Laboratorio 7 de marzo: No pasa nada
Comentaremos textos escritos por los participantes y haremos actividades de escritura en el momento, que nos pueden servir como semillas para la sesión siguiente o no.
Cada sábado tendremos una consigna sobre la cual escribir. Los textos se tienen que poner en los comentarios de la entrada pertinente antes del viernes anterior a la sesión. Podemos poner el texto tal cual o un enlace a un sitio donde leerlo. Los textos tienen que tener, como máximo, 900 palabras. Cada participante tiene dos compromisos: a) Escribir un texto y b) Leer los de los compañeros.
El laboratorio tendrá un número limitado de participantes. Para cada sesión podrán asistir quienes cumplan las dos condiciones anteriores, por orden de presentación de textos. Pedimos a todos los participantes honestidad y buen rollo.
La consigna en esta ocasión es escribir un relato que describa una escena en la que no pase nada.
Tenéis que escribir vuestros textos y ponerlos en los comentarios de esta entrada, bien pegando directamente el texto, bien poniendo un enlace donde leerlo hasta el jueves anterior a las 12 de la noche. Tenemos hasta la sesión para leer los relatos de los demás.
Cualquier duda la podéis preguntar por el grupo de Whatsapp.
04/03/2026 @ 4:58 pm
Sexo a foto fija.
Me encuentro arrellanado en el viejo cine Goya, lindante a Ronda Sant Antoni, acechando y viendo “Las cincuenta sombras de Grey”, de la británica E. L. James. Joder, lo sé, siempre con el sexo; ¡pues no! Ha comenzado un chaparrón y, qué remedio, pues a entrar en este cine que ya no existe. ¡Verdad de la buena! Joder, ¡que sí! En climatología normal jamás de los jamases hubiera entrado, siquiera, a vislumbrar este bodrio. ¡Qué sí! Siempre igual, nadie me cree. Coño con la gente, te catalogan a foto fija. Uno puede estar salido, pero no con este film aceitoso y pijo.
Hete aquí, la zagala, Anastasia la bonita, la enclenque y delicada flor de primavera, que rechaza, que se niega. «Ay, ay, ¿qué me quieres hacer? ¿Qué me estás haciendo? Ay, ay, que no, que no, ¿por qué sigues? Bueno, que no, bueno… Huy, huy, lo que me has hecho. ¿Me quieres? ¡Si no fuera porque me quieres, truhan!» Me enervan estás películas. Siempre igual, a foto fija.
Británica y flemática, buscando su propio Marqués de Sade, pero a lo inglés, guardando la compostura. Me funde el aburrimiento, y llevamos veinte minutos. No sé, ¿qué hago? Las cosas del follar chorra pintan a horterada inamovible, en plan rosa-rosae.
Sobo mi móvil al que llamo Juanita. Juanita, mi sirvienta emocional, que nadie comience a lanzar bulos o dar pábulo a las lenguas rumiantes. Enciendo a Juanita y le solicito (por hacer algo, nada más, es que soy así): Juanita, aprovecha la película y me las cascas.
—Dígame el señor qué quiere que le casque: ¿una nuez, una avellana o una rana?
Qué tocacojones. No desaprovecha una, la beata ésta, peor que Anastasia. Que me la casques coño, Juanita, ¡ahora mismo! Me sale en voceo alto y cabreado.
—Por qué no te callas; y apaga ese móvil que molesta, coño.
El vozarrón llega raudo desde mi espalda. Giro el pescuezo y oteo un mastuerzo más solo que el emérito. Tira de chulo, el muy cernícalo.
—Qué pasa guapito de cara, te he interrumpido el pajeo ¿o qué? ¡Ah, no!, que estás tan solito que debes andar de voyeur de las parejitas de al lado; si no, no te pones cachondo. ¿Qué parejita te pone más chocho que el emérito?
—¿Por qué no te callas y te metes en tus cosas?
Resultona, esta voz masculina que procede de la misma hilera, pero dos butacas a la izquierda del emérito. Ah, no, una butaca solo de vacío, pues ahora se alza y emerge la realidad objetiva a figura de melena femenina.
—Siempre igual, tanta igualdad y mandanga, y tiene que ser tu jai la que te haga la limpieza de los bajos. Con esa voz aflautada, ¿por qué no te agachas tú y practicas una lavadora a tu zagala? Seguro que queda más contenta que tú. Noto en tu voz que disfrutas más con el ojo avizor del mirón que tienes al lado. ¿Te pone el culín prieto?
Se alza el emérito orangután presto a tirarse hileras abajo. Mientras, una hilera arriba, escucho un ruego: ¡Manolo, vámonos! ¡Por favor, Manolo!
Otra vez, lo mismo, emerge una cabeza con medio pelo y medio calva, pero con ojos azules y nariz chatina (me hago la idea, pues ni lo sé ni me importa, pero un medio calvo de los huevos algo debe tener, imagino).
—Menos mal, algo que se mueve en este mundo. Un Manolo con la lavadora en la boca adecentando los bajos de su chavala. Ya no es más de lo mismo, joder, ya tocaba.
Antes de que el emérito orangután se atreva a botar de hilera en hilera hasta alcanzar la mía, brota un farolero luciente. Más viejo que King-Kong y los cuarenta ladrones haciéndose cosillas. Ilumina por acá y por acullá.
—Por favor, señores. Hagan el favor de guardar silencio, y cada uno en su asiento, por favor. Por favor, señores.
E ilumina por la fila de los cardadores y mamadores cabreados, y se indigna. Algo ha visto, ya la pichinga o la mandinga, o el chorreo albino de algún tarado a dos manos.
—Por favor, aquí no se hacen estas cosas. No, así no. ¿Saben quién tiene que limpiarlo después? Yo, yo las tengo que limpiar. Y cuesta mucho de salir, incluso con KH7, si lo sabré yo. Encima, si la tela queda descolorida me descuentan un porcentaje. Con todo respeto y cariño: a cascársela a casa, señores y señoras. Me van a matar, y estoy a punto de jubilarme.
Súbitamente se alza una cabeza masculina por la otra banda del pasillo donde se ubica el farolero.
—Lo tienes claro, chaval. La LGSS se va a reformar en breve. Hasta los setenta ni Dios se jubila. Así que aplícate el cuento.
Su pareja masculina le recoge su salida cabeza y la tira para abajo otra vez.
—¿Quién te ha dado vela en este entierro? Sigue a lo tuyo.
—No. No y no… —el farolero cabreado.
Una vetusta voz se alza iracunda como Deesa de los antiguos griegos.
—Me habéis estropeado el orgasmo con mi Juanito, panda de reprimidos.
El farolero ilumina la femenina voz de plateado pelo y tez de unos noventa y cien años sentada con ella sola. Quedamos patidifusos.
—¡Ah!, joven tocacojones. Aprenda a utilizar su Juanita, que no tiene ni idea de lo que puede hacer por usted.
05/03/2026 @ 2:12 pm
Nosotros, ella, yo
Siempre hemos sido de rutinas, nos gusta salir a la calle después de la película, la que dan en la tele después de comer, ni lo comentamos entre nosotros, nos arreglamos y salimos a andar como le decimos nosotros, a paso tranquilo, cogidos del brazo, mirando los escaparates, los coches, la gente que pasa. Nos paramos a hablar con los vecinos de siempre, los conocidos, nos preocupamos por sus familias, nos alegramos cuando las cosas van bien y nos disgustamos cuando no es así.
Me gusta tenerla a mi lado, verla sonriente, como cuando tenía quince años, ese hoyuelo que se le forma en la comisura de la boca y que las arrugas no han conseguido eliminar, poniéndose tiesa para tratar de ganar algún centímetro y esto le hace una mueca en la boca de pizpireta, esos ojitos que lo ven todo, que aprehenden de todo lo que le rodea, haciéndome creer que soy el centro de su existencia, que su vida gira entorno a mi. Siempre se sitúa a mi derecha, me agarra del brazo con su antebrazo rozándome con su pecho y siempre me he sentido feliz de tenerla a mi lado.
Hace mucho que no nos detenemos en el escaparate de la agencia de viajes, hoy lo recordamos al pasar cerca ¿te acuerdas cuando esa vez pensamos en ir de viaje?, nos asombramos de las ofertas: Bali, 2950 euros por persona, ¡vaya dineral! ¿quién pagará esto? ¿Y que darán de comer allí? Egipto 7 días, ¡qué calor, seguro! Las Maldivas, mira que agua tan transparente; contigo me iría al fin del mundo. ¿Te acuerdas cuando esa vez entramos a preguntar?, esa chica siesa que al final nos propuso ir a los pueblos blancos. Al salir nos reímos de nosotros mismos, ¿cómo nos debía ver la chiquilla? ¿Qué se nos ha perdido en Andalucía?
Tenemos que dar la vuelta antes, ¡qué cansado estoy! El centro comercial se nos queda demasiado lejos, aún tenemos que volver a casa. Al regreso nos detenemos en el escaparate de la agencia de viajes y me río, siguen estando los mismos destinos: Bali, Egipto, Las Maldivas y pienso, ahora ya no. Ahora es demasiado tarde. Miro nuestro reflejo en el cristal, pero estoy solamente yo con el bastón y una mueca triste, pero sigo sintiendo tu brazo que me agarra, tu pecho que me roza y me digo, ¿a donde voy a ir yo sin ti?
05/03/2026 @ 10:05 pm
Abril pausado
Abril pausado en el ascensor. Te miras al espejo. Hoy te sientes bonita. En el vientre llevas esperanza, luz en la mirada.
Sales a la calle. Labios apretados. Pasos rápidos, taconeo sobre la acera. Pereces volar, casi vuelas.
Llegas al parque, deseas entrar. Deseas jugar con los niños. Suspiras. Es demasiado pronto.
Pasas el parque. Dejas atrás el griterío, dejas atrás a los niños. Ignoras la punzada en el alma.
Oyes la campana, tintinea. “Deme esto.” “Con tarjeta.” “Gracias.” “Adiós.”
Regresas al piso por la misma avenida. Pasando de largo el parque. Alejándote de los niños.
Otra vez pasos rápidos, taconeando sobre la acera. Pareces volar, casi vuelas.
En las manos llevas la esperanza. En la tripa el deseo. Congoja en el corazón. Incertidumbre en el alma. En la mente, una traidora te amarga.
Corres por el portal. Abril pausado en el ascensor. Un portazo. Al fin, en el baño de tu casa.
Arrancas el envoltorio, tiras la caja. Coges el papel, te lo sabes de memoria.
Siempre es lo mismo. Las mismas cajas. El mismo retrete. Las mismas ganas. Igual el reflejo de tus ojos grises en la mampara.
Te levantas la falda. Te bajas las bragas. La orina caliente te moja los dedos. “¿Será suficiente?”
El goteo del grifo, segundos pasan.
Necesitas un cigarro.
Sales al balcón. El humo asciende. Nubes de amargura. Nubes de esperanza. Vuelan palomas. Vuelan risas de niños en el parque. Vuelan segundos. Queman las ganas.
Tiras la colilla. Te abalanzas al baño.
Ya está.
Te tiembla la mano. Te tiembla una lágrima.
Tiras el papel, la caja, el test, tu ilusión, las ganas.
Cierras la puerta del balcón. Demasiado ruido, los niños no callan.
06/03/2026 @ 3:33 pm
LOW COST
-Renfield.
Nada, ni caso. Paciencia, paciencia. En algún bolsillo debo tener una biodramina, a ver si puedo doblar el codo.
-Renfield, Renfield.
Me cago en la mierda. ¿Dónde se habrá metido ese inútil? Tenía que haber contratado una empresa de mudanzas seria. Lo barato sale caro. Joder que hambre.
-Renfield.
Ya puedo gritar, ya, que ese besugo no se entera. Creo que se ha dado un golpe cuando me acostaba. Me ha parecido oír que se caía, he escuchado el característico ruido que hace su melón cuando golpea el suelo. Tal vez no tenía que haberle mordido tan fuerte. Necesitaba comer algo antes de salir de casa y no me daba tiempo de ir a buscar fuera. Renfield es el último recurso, si puedo evitarlo ni lo toco, pero es que me rugían las tripas y a veces soy un ansias. Casi me rompo un diente. El idiota se ha movido en el momento justo y le he dado un bocado en la coronilla. Señor, es que me hacéis cosquillas con la barba. ¡Cosquillas! será cretino. Es como un crío. Me parece que lo he dejado medio atontado, pero fijo que no se ha descalabrado, sino olería su sangre; lo que aún sería más desagradable. Hay días que tengo que ponerme una pinza en la nariz; los días que se afeita. Le tiembla más la mano que al peluquero de Van Gogh. Esa mezcla entre el recuerdo de su hedor a carroña y el hambre absoluta me está matando. Es un decir. Esperemos que la cosa acabe pronto. Cuando salga de aquí me voy a dar un banquete de la hostia. En fin. Que tedio. He conseguido encontrar el móvil en el bolsillo, una buena noticia, he pensado, echaré unas partiditas al solitario. Y una mierda. Me había olvidado de cargarlo. Seré. Paciencia, total, ya estoy acostumbrado a estar todo el santo día sin hacer nada. Si por eso me voy a Londres. No aguanto más el campo. Qué oscuridad hay aquí, está negro hasta para el señor de las tinieblas. Y no me voy para conocer gente interesante, o visitar museos, no lo hago porque esté harto de los paletos (si no veo uno en meses), me voy para que pase algo, para eso y para ganar un poco de confort. A ver los de allá son todos unos cazurros, pero tontos del todo tampoco lo son. Te los vas comiendo, comiendo, y al final se dan cuenta y se piran. Últimamente, para chuparme a un viejo tenía que hacer tantas leguas que volvía con los sobacos descoyuntados. Antes, si ningún idiota o turista se acercaba al castillo, hacía tres o cuatro kilómetros hasta algún pueblo cercano, pero desde que se olieron la tostada y empezaron a emigrar a Cluj-Napoca, Brasov o a Bucarest, tengo que recorrer siete u ocho kilómetros hasta Dornisora o Căsoi, y otros tantos de vuelta, y convertido en una mierda de murciélago que abulta lo que un ratón. Hay que probar a hacer quince kilómetros con una envergadura de alas de un palmo para saber lo que es eso. Cuando llegas a casa y haces la metamorfosis de vuelta no puedes ni cerrar los brazos, vamos no aguantas ni el roce de la capa, y que las compro de las buenas, de seda. ¡Unos golondrinos! Y otra vez muerto de hambre. Acabo siempre dándole un bocado a Renfield, que sabe a culo de perro frotado con barón dandy.
-Renfield. Engendro patizambo. Nada.
Y vaya viajecito en el carro. ¿Para que pagamos impuestos los nobles? Vaya carretera. Desde el ataúd seguía oliendo la asquerosa colonia de Renfield y para rematarlo el mendrugo ha contratado a un mozo para el transporte que apestaba a ajo. Aún me pican los ojos, creo que he pillado una conjuntivitis. Con eso y los baches me he potado encima. Huelo a bocadillo de malagueña de frankfurt barato. He llegado al puerto de Varna medio no-muerto. Me han descargado, con la correspondiente ración de coscorrones, y se ha ido por fin el mozo apestoso. ¿Se puede ser más desgraciado? Con tanto golpe estoy hecho un eccehomo. A la que el barco ha salido de puerto me he quedado dormido como un bebé. No sé cuanto habré dormido, por primera vez en el viaje disfrutaba de un poco de calma. Hasta me ha vuelto el optimismo. Has dejado el polvoriento castillo y vas rumbo a Londres, un lugar petado de cuellos que morder, sonríe muchacho. Pues el alivio ha durado cero coma. Según mi reloj de biorritmos ya era noche y navegábamos por alta mar, los meneos en el estómago eran prueba inequívoca, así que me he dicho, Vlad, vamos a mover un poco el bigote, quién va ha echar de menos a un marinero pringado. Pues eso. Y voy, empujo la tapa y… nada.
-Renfield, pedazo de rata come moscas, hijo de una cabra tísica.
Del revés. El imbécil ha dejado el ataúd del revés. O a este traga cucarachas tonto del culo se le ilumina alguna neurona y se deja caer por la bodega o me paso el viaje a dieta. Satán dame paciencia, porque si me das fuerzas reviento el cajón, los mato a todos y me quedo flotando a la deriva hasta que embarranque. Ni pensar, no me puedo cargar el ataúd que no he traído de repuesto. Contención de gasto. A saber por dónde debemos andar. Muy lejos no podemos estar. Ni habremos llegado al Bósforo. Sólo me faltaba que me pillaran los turcos, con las ganas que me tienen. Qué fui un héroe de guerra. Eso cuando era un tío activo, pero ahora. Nada.
-Renfield.
06/03/2026 @ 3:49 pm
Nada
Las flores llenan de colorido la sala. Huele a primavera. Sobre la mesa, platos con su comida preferida. Aquellas galletas que descubrieron juntos en un horrible viaje a Bélgica. Se refugiaron empapados en una cafetería. Habían estado discutiendo por una tontería y la dueña de la cafetería les soltó un discurso del que no entendieron ni media palabra y les puso dos cervezas espesas como la miel y un plato con unas galletas de aspecto espantoso pero que sabían deliciosas. Son casi imposibles de conseguir, pero la ocasión lo merece. Hace un día maravilloso, el sol se cuela a través de las cortinas y se refleja en las copas. Al lado, su cava preferido, el que sirvieron en su boda y que siempre han usado en esos momentos especiales en los que todo está perfectamente alineado y quieren recordar esa noche de bodas que, contra todo pronóstico, fue mágica. Se les estropeó el coche de camino al hotel donde debía seguir la juerga con los invitados que todavía seguían en pie y decidieron mandar todo a la mierda y quedarse en un hotel de mala muerte, pero limpio, en el que estuvieron toda la noche piel con piel, como si acabaran de conocerse. Ha escogido bien la música, esas piezas etéreas de Satie que tanto le gustaban y que escuchaba con los ojos cerrados y una sonrisa que no parecía de este mundo, como si dios le estuviera susurrando al oído los secretos del universo. La sala está impecable, todo está colocado en su sitio. La comida, las flores, los recordatorios. El ataúd, cerrado, como recomendaron los de la funeraria. Mordisquea una galleta, y se pone a llorar.
06/03/2026 @ 3:58 pm
Tempus fugit
Miguel mira por la ventana del bar. No hay nadie más salvo dos camareros, un matrimonio que ya deberían haberse jubilado. Mira su cerveza, que ya va por la mitad. Le sabe a orina, pero es lo que hay. No puede pagarse otra, pero no tiene nada más que hacer ese día. Necesita ocupar el tiempo como sea. Los camareros lo miran con una mezcla de hartazgo y pena. Nunca ha sido un cliente que consuma mucho, pero no pueden permitirse echarlo. Es un parroquiano de los de antaño. Ya no quedan más en el barrio. Todos se han ido a otros bares. Miguel sigue yendo porque no tiene ningún sitio más al que ir. Su mujer lo abandonó después de descubrir su adicción al juego y su cuenta de onlyfans. Eso fue la gota que colmó el vaso. Meses después lo echaron del trabajo. El paro no le da para mucho. Las hijas tampoco quieren saber nada de él, no le perdonan las palizas que les daba cuando eran niñas, ni su alcoholismo. Quién le ha visto y quién le ve. Él, que solía acojonar a sus subordinados, que se paseaba por su sección como un pavo real. Y todo por el hijo de puta que lo traicionó, Josemi. Él siempre le había tenido envidia. Y su jefe también le había traicionado, lo había sacrificado para conservar su puesto después de que se descubrieran los libros de cuentas. Hijos de puta. No sabía cuanto rato había pasado en ese tugurio, pero le daba igual. A veces se preguntaba por qué era así. Pero esos momentos de lucidez no le duraban mucho. Volvió a mirar su cerveza. Una mosca revolotea por su vaso y se posa en el gorro que ha dejado encima de la mesa. Apesta. No desentona con el decorado del bar, la mugre lo cubre todo. Escucha el transcurrir del tiempo. El sonido de las manijas del reloj le abruman. Mira a través de la ventana. La llovizna también encaja con su estado de ánimo. El tiempo sigue pasando sin que pase nada.
06/03/2026 @ 5:25 pm
El Reflejo en el Cristal-
Eran idénticos en fisionomía, pero opuestos en órbita. Julián y Adrián nacieron con apenas tres minutos de diferencia, bajo una luna llena que parecía observarles con una curiosidad plateada. Sin embargo, desde niños, quedó claro quién pertenecía a qué mundo.
Adrián, el pragmático, miraba el cielo con el rigor de un cartógrafo. Para él, la Luna era una roca; un objetivo; una meta de titanio y combustible. Se preparó con la disciplina de un espartano moderno: dietas estrictas, simuladores de fuerza centrífuga que deformaban su rostro y manuales de ingeniería tan gruesos que habrían servido para calzar un cohete. Su vida era una cuenta atrás constante hacia un éxito medible en kilómetros por hora.
Julián, en cambio, siempre estaba «en la Luna». En el colegio, sus profesores suspiraban al verle mirar por la ventana. Julián no veía cráteres de basalto; veía cuencas de leche fría donde se bañaban gigantes olvidados. No hablaba mucho. Le costaba horrores mantener una conversación sobre el clima o el precio del pan. Para él, las palabras eran piezas de un puzzle que solo encajaban cuando estaba solo, frente a un papel en blanco, lejos de la mirada juiciosa de los demás.
I. La Condena del Polvo: La Rutina de Adrián
El día que Adrián despegó, el mundo contuvo el aliento. Pero al llegar a la base lunar, el triunfo del acero se oxidó rápidamente bajo el peso de la monotonía. La Luna, descubrió pronto, no era una aventura: era un bucle asfixiante. El tiempo allí no pasaba, se estancaba en un gris perpetuo.
Su jornada comenzaba con el siseo del soporte vital. Cada mañana, Adrián debía realizar la inspección de los paneles solares, retirando un polvo fino y electrostático que parecía tener voluntad propia. Era una tarea de Sísifo: limpiaba un panel para que, horas después, el regolito volviera a cubrirlo. Luego, pasaba horas en el laboratorio analizando la densidad de las rocas, anotando números en tablas infinitas que nadie parecía leer.
La falta de atmósfera no solo silenciaba el exterior, sino que amplificaba el ruido de sus propios pensamientos. El paisaje era siempre el mismo: sombras negras como la tinta y llanuras cenicientas. No había viento que moviera una bandera, ni nubes que cambiaran la luz. El aislamiento empezó a erosionar su mente. La Luna era una oficina estéril a 384.400 kilómetros de casa, donde el mayor peligro no era la descompresión, sino el aburrimiento absoluto de repetir los mismos gestos mecánicos en un mundo muerto.
II. El Arquitecto de Sombras: El Viaje de Julián
Mientras tanto, en la Tierra, Julián se había encerrado en su estudio. Para él, el tiempo tampoco pasaba, pero por razones opuestas. Cuando escribía, las horas se disolvían en una corriente de pura invención. Mientras su hermano limpiaba polvo real en un mundo vacío, Julián construía imperios sobre ese mismo polvo desde su escritorio.
Su proceso creativo era casi místico. Se sentaba frente a la ventana y, aunque sus ojos veían el jardín, su mente estaba recorriendo mares de mercurio y ciudades de cristal construidas en la cara oculta del satélite. Julián no necesitaba trajes presurizados porque su imaginación le permitía respirar en el vacío. Escribía sobre el olor de la luz de luna y sobre cómo los antiguos mitos se refugiaban en las sombras de los cráteres para no ser olvidados por la ciencia.
Publicó su primera novela y el éxito fue fulminante. La gente, cansada de la frialdad de los datos técnicos que enviaba la agencia espacial de Adrián, se volcó en la Luna de Julián. El hermano que no sabía relacionarse con sus vecinos terminó relacionándose con el alma de millones de lectores. Se convirtió en un faro para los soñadores, demostrando que la verdadera exploración no requiere combustible, sino una curiosidad inagotable.
III. El Retorno del Astronauta y el Encuentro Final
Un año después, Adrián regresó. No volvió como el héroe victorioso de las revistas, sino como un hombre roto. Sus ojos tenían el brillo vidrioso de quien ha mirado demasiado tiempo a la nada. Se había convertido en un lunático: alguien que solo podía hablar del silencio, de la falta de color y de la futilidad de la existencia. La realidad física le había robado la cordura porque no tenía un mundo interior para llenarla.
Una tarde, Adrián entró en la biblioteca de Julián. Vio las estanterías llenas de ediciones traducidas a veinte idiomas y las cartas de agradecimiento. Julián estaba allí, en silencio, escribiendo con una calma que a Adrián le resultó insultante.
—Lo he visto todo, Julián —dijo Adrián con voz quebrada—. Estuve allí. No hay nada. Solo piedras, oscuridad y un frío que te hiela los huesos. Tu éxito es una farsa. Has engañado a todos con tus cuentos de hadas sobre una roca muerta.
Julián se levantó despacio y miró a su gemelo. Vio la derrota en su rostro y sintió una profunda compasión por el hombre que había viajado tan lejos para no encontrar nada.
—Tú fuiste a la Luna para trabajar, Adrián. Yo me quedé aquí para habitarla —respondió Julián con suavidad—. Tú llevaste tus máquinas de medición y tus protocolos, pero yo llevé mis sueños. La diferencia es que mi Luna nunca se acaba, porque cada vez que pongo un punto y final, nace un mundo nuevo. Tú viste la superficie; yo vi el corazón.
Adrián bajó la cabeza, derrotado. El astronauta era ahora el prisionero de su propia falta de visión, mientras que el hermano «ausente» era el que realmente había conquistado el espacio. Julián demostró que la imaginación no es una huida de la realidad, sino la herramienta definitiva para crearla. Mientras el astronauta seguía buscando el sentido en el vacío exterior, el escritor seguía expandiendo el universo que llevaba dentro, confirmando que la mente siempre llega a las estrellas mucho antes que cualquier cohete.