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6 Comments

  1. Pepe el Bombilla
    16/04/2026 @ 9:42 am

    Pepe el Bombilla

    Insurrección en el WC

    No sé, joder, con tanto capullo que va de inteligente a tonto por igual; cagóndiez, me ha desbaratado. ¿Y ahora qué?
    El chorra de Gerardito va y se lía a enjabonarme la gualdrapa a mi espalda, a más fina que seda con vaselina. Te arruina el lameculos éste, más lameculos que los ministros esos que endiosan a Trump. Ya…, el mantecoso, sí, ya te digo.
    Pero, ¿qué puedo hacer? Meterle de hostias con palos por la boca cantaría mucho; más que trepanar el cerebro de un palomo a buen pico asesino de una gaviota. Cantaría más que Dios. El Gerardito tontín, se la pela por los lavabos más que un mico. Así anda, más que flaco corre escuchimizado.
    En parte lo hice por él. Siempre por los lavabos cascándosela. Seguro que no se pierde ni un puto pedo que suene por cualquier culo. Dale que te pego por los lavabos del Instituto, aguzando su oreja más que cien viejas a tiro de mosquito. Se entera del último mosquito jalando mierda y bebiendo meados. El gran cascador de chismes.
    Gerardito me hace la pelota a todas horas para que no lo corra a patadas. Y hete aquí, expulsado del Instituto. Un mes expulsado; es su puta culpa.
    Encima, Emma, la guapita de clase, se encoña conmigo por eso mismo. Porque Gerardito me tilda y enjabona de héroe. Ya te digo, el héroe del wáter y retrete, ¡no te jode! Y con la canción del Último de la Fila, “Insurrección”, a toda pastilla. El loro de mi viejo grita más que la Filarmónica de Berlín borracha. Sí, lo sé. Me paso un poco, o mucho, o súper. ¿Y qué? Acaso me meto con alguien. ¡No! Con nadie, coño.
    Emma, la guapita de clase, con su culito y sus tetitas de influencer, va y se interesa por mí. Ni caso hasta la fecha, y cuando se entera de que armo la marimorena en el wáter con el loro de mi viejo. Con El último de la fila. Con su canción “Insurrección”. Se encoña conmigo y me exporta a TikTok.
    Joder, qué tontera más tonta. Se encoña de mí cagando en el wáter y con el loro voceando “Insurrección”. Al filo de ésta, me pregunto: ¿Dónde estabas entonces cuándo te miraba más salido que un oso en celo? Ni caso. Y ahora se pirra por mí. No sé, un poco asqueroso sí que resulta. Emma, Emma, a ver si resulta que te gustan los tíos con música a toda pastilla mientras cagan. Ostias de fetichismo.
    Se ha corrido la idea de que me amotino contra el Instituto, insurrecto contra su régimen patriarcal y semi feudal. ¡Abajo los tiranos enseñantes! ¡A la basura los adoctrinamientos bajo pseudociencias educativas! Libertad, coño, libertad. Que cada cual aprenda lo que le salga del pito o del coño. Así, sin más. ¡Libertad, coño!
    La que se ha liado. Comenzó el Gerardito, chismoso y onanista, diciendo que mi loro cantaba “Insurrección” contra el director y sus mesnadas de profesores tiranos. Que los tenía bien puestos, allí metido en el WC con mi reproductor a toda pastilla: Nadie es mejor que nadie… barras de bar, vertederos de amor. El Gerardito chismorreó sus loas a lo ancho y largo del Instituto. Y la guapita va y se lo cree. Y si Emma dice que aquello es lo más de lo más, el resto de la clase la sigue y la persigue como hatajo de borregos sin un pelo de cerebro. Ya te digo.
    Y ¿qué hace la guapita de Emma? Pues convence a los borregos machitos. Yo entró al WC y dos o tres borregos entran conmigo, todos con su loro. Si yo pongo “Insurrección”, los dos o tres borregos ponen Insurrección. Escuchar, se escucha más allá de la antena del pararrayos del Instituto.
    Acontecía tras las dos primeras clases matutinas. Me entraba la cagalera, no fallaba, y mira que lo intentaba. Control físico, y nada. Control mental, y nada. Tenía que marchar al WC con mi loro. A cagar. Últimamente, cuando me disparaba en tal necesidad corría un profesor a prohibirme que portase el loro. A toda pastilla, ni caso: ¿Dónde se prohíbe? El Reglamento del Instituto no dice nada, profe. Lo siento, pero mi loro me acompaña.
    ¿Qué voy a hacer? ¡No puedo hacer otra cosa! Es pura necesidad. Si la verdad se sabe, se supiera, sería el hazmerreir del Instituto. Se mofarían de mí hasta debajo de las alcantarillas. Peor que las ratas. Ya te digo: Tendría que enseñarles mi trocito peor.
    Así pasó: Un día viene el director y me prohíbe acompañarme del loro. Ni caso, no podía, ¡de verdad! Si la verdad sale a la luz será mi fin para todo y para todo. Cómo se reirán. La primera, Emma; conque ya nos hemos metido mano y besado, solo queda…
    Además, ese día va y entran conmigo cinco borregos. Se lía parda. Acuden hasta los municipales. Total, un mes expulsado.
    Hoy me ha telefoneado Emma e invitado a su casa. Melosa y lasciva. Esta tarde cae, vaya si cae. El problema es que me dé cagalera. En su WC no voy a entrar con el loro. No toca. Pero, imagina que comienzo con una saga de pedos torpedo, luego pedos explosivos, y por último bombas de gas. No puedo evitarlo, me sale natural. ¡Qué putada!

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  2. Julián
    16/04/2026 @ 7:48 pm

    Retales de mi vida, fotos a contraluz

    El otro día estaba en la calle, el sol estaba en su cenit, no pasaban coches ni había más peatones, andaba pero no iba a ningún lugar, simplemente había salido de casa, me convencí que quería dar un paseo, dar una vuelta, que me diera el sol, estirar las piernas. Qué sé yo. No se oía ni un ruido, no se apreciaba ningún movimiento, ni siquiera las hojas del suelo se movían. Cuando estaba llegando a un cruce me detuve en seco. Notaba que alguien me seguía. No. Es más. Sabía que alguien me estaba siguiendo.
    Me abordó un chico joven que no debía tener más de veinte años, un chico desgarbado, flaco, con los últimos restos de acné en la cara y con el pelo más largo de lo que es habitual, llevaba una chaqueta tejana y una camisa pasada de moda. Me agarró del antebrazo, tal vez con más fuerza de la que hubiera hecho falta. El chico me observó con la seguridad de haber encontrado lo que buscaba y me preguntó a bocajarro con tono inquisitivo, casi despectivo: ¿Dónde estabas cuando tanto te necesité? ¿Qué podía responder? ¿Qué debía responder? No podía ayudarle, ya no estaba ni en el dónde ni el cuándo; traté de armar una respuesta de tranquilidad, que todo pasa, que el tiempo todo lo cura, que nada es eterno, que nadie es mejor que nadie, pero cuando iban a salir de mi boca opté por callarme, me dio la sensación que eran palabras huecas, artificiosas, carentes de sentido para un joven. Él insistió: Me siento hoy como un halcón herido por las flechas de la incertidumbre. Aún estábamos separados, aunque su mano ya no me agarraba con fuerza, estaba apoyada sobre mi brazo y yo había girado completamente mi cuerpo hacia el suyo. Me acerqué a él y puse mi mano en su mejilla y sonriéndole cariñosamente le dije: tranquilo, vas a intentarlo una y otro vez y vas a intentar no volver a caer, harás pequeñas tretas para continuar en la brecha, tendrás dos hijas maravillosas, unos amigos que te apreciarán y recorrerás el mundo. Me miró sosegado, como si la energía inicial con la que me había abordado se le hubiera derramado por el suelo, asimilando cada palabra que le había dicho, pero luchaba consigo mismo sin acabar de creérselo y me susurró casi sin fuerzas: me corto el pelo una y otra vez, me quiero defender. Yo fruncí el ceño y esta vez fui yo que lo agarré por los dos antebrazos agitándolo y le dije con desprecio: no me enseñes tu trocito peor, llorar ante mi puerta de nada sirve, lo conseguirás, llegará un momento que solo te arrepentirás de lo que no has hecho y le jalé levantando la voz como si le estuviera dando una órden: ¡vas a poder con todo!; lo abracé, un abrazo fuerte y decidido y seguí diciéndole al oído: ten fe en ti mismo y sigue tu camino, aunque después de un instante de vacilación le susurré, solamente te pido una cosa, no seas un hijoputa con Cande. Nos separamos un instante para mirarnos las caras y le cuestioné con la mirada, después de un instante de duda me respondió decidido: me siento hoy como un halcón, llamado a las filas de la insurrección. Sonreí satisfecho, me alegré ver la seguridad en su cara y volvimos a fundirnos en un abrazo.

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  3. Luis Again
    16/04/2026 @ 8:09 pm

    Barras de bar

    El humo del tabaco aún era el telón de fondo de nuestras vidas cuando el mundo de Luis se desmoronó; todo pasó antes de este siglo. La chica de ojos profundos, salida de un manga japonés para hacerse real, formaba parte de los sueños húmedos de un adolescente, de los sueños tiernos sin vapor creados por los ilusos conocidos como románticos.

    La noche en que se sentó junto a Esther en ese bar con luz de medianoche, se levantó en medio de las montañas de timidez para reconocerle la atracción que sentía por ella. Mientras sonaba El Último de la Fila, recibió un rechazo; acostumbrado estaba, resignado a su suerte.

    Era el hombre que triunfó menos que Spiderman en el desierto: uno tirando telarañas, el otro tirando piropos, tarde y mal.Tuvo sus momentos cuando se inventó el chat de Ozú. Tuvo sus otros momentos cuando esa chica le dijo: «Si quieres, esta noche ven a la cama; si no, mañana cuando te levantes del sofá, cierra la puerta». Luis recordó entonces la frase de su amigo: a hole is a hole. Al final, cerró la puerta del recuerdo de una historia que no le pertenecía y volvió al argumento de la que estaba contando ahora. Esos chats de Ozú a ciegas sabías cómo empezaban, pero no cómo acababan. Eso sí, si a los diez minutos la chica te mostraba una foto suya desnuda, sabías que debías dejar de perder el tiempo con el iluso «calientabraguetas» que se hacía pasar por mujer.

    Aquella noche, tras confesarle su amor, Esther fue clara: prefería a Juan. Otra que decía que le gustaba Juan. ¿Pero qué le encontraban al fotógrafo de nariz prominente?. Aquello no era una nariz, era un tobogán para bajar los mocos. ¿Acaso Luis escribía desde el resentimiento de un momento que ya pasó?.Esther y Luis se quedaron pegados a la barra, hablando hasta el amanecer. Fue una vigilia extraña. Luis sentía que cada palabra de ella era un clavo, una mezcla de afecto y distancia que le hacía preguntarse internamente: «¿Dónde estabas entonces cuando tanto te necesité?». Se refería a esos meses de soledad previa, donde él ya la amaba en silencio y ella solo tenía ojos para su mejor amigo.

    Poco a poco, Luis cambió la mirada; empezaron a hablar de todo y de nada. Expresaron sus momentos; no desnudaron sus cuerpos, pero desnudaron sus almas. Fue una noche deliciosa que quedaría en su memoria para siempre; el recuerdo le marcó. Esa noche superó a otras donde no hubo palabras, solo sexo con otras mujeres que le entendieron menos que la mujer que lo rechazó pero lo escuchó.El destino caprichoso le tenía reservado un giro final a esta historia.

    Con franqueza, Luis no supo reaccionar al «incidente» que se convirtió en el nudo de su existencia. En la cima de esa discoteca, Luis vio a Juan; lo encontró en su coche, aparcado en una zona de sombras. Al acercarse, Juan le hizo una señal con la mano para que no se aproximase más.—Luis, no te acerques más. Vete —le soltó Juan con una suficiencia que dolió.En aquel momento, Juan se sentía el alfa, el ganador del trofeo. Luis recordó la letra de la canción que tanto les gustaba: «Nadie es mejor que nadie, pero tú creíste vencer». Juan, desde su asiento de conductor, parecía saborear esa victoria moral sobre el amigo derrotado. Fue entonces cuando Luis vio aquel movimiento rítmico: una cabeza que subía y bajaba en el regazo de su amigo. La oscuridad era densa. Podría haber sido Esther, confirmando su traición emocional. O podría haber sido la «Jua Jua», aquella chica que siempre reía con un seco «jua jua» y que nunca se separaba de su inseparable amiga heavy.Luis dio media vuelta. No sabía qué estaba pasando, no sabía qué cara poner, de quién era esa cabeza que subía y bajaba, ni por qué el destino tiraba sal al dulce recuerdo de su cita con Esther. La vida va de buscar respuestas, pero en este caso era mejor detenerse en la pregunta. Tenía que ser la «Jua Jua»; estaba enamorado del Pinocho de sonrisa traicionera. Esther tenía clase, jamás haría eso; ella en la cama de su amigo vale, pero en el coche no. Esa cabeza debía de ser de la «Jua Jua», de alguna desconocida o de algún desconocido. Con la de hoteles que había y rincones, y ellos allí en medio de una carretera… qué poca categoría. Muy apropiado que el coche estuviese en la cima de una subida; al final todo lo que sube, baja.
    Juan se marchó a Brasil poco después, desapareciendo en una bruma de exilio voluntario. Y ahora, veinte años más tarde, Luis volvía a tener a Esther frente a él en una cafetería luminosa, lejos del ruido de la juventud. Esther ya no era la musa inalcanzable, sino una mujer que lidiaba con la vida. Hablaron de todo, de los huecos que deja el tiempo. Ella le confesó, entre sorbos de una infusión tibia, que sufría un problema de estómago crónico que la traía de cabeza.—Es el estrés acumulado de tantos años, Luis —decía ella, mientras él la observaba con una mezcla de ternura y melancolía.Luis la escuchaba explicar su vida, sus baches y sus logros. Estaba tentado de preguntarle por aquella noche en el coche de la montaña. Quería saber si ella fue la sombra que subía y bajaba, o si Juan le había sido infiel con la «Jua Jua» mientras él observaba desde la grava. Quería saber quién había «vencido» realmente en aquel triángulo de sombras. Pero al verla allí, quejándose de su digestión y sonriendo con la fatiga de los cuarenta y tantos, Luis decidió callar. No le preguntó por el coche. No le preguntó por Juan. Entendió que aquel «vencer» de su amigo había sido un espejismo; Juan estaba solo en Brasil y ellos estaban aquí, compartiendo la derrota del tiempo.De pronto, el hilo musical de la cafetería trajo de vuelta las barras de bar y los vertederos de amor. La voz de Manolo García inundó el espacio, conectando el presente con aquella adolescencia tardía.—¿Te acuerdas de esta? —preguntó Esther, reconociendo la melodía que marcó su noche más larga.
    —Imposible olvidarla —respondió Luis.Se dieron cuenta de que, después de dos décadas, ya nadie intentaba vencer a nadie. La canción seguía siendo la misma, pero ellos ya no eran los que lloraban ante puertas cerradas. Luis miró a Esther y comprendió que el misterio de la cabeza en el coche no necesitaba resolución. La verdadera victoria no fue poseerla entonces, sino ser capaz de sentarse con ella ahora, como dos viejos náufragos que, por fin, han dejado de necesitar explicaciones para seguir navegando. Al final así es la vida: todo lo que sube baja y a veces es para siempre.

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  4. Solrak the lonely
    16/04/2026 @ 9:26 pm

    Pistachos

    -Te he dejado un regalito en el tigre.
    El chico de cara triste responde con un gesto, deja de mirar la barra y se va hacia los lavabos. Vuelve poco después. Su rostro mantiene un gesto serio, hosco, pero tiene más brillo en los ojos. Eso y el constante sorber los mocos delata la raya de speed que se ha metido.
    Son cuatro. Están desparramados en los dos sofás que hay al fondo del bar, sentados con las piernas abiertas. El que le ha invitado a la raya está quemando costo sobre un montocito de tabaco que tiene en su mano izquierda, ahuecada para que no caiga. Levanta la voz por encima de la de Manolo García; pide un papel. Los otros dos chavales fuman y mueven el pie siguiendo el ritmo de la música. Miran la pista de baile desierta, como si algo fuera a materializarse en ella. Uno de ellos mete la mano en el bolsillo y saca un papel de fumar arrugado.
    El chico de cara triste piensa en lo aburrido que es ser un tío guai, de los que fuman porros, beben y esnifan.
    -Este garito está muerto -dice el chico que acaba de liar el canuto. Le pasa una vez más la lengua por el lado y lo enciende. Le da una larga calada y se lo pasa al que tiene a su derecha. Los chicos que miran la pista están de acuerdo.
    -Vamos al Karma -dice el que había sacado el papel.
    -Muy pronto, otro muermo -responde el chaval que está fumando ahora.
    -Nos hacemos unas birras antes en el Glaciar o el Sidecar.
    La propuesta es aceptada por unanimidad, pero sin palabras, por todos menos el chico de cara triste que ha vuelto a fijar su atención en la barra.
    -Yo paso, me quedo. Fijo que se anima pronto.
    -Sí, tío, fijo -el chico que invita a rayas cruza una mirada complice con los otros dos. Se levantan y se marchan sin más.
    Cuando sus amigos ya han salido del bar, el chico se acerca a la barra y se sienta en un taburete. Un grupo de chavales, cuatro también, han tomado el relevo en los sofás. Uno de ellos se levanta y se va al lavabo sonriendo. En la barra, el chico busca en sus bolsillos hasta que da con una moneda de cinco duros. La mete en una máquina de pistachos que hay encima del mostrador, pegada a la pared. Le da dos vueltas y media al mecanismo y pone las manos para recoger los frutos secos. Los deja encima de la barra. Sigue bebiendo de la botella de estrella mientras se los va comiendo. Intenta en vano ocultarse un poco más entre las sombras que produce la iluminación desigual. Al otro lado de la barra, la camarera se mueve agilmente, como si danzara con la música. No la mira directamente, lo hace a hurtadillas. Su mirada la fija en un lugar inexistente por encima de las cabezas de los pocos clientes que hay en el bar, como si pensara profundamente, y la deja resbalar sobre el cuerpo de la camarera. Siente que el mundo es ajeno a él. Acaba los pistachos y la birra. Hace un gesto a la camarera y pide otra cerveza intentando disimular lo que hay en sus ojos, aparentando que no le impresionan las rubias de ojos grandes.

    Laia le pone la mediana delante.
    -Son setenta.
    El chico le paga con un billete de cien y ella le devuelve el cambio. Vuelve al otro extremo de la barra para invitar a chupitos a unos colegas. Se sienta de medio lado sobre las neveras que hacen esquina en el interior de la barra. La conversación sigue en el mismo punto. Laia les sigue el rollo a los dos chicos con cazadoras de cuero. Hay poca gente en el bar, todo controlado, se puede relajar un poco. Les rellena de whisky los vasos y saca de una de las neveras su botella de vodka y se sirve un chupito. Hablan de música. Conversaciones que seguro han repetido muchas noches y olvidado siempre cuando llegan la madrugadas. Ella defiende a El último de la fila de las críticas de sus amigos.
    -Cuando eran los Burros o los Rápidos estaban bien, ¿pero ahora? Muy comerciales.
    Laia lanza miradas furtivas hacia el fondo de la barra. El chico triste, así lo ha bautizado, le gusta poner motes a la gente, está sacando pistachos de la máquina. No le habría importado que le hubiera hablado cuando le ponía la cerveza. El chico triste es guapo. No le habría importado que le hubiera hablado cualquiera de las noches que ha venido y se ha quedado allí acodado, como un perrito mojado. Se le escapa un suspiro del que ni ella misma es consciente. Las cosas son como son. Laia no piensa demasiado en ellas, menos en los malos rollos. En el equipo de música empieza a sonar Insurrección.
    -Oye esta y dime que no mola.
    Laia sube el volumen.

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  5. ET
    16/04/2026 @ 11:11 pm

    Ratas cobardes

    Menuda panda de hijos de puta. Salieron corriendo como cucarachas asustadas. Ni un minuto esperaron, los cabrones. Me parece estar oyéndolos ‘Solo seguimos el protocolo, ante la inminente presencia de nativos hay que desaparecer en un intervalo no superior a 2 minutos’ ¡Pero si ya nos habían visto, coño! Pero no, claro, como que el cabrón del subteniente me la tenía jurada desde que le levanté la novia. Puto cornudo de mierda. Seguro que fue él el que invocó el protocolo. Acelera que nos pillan, ha debido decir mientras se descojonaba por dentro. Miserable. Como vuelva a encontrarlo le reviento la cabeza, le meto el dedo en el culo, y enciendo la luz.
    Ahora a buscarme la vida para volver, en un planeta primitivo, que no saben ni lo que es la computación cuántica. Monos atrasados que solo saben darse de hostias. Menos mal que me he encontrado a un chiquillo al que le he caído en gracia. Si me llega a pillar un adulto, primero me pega un tiro, y luego pregunta. Aquí se lían a tiros por la menor tontería. Me aposté con el cabo que no duraban más de setenta años. Un loco con un botón nuclear a mano y a tomar por culo. Solo espero haber salido de aquí para entonces. Creo que podría sobrevivir a un invierno nuclear, pero mejor no arriesgarse.
    El crío tiene más cara de tonto de lo que es, pero con estos bueyes hay que arar. A ver como le explico que necesito montar un circuito de comunicación taquiónica que se desintegre en las costuras interdimensionales para llegar a la central más cercana y que envíen un rescate. Con la tecnología que tienen podría enviar radiofrecuencias, pero tardarían veinte años en volver y ni de coña me estoy tanto tiempo en este vertedero de mierda. Y seguro que el teniente recupera a la novia, y eso sí que no.
    A ver, niñato, tengo que construir un teléfono para llegar a mi casa ¿Entiendes? Un teléfono para llamar a casa ¡Teléfono mi casa! Coño, que no le dan las neuronas. Me veo aquí hasta el siglo que viene. Sí, eso es, un circuitillo por aquí, unos cables por allá ¡Hostias, que igual hasta lo consigo! Eres muy majete, chavalín, cuando vengamos a conquistar la tierra ya me ocuparé de que mueras rápido y sin dolor. No sabes lo jodido que es estar de esclavo en las minas de Neptuno.
    A ver si da señal… nada, comunica. Otro intento. Sí, a cobro revertido. Acepta joder. ¿Hola? ¿Hola? ¿Se escucha? Soy el que dejastéis abandonado en el tercer planeta, panda de desgraciados, ya estáis montando una operación de rescate cagando leches, o la lio parda ¿Entendéis? Y quiero saber quién fue el que tomó la decisión de irse tan rápido. No, por nada, curioso que es uno. ¿En dos semanas? Perfecto, aquí os espero.
    Sí, majete, ya he llamado a casa, todo bien. Vamos a tomar un copazo. Que sí, coño, que no importa que seas un niño, te va a venir de puta madre. Y a mí, más.

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  6. Yamir Ramirez
    18/04/2026 @ 12:14 am

    Vacío existencial

    Estoy donde no soy
    voy por donde no hay camino
    las horas no las cuento.

    La línea del metro no recoge tu andar, un vacío de amor que necesita tu presencia, la sombra que parte es el castigo a mi debilidad, ahora tu has ganado, nuestra vecindad susurra la ignominia de mis lágrimas en tu portal.

    Pero si mis pecados son pocos, los tuyos mayores, lo sabes, di perdón, olvido y una renovada alegría ahora he caído y tu me condenas.

    Pasaron los años y ahora tengo paz, pasaron los años y tienes alguien que escucha tus errores por 25 euros la hora, y unas pastillas que no borran tu maldad.

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