Comentaremos textos escritos por los participantes y haremos actividades de escritura en el momento, que nos pueden servir como semillas para la sesión siguiente o no.
Cada sábado tendremos una consigna sobre la cual escribir. Los textos se tienen que poner en los comentarios de la entrada pertinente antes del viernes anterior a la sesión. Podemos poner el texto tal cual o un enlace a un sitio donde leerlo. Los textos tienen que tener, como máximo, 900 palabras. Cada participante tiene dos compromisos: a) Escribir un texto y b) Leer los de los compañeros.
El laboratorio tendrá un número limitado de participantes. Para cada sesión podrán asistir quienes cumplan las dos condiciones anteriores, por orden de presentación de textos. Pedimos a todos los participantes honestidad y buen rollo.
La consigna en esta ocasión es abrir uno de nuestros libros preferidos y escoger dos frases al azar. Tenemos que escribir un relato que incluya las dos frases.
Tenéis que escribir vuestros textos y ponerlos en los comentarios de esta entrada, bien pegando directamente el texto, bien poniendo un enlace donde leerlo hasta el jueves anterior a las 12 de la noche. Tenemos hasta la sesión para leer los relatos de los demás.
Cualquier duda la podéis preguntar por el grupo de Whatsapp.
LUCIÉRNAGAS
“Avanzó rodeado por una nube de luciérnagas. Hubiese deseado, sobre todo, como en otro tiempo, meter en el horno con la ayuda de una vara una pastilla de malvavisco, mientras los libros, que aleteaban como palomas, morían en el porche y el jardín de la casa. Mientras los libros se elevaban en chispeantes torbellinos y se dispersaban en un viento oscurecido por la quemazón”.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó Leire, su hija de nueve años.
Tomás la miró y sonrió. Le gustaba su franca curiosidad, lúcida y descarada. Pensó que sus preguntas también eran como luciérnagas, fragmentos dispersos de luz moribunda que aleteaban en el aire, suspendidas, sin tomar tierra de forma definitiva.
—Pues un libro que, si fuera verdad lo que cuenta, no podría estar leyendo.
Ella se quedó con la boca abierta, los ojos redondos transformados en una acuarela de incomprensión.
—¿Y eso por qué, papi?
—Pues porque transcurre en un sitio en el que los que mandan no quieren que la gente aprenda nada, ni lean ningún libro, y por eso los queman.
Los ojos de Leire se agrandaron todavía más. Frunció el ceño, juntando las delgadas cejas. Tomás casi podía ver los engranajes de su cerebro trabajando furiosamente, luchando contra la confusión y el desconcierto bajo su espesa mata de pelo castaño.
—¿Los queman? —preguntó ella, azorada—. Pero eso… eso es…Eso está mal.
—Sí, cariño, es horrible.
—¿Y por qué lees un libro donde queman los libros?
Bendita propensión a la coherencia, pensó Tomás.
—Para no olvidar lo importantes que son, hija. Son muy importantes. ¿Cómo te sentirías tú si alguien quemara tus libros?
—Me enfadaría mucho, papi. Yo no quiero que nadie queme mis libros.
La niña se interrumpió de repente, los puños y los labios apretados, la respiración agitada.
—¿Y quién los quemaba? —inquirió—. ¿Qué personas lo hacían?
—Los bomberos. En este libro, los bomberos queman los libros en lugar de apagar incendios. Y lo peor de todo es que estaban convencidos de que hacían lo correcto. Escucha, te leeré un trocito en el que uno de los bomberos lo explica:
“—¿Ha leído alguno de los libros que quema?
Montag se rio.
—Lo prohíbe la ley.
—Oh, claro.
—Es un hermoso trabajo. El lunes quemas a Millay, el miércoles a Whitman, el viernes a Faulkner; quemarlos hasta convertirlos en cenizas, luego quemar las cenizas. Ese es nuestro lema oficial.”
Leire se quedó pensativa. Parpadeó varias veces y luego apoyó los antebrazos en las piernas de Tomás.
—¿Y qué les pasa a los personajes si se quema un libro, si ya nadie lo puede leer?
—Que desaparecen. Todos. Las historias, los personajes… Imagínate, todos esos personajes que te gustan… Harry Potter, Pinocho, Blancanieves, Mowgli, El Principito, Peter Pan, el capitán Nemo… Nadie podría leer sus aventuras.
—¿Y nadie los recordaría, los olvidarían para siempre?
—Podría ser. Aunque en esta novela, a pesar de que quemen los libros, los protagonistas encuentran una solución.
—¿Ah, sí? —Leire golpeó con las manos el reposabrazos del sillón, excitada— ¿Y cómo? ¿Cómo lo hacen, papi, cómo lo arreglan?
—Se los aprenden de memoria, hija, antes de que los bomberos los encuentren y los quemen. Cada una de las personas a las que les gusta leer escoge un libro y lo memoriza, desde el principio hasta el final, todo entero. Así, aunque el libro ya no exista porque lo han quemado, la historia y los personajes que hay dentro no se pierden porque la gente los recuerda dentro de su cabeza.
Leire entrelazó las manos sobre las rodillas de su padre. La excitación anterior se había tornado ensimismamiento. Otra vez esos engranajes trabajando de lo lindo dentro de su cabeza.
De pronto, levantó las manos y abrió la boca. Se puso de puntillas y preguntó:
—¿Cuánto falta para cenar?
—Pues tu madre vendrá en media hora, así que una hora más o menos.
—Vale, pues entonces me voy a mi habitación un rato antes de la cena.
—¿A hacer deberes? ¿A arreglar tu cuarto?
—No, papi, nada de eso —dijo ella mientras se daba la vuelta con resolución y abandonaba el salón—. Voy a elegir un libro. Voy a escoger cuál de los que tengo me aprenderé de memoria.
Yo, tú y él, y sin moderación.
Ahí está la magia, sin público una historia es solo una colección vacía de palabras (El modelador de la historia, J. Casri).
Chismes, solo chismes. ¿De qué sirven los dimes y diretes? Mi historia soy yo. A veces me confundo, cual, si la historia no fuese fruto del yo, existo yo, solo yo. A qué engañarse, qué son los otros. La necesidad de hablarnos. Considerar que compartirnos en palabras es mágico, y lo contrario, el vacío, semeja la paradoja de Adán y Eva, necesitados de la culebra para pecar, ese vicio de dos, pero a tres bandas. El yo consciente del otro no existe. Lo creamos a simple avatar, para que sea más divertido. Nos aburrimos, ¡entérate! ¿No te lo crees? Pues suprímete a ti mismo, y luego buscas a los demás. ¡Ingenuo del copón!
Cogito ergo sum. ¿Acaso no era este el axioma básico de René Descartes? Pienso, luego existo.
Existo porque pienso, me reconozco, lo que pienso me emociona, provoca el sexo y la mano, el amor, un carajo, o no. Cualquier historia de uno es uno mismo. Nada más. San Pedro no negó a Jesucristo tres veces, es una perspectiva. Simple perspectivismo. San Pedro negó tres veces porque tenía miedo, terror a que le colgaran de las pelotas. El dedo de Jesucristo no lo culpabilizo en su condición de lector externo. Lo adivinó, no esperó a que Pedro la tuviese terminada. La historia de San Pedro es un imposible. Quedó en simple culpabilidad onanista.
Se la contó, dos, tres y más. Interiorizó su culpabilidad. Fruto de ese soliloquio esa noche no pegó ojo. Más tarde se disculpó, nadie es perfecto. El insomnio sin perdón atiza mucho, muy ateo. Escribir para los demás es como comulgar para los demás, una herejía al cielo y a Dios.
Escribimos para nosotros porque a la postre el principio y el fin es el yo. EL YO.
¡Chorradas!
Tú y siempre tú.
El ególatra que niega al otro con su argumento tonto. Maniqueo. Por qué te molestas en argumentar sobre la alteridad, la necesidad del otro en contraposición al yo, si el tú no existe. No es, no está. Ja, ja y ja, qué gilipollez. Solo lo que es puede ser objeto de argumento, solo lo que está puede ser argumentado, para negarlo o para reafirmarlo. Loco de las narices, te envalentonas a puñetera soberbia.
Si te pierdes por una discoteca no saques a nadie a bailar ni intentes darte el lote con ninguna gachí; te escondes en el reservado, reservado a tu onanismo y te la cascas para ti solo, tu ego como único manubrio en música coral, que nadie lea tu historia. ¿A quién le importa un misántropo boludo? A ti solo, pues te lo quedas. “Tó pa la saca”.
Si solo existiera el Sol, las veinticuatro horas, ¿quién hablaría de la Luna? La Luna sería como un agujero negro, imposible de saber de su interior, e imposible hablar, por ende, del chocolate con churros ¿sí? Lo que no existe escapa de nuestra imaginación y de cualquier argumento de nuestra razón. Sin embargo, el tú existe, es comprensible frente al yo. El yo existe por contraposición al tú.
Ergo, cualquier historia es fruto del tú y yo. De no ser así no hay historia. Cuando el tú externo pasa de ti cual boñiga de vaca, el yo, cagado de miedo, se crea un sosias, un tú virtual frente a su yo. Esta es la única verdad; para que lo sepas, tú.
Escribes para el otro, incluso, si no encuentras a nadie, te lo inventas. Lo necesitas, carajo, a ver si te enteras.
¡Qué tonterías se dicen!
Ideas aburridas hasta el culo, así, sin eufemismos. Claro y alto. La tercera persona es la única historia, la única posible.
¿Nunca lo entenderán? ¿Les cuesta?
El tú y el yo se pelean a sabiendas de su necesidad. Sin embargo, son más de lo mismo. Él, crea la realidad. A cualquier historia le cuelga su realidad: sujetos, objetos, contexto y su nexo causal. El tú y el yo se pelean en la historia más que Zipi y Zape por una bolsa de caramelos de menta y hierba de esnifar, y de la buena.
En realidad, los sujetos y los objetos no son más que parte de la historia. Cualquier historia utiliza sujetos y objetos bien amasados. Entendedlo, los sujetos son objetos como los objetos son sujetos, asina, por mor de la Natura, del destino, del azar, o por mor de la energía tántrica, karma, o del más allá.
¡Qué más da que da lo mismo!
Ahora mismo, él, cuenta la historia. El narrador, no necesita del yo ni del tú, ni de los objetos ni sujetos. Metidos en el mismo saco. Narra la historia completa, entera, sin exclusiones interesadas o parciales. El teatrillo de la vida es “él” en tercera persona, no hay más. Cualquier historia está escrita para todos. Incluso, el sordo, que dice no escuchar es parte de la historia, esa parte. ¡Tontos, que sois muy tontos!
La historia es de nadie y de todos. No os engañéis, onanistas del yo, tampoco las parejitas del tú. Solo existe el poliamor. El sexo por el sexo, pero eso sí, místico con el más allá y los posibles dioses del Universo.
Hecho para el rezo público.
Todo sobre mi madre
Mi madre está sentada en una butaca, un poco más alta que yo, que le permite levantarse con comodidad, y esa diferencia de altura le confiere cierta dignidad cuando la miro desde el sofá. Estamos en el salón de su casa, que antes fue la de mis abuelos. Tiene un gran ventanal sin cortinas que da a una calle del casco antiguo de Palma, un televisor que no se pone en marcha cuando estamos juntos y algunas plantas en la esquina opuesta donde siempre se han dado muy bien. A su lado un cenicero, los cables del iPad y del móvil, botes y bolsas con frutos secos y una bolsa en el suelo con lana con la que teje una chaqueta o un jersey.
Le he hablado de mi idea de seguir escribiendo sobre la familia y ella está contenta de que lo haga. Le pido que me hable de su abuela, una mujer extraordinaria según sus propias palabras, y concretamente la escena de una comida de Navidad que nos ha explicado muchas veces en lo que que en casa llamamos las leyendas de la familia.
–La Mami tenía su casa abierta para todo el mundo, siempre había un plato en la mesa para el que estuviera allí, incluso en épocas donde no había tanta abundancia, la verdad es que no sé de dónde sacaba el dinero. Bueno, realmente no estaba abierta a todos, a los que invitaba pertenecían a su misma clase social y todos debían aportar una buena conversación, un saber estar, tener algo que decir, en definitiva no ser un “hombre muerto”.
El tema del “hombre muerto” es un sambenito que en la familia de mi madre se colgaba a quien era un insulso o no estaba a la altura. Era una de las peores cosas que se le podía adjudicar a alguien y una vez otorgado no se cambiaba de opinión.
–El día de Navidad la mesa se abría y no era raro que se ocupara con el máximo de personas, que era de 14, o tal vez de 16 personas, aunque eso sí, se evitaba a toda costa que fueran 13. Si se llenaba, cosa que era bastante habitual, los niños comían en una mesa adyacente que se llamaba la mesa de los perros.
Trata de poner en situación la escena, pero da tanta información que uno pierde el hilo. Me habla de los años 50, de lo poco habitual en esa época de recibir visitas y cuando se hacía era de manera tan formal que incluso se sacaban las fotos de la familia si no eran muy allegados. Me pone un ejemplo de una familia que no conozco, que tenían varios salones de la casa para recibir a las visitas según el grado de familiaridad. Escucho pacientemente y trato de recordar por donde había dejado la historia para no perderme yo mismo. Al final balbucea y me mira distraída, no sé si para verificar que me he enterado o si ella misma se ha perdido en su digresión.
–Me decías que la Mami tenía la casa abierta a todo el mundo el día de Navidad.
–Solía haber gente variopinta —retoma el hilo sin perturbarse—, gente que no tenía donde ir porque en sus casas no eran bienvenidos. Recuerdo a un gay, que en esa época estaban perseguidos por la policía. No era amanerado, era un hombre con una gran cultura que …
Se queda en silencio como si buscara la siguiente palabra utilizar, o si el haber utilizado la palabra gay ya lleva implícito toda la connotación que le quiere dar y no cree necesario aportar nada más. Enciende un cigarrillo con parsimonia y yo aprovecho para preguntar de nuevo.
—¿Quién más podría estar en la mesa?
Se queda mirándome como si no me conociera, o tal vez pensando cómo es posible que aún no sepa esta historia que me ha explicado tantas veces y al cabo de unos instantes retoma la conversación. La hija de Juan Sureda, que nos hablaba de Rubén Darío y de Unamuno. ¿O tal vez era otro? Le interrumpo. ¿Te refieres a Pazzis Sureda? No. Su hermana. ¿Te acuerdas de quién es Juan Sureda? Asiento con la cabeza y pongo cara de circunstancias. En mi familia tengo fama de no recordar el pasado y mi madre no deja de recordármelo.
–¿Alguien más?— Le pregunto aunque sé.
–Manolo Maroto, que no querían ni en su casa después de lo indecente que fue al principio de la guerra. Nadie quería nada con él y se asustó mucho cuando llegó la democracia, pensaba que actuarían en su contra.
La miro fijamente pensando en volver a cortarla, pero esta vez ella sola retoma el hilo.
–Natalia, su mujer. Una mujer de origen italiano, guapísima–. Destaca la tercera sílaba que alarga para darle relevancia y añade: –Era una cortesana–. Otra vez utiliza una palabra que para ella la define sin ambivalencia, pero esta vez continúa hablando. Una vez mi madre, que había salido a comer con ella, comentó que todos los hombres guapos de Palma se habían acercado a su mesa a saludar, y al llegar a casa le dijeron, claro, se ha acostado con todos ellos–. Me mira con una risa maliciosa y añade. –Y Manolo era tan tonto que no se enteraba.
Le da una calada larga al cigarrillo hasta que lo consume en su totalidad y añade: Nosotros éramos pequeños, pero veíamos a todas esas personas y esas conversaciones y comentarios y todo eso nos parecía normal.
El ciclo de las estaciones
Después de tres años de lluvia, de cielo nublado, tormentas, aguaceros, lluvia fina, sirimiri, granizo, bochorno muy húmedo, mucho, lluvia tímida, lluvia fresca, lluvia tórrida, y torrencial, lluvia a ráfagas, sucia y arenosa, niebla que es lluvia, lluvia que es niebla, paredes de agua, casi rocío, diluvio, chubascos, llovizna, chispeando, calabobos, silampa, mollina, garúa, chipichipi, después de tres años lloviendo; salió el sol.
Uno a uno, todos los habitantes del pueblo fueron saliendo a la calle. El suelo seguía embarrado, pero el sol era fuerte, se podía hasta percibir un leve vapor de agua desprendido por las piedras que empezaban a recordar lo que era estar secas.
Hacía ya más de dos años que habíamos linchado al brujo que nos trajo la lluvia.
Un niño, nacido durante las lluvias, se soltó de la mano de su madre y se alejó unos pasos, miró al cielo, al sol radiante, y se puso a llorar.
Algunos vecinos cayeron presa de una exaltación laboriosa y empezaron a hacer cosas, trabajos del campo, poner ropa a secar, qué se yo, decían: aprovechemos antes de que vuelva a llover.
Yo estaba paralizada, como un conejo deslumbrado por los faros de un coche. Me sentía renacida. Tu padre estaba a punto de hacerme la pregunta, la que empezó todo.
¿Quieres pasear?
Andamos, y el campo se hacía más bello a cada paso que dábamos. Nos alejamos del pueblo. Nos conocíamos de siempre, pero nunca nos habíamos sentido atraídos. Debió ser el sol, que parecía hacer crecer flores a golpe de rayo. Él me puso un brazo por la cintura y seguimos andando, juntos, abrazados uno al otro, hasta llegar a una casa abandonada al otro lado de la colina del castillo. Y me liberé de su abrazo y entramos en la casa cogidos de la mano para hacer el amor, para hacerte a ti.
Esto es la lluvia, pequeño, las lágrimas de Dios que riegan la tierra muerta. Quemada por el sol, por tres años de sol. Sol de estío, otoñal, flaco y tibio en los días de enero, cruel, sonriente e indiferente, fuego divino que primero hizo crecer las cosechas, ardiente asesino que las fue matando, luz, proyector de sombras, inclemente astro rey, Ra viajando en su barcaza, el hermoso Apolo, sol agazapado por la noche para volver a reinar sobre nosotros, un reino de tres años que ahora acaba. Hace dos años ya que matamos a los asesinos del brujo que nos había traído la lluvia, el mismo mes en que el sol nos arrebató a tu padre.
Los más viejos del lugar se ponen en marcha, hablan de llenar albercas, de regar, de lavar la ropa, antes de que pare de llover. Mi niño se suelta de mi mano y camina bajo la lluvia, siente el frescor y ríe.
“La cámara azul era donde estaba el príncipe.”
“La muerte roja había devastado largamente la comarca.”
Edgar Allan Poe
La Muerte Roja
Débiles rayos del sol del amanecer se filtraban por los ventanucos ovalados de la cámara azul, como inoportunas visitas, perturbando el sosiego del reposo eterno del príncipe. Partículas de polvo flotaban en la tibieza de la luz, semejantes a burbujas. El silencio era pesado, casi tangible.
Dos intrusos, con pasamontañas y enfundados en sendos monos negros, irrumpieron con sigilo en la sala. El frío de la cámara les hizo estremecer. Se acercaron a la urna atravesando el vaho que escapaba de sus bocas.
El cuerpo incorrupto del joven príncipe era menudo, más menudo de lo que cabía esperar en un niño de doce años. La urna que lo contenía parecía más ligera de lo que habían previsto. Aquello les alegró: el trabajo requeriría menos esfuerzo. Habían perdido un tiempo valioso desconectando alarmas y cámaras, era vital acabar el encargo lo más rápido posible.
Uno de ellos colocó unas ventosas de elevación en la parte superior de la urna e introdujo unos cables por las oberturas de dichas ventosas. Después aflojó los tornillos que la sujetaban al suelo. Cuando todo estuvo listo hizo una señal. La otra persona accionó un mecanismo. Unas poleas levantaron en silencio el receptáculo, dejando el ataúd y el cuerpo de la criatura al descubierto.
Los intrusos se acercaron. Vieron que el príncipe aún conservaba la frescura de la piel infantil y no parecía estar muerto. Habían temido que, al contacto con el oxígeno, el cuerpo se volatilizase, pero, aunque la piel lechosa estaba cubierta por una fina película satinada, el niño semejaba estar dormido, como una cenicienta andrógina e infantil a punto para despertarse con un beso.
De pronto un temor irracional a ser descubiertos por el impúber les hizo dudar. El cadáver era una aberración, parecía poder abrir los ojos, ¡pillarlos con las manos en la masa! Intentaron tranquilizarse, aquellos temores eran ridículos, solo sentían un miedo lógico y ancestral al hecho anómalo de que un infante, fallecido 500 años atrás, todavía se conservara en perfecto estado.
Las leyendas sobre la muerte de aquel muchacho tampoco ayudaban. Se contaba que había muerto a causa de una rara enfermedad bautizada por los historiadores como “la muerte roja”, enfermedad extinta que había causado estragos en el siglo XVI en gran parte de Europa y que, como síntoma más alarmante, dejaba secos a los infectados, quienes veían como la sangre se les escapaba del cuerpo por ojos y poros de la piel.
El cadáver del príncipe había sido descubierto a mediados del siglo XIX en las catacumbas del castillo de Corvin, en Rumanía, causando gran revuelo y superstición por el hecho de que fuera hallado inmaculado y sin señales de podredumbre alguna. Actualmente sus restos se exponían junto con todas las joyas y demás tesoros que se encontraron en las catacumbas del castillo, en el propio Corvin, siendo una de sus mayores atracciones.
La leyenda negra, además, decía que ninguno de los arqueólogos que hallaron la tumba del chiquillo había sobrevivido al descubrimiento, que todos fueron encontrados muertos en la cámara mortuoria junto al cadáver del príncipe y sin rastro de sangre en las venas.
Los hombres volvieron a observar con detenimiento al cadáver por si advertían signos de corrupción en él, pero seguía intacto. Era repulsivo y bello al mismo tiempo. Pensaron incluso que en realidad podría ser una figura de cera, un engaño para atraer visitantes, que aquel cuerpo era una falsificación y que el verdadero cadáver del príncipe se hallaba enterrado, o bien se había convertido en polvo años atrás. Pero no tenían tiempo, ni ganas, de averiguarlo.
El más alto de los intrusos señaló las manos del muerto. Éstas reposaban sobre el pecho, entrelazadas, y sujetaban una bellísima daga con incrustaciones de diamantes en la empuñadura, la cual era toda ella de marfil y estaba decorada con filigrana de oro. Era una pieza de incalculable valor. Los ojos de los ladrones chispearon de codicia. Les iban a pagar muy bien por ese trabajo, pero quizá no lo suficiente.
Aquella daga era lo que habían ido a buscar, ahora solo tenían que cogerla. Uno de los ladrones asió con firmeza la empuñadura e intentó extraerla de entre las delicadas manos del cadáver, la daga no se movió ni un milímetro. El hombre tiró con más fuerza, una de las manos del príncipe pareció ceder un poco, pero la daga siguió bien sujeta.
Ambos hombres comenzaron a ponerse nerviosos. El más bajo miraba con insistencia el reloj que tenía en la muñeca. Tras varios intentos infructuosos, el alto cedió el puesto al otro. Éste intentó apartar los brazos del pecho del príncipe. Para su sorpresa, las manos cedieron sin demasiada resistencia. Los hombres vieron que la daga tenía parte de la hoja dentro del cadáver. Se miraron entre sí, extrañados. Uno de los intrusos tiró con fuerza y consiguió arrancar el puñal. Un fino reguero de líquido rojizo empezó a manar de la herida. La cámara se apestó con el tufo a humedad y podredumbre que brotaba del cadáver. Un aliento a cementerio invadió el lugar. Se sucedieron las toses y las náuseas. Los hombres hicieron esfuerzos por evitar el vómito que amenazaba con explotar, irrefrenable. Se apoyaron en los laterales del féretro para recuperar la compostura pero, de pronto algo los paralizó, se quedaron petrificados, los ojos como dos bolas sin freno, palpitando los capilares. Ojos que ahora miraban exacerbados en dirección a un ataúd vacío.
Y de pronto una risa sibilante resonando en las paredes azules de la cámara, como el eco reverberado de un glaciar que hiela la espina dorsal. Un sudor frío resbalando por la nuca y el vello erizado. Al fondo de la cámara, entre la oscuridad, ojos embebidos en sangre, que acechaban violentos.
De repente resonó un alarido en la sala que cortó el silencio en dos, como una guadaña que siega el trigo al amanecer, erizándoles el vello en las entrañas. Una figura informe se alzó sobre ellos, proyectando su sombra brutal en los muros cerúleos de la cámara. La luz del sol cegando a los ladrones, que se encogieron detrás del sarcófago como dos ratones moribundos, chasqueando los dientes en un intento de pedir clemencia.
La criatura recogió la daga del suelo. El filo de plata, témpano de muerte, rechinó sobre las baldosas al tiempo que el ser, antes niño incorrupto, ahora baño de sangre, la impelía con desidia agónica hacia los dos hombres que ya casi alucinaban histéricos.
Varias ráfagas de acero cortaron el aire. Nadie escuchó los gritos desgarrados de los intrusos, sofocados por los muros de piedra de la cámara azul que se tornó roja en segundos. Después llegó un silencio plomizo, sólido como el mármol de una tumba, que se adueñó del castillo como muerte que se adueña de la vida, sin miramientos.
Los guardas del museo encontraron por la mañana dos cadáveres secos en la sala del príncipe . Éste yacía incorrupto y bello en el ataúd, protegido por las cuatro paredes de la urna de cristal. En el filo de la daga que sujetaba entre las manos, aún era visible, a ojos observadores, una diminuta gota de sangre, que, macilenta, se colaba dentro del arma, como un gusano gordo y pesado que hubiera comido demasiado.