Guerra y pasta
Por Irina Mishina
Me despierto por la mañana, como de costumbre, con el sonido de las telenoticias cuando el televisor se enciende impulsado a la vida por el timer. Normalmente no hago mucho caso al contenido de las noticias, me importa más bien el ruido de por sí, porque me devuelve del mundo de ensueño a la vida real. Pero esta vez lo que me despierta no es el mero murmullo de las voces, sino específicamente las palabras que aquellas voces pronuncian. Ha habido otra explosión por la noche. Otro edificio residencial caído. Los reporteros están calculando el número de las víctimas. No es la primera vez, ya estoy acostumbrada. Sin embargo, algo en lo que se dice hace a mi cuerpo encogerse: esta bomba se había detonado a varias manzanas de mí…
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«Cuando volvimos después del ataque, la ciudad que conocía ya no existía. Lo que vimos era la devastación pura. Mi casa estaba patas arriba. Los rusos entraron y sacaron todas las cosas, las dejaron en la calle. Los soldados rusos pisotearon el Corán de mi madre. Todo estaba en ruinas. Y, sin embargo, nunca en mi vida amé a Grozni tanto como en aquel momento, cuando estaba destruido por los rusos».
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Cualquier historia puede ser contada desde diferentes puntos de vista, lo que la convierte, de hecho, en una multiplicidad de historias. Y la historia de un conflicto siempre tiene como mínimo dos lados que aportan perspectivas opuestas. Allí arriba son dos caras de la misma moneda, dos memorias de la misma guerra, que formalmente no debería llamarse guerra, pero lo era y es una pieza inseparable del tejido venenoso de todas las guerras de la actualidad. Hoy vamos a hablar sobre Chechenia.
Si es imposible encontrar la verdad absoluta entre variedades de relatos vistos por diferentes ojos que miran a la misma realidad, cuando al escenario entra la ficción, la cosa se complica aún más. A veces la ficción literaria se convierte en una bomba que nos fuerza a replantear nuestra relación con las historias que nos contamos.
En 2008 uno de los clásicos de la literatura rusa contemporánea, el galardón de premios innumerables, Vladimir Makanin sacó una novela que, al obtener otro premio más, estalló mejor que cualquier artilugio terrorista. Asán trata, supuestamente, sobre la guerra en Chechenia. Supuestamente, porque el libro provocó un rechazo profundo entre los participantes del conflicto desde ambos lados. Los adversarios de la novela encuentran detalles abundantes que no corresponden, aparentemente, a la realidad vivida por los testigos. Las acusaciones de que Makanin nunca había estado en Chechenia y, por eso, no tiene ni idea de qué está hablando nos devuelven a la discusión interminable acerca de qué derecho tiene el escritor de hablar sobre las cosas que no ha vivido. Bueno, recordemos que Tolstoi nunca luchó contra Napoleón tampoco.

Al margen de las inexactitudes, Asán cuenta la Verdad. La verdad tan profunda que hiere al lector independientemente del lado en el que está. Pero para comprender esta verdad y estas heridas es imprescindible conocer qué hay detrás. Y es que el mundo puede mofarse de nuestro Todopoderoso por sus clases magistrales de historia en cada discurso, pero hay cosas que son inevitables. La tragedia de Chechenia empezó mucho antes de los temerosos años noventa de Rusia en quiebra, y todo el asunto es más complejo que el relato simplista «un pueblo luchando por su libertad contra un imperio malvado».
Todo empezó a principios del siglo XIX con otra guerra que tampoco debería llamarse una guerra, pero lo era, la Guerra del Cáucaso. Algunos dicen que aquella conquista sangrienta que borró de la faz de la tierra pueblos enteros, era la guerra más larga en la historia de Rusia. Otros afirman que esa guerra aún no ha acabado. Lo que es indiscutible es que es una herida en nuestro cuerpo histórico. Y esta herida sigue sangrando. Lo de Chechenia es una secuela.
En general, las heridas históricas tienen mucho que ver con aquel conflicto. Y al llegar a la devastación del fin de la URSS, empezaron a gangrenarse. Añadimos aquí la pobreza expandiéndose por todas las partes del país, el carácter nacional bastante bélico de las etnias caucásicas, los esquemas corruptos involucrando el petróleo y algún alto cargo del Kremlin de incógnito, y un líder carismático con una idea que todos conocemos muy bien: «si nos independizamos, seremos ricos, viviremos felices y comeremos perdices». Desafortunadamente, también sabemos a dónde llevan los argumentos de este tipo.
La saga trágica de múltiples episodios del conflicto en Chechenia involucra el saqueo del armamento soviético para formar bandas paramilitares; estafas financieras a gran escala; robos, atracos y secuestros; todo coronado por una total falta de cualquier voluntad política en los pasillos del Kremlin para resolver el problema mientras aún se podía resolver. Cuando finalmente se decidió que había que solucionarlo ya (tal vez alguien dejó de pagar a alguien), todo lo que pasaba en Rusia, el ejército incluido, se podía describir con una palabra: la decadencia. En estas condiciones, una operación militar contra un pueblo-guerrilla armado hasta las narices, sin ninguna estrategia clara, llevó a todos los desastres de esa guerra, que ni tenía que haber empezado.
Igual que dos siglos atrás, Rusia en el Cáucaso se encontró en unos círculos de violencia, que una vez iniciados resultaron ser interminables. Los apasionados guerrilleros de la independencia chechena muy pronto pasaron del seno de la lucha romántica por la libertad a las banderas del yihad, integrándose en las redes internacionales del terrorismo islamista radical. Y esto, amigos míos, ya es totalmente otra pasta, otra motivación y otro grado de predisposición de ir a por todas. El resultado: decenas de miles de muertos, tanto en los altercados militares como en los actos terroristas. Con la mención de Chechenia a cada persona en Rusia se le encoge el cuerpo, independientemente de su experiencia en los asuntos en cuestión.
Y en esta llaga metió el dedo Makanin con su Asán. Sí, aparentemente, él no se preocupó por la exactitud de los datos. Él hizo lo que hacemos todos los escritores: cogió la realidad, le extrajo la médula e imaginó una historia no para describir aquella realidad en su apariencia, sino para retratar lo que está en el núcleo. Porque es lo que debe hacer cualquier creador. El problema es que tratamos a nuestros traumas como a los Santos Griales, porque son constitutivos de nuestra identidad, y precisamente por eso nos importan tanto las exactitudes: la esencia duele demasiado. Por eso Asán provocó tanta rebelión: las heridas aún están en carne viva.
La premisa es bastante simple. El protagonista, un intendente militar de poca monta, en el caos y el sinsentido de aquellos sucesos, buscando las maneras de sobrevivir como sea en un barco hundiéndose abandonado por sus dirigentes, se convierte en una de las personas más importantes de la región, respetada y buscada por ambos bandos del conflicto. Porque él, el Comandante de Intendencia, es el que distribuye los carburantes, y por lo tanto, si los necesitas, te los puede vender. Es buena gente, el protagonista: ayuda a las madres de los soldados a buscar a sus hijos; rescata a los rehenes; ayuda a los soldados separados de sus regimientos en el combate a volver con sus compañeros. Cobra por ello, es verdad, y a los soldados les utiliza como esclavos laborales, pero no es su culpa, los tiempos son así. Como bien sabemos, no es nada personal.
Asán no es un libro sobre una guerra, ni sobre aquella en concreto, ni sobre la guerra en general. Sí, a través de los ojos del Comandante Zhilin Makanin, a grandes pinceladas, nos pinta los sucesos principales de los dos episodios de la saga chechena. Lo hace para crear el contexto: el pez se pudre por la cabeza. Pero una vez iniciado el proceso de putrefacción es como aquellos círculos de violencia ya mencionados: prácticamente imparable. Y entonces una cuestión se plantea para cada lector: en un mundo donde todo se vende y todo se compra, ¿qué haces tú? ¿Te vendes también? Recordad lo que dije hace unos platos atrás: la corrupción no nace en los altos pasillos del poder, nace en la junta de vecinos cuando nadie quiere asumir su responsabilidad.
El título de la novela juega un rol importante. Asán es una deidad local antigua, una de aquellas figuras que gobernaban la vida caucásica antes de la llegada del Corán. Un dios de guerra olvidado que resurge en el inconsciente colectivo solamente cuando un anciano en su lecho de muerte de repente recuerda: «Asán quiere sangre». La mención de este mito —totalmente inventado por Makanin— es muy puntual y, sin embargo, significativa. A lo largo de la narración el protagonista mismo se convierte en la deidad sanguinaria, con su nombre Aleksander transmutado por los locales en Asán. Y con ello la oración en clave «Asán quiere sangre» se vuelve «Asán quiere dinero».
No creo que todas las guerras comiencen siempre solamente por cuestiones económicas. Somos mucho más complejos que eso. Sin embargo, queda obvio que para que cualquier guerra perdure tiene que haber alguien que gane con ello un buen dineral. Así que no leáis a Asán de Makanin para aprender sobre la guerra en Chechenia. Ni tampoco leáis el libro para pretender que sois testigos de una desgracia ajena: «¡Ah! ¡Mirad qué barbaridades hacen esos rusos!» Leedlo para horrorizaros de nuestra complicidad mutua en el mundo donde ríos de sangre y el dinero van tan de la mano. Aunque es verdad que hay que ser bastante masoquista para ello.
Y si no queréis leerlo porque creéis que no tiene nada que ver con vosotros, recordad: cuando Asán quiere pasta, podemos estar seguros de que tarde o temprano cobrará su cuota de sangre.