sábanas. La luz del sol de la mañana de Navidad entraba a raudales por la ventana. Las campanas de la iglesia de Oakhaven repicaban con alegría.

    Harold se tocó la cara. Estaba vivo. El tiempo era suyo.

    Saltó de la cama con una energía que no sentía desde hacía décadas. Se vistió atropelladamente y corrió hacia el espejo. Se vio a sí mismo, viejo y arrugado, pero por primera vez, vio al humano, no al propietario.

    Salió a la calle corriendo. La nieve crujía bajo sus botas. Se cruzó con el señor Adewale, el cartero del pueblo, un hombre negro al que Harold jamás había saludado.

    —¡Feliz Navidad, señor Adewale! —gritó Harold, estrechándole la mano con ambas manos—. ¡Qué día tan glorioso!

    El cartero, atónito, sonrió con cautela. —Feliz Navidad, señor Thorne.

    Harold no se detuvo allí. Corrió a la casa de los Miller. Rompió la orden de desalojo frente a sus ojos y les entregó una bolsa pesada con monedas de oro.

    —Para el pavo, para los regalos, para la vida —dijo, riendo con una risa que ya no sonaba a monedas, sino a alivio.

    Esa tarde, Harold caminó por el pueblo. Vio el mundo con ojos nuevos. Vio que la riqueza estaba en la comunidad, que la dignidad no tenía raza, y que las personas eran misterios maravillosos que no debían ser juzgados por su apariencia.

    Nunca volvió a ver a los espíritus, pero dicen en Oakhaven que nadie supo celebrar la Navidad, y la humanidad, mejor que Harold Thorne. Y cada vez que alguien intentaba juzgar a un libro por su portada, Harold sonreía, recordando a la mujer que resultó ser un hombre, y susurraba: «El mundo es más grande de lo que crees»

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  7. Pantera Morada
    09/01/2026 @ 10:37 pm

    ECOS DEL PASADO

    Poco se habla de los murmullos y otros ruidos que oyen los sintecho en la víspera de Navidad. Para ser más exactos, durante las noches de invierno, pero especialmente en la víspera del día de muertos y durante el período navideño. Nadie parece prestarles atención, salvo ellos, que viven en los márgenes de la sociedad, olvidados. A veces los niños más pequeños, algunos ancianos y gente con cierta sensibilidad también los escuchan. Pero a todos les invade el terror ante tales sonidos. Aún son menos los que logran ver lo que se oculta en la noche. Mejor que no vean.

    Ahora todo son villancicos y los grandes hits navideños de siempre, calles y casas decoradas con luces, anuncios de juguetes y perfumes entre otros, ofertas, toda clase de viandas típicas de estas fechas y ajetreo, sobre todo muchísimo ajetreo. No deja de ser ruido también, sí, sólo que de otra clase. Pero el retumbar ancestral sigue ahí, nunca se fue.

    Ese es nuestro retumbar.

    Y lo notan, siempre lo han hecho.

    Antes de la veneración al dinero, mucho antes del dios de los corderos, estaba nuestra voz, el sonido de nuestros tambores, nuestros gemidos, nuestros gritos, así como también el de nuestros cánticos y nuestras nanas. El rechinar de nuestros caballos, ladridos, graznidos y maullidos. El sonido de nuestras pisadas y el de nuestras carcajadas. La luz de nuestros ojos y el resplandor tenue de nuestros espíritus. Las ofrendas de comida que ahora forman parte de las tradiciones infantiles eran para apaciguarnos y que pasáramos de largo, o bien para ganarse nuestro favor y tener buenas cosechas y un ganado abundante.

    No es de extrañar que estas fiestas despierten sentimientos encontrados… las adoran y aborrecen. Y no es para menos, de nuestra mano viene la putrefacción, los vientos gélidos, el hambre y la muerte, pero también la luz del Sol, la renovación y la fecundidad de la tierra, como si de un embarazo se tratara. Y en el frío y la oscuridad nada da más calor y regocijo que estar con quienes amamos. O encontrar refugio en nuestros semejantes, porque compartir es también una cuestión de supervivencia. Espíritus de ancestros y amigos vuelven para compartir también. Nada reconforta más que la presencia de los seres queridos. Nada como el frío para apreciar el calor.

    Antes nos tenían mucho más miedo, ahora los sagrados ritos han quedado relegados sobre todo en lo que concierne a los más pequeños de la casa, pero no importa. Está bien así. Siempre nos adaptamos. Seguimos ahí, y nos hacemos notar. No importa que el estruendo que nos preceda haya sido opacado por el ruido de la modernidad, el viento cortante siempre trae nuestro eco, siempre trae nuestro retumbar. Y lo notan, en el fondo lo notan.

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