Le rendez-vous d’anna
Por María Haro Cruz
FICHA TÉCNICA: G.: Drama.Viajes. Bélgica 1978. 121 min. D.: Chantal Akerman. G.: Chantal Akerman. Producida en Bélgica, en Francia por la Gaumont y en Alemania del Oeste (RFA) TV. Formato: DCP, Color Eastmant. Restaurada por la Cinematek, proveniente del fondo de la de la Cinematheque Royale de Belgique y presentada en la Fundación Chantal Akerman. D.ftg.: Jean Penzer. Decor.: Philippe Graaf. Musc.:Marguerite Monnot. ”Les Amants d’un jour, de Edith Piaf. Chanté par Aurore Clément. Int.: Aurore Clément, Helmut Griem, Magali Noel, Lea Massari, Hanns Zischler, Jean-Pierre Cassel. Premiada en numerosos festivales internacionales en 1978.
Viajé a Bruselas dos años después de que en ella muriera una de las mejores realizadoras del cine belga y de las más influyentes para innumerables artistas e inspiradora para el público de todo el mundo: Chantal Akerman. Un viaje lleno de documentos, fotografías, mercadillos, arte, dulces y chocolates, tabernas de cervezas, mejillones en manteles de cuadros y cuadros de Magritte, nuevos amigos y paseos en la cotidianidad de sus calles y barrios, desmarcados del grupo, siempre al caer la tarde, en petit comité, en la Chocolatería de la Royal Gallery de Saint Hubert tomábamos un café y entre risas y debates aparecieron los títulos de esta cineasta tan atractiva.
Este invierno, oí su nombre en una plataforma de radio, la publicación de tres libros escritos por mujeres cineastas y, entre ellos, el suyo Una familia en Bruselas de 1998. Un escrito, una salmodia, recitación, relato, novela, monólogo de teatro o un guion bajo la atmósfera inquietante de su ciudad y de su familia.

Akerman crea tanto en su cine como en su escritura un experimento artístico que estructura los silencios y palabras en un vasto plano narrativo y visual, evidencia la condición humana, representa la variación en el tiempo del objeto o sujeto a filmar o describir en un espacio íntimo aunque externo y elabora el guion siguiendo el hilo narrativo a sus personajes y ordena las frases de la producción literaria o cinematográfica para hacer reflexionar.
La escritura para ella era una forma de acercarse a la realidad, el impacto que le generó el cine de Godard, Ozu, Bresson y los artistas americanos Michel Snow y Brackhael que le ofrecieron la posibilidad de «trabajar de un modo no narrativo, más visual, donde el código mismo no es el mensaje sinó el fin» y, por creer en sí misma, decidió ser cineasta para interpretar la realidad y la subjetividad de lo cotidiano, lo cercano de la mujer de una manera filosófica. Definió su labor con esta frase: «no hay nada que decir, decía mi madre, y es sobre esa nada sobre la que yo trabajo». Su madre fue figura fundamental en su obra y en su vida quien salió con tan solo quince años viva de Auschwitz.
Y, si en Jeanne Dielman 23 Quai du Commerce,1080, Bruxelles (1975), su obra maestra, lanzamiento de su carrera, considerada en la historia del cine una de las mejores películas del Siglo xx, podemos ver la vida de las labores de una ama de casa. Si, en News From Home (Noticias de casa, 1976) fue un ensayo documental donde se complementan unas imágenes en la ciudad de Nueva York con un audio de Akerman leyendo las cartas de su madre.
En Les Rendez-vous d’Anna (1978) vuelve a la cosas simples del quehacer diario repleto de reconstrucciones de época (sin artificios y eternamente sencillas) para que sean trascendentes, cristaliza la vida de las mujeres, el «Yo» de los hombres y algunas cuestiones emocionales y de familia. Dirige un cine de mujer porque es una mujer, no sabe hacer otro cine más que el de la vida, cuyas imágenes proyectadas sirvan de herramientas de apertura y permitan ser pensadas.
Es una obra de arte que está entre un documento de época generadora de su singular lenguaje expresivo cinematográfico: cámara en posición fija, travellings variados y planos medios, a la altura de los ojos como cuando desciframos un cuadro, una simetría entre la cámara, el personaje y las ventanas del tren, puertas de cristal, vitrinas… y, la vida cotidiana de una cineasta con un tono más comercial y romántico, evidenciando el papel elevado de la protagonista.
Por orden de aparición: Anna Silver, Aurore Clément una modelo de magazines rescatada por Louis Malle y Mario Monicelli, presentada en Roma a Akerman con la que empezaría una gran colaboración, es la primera actriz sin maquillar que da vida a una realizadora de éxito, autodidacta e independiente que viaja en tren para promocionar su nueva película por diversas ciudades de la Europa septentrional. Desfila por los andenes de las estaciones y las habitaciones de los hoteles en espera de una llamada, vive encuentros fortuitos y aventuras por un mundo que se tambalea, sus valores construidos vacilan, despierta del escándalo de su propia historia, sigue adelante con su vida sin sentir la necesidad de gustar, aprende a ser fuerte sin ilusiones y se pregunta qué es el amor. Un anticipo de la nueva mujer.

De espaldas, en un travelling que lo dice todo, fijo y prolongado, fuera del tren, se dirige a la cabina telefónica, llegan y parten viajeros en un tiempo rítmico y repetitivo, sin perder el relato Akerman con sabias elipsis la hace saltar en el tiempo y en el espacio, del hall de la estación de Essen a las puertas correderas del hotel Handelshof, a la habitación aislada del ruido, escucha la radio y se prepara. La recogen y presentan su película en el cine Roxy.
Sale acompañada de Helmut Griem, interpretando a Heinrich Scheider admirador y profesor de escuela (el personaje más trabajado), se acuesta pero no hay amor. Al borde de la soledad él la invita al cumpleaños de su hija en la finca familiar. Akerman compondrá un marco donde situar los personajes siempre desde el exterior, borrando casi la escena de una de las tomas más bellas de la película junto con un travelling deslumbrador de perspectiva minimalista que origina la creación de calidad su cine moderno: «Heinrich, en medio de un campo de cultivo de tulipanes en verano, con el ruido de fondo de la industria, y del ferrocarril, envuelto en la neblina blanquecina, que deja pasar la luz del mediodía natural los colores de la pintura flamenca, ante el silencio de Anna de presencia emotiva y mirada ensimismada, relata su vida en un monólogo, la relación confortable y pasiva con su esposa, la relación de su esposa con el turco oscuro con el que se fugó, el placer de cantar ópera con su amigo y enumera con dolor el contenido una lista de la historia alemana: en los años 20 estaban los comunistas, luego en el 33 la guerra… la paz… la reconstrucción. “Y luego”, un día mi amigo perdió su trabajo y yo perdí a un amigo, “¿Qué le han hecho a mi país?”».
De regreso una nota, en la recepción, de su madre, le avisa que la espera en la estación de Bruselas, mientras intercambia tren en Colonia en las escaleras de las vías encuentra a una amiga de su familia. Ida, en un recitado accidental y autorrevelador habla a Anna acerca del amor de su hijo, todavía la está esperando, de su marido, de llegar a conocer a sus nietos, del sacrificio y esfuerzo conseguido. Elogia a Anna de ser artista a ella se le daba bien el dibujo. Anna se sienta a su lado, no debate sobre su renuncia al matrimonio, a la maternidad y al compromiso concertado, asiente su triunfo y la autonomía que la alejan de los valores domésticos familiares.
Magali Noël emotiva y dramática transmite una conciencia general común a todas las conciencias posteriores a la Guerra, en una salmodia de liturgia religiosa judía, consecuencia de la historia alemana: «la guerra cambió a las personas».
Anna sube al tren, en el pasillo delante de la ventanilla encuentra a Hans, filósofo interpretado por Hans Zischle. Un actor de presencia, ánimo, empático y deliberadamente reservado, en una mise-en-scène rodada casi en primeros planos que hacen que se miren y se dirijan total o parcialmente al frente; con un cigarrillo Hans inicia un monólogo de registros personales y colectivos vinculados con su experiencia, expresa preocupación pero no vive. Su seña de identidad es de un laconismo expresivo que sintetiza y reflexiona sobre la historia, el futuro incierto de Europa y la libertad. Anna absorta responde brevemente y mira hacia el futuro. Godard lo definió como un Gentleman actor.
Su madre tras tres años de ausencia, la espera. Caminando buscan una pensión cercana a la estación. Akerman estructura las palabras y silencios explorando las posibilidades expresivas de las imágenes, su madre nada explica, Anna le confiesa su relación con una mujer italiana. Lea Massari, pregunta a Anna si la quiere, no le dirá nada a su padre, conforma un personaje equilibrado y excelentemente conseguido donde Anna puede descansar en un viaje lleno de suspense.
Atardeciendo en París, Daniel su amante parisino con el que siempre se siente cómoda, la recoge y dentro del coche a espaldas del espectador circula por el centro en busca de un sitio donde cenar y pasar la noche. En la recámara de un hotel minimalista, Daniel aquejado de estrés y de su imágen pública, un atrevido Jean-Pierre Cassel, recita un soliloquio mirando a la cámara sobre los males que aquejan su país, enferma e irritable ocasiona un desafortunado desamor. Oímos el ruido del TV, el movimiento repetitivo de la pantalla más blanco que negro sin conexión y los muebles funcionales de nuevo diseño y un ventanal abalconado enmarcando altos edificios liuminados generan una sensación de frialdad en el ambiente y una nueva fotografía. Daniel pide a Anna que le cante una canción, Akerman privilegia Les Amants d’un jour. Su voz a través del canto será la única forma de escapar del cansancio de la relación en un firmamento donde resuena el eco del suicidio.
Anna vuelve a su apartamento vacío, estirada en la cama vestida, recuerda el viaje. Escucha triste la voz en off de su contestador telefónico, nuevas presentaciones, amigas, un amante ocasional que no va poder atender, la mujer italiana que pregunta y, ella sonríe…
Akerman en su cine de imágenes inscritas en un texto, traslada miradas, sensaciones, movimientos, situaciones, gestos cada vez más patentes a nuestro alrededor, puede que resulte triste y explícito, pero el intento de análisis es sencillamente maravilloso.
Propio de una cultura determinada, como la vivió en su hogar y cómo situarse ante y ante las emociones y el amor.
Anna una directora de cine se desplaza en tren por diferentes ciudades de la Europa Occidental, una gira de presentar una de sus películas, pasa noches interminables en tristes hoteles sórdidos y lujosos, en un largo recorrido en tren mantiene diversos encuentros inesperados, aventuras fugaces y alguna cita prevista a través del teléfono, siempre en estaciones de tren y, entre el amor y la felicidad resuena la el contexto geopolítico de Europa que se tambalean los vínculos tradicionales por la entrada de un orden nuevo, y por la confusión respecto a la política, la falsificación de la mirada en la TV y la culminación del boom económico.
Aunque parece que nada ocurre, sí ocurre en Les Rendez-Vous d’Anna, no sabemos qué película presenta, no se ve la relación con la chica italiana de la cual espera una llamada de teléfono, por qué el amigo de Helmut es despedido, cómo sabe su madre el hotel donde está hospedada y le deja un a nota en la centralita… Akerman trabaja “sobre lo que no hay nada que decir” es “sobre esa nada” que crea su propio su lenguaje cinematográfico despojándose de todos los añadidos o acompañamientos efectistas, deja aquello que no se ve, que se intuye, que se sabe que ha pasado y, construye la imagen a partir del vacío, la clave de su cine y de esta película que es más imaginaria que autobiográfica. Todo lo vivido está lleno de conceptos y símbolos es un recuerdo imaginario como lo es la historia del amor con la chica italiana o la que cuenta Helmut sobre el abandono de su mujer en el matrimonio, y ese imaginario vivido se convierte en romántico componiendo en la cinta una aureola de romances que aparecen y desaparecen.