Francesca Bonnemaison: Educadora de ciutadanes
Por Miriam Jareño Comellas
Nuestra biografiada de hoy es un caso un poco atípico dentro del mundo de las mujeres catalanas y españolas de los siglos xix y xx. Fue una mujer, hasta cierto punto, adelantada a nuestro tiempo ya que creyó firmemente en la educación de las mujeres obreras. Pero, y no por ello algo negativo, no apostó de forma clara por una mujer con una vida plena fuera del hogar. A lo largo de su biografía vamos descubriendo que esta contradicción no es algo reprochable, ya que fue consecuente con sus virtudes, sus defectos, su época y su clase.
Me hace especial ilusión traerla a nuestra revista ya que su nombre está ligado a una biblioteca a la que todos los integrantes tenemos un cariño especial, no tan solo porque se trata de un lugar que alberga conocimiento, sino porque en ella hemos presenciado algunas presentaciones de libros de compañeros y compañeras nuestros. Esta biblioteca es un lugar de una belleza especial para todo amante de la literatura. A título personal, es para mí el paradigma de lo que debería ser una biblioteca profundamente arraigada a la ciudad. Admito que desconocía los orígenes de su nombre y con este artículo quiero no tan solo poner remedio a mi falta de conocimiento, sino rendir un sentido homenaje tanto a la mujer como a la institución.
Hablemos ahora de esta mujer incansable, trabajadora, inquieta, fuera de todo molde. Procedía de una familia burguesa acomodada, con un padre de orígenes franceses y una madre catalana. Esta diferencia, tanto de procedencias como de formación cultural, fue clave en la formación del carácter poco corriente de la niña. El padre regentaba una próspera tienda de ropa situada en la Rambla de Cataluña. La localización del negocio y de la vivienda familiar permitió a la joven estar al tanto de las tensiones políticas de su tiempo. La pertenencia a la alta burguesía catalana, además, dotó a Francesca de un amplio conocimiento del movimiento nacionalista catalán, ya que su padre era un firme defensor de la identidad catalana. Como podemos ver, la singularidad de su familia impregnó a la niña Francesca de una doble vertiente, religiosa y liberal a la vez. Tuvo fuertes creencias religiosas que mantuvo a lo largo de su vida y dentro de su ideario formativo recalcó la necesidad de educar en la religión a las mujeres, ya que, para ella, las dotaba de virtudes fundamentales para su desarrollo.
Se casó con un abogado de pocos recursos que con el tiempo acabaría siendo muy conocido, Narcís Verdaguer, que, además de ejercer la abogacía, acabó siendo político. De él no hay mucho que decir aparte de que era primo carnal de Mossèn Cinto Verdaguer, personaje controvertido a quien Francesca Bonnemaison quiso mucho durante su vida y a quien nunca dejó de apoyar. El matrimonio de Narcís y Francesca fue poco común, ya que en su época imperaban los matrimonios entre clases sociales equiparables y, por lo general, se admitía un matrimonio en el que la mujer tuviera menos recursos que el hombre, pero no a la inversa.
Francesca, a pesar de su pensamiento educacional y de su ambición a la hora de desear formar a las mujeres de su época, fue una mujer bastante típica de su tiempo durante los años en los que estuvo casada. Junto con su marido emprendieron una labor traductora bastante importante de cuentos populares bajo el pseudónimo de Franar (la unión de las tres letras de sus nombres: Francesca y Narcís). Fue una mujer sometida a su marido en cuanto a que debía quedarse en casa, no destacar por encima de él y consultarle acerca de cualquier cosa que ella quisiera emprender por su cuenta. Hemos de tener en cuenta que en su tiempo lo habitual era que la mujer, una vez casada, abandonase sus aspiraciones personales y se dedicara en cuerpo y alma al marido y al hogar. Naturalmente hubo excepciones, pero el caso de Francesca no se cuenta entre ellos.

A pesar de todo, en algunos momentos pasó por encima de la opinión de su marido, sobre todo cuando fue propuesta como bibliotecaria de la biblioteca Obra de Buenas Lecturas, biblioteca de ámbito religioso que además ofrecía material cultural para las mujeres que accedían a ella. El cargo no fue inicialmente aprobado por su marido, pero acabó aceptándolo y entendiendo que su mujer deseaba ejercer una buena labor.
Este cargo no fue más que el inicio de su gran obsesión, permitir que todas las mujeres tuvieran acceso a la mejor de las culturas posibles sin que su clase social fuera un impedimento. Creyó profundamente en la mejora de las condiciones de vida de aquellas que no tenían recursos para poderse formar adecuadamente y se dedicó a ello de forma activa. Si bien es cierto que en sus inicios sus ideales reformadores tuvieron críticas por venir de una institución religiosa a la que se acusó de proselitismo, estos inconvenientes no frenaron nunca a nuestra biografiada, quien luchó por desvincular la obra caritativa de la iglesia de su proyecto personal.
Debido a la cada vez mayor cantidad de asistentes a las clases y a la expansión de los fondos documentales de la biblioteca, tuvo que cambiar varias veces de localización hasta acabar situándose en el local que hoy en día conocemos como Biblioteca Francesca Bonnemaison, que en su tiempo tenía el nombre de Instituto de Cultura y Biblioteca Popular de la Mujer —la ubicación mencionada al inicio de esta reseña—. Francesca, dotada de gran empatía, carisma y capacidad de convencimiento, supo rodearse de personas influyentes a quienes logró transmitir su proyecto con tal pasión que logró reunir gran cantidad de donativos, tanto económicos como de fondos, para su biblioteca, convirtiéndola en una de las mejor dotadas a nivel estatal.
Lo que comenzó siendo solo una biblioteca femenina acabó siendo un centro de referencia en la ciudad condal, ya que terminó por poseer espacios separados. La biblioteca siguió funcionando como tal, pero, además, tuvo un instituto propio, de carácter popular, al que acudían mujeres de todos los estratos sociales para educarse y tratar de lograr con ello una mejora en sus condiciones de vida. Este Instituto fue un centro de referencia ya que en él se daban clases de corte y confección, cocina, feminismo, cálculo mercantil, dactilografía, aritmética, gramática en varias lenguas, taquigrafía y educación física.
A destacar de forma preeminente la educación física. Francesca, de niña, solía realizar largas caminatas con su padre, persona de talante liberal que influyó notablemente en su hija. No tan solo le inculcó el amor por el excursionismo, sino que le enseñó a cazar, hecho insólito en una mujer de clase privilegiada. La otra gran forjadora del carácter de Francesca fue su madre, mujer muy devota que le enseñó a ser caritativa y la dotó de las profundas creencias que mostraría a lo largo de su existencia.
Esta fusión, entre biblioteca e instituto, creó el primer centro europeo exclusivamente femenino que ofrecía acceso a la cultura para todo tipo de mujeres. Hasta el momento, solo las de buena posición social podían costearse una buena formación. La creación de una biblioteca con estas prestaciones, con un precio reducido y un horario adaptado a las mujeres de clase trabajadora, fue un hecho realmente novedoso al que Francesca dedicó todos sus esfuerzos.
En el año 1918 Francesca enviudó, relativamente joven y sin hijos. Una vez fallecido su marido, ella fue la única responsable de este enorme proyecto, ya que hasta la fecha había contado con el apoyo no tan solo de Narcís sino de sus contactos. ¿Influyó su viudedad en el arrojo que mostró a la hora de continuar con su gran proyecto vital? Sí de forma indudable. Paquita Verdaguer, como también se la conoció, fue una mujer que aceptó sin cuestionarse el papel que le tocaba desempeñar como mujer casada. Se sometió a las reglas de su clase social, pero tuvo la gran suerte de saberse rodeada de gente que vio su talento y la impulsó a romper moldes emprendiendo su propia obra. Y contó con el apoyo, un tanto a regañadientes, de su marido, quien acabó aceptando que se había casado con una mujer excepcional.
Ya viuda, renovó sus ansias de seguir adelante con este proyecto, que le proporcionó profundas satisfacciones a nivel vital. Logró mantener los soportes económicos conseguidos en su etapa de mujer casada y no tan solo eso, sino que supo labrarse nuevos contactos que le permitieron avanzar en su afán de proporcionar cultura de calidad accesible a todas las mujeres que desearan aprovecharla. Más adelante se hizo con el patrocinio de una institución tan importante como La Caixa, hecho que permitió crecer este proyecto de forma tan importante que se expandió fuera de la ciudad condal, ya que se instalaron sedes en ciudades tan dispares como Badalona, Igualada, Reus, Vilafranca del Penedès y Vic. Esta estrategia visionaria de Francesca encumbró a su instituto como un centro de referencia a nivel de toda Cataluña.
Otra innovación introducida por Paquita Verdaguer fue la de constituir una bolsa de empleo que permitió a la nada desdeñable cantidad de 1600 mujeres (¡al año!) acceder a trabajos directamente relacionados con la formación ofrecida en su instituto. Aquí debo indicar que desconocía por completo el origen de las bolsas de trabajo y no me queda más remedio que aplaudir a Bonnemaison por su incuestionablemente eficaz visión del mundo laboral. Este motivo me reafirma en la importancia que tiene la lectura de esta obra que estoy reseñando, ya que su idea, que perduró a lo largo del tiempo, me ha permitido acceder al trabajo que desempeño en la actualidad en la Diputación de Barcelona, que cuenta entre sus sedes con el Espacio y Biblioteca Francesca Bonnemaison, y, sin lugar a duda, considero este un artículo especial, ya que me vincula directamente con esta mujer que, a día de hoy, no es tan reconocida como considero debería serlo.
Tras este paréntesis, retomo la vida y obra de la inigualable Paquita Verdaguer. Y lo hago resaltando una contradicción que no es negativa: Francesca apostaba por este modelo educativo, sí, y sin duda creyó firmemente en el potencial femenino como fuerza laboral que debía equipararse a la labor ejercida por los hombres hasta la fecha, pero nunca quiso que las mujeres rompieran los moldes tradicionales que tenían asignados como proveedoras de la paz hogareña. ¿Me sorprende esta contradicción con el carácter renovador del papel de la mujer que intentó instaurar? Mucho. Pero, como he comentado anteriormente, Francesca fue una mujer de su tiempo, no se adelantó en nada a su época ni creyó que la mujer debiera tener una vida independiente. No por ello su trabajo resulta menos importante ni debe menospreciársela por no ser capaz de dar ese paso. Como he comentado, fue consecuente con su tiempo y su educación.

Pronto, su proyecto evolucionó de tal manera que traspasó las fronteras no tan solo de Cataluña sino también de España, ya que Francesca emprendió una importante labor comunicadora mediante la revista Claror, fundada y dirigida por ella, y más adelante con su propio programa de radio, que se emitía quincenalmente. La influencia del instituto llegó hasta Italia, en la que una mujer que con el tiempo también llegó a ser muy conocida en el ámbito educacional pasó por él. Estamos hablando ni más ni menos que de María Montessori, la fundadora del reconocidísimo Método Montessori.
Finalmente, para ir cerrando la vida y obra de esta insuperable mujer, debo indicar que la Guerra Civil la afectó de lleno, obligándola a exiliarse en Suiza. Y, tras la vuelta de este retiro, sufrió el golpe más duro: su institución había sido arrebatada por las fuerzas vencedoras, desprestigiando injustamente la labor ejercida por Francesca. Este golpe, que la cogió ya mayor, la obligó a desvincularse de su gran trabajo y su muerte pasó desapercibida. Todo su legado, su infatigable misión, no tan solo cayó en el olvido, sino que fue vilmente transformada en un proyecto que nada tenía que ver con ella. Afortunadamente, el paso del tiempo devolvió su misión a los orígenes y ahora, sin duda, Francesca Bonnemaison puede respirar tranquila desde allá donde se halle su presencia, ya que la institución ha conseguido recuperar los objetivos por los que tan arduamente trabajó.