Comentaremos textos escritos por los participantes y haremos actividades de escritura en el momento, que nos pueden servir como semillas para la sesión siguiente o no.
Cada sábado tendremos una consigna sobre la cual escribir. Los textos se tienen que poner en los comentarios de la entrada pertinente antes del viernes anterior a la sesión. Podemos poner el texto tal cual o un enlace a un sitio donde leerlo. Los textos tienen que tener, como máximo, 900 palabras. Cada participante tiene dos compromisos: a) Escribir un texto y b) Leer los de los compañeros.
El laboratorio tendrá un número limitado de participantes. Para cada sesión podrán asistir quienes cumplan las dos condiciones anteriores, por orden de presentación de textos. Pedimos a todos los participantes honestidad y buen rollo.
La consigna en esta ocasión es abrir uno de nuestros libros preferidos y escoger dos frases al azar. Tenemos que escribir un relato que incluya las dos frases.
Tenéis que escribir vuestros textos y ponerlos en los comentarios de esta entrada, bien pegando directamente el texto, bien poniendo un enlace donde leerlo hasta el jueves anterior a las 12 de la noche. Tenemos hasta la sesión para leer los relatos de los demás.
Cualquier duda la podéis preguntar por el grupo de Whatsapp.
LUCIÉRNAGAS
“Avanzó rodeado por una nube de luciérnagas. Hubiese deseado, sobre todo, como en otro tiempo, meter en el horno con la ayuda de una vara una pastilla de malvavisco, mientras los libros, que aleteaban como palomas, morían en el porche y el jardín de la casa. Mientras los libros se elevaban en chispeantes torbellinos y se dispersaban en un viento oscurecido por la quemazón”.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó Leire, su hija de nueve años.
Tomás la miró y sonrió. Le gustaba su franca curiosidad, lúcida y descarada. Pensó que sus preguntas también eran como luciérnagas, fragmentos dispersos de luz moribunda que aleteaban en el aire, suspendidas, sin tomar tierra de forma definitiva.
—Pues un libro que, si fuera verdad lo que cuenta, no podría estar leyendo.
Ella se quedó con la boca abierta, los ojos redondos transformados en una acuarela de incomprensión.
—¿Y eso por qué, papi?
—Pues porque transcurre en un sitio en el que los que mandan no quieren que la gente aprenda nada, ni lean ningún libro, y por eso los queman.
Los ojos de Leire se agrandaron todavía más. Frunció el ceño, juntando las delgadas cejas. Tomás casi podía ver los engranajes de su cerebro trabajando furiosamente, luchando contra la confusión y el desconcierto bajo su espesa mata de pelo castaño.
—¿Los queman? —preguntó ella, azorada—. Pero eso… eso es…Eso está mal.
—Sí, cariño, es horrible.
—¿Y por qué lees un libro donde queman los libros?
Bendita propensión a la coherencia, pensó Tomás.
—Para no olvidar lo importantes que son, hija. Son muy importantes. ¿Cómo te sentirías tú si alguien quemara tus libros?
—Me enfadaría mucho, papi. Yo no quiero que nadie queme mis libros.
La niña se interrumpió de repente, los puños y los labios apretados, la respiración agitada.
—¿Y quién los quemaba? —inquirió—. ¿Qué personas lo hacían?
—Los bomberos. En este libro, los bomberos queman los libros en lugar de apagar incendios. Y lo peor de todo es que estaban convencidos de que hacían lo correcto. Escucha, te leeré un trocito en el que uno de los bomberos lo explica:
“—¿Ha leído alguno de los libros que quema?
Montag se rio.
—Lo prohíbe la ley.
—Oh, claro.
—Es un hermoso trabajo. El lunes quemas a Millay, el miércoles a Whitman, el viernes a Faulkner; quemarlos hasta convertirlos en cenizas, luego quemar las cenizas. Ese es nuestro lema oficial.”
Leire se quedó pensativa. Parpadeó varias veces y luego apoyó los antebrazos en las piernas de Tomás.
—¿Y qué les pasa a los personajes si se quema un libro, si ya nadie lo puede leer?
—Que desaparecen. Todos. Las historias, los personajes… Imagínate, todos esos personajes que te gustan… Harry Potter, Pinocho, Blancanieves, Mowgli, El Principito, Peter Pan, el capitán Nemo… Nadie podría leer sus aventuras.
—¿Y nadie los recordaría, los olvidarían para siempre?
—Podría ser. Aunque en esta novela, a pesar de que quemen los libros, los protagonistas encuentran una solución.
—¿Ah, sí? —Leire golpeó con las manos el reposabrazos del sillón, excitada— ¿Y cómo? ¿Cómo lo hacen, papi, cómo lo arreglan?
—Se los aprenden de memoria, hija, antes de que los bomberos los encuentren y los quemen. Cada una de las personas a las que les gusta leer escoge un libro y lo memoriza, desde el principio hasta el final, todo entero. Así, aunque el libro ya no exista porque lo han quemado, la historia y los personajes que hay dentro no se pierden porque la gente los recuerda dentro de su cabeza.
Leire entrelazó las manos sobre las rodillas de su padre. La excitación anterior se había tornado ensimismamiento. Otra vez esos engranajes trabajando de lo lindo dentro de su cabeza.
De pronto, levantó las manos y abrió la boca. Se puso de puntillas y preguntó:
—¿Cuánto falta para cenar?
—Pues tu madre vendrá en media hora, así que una hora más o menos.
—Vale, pues entonces me voy a mi habitación un rato antes de la cena.
—¿A hacer deberes? ¿A arreglar tu cuarto?
—No, papi, nada de eso —dijo ella mientras se daba la vuelta con resolución y abandonaba el salón—. Voy a elegir un libro. Voy a escoger cuál de los que tengo me aprenderé de memoria.
Yo, tú y él, y sin moderación.
Ahí está la magia, sin público una historia es solo una colección vacía de palabras (El modelador de la historia, J. Casri).
Chismes, solo chismes. ¿De qué sirven los dimes y diretes? Mi historia soy yo. A veces me confundo, cual, si la historia no fuese fruto del yo, existo yo, solo yo. A qué engañarse, qué son los otros. La necesidad de hablarnos. Considerar que compartirnos en palabras es mágico, y lo contrario, el vacío, semeja la paradoja de Adán y Eva, necesitados de la culebra para pecar, ese vicio de dos, pero a tres bandas. El yo consciente del otro no existe. Lo creamos a simple avatar, para que sea más divertido. Nos aburrimos, ¡entérate! ¿No te lo crees? Pues suprímete a ti mismo, y luego buscas a los demás. ¡Ingenuo del copón!
Cogito ergo sum. ¿Acaso no era este el axioma básico de René Descartes? Pienso, luego existo.
Existo porque pienso, me reconozco, lo que pienso me emociona, provoca el sexo y la mano, el amor, un carajo, o no. Cualquier historia de uno es uno mismo. Nada más. San Pedro no negó a Jesucristo tres veces, es una perspectiva. Simple perspectivismo. San Pedro negó tres veces porque tenía miedo, terror a que le colgaran de las pelotas. El dedo de Jesucristo no lo culpabilizo en su condición de lector externo. Lo adivinó, no esperó a que Pedro la tuviese terminada. La historia de San Pedro es un imposible. Quedó en simple culpabilidad onanista.
Se la contó, dos, tres y más. Interiorizó su culpabilidad. Fruto de ese soliloquio esa noche no pegó ojo. Más tarde se disculpó, nadie es perfecto. El insomnio sin perdón atiza mucho, muy ateo. Escribir para los demás es como comulgar para los demás, una herejía al cielo y a Dios.
Escribimos para nosotros porque a la postre el principio y el fin es el yo. EL YO.
¡Chorradas!
Tú y siempre tú.
El ególatra que niega al otro con su argumento tonto. Maniqueo. Por qué te molestas en argumentar sobre la alteridad, la necesidad del otro en contraposición al yo, si el tú no existe. No es, no está. Ja, ja y ja, qué gilipollez. Solo lo que es puede ser objeto de argumento, solo lo que está puede ser argumentado, para negarlo o para reafirmarlo. Loco de las narices, te envalentonas a puñetera soberbia.
Si te pierdes por una discoteca no saques a nadie a bailar ni intentes darte el lote con ninguna gachí; te escondes en el reservado, reservado a tu onanismo y te la cascas para ti solo, tu ego como único manubrio en música coral, que nadie lea tu historia. ¿A quién le importa un misántropo boludo? A ti solo, pues te lo quedas. “Tó pa la saca”.
Si solo existiera el Sol, las veinticuatro horas, ¿quién hablaría de la Luna? La Luna sería como un agujero negro, imposible de saber de su interior, e imposible hablar, por ende, del chocolate con churros ¿sí? Lo que no existe escapa de nuestra imaginación y de cualquier argumento de nuestra razón. Sin embargo, el tú existe, es comprensible frente al yo. El yo existe por contraposición al tú.
Ergo, cualquier historia es fruto del tú y yo. De no ser así no hay historia. Cuando el tú externo pasa de ti cual boñiga de vaca, el yo, cagado de miedo, se crea un sosias, un tú virtual frente a su yo. Esta es la única verdad; para que lo sepas, tú.
Escribes para el otro, incluso, si no encuentras a nadie, te lo inventas. Lo necesitas, carajo, a ver si te enteras.
¡Qué tonterías se dicen!
Ideas aburridas hasta el culo, así, sin eufemismos. Claro y alto. La tercera persona es la única historia, la única posible.
¿Nunca lo entenderán? ¿Les cuesta?
El tú y el yo se pelean a sabiendas de su necesidad. Sin embargo, son más de lo mismo. Él, crea la realidad. A cualquier historia le cuelga su realidad: sujetos, objetos, contexto y su nexo causal. El tú y el yo se pelean en la historia más que Zipi y Zape por una bolsa de caramelos de menta y hierba de esnifar, y de la buena.
En realidad, los sujetos y los objetos no son más que parte de la historia. Cualquier historia utiliza sujetos y objetos bien amasados. Entendedlo, los sujetos son objetos como los objetos son sujetos, asina, por mor de la Natura, del destino, del azar, o por mor de la energía tántrica, karma, o del más allá.
¡Qué más da que da lo mismo!
Ahora mismo, él, cuenta la historia. El narrador, no necesita del yo ni del tú, ni de los objetos ni sujetos. Metidos en el mismo saco. Narra la historia completa, entera, sin exclusiones interesadas o parciales. El teatrillo de la vida es “él” en tercera persona, no hay más. Cualquier historia está escrita para todos. Incluso, el sordo, que dice no escuchar es parte de la historia, esa parte. ¡Tontos, que sois muy tontos!
La historia es de nadie y de todos. No os engañéis, onanistas del yo, tampoco las parejitas del tú. Solo existe el poliamor. El sexo por el sexo, pero eso sí, místico con el más allá y los posibles dioses del Universo.
Hecho para el rezo público.