La sangre de nuestra historia, la historia de nuestra sangre
Por Irina Mishina
He visto al espíritu del tiempo, y no sobre un caballo. Está en cada página de Telegram, en cada vídeo de YouTube, en cada trozo de las noticias que los gurús de Instagram nos aconsejan ignorar para el bien de nuestra salud mental. Incluso todos los libros de fantasía que últimamente han caído en mis manos hablan de lo mismo: el mundo dividido, los grupos enfrentados hasta la muerte porque los otros no son como nosotros, y nuestra verdad es más verdadera. ¿Capiche? El espíritu del tiempo requiere que cada uno tome un partido. No nos queda espacio para las medias tintas. Los que no son de izquierdas son fachas, los que no comparten los valores conservadores son putos comunistas. Los woke son los adeptos del anticristo y los antiwoke son los enemigos de la humanidad. El Sur Global contra el Occidente Colectivo, los pobres contra los ricos, los naturalistas contra los tecnooptimistas, los racionalistas contra los conspiranóicos. En nuestro mundo de variedad exuberante, tienes las opciones de bandos para elegir à la carte, pero no puedes quedarte a medias: tienes que decidir con quién y contra quién estás. ¡La guerra sagrada para todos! ¡Por la verdad! Rellena los blancos en la definición de la «verdad» según tu gnosis personal.
Recuerdo el choque cultural que experimenté, cuando, a pocos años de llegar a España, un amigo me contó su experiencia de asistir a una fiesta de cumpleaños a la que le había invitado una compañera de clase. Para él su historia era una ilustración viva de cómo de pija era la escuela de diseño donde había estudiado. «Imagina: entro en la habitación y veo que todo el mundo era del PP. ¿¡Y qué pintaba yo allí!?» Para mí esa división tan clara — o eres del PP, o del PSOE, y esto define toda tu vida social — era una revelación curiosa. Nosotros en Rusia solíamos saltar de un extremo a otro todos juntitos, como los colectivos que somos. Primero, como un todo, íbamos a un futuro mejor comunista, luego, de un día para otro, hemos cambiado de bando, derrumbando a los ídolos y poniendo en los pedestales a los traidores, para un tiempo después cambiar de opinión otra vez. A esas alturas, no importan tus posturas políticas: de igual manera serás molido por el tiempo.
Es incierto, desde luego, lo de nuestra hipotética oscilación común entre los extremos de «las verdades» contradictorias. Nuestra historia es el testigo de nuestra polarización que el espíritu del tiempo exige de nosotros de nuevo. El tiempo es circular, como bien sabemos. Se repite. «Quien no está con nosotros, está contra nosotros» es la llamada más antigua de la tribu. Y por mucho que resistamos a esta llamada, el zeitgeist, insistente, nos seguirá reclamando: «¿De qué lado estás?» Como nos muestra la historia, los que huyen de la guerra caen como sus primeras víctimas.
Y es justamente la historia, de la que nunca aprendemos, aparentemente, es adonde quiero llegar con este prefacio tan largo. Los ánimos y proclamaciones de nuestros días plantan en mí una sensación de déjà vu insistente: ya lo he visto en algún sitio. ¡Ah, claro! La primera guerra mundial. Que, en mi consciencia rusa, es inseparable de la revolución que nació de ella, y luego, por supuesto, de la guerra civil.
Siempre pensaba que los españoles y los rusos somos muy parecidos. Hay varios factores que contribuyen a esta similitud aparentemente contradictoria. La herida colectiva, que nunca se cierra, de una guerra civil, es uno de ellos. En mi infancia soviética la literatura sobre la guerra civil rusa tenía las posiciones muy claras: los rojos eran los buenos, luchando por el bien de la humanidad; los blancos eran los monstruos, aplastando cruelmente las esperanzas de un futuro mejor. Si alguien siente la añoranza por el mito comunista, que eche un vistazo a Chapaev de Dimitri Furmanov o Así se templó el acero de Nikolái Ostrovski. Ellos son los ladrillos clave con que el mito se construyó, y éramos felices en aquella construcción heroica.

Pero luego las tablas se invirtieron y descubrimos que los monstruos, en realidad, eran los comunistas, y sus adversarios eran los héroes que defendían el bien del mundo. Hay una película, El almirante —es rusa, pero hace tiempo estaba disponible en el mercado español— que ilustra, de forma cursi, pero también muy característica, esa romantización de los personajes míticos del movimiento blanco a quienes considerábamos los villanos de la historia y luego resultó que eran los verdaderos patriotas.
Hoy en día las balanzas del afecto colectivo prevaleciente en Rusia otra vez tornan al favor de los rojos. En este vaivén de los veredictos de la moral pública acerca del bien y el mal, he tenido la curiosidad de comparar las principales obras literarias sobre nuestra guerra civil escritas por los adeptos de ambos bandos. Quería ver cómo se refleja esta oposición de las verdades en el imaginario de nuestra mitología histórica.
Curiosamente, no he encontrado mucha diferencia. De una facción o de la otra, todos, al final, se encuentran al lado de la tragedia, no del dogma.
Sea Alexei Tolstoi, el escritor favorito de Stalin, con su El camino al calvario (el libro, desafortunadamente, no está traducido al castellano, pero podéis intentar ver la serie que, creo, estaba en Netflix), o el acusado de alta tradición Boris Pasternak, por su «arma difamatoria de la guerra fría» Doctor Zhivago y la consecutiva concesión del Nobel, o el clásico de los clásicos de la literatura soviética Mijaíl Shólojov con el Don apacible, nadie de ellos proclama la «verdad» de unos contra la «malicia» de los otros. Sí, los protagonistas de la saga del Camarada Conde (ese era el apodo del partido de Tolstoi, quien, en su modo, también fue la víctima de la polarización implacable: renunció a sus raíces aristocráticas para volver del exilio a la Rusia soviética, tachado de traidor por la emigración blanca, pero aun así tratado con una gran dosis de sospecha por los proletarios) al final, cómo no, llegan al seno de la revolución. Yuri Zhivago, al contrario, cae víctima de la hegemonía del «hombre nuevo», mientras Grigori Mélejov de Shólojov, después de tantas vueltas entre todos los bandos posibles, no queda con ninguno, pero igual destrozado.
Ninguna de esas obras, sin embargo, pinta la guerra civil como un enfrentamiento del bien contra el mal. Es un desgarre, los ríos de sangre, la crueldad de una guerra, el duelo por la vida echada a perder en un caos del tiempo.
La guardia blanca de Bulgakov, por ejemplo, de ningún modo sugiere la superioridad de los zaristas ante los bolcheviques. De hecho, a pesar de que el término «los blancos» nació como una clara oposición a «los rojos», ni siquiera hay rojos en la novela de Bulgakov. Es un lamento de los perdedores por un mundo que se cae en pedazos, el duelo por la vida que dejó de existir, por la esperanza, por los valores y el honor, quemados en la anarquía de todos contra todos.
Las guerras civiles son como los espejos rotos: pensamos que defendemos nuestra separación de «los otros», pero al final, los otros nos reflejan a nosotros mismos. Y nos cortamos contra este reflejo.
El mismo sinsentido de la locura y el frenesí de la matanza vemos desde el otro lado del conflicto, en los relatos La caballería roja de Isaak Babel. Él sirvió como corresponsal de guerra bajo el comando de otra figura mítica de la guerra civil, el creador y líder de la caballería roja, Semen Budionni. Sin embargo, su escritura está muy lejos de los textos de la propaganda que cabría esperar. De hecho, los relatos fueron rotundamente desaprobados por los comandantes bolcheviques más eminentes, Budionni incluido. Por eso la obra de Babel fue recuperada solo al llegar la Perestroika. Con lenguaje insolente e ironía cínica y descarada, Babel narra la crueldad de la guerra como unas anécdotas que llevan la burla a lo absurdo, pero te ponen los pelos de punta a la vez.
¿Qué aprendemos de tanta sangre escrita? ¿Quién tenía razón, los rojos o los blancos? ¿Acaso no tenían derecho los oprimidos a reclamar la potestad sobre sus vidas? ¿Acaso luchar para salvaguardar la patria no era la obligación y el honor de sus defensores? Cualquier psicoterapeuta nos diría que para resolver un conflicto hay que reconocer la verdad de ambas partes. Pero en el frenesí de las pasiones la sangre corre y nos nubla la razón. Como dijo Hegel: «las verdaderas tragedias… surgen del choque entre dos derechos». Mi verdad es más veraz que la tuya. Los libros de los que he hablado no son un análisis posterior de los hechos. Todos los autores eran testigos del derrumbamiento y el desgarre. Y entonces, ¿por qué no somos capaces de aprender de la historia?
Tiene que haber un sentido en el sinsentido de la polarización. Tal vez, igual que, para conocer las profundidades propias, el yo necesita al otro, la división entre «nosotros» y «los otros» es precisa para que la vida pueda asegurar la complejidad creciente. Cuánto más lejos están las polaridades, mayor variedad y riqueza propondrá su consecutiva integración. Por mucho que salgamos a las manifestaciones por la paz mundial, la división es inevitable, porque el sistema del reconocimiento «amigo-enemigo» es el mecanismo más antiguo que pervive en nosotros. Si queremos llegar a la consciencia de nuestra unidad como humanos, necesitamos a alguien que, con su otredad aún más evidente, nos refleje nuestro parecido. En definitiva, para resolver nuestras polaridades, necesitamos a los aliens.
Menos mal que, según parece, ya están llegando.