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  1. El del texto descriptivo
    22/01/2026 @ 8:18 pm

    Verano de 1985

    Hacía rato que estaba despierto, aunque seguía en la cama con los ojos cerrados. La luz entraba por las persianas venecianas de madera que no cerraban bien, oía los ruidos lejanos de la casa, unos cacharros de cocina que golpeaban, unas voces quedas, una azada que repiqueteaba el huerto. Lejos quedaba el despertador, las carreras por la calle para llegar al colegio antes de que sonara el timbre, las tardes llenas de actividades, kárate, inglés, piscina.

    Si hubiera sabido que en unas horas iba a encontrar el amor verdadero, tan intenso y profundo, pero también fugaz como un destello de luz, me hubiera levantado como si fuera un resorte, pero todos los días de mis veranos se sucedían sin diferenciarse, me levanté como si la fuerza me hubiera abandonado y si no fuera por la ligera urgencia por vaciar la vejiga me hubiera quedado en la cama. Sentí el agradable frescor de las baldosas que me desperezaron y después de pasar por el baño me puse una camiseta, bajé descalzo la escalinata de la casona y fui directo a la cocina donde encontré a mi abuela con Rosario troceando verduras. La cocina era un espacio enorme que conservaba los muebles antiguos, ollas de cobre colgadas, una chimenea que ocupaba toda una pared y una mesa de madera maciza en el centro donde me senté. Mi abuela se acercó, me besó e intentó peinarme con los dedos sin conseguirlo. Rosario me sonrió preguntándome cómo había dormido y en unos instantes me acercó una taza de leche con ColaCao y unos bollitos que me traía todas las mañanas y yo me dejé mimar indolente.

    Mi abuela se puso a tararear una canción y yo volé a casa del Fortuny donde pasábamos las tardes después del colegio grabando cassettes de música de la radio. Veía la habitación donde tenía el equipo de música, una torre compuesta por amplificador, ecualizador y otras virguerías coronada por el tocadiscos, pero por mucho que me esforcé no pude visualizar el resto de la habitación, aunque sabía que había un sofá, un orejero y una estantería llena de libros me fue imposible recordar cómo eran y mis recuerdos volaron a cuando traducíamos la canción Brothers in Arms de los Dire Straits rebobinando y escuchando mil veces el cassette dilucidando cada palabra, intenté tararear la canción repitiendo na na na na na sin lograr entonar la canción, la melodía de mi abuela me impedía concentrarme en mi canción y abandoné enseguida mi esfuerzo.

    Rosario retomó la conversación que yo había interrumpido al llegar, explicaba a mi abuela su incursión matutina en el mercado y su descubrimiento de una parada nueva ¡tan amables!, que se habían ofrecido a traerle la compra. Apenas presté interés a la conversación y cuando medio acabé el desayuno me levanté de la mesa sin decir nada y subí a la habitación de nuevo, me vestí rápidamente y salí al patio.

    Fuera de la casa el calor empezaba a apretar, se oían las cigarras y una ligera brisa movía un aire seco. Me senté en el borde de un murete que hacía la función de separar el campo de la casa, vi a Andrés con sus espaldas anchas y su boina con una azada en el huerto de espaldas a mi. La puerta principal de la casa estaba abierta y al fondo se veía la escalera en penumbra, visualicé las escaleras del colegio que subían a las clases, tan anchas y empinadas que iban directamente a las clases de primero, pero por alguna razón recordé que las clases de tercero estaban debajo de las de primero, pero en la planta baja estaban las de párvulos. Me estrujé el cerebro pensando cómo podía ser que hubiera un piso intermedio, no había caído nunca en eso y pensar en el colegio me llevó al profesor de matemáticas que apestaba a tabaco, pero no logré recordar su cara, la veía difuminada como un cuadro en el que faltase por pintar los rasgos.

    Me moví lentamente y me dirigí sin rumbo entre los almendros y los algarrobos, sacudiendo un palo que encontré en el suelo, entreteniéndome en romper las hierbas y algunas ramas bajas de árboles hasta que llegué a una zona más fresca donde se concentran unos árboles que dan sombra. Me estiré en el suelo y miré las ramas de los árboles que se movían ligeramente por la brisa, pensé en mi casa de Barcelona, en el pasillo que conducía a las habitaciones sin tener claro el lado donde se encontraba el baño, y eso me llevó al portal de mi casa, sin recordar si la papelería estaba a la derecha o a la izquierda del portal y sin darle mucha importancia esperé que cuando volviera a Barcelona no me perdiera por la calle.

    Rompió el silencio un motor que se fue haciendo más estridente a medida que se acercaba. Me incorporé y vi una vespino por el camino que llevaba en el asiento de atrás una caja repleta de verduras. Haciendo visera con la mano divisé la motocicleta que se iba acercando y me pareció distinguir que conducía una chica delgada y esbelta con el pelo corto por los hombros, no dejé de observarla a medida que se acercaba por el camino; sonreí, tenía la impresión de que era la chica más atractiva que había visto nunca, pero cuando pasó a mi lado aprecié que era un chico que me saludó sonriendo y moviendo la mano alegremente.

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  2. Loscar
    22/01/2026 @ 8:46 pm

    Renacer

    Una toalla, de las pequeñas. Dos botones de la camisa azul, la de acapulco.
    El salero y dos cucharillas.
    Esta vez no ha sido tan grave ¿verdad?
    Nunca es demasiado grave.
    Tienes razón. Es molesto. Ni siquiera es demasiado costoso.
    A veces se agradece. Aquella figurita de lladró…
    ¡Cómo me enfadé! Pensaba que la habías tirado a la basura. Era la primera vez. No sabíamos nada. Nadie podía imaginarlo.
    Estuviste toda la tarde sin hablarme y yo de rodillas jurando que no, que no había sido yo, que tendría que tratarse de otra cosa, que igual la habías guardado en otro sitio y no te acordabas.
    Y yo me enfadaba más, estuve a punto de marcharme, pero veía tu cara de pena y pensé ‘Tiene que tener razón’
    Y nos reconciliamos y nos besamos
    Follamos en el sofá, como cuando recién habíamos llegado al piso.
    La semana siguiente siguieron desapareciendo cosas
    Ardían las redes sociales
    Todo se llenó de teorías de la conspiración. Extraterrestres
    Un mensaje divino. Hay varias sectas que tienen la verdad revelada
    La materia oscura. Micro agujeros negros.
    Vivimos en una simulación informática. Estamos creando tantas cosas que el sistema no da más de sí. Para dar cabida a las nuevas, tiene que borrar alguna de las antiguas.
    No hace falta la simulación. Puede que sea el propio universo el que se haya cansado. Se está desgastando. Y nosotros venga a fabricar, y a fabricar
    Ahora me dirás que hay que volver a la naturaleza.
    No. Pero entre vivir como salvajes y esta sobreabundancia debe haber un término medio ¿no?
    Puede ser. No echo de menos tanto lo que desaparece. A veces sí, pero pocas. Ojalá desaparecieran solo las inútiles, las que molestan. Ojalá desaparecieran algunos personajes.
    Nunca es nada vivo.
    Lo sé, pero se puede soñar. Podría desaparecer, digamos, el miedo que siento algunas mañanas cuando salgo a la calle. O la tristeza pegajosa de los domingos por la tarde.
    La guerra, la enfermedad ¡We are the world!
    No te rías. Desde que pasa esto pienso muchas veces en desprenderme de todo. Como los ascetas antiguos.
    Algunas de las sectas que te he dicho antes, lo hacen.
    Pero porque están locos. No te rías.
    Podemos hacerlo.
    ¿Qué?
    Desprendernos de las cosas. Mira, empiezo yo. Me quito el pantalón.
    Yo el suéter.
    ¿Cómo si estuviéramos en un strip poker?
    Pero filosófico.
    ¿No es una excusa para follar? Qué decepción
    No es incompatible. El sexo y la filosofía.
    Podemos hablar de Kierkegaard mientras lo hacemos.
    No te rías. Ya está. Sin ropa. Desnudez total.
    No es verdad. Todavía llevamos los anillos.
    Me da miedo quitármelo. Son más que un objeto. Son un símbolo. No quiero que desaparezca.
    Tenías razón con lo de la filosofía.
    No te rías.
    No me río. No pasaría nada si desapareciera. ¿Me querrías menos?
    No
    ¿Entonces?
    No sé, me ha dado un escalofrío.
    Yo lo veo de otra manera.
    ¿Cómo?
    Sin anillos estaríamos como cuando acabábamos de conocernos. Sin la seguridad de ser correspondidos. Con el abismo en la espalda. Ese miedo entre aterrador y feliz que acompaña a los primeros pasos. Sin anillos nos besaríamos como antes de las certezas.
    De las rutinas.
    De la confianza.
    No sabremos. Nada te devuelve lo que no supiste y ahora sabes.
    Puede que no sepamos. Pero podemos intentarlo. ¿Quieres?
    Sí, quiero. Claro que quiero.

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  3. Carlos Gallego
    22/01/2026 @ 9:28 pm

    VENTAJAS LABORALES

    En el trayecto que hay entre el metro de Urquinaona y el bar me da tiempo de fumarme un ducados. Hago esos pocos metros mirándome la punta de los zapatos y dándole caladas furiosas al cigarrillo, como si quisiera liquidarlo. En el estómago se me revuelve el café con leche. Noto el sabor dulzón y agrio. Creo que llegar al portal donde está el bar me salva de potar. Entonces, tiro el cigarro y entro.

    Trabajo en un bar raro, uno que está en el entresuelo de un edificio que debió ser señorial algún día, pero que ahora ha perdido tanta categoría como para albergar en su primera planta un bar frecuentado por policías, urbanos y carteros. Lo dices y parece que vayas a empezar un chiste, pero esa es la clientela que de ocho a cinco tengo que servir. Podría contar mil historias de mis refinados clientes. Un día igual hasta me reiré de ellas, pero, hoy por hoy, me retuercen las tripas más que un cubo de café con leche.

    Cuando subo la escalera, cargando el saco de barras de pan que han dejado al pie de la escalera, suelo encontrarme a un par de urbanos sentados en los últimos escalones, hablando de sus cosas de urbanos. No son siempre los mismos, son intercambiables. Alguien tendría que grabarlos diciendo cómo le han pegado a un borracho o le han chorizado a una puta. Yo voy a lo mío. Dejo el pan y saco las llaves para abrir. Soy invisible para la autoridad. Cojo el saco y para dentro, acompañado ya de los primeros clientes. A veces me pregunto quien deja el enorme saco de pan abajo. Si fuera más curioso madrugaría un día para conocer al tipo, pero tampoco es para tanto, soy un hombre de intereses limitados, y al fin y al cabo, deber ser demasiado parecido a mí, y de lo que menos ganas tengo es de verme a mí mismo.

    Bueno, ya he dicho que se me revuelven las tripas con el ducados y el café con leche, pero cuando abro el portón del bar es cuando realmente me empiezo a poner malo. Los bares tienen un olor muy característico cuando abres, sobre todo aquellos en los que se ha fregado todo el suelo con el mismo cubo de agua. Paso detrás de la barra para meter el pan en la cocina. Me reciben unas rollizas cucarachas que abrevan en el agua que gotea del grifo de la pica. Tardan un poco en reaccionar. Deben estar dormidas como yo. Durante un momento los bichos y yo nos miramos. Ellas deben sentirse todavía más molestas que yo con el encuentro. Después desaparecen, no sé donde. Creo que ellas mismas administran su población, no he visto nunca que nadie pusiera trampas o veneno. De alguna manera deben llevar un control de la natalidad porque sino estarían por todos lados, y cuando empezamos a entrar los seres humanos, ellas se esconden. Compartimos el espacio intentando evitarnos, como unos compañeros de piso mal avenidos.
    Los humanos que vienen no me resultan mucho más agradables que las cucarachas. Como he dicho, los clientes son maderos y pitufos; carteros vienen poco y son los que menos llaman la atención. No los soporto, pero ni por asomo se acercan a lo que siento por mi jefe. Si te vas a un museo de historia natural y le pones unos pantalones de tergal y una camisa con lamparones y el cuello ennegrecido al muñeco del neandertal, tienes a mi jefe. Evaristo. Puedo disculpar su aspecto y lo palurdo que es, pero no aguanto sus gritos. Le grita a todo el mundo, a veces hasta a algún cliente. Berrea porque le parece que voy lento, chilla como un cerdo al cocinero porque carga demasiado los platos, el tío es un rata, o abronca a su mujer por cualquier motivo. Evaristo gobierna brutalmente la barra y la caja registradora mientras yo sirvo las mesas y su mujer se reparte entre la barra y la cocina, donde está Pepe, el cuarto pasajero.

    El cocinero es el cuñado del jefe, hermano de su mujer. A mí me da pena. Tal vez sea este el sentimiento más asqueroso que se pueda tener por alguien, pero es que lo ves y parece que te contagia el fracaso. El tipo debe ser más feliz de lo que digo. Los ludópatas no lo pasan mal, al menos mientras la suerte es incierta. Luego, cuando han perdido, sólo pueden pensar en volver a tomar otra dosis. Pepe, se juega hasta la camisa. No es una frase hecha, empeña cualquier cosa para ir al bingo. Triste, si al menos fuera al casino o a una timba de esas donde se mueve mucha pasta. No recuerdo verlo más de tres días con un reloj de pulsera. De vez en cuando alguien le regala algo, las más de las veces su hermana, y Pepe se lo pule en un abrir y cerrar de ojos. Cuando pasa esto, recibe gritos del matrimonio al completo. Intento no tener mucho trato con él, me deprime. Si le grita a él, al menos no lo hace conmigo, pienso. Esta semana está siendo de órdago, de las buenas, porque están desapareciendo constantemente cosas en el bar y Evaristo sabe donde van a parar. Una batidora, cacharros de cocina o una botella. Pepe saca un poco de dinero de cualquier objeto. En su descarga tengo que decir que la botella de whisky por la que le está gritando el jefe ahora mismo la tengo yo escondida en el patio, donde los cajones de los cascos vacíos de las botellas.

    Es así día tras día, hasta que acaba el segundo turno de menús, recojo las mesas y lleno la barra de platos y vasos sucios. Un montón de mierda que lavar. Siempre le echo una mano a Marga, la mujer del jefe. A Evaristo le parece un lujo tener un lavavajillas. No importa, es el mejor momento de mi día. Pepe se queda sobado en la cocina, a parte de jugar también le da al frasco. Es el deporte nacional en el bar. Evaristo se va de visita al bar de un colega, otro hijo de puta como él, y a mí me queda poco más de media hora para irme. Friego platos mientras los policías van regresando a sus heroicas tareas. El bar se vacía y entonces me voy al patio a ordenar las cajas de botellas, fumarme un cigarro y dar un trago. Marga sigue un rato para acabar el fregado y luego viene al patio para tomarse un whisky conmigo. Al igual que Pepe, a mi también me gusta robarle cosas a Evaristo. Es por estos pequeños placeres que sigo aquí. Cuando abra los ojos en mi cama, saber que existen estas pequeñas oportunidades laborales es lo que hará que mañana vuelva a asomar la cara por el metro de Urquinaona para alcoholizar policías.

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  4. iluso
    22/01/2026 @ 10:33 pm

    títol: Sincer en castellà.
    Inicio
    El aire en la habitación trasera del gimnasio era denso, impregnado de una humedad fría que no lograba disipar el persistente olor a pólvora y café que emanaba de Anselmo. El líder se movía con una rigidez dolorosa, como si cargara con el peso de siglos de una historia que solo él creía comprender. Sus ojos, hundidos y torturados por una fe fanática, se clavaron en Jordi, quien aún vestía su ropa deportiva, ajeno hasta ese instante a la magnitud de la trampa.
    —Mírate —susurró Anselmo, con una voz que vibraba entre la devoción y el delirio—. No es solo el bigote o la línea del cabello. Es el destino que se ha manifestado en tus facciones. El país necesita una estatua que no pueda contradecirles, y tú eres el molde perfecto.
    Jordi intentó retroceder, pero la presencia de los hombres de mandíbulas de piedra cerrándole el paso se lo impidió.
    —No soy quien crees —replicó Jordi con la voz temblorosa, pensando en Marc y en las promesas hechas en la intimidad de esas mismas paredes —. Solo soy un hombre que viene aquí a entrenar. Déjenme marchar.
    Anselmo se acercó tanto que Jordi pudo sentir la estática histórica que parecía rodear al hombre. Sacó un sobre del bolsillo de su abrigo oscuro y extrajo varias fotografías recientes. Eran sus nietos, jugando en un parque de Barcelona, ajenos a las sombras que ahora se cernían sobre ellos.
    —No es una invitación, Jordi —siseó Anselmo, mientras sus manos, temblorosas por una tensión insoportable, acariciaban el papel de las fotos —. Es un sacrificio necesario. Si te niegas a subir a ese estrado, si te niegas a ser el centro de este círculo de tiempo que estamos cerrando, ellos dejarán de existir antes de que termine el día. Tu familia en Cataluña es el precio de tu obediencia.
    La mirada de Anselmo, transfigurada por una locura mística, no dejaba espacio a la duda. Jordi sintió que su garganta se llenaba de una arena invisible. El hombre que amaba la poesía y la libertad fue sepultado en ese instante bajo una capa de lana tan pesada que parecía hecha de plomo.
    —Diles lo que quieren oír —concluyó Anselmo, guardando las fotos de los niños como quien guarda una sentencia—. Conviértete en mármol para que nosotros podamos vivir. Si fallas en una sola palabra de las proclamas que vas a memorizar , lo único que recibirán tus hijos será un maletín lleno de billetes para comprar su silencio tras un funeral vacío

    Desarrollo
    Anselmo había organizado el estrado de tal manera que Jordi, envuelto en una capa de lana tan pesada que parecía hecha de plomo, quedaba recortado contra el abismo.
    —¡Habla! —le siseó Anselmo al oído. El aliento de Anselmo olía a pólvora y a café —. Diles lo que quieren oír. Diles que el tiempo es un círculo y que tú eres el centro.
    Jordi se acercó al micrófono. El aparato chirrió con un sonido metálico, como el grito de un pájaro prehistórico. Frente a él, una masa de rostros sin facciones, una marea de camisas oscuras que se extendía hasta donde la vista se perdía en la niebla. Jordi abrió la boca, pero en lugar de las proclamas que Anselmo le había obligado a memorizar, sintió que su garganta se llenaba de arena.
    Miró al horizonte y vio, o creyó ver, las torres de una ciudad que no era Madrid, sino una Barcelona de cristal y mar, un recuerdo que se disolvía como un azucarillo en el café negro de su cautiverio. Quiso gritar «¡Libertad!», pero de sus labios solo brotó un susurro seco, un quejido que el viento transformó en un rugido .
    Anselmo, extasiado, no escuchaba las palabras, sino el símbolo. Pero la tensión en el grupo era insoportable. Los otros líderes, jóvenes con mandíbulas de piedra que veían en aquel hombre un estorbo biológico intercambiaron miradas. No necesitaban un hombre vivo que pudiera equivocarse; necesitaban una estatua que no pudiera contradecirles.
    Uno de ellos, un gigante avanzó con la pesadez de un tanque. No hubo discusión. Fue un gesto casi tierno: puso una mano en el hombro de Jordi y lo empujó hacia atrás.
    Jordi no gritó mientras caía. El surrealismo del descenso fue tal que el tiempo se dilató. Vio a los buitres congelados en el cielo, vio las medallas desprenderse de su pecho y flotar a su alrededor como monedas de oro lanzadas a una fuente. Cuando su cuerpo impactó contra el suelo del valle, el sonido no fue el de huesos rompiéndose, sino el de un mito roto.
    Anselmo se asomó al borde del precipicio, con las manos extendidas como si quisiera atrapar el aire. Se giró hacia la multitud, su rostro transfigurado por una locura mística.
    —¡Mirad hacia abajo! —bramó—. ¡El ciclo se ha cerrado! ¡En el Valle de los Caídos, Franco ha muerto para que nosotros podamos vivir! ¡La carne se ha hecho mármol!
    La multitud estalló en un aplauso ensordecedor que hizo vibrar los cimientos de la basílica. Nadie bajó a recoger el cuerpo. No era necesario. El mito ya estaba construido.

    Final.
    El funeral fue una coreografía de sombras. El ataúd, cerrado por «exigencias del protocolo», estaba cubierto por una bandera rígida como el acero. Anselmo presidía el duelo con una satisfacción casi religiosa. Había enviado un maletín lleno de billetes a la familia de Jordi en Cataluña, una «pensión de honor» que compraba su silencio y su ausencia. Para el mundo, Jordi era un héroe caído; para su familia, era el precio de su supervivencia.
    Sin embargo, el surrealismo tiene la costumbre de dejar grietas .
    Un hombre rompió el cordón de seguridad. No era un militante. Vestía una chaqueta de lana suave y llevaba el pelo revuelto . Se llamaba Marc. Era el hombre que había compartido con Jordi las noches de poesía, los viajes prohibidos y las promesas hechas en voz baja en el gimnasio, antes de que la pesadilla comenzara.
    Marc se detuvo al borde de la fosa. Los hombres de Anselmo pusieron las manos en sus cinturones, pero algo en la mirada de aquel extraño los detuvo. Era una mirada de un dolor tan puro que parecía quemar el aire.
    —Jordi… —susurró Marc.
    No lo llamó por su rango, ni por su alias, ni por su parecido con el dictador. Lo llamó por el nombre del hombre que amaba . Marc sacó del bolsillo un pequeño objeto: un anillo de plata que Jordi siempre llevaba escondido en una cadena bajo el uniforme de gala. Lo lanzó al interior de la fosa. El anillo golpeó la madera con un sonido metálico que resonó más fuerte que todos los himnos.
    Marc comenzó a llorar, un llanto desgarrador, un llanto «quebrado», como si su alma fuera un espejo rompiéndose en mil pedazos. El contraste era grotesco: los fascistas, firmes como estalagmitas, y aquel hombre desmoronándose sobre la tumba de su amante gay, el mismo hombre que ellos acababan de convertir en el estandarte de la virilidad y el orden.
    —¿Quién es este? —preguntó Tristán, el que lo había empujado, con una voz cargada de asco.
    Anselmo, mirando el anillo de plata en el fondo de la fosa, sintió por un segundo que la realidad se le escapaba entre los dedos. Vio a Marc, vio su dolor humano, vio la mentira monumental que habían construido.
    —No es nadie —dijo Anselmo, recomponiéndose y alzando el mentón—. Los mitos no tienen amantes, solo tienen herederos.
    Marc fue arrastrado fuera del cementerio mientras seguía gritando el nombre de Jordi. Mientras tanto, en la casa de la familia de Jordi, sus hijos contaban los billetes de la herencia, un dinero que sabía a cal y a olvido.
    Anselmo y sus hombres seguían marchando, convencidos de que habían resucitado a un muerto, cuando en realidad solo habían enterrado a un hombre que amaba en libertad.

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