BLACK DOG (Gou Zhen)
Por María Haro Cruz
FICHA TÉCNICA: Drama.Thriller-Western. Perros/lobos. China 2024. 110 min. Dr.: Guan Hu. Gui.: Ge Rui. Guan Hu, Wu Bing. int.: Eddie Peng, Tong Liya, Jia Zhangke, Zhang Gi. Ftg.: Weizhe Gao. Mus.: Breton Vivian.
Black Dog fue estrenada en el 77 Festival de Cine de Cannes, el 18 de mayo de 2024, donde ganó el gran premio Un Certain Regard. Festival de Valladolid, Seminci: mejor fotografía y mejor dirección. Su director forma parte de la generación urbana o sexta generación, corriente clandestina de cineastas chinos donde las producciones se parecen al Neorrealismo italiano y al Ciné Verité.
La festividad del 325 aniversario de la llegada de las Reliquias de Sant Fèlix a la Villa de Vilafranca del Penedès se celebra en la avenida de “La Rambla”, con los bailes de las Collas de Festa Major y la salida y actuación del Bestiario del imaginario cultural de la ciudad (el dragón, el águila, cabezudos y gigantes) de cartón piedra, ante la mirada atónita de los niños y mayores impregnados todos ellos de pólvora, humo y ráfagas de fuegos de artificio Del Ball del foc dels diables (Baile de fuego de los diablos) proyectando chispas de luz instantáneas de tonalidades azules, que invaden el cielo, provenientes del interior de los petardos y acompañadas del ruido ensordecedor de los truenos de las escopetas de los Trabucaires que ensordecen esta tarde de septiembre.

En Black Dog encuentro en su fotografía, dirigida por Weizhe Gao, la misma degradación de color de los fuegos de la imagenería festiva, que tintura y enmarca azules pálidos, celestes, palentes y cotidianos que sobrevienen a la cámara como en el bello desierto de Gobi, el mismo paisaje de rodaje del film El Regreso de las Golondrinas del director Riu Ruiji, pero esta vez filmado en las afueras de Pekín con un aire misterioso e inhóspito de escenas y secuencias poco naturalistas que se levantan hacia el cielo, que vemos en las dunas, en las colinas arrasadas por el viento y los matorrales hasta el firmamento, tomadas de la luz y del tiempo de este entorno geográfico.
El desierto y la luz se convierten en una parte esencial de la atmósfera de la película. Su presencia crea una extraña mezcla de tristeza y nostalgia difuminando la línea entre la realidad y la ficción que revela ese color tan especial. Refleja el estado interno que envuelve al protagonista. La amenaza, el peligro y riesgo están latentes cada minuto que aparece ese lugar despoblado y Lang con su moto recorre los circuitos y realiza las acrobacias de su juventud entrando en conexión mística con esa naturaleza y con quien en ella habita.
Vemos, sentimos y miramos, sumergidos en la pantalla sitios imposibles que Lang atraviesa, transitados por perros callejeros y asalvajados que perviven hasta llegar a su ciudad, desmantelada por una nueva planificación urbana ante la inminente inauguración de los Juegos Olímpicos del 2008. Contacta con los últimos vestigios, permanece en edificios ruinosos y descoloridos y con la poca gente que vive entre ellos, un vecino de avanzada edad y su padre enfermo tras diez años de prisión por homicidio involuntario.
Un personaje solitario interpretado magistralmente por el actor Eddie Peng, que sin apenas articular palabra en toda la película va acompañando el silencio, con su expresividad corporal y su especial sensibilidad captando la persistente esencia y reflexividad del personaje.
Guan Hu construye un filme simbólicamente poético, el paisaje se convierte en un personaje en sí mismo que expresa el aislamiento de un expresidiario al más puro estilo Western, teñido de azul, y nos asombra con la aparición de algún plano secuencia distópico que le da una gradación fronteriza a la irrealidad donde se da lo animal en un paraje polvoriento donde una manada de perros están destinados a desaparecer y permanecen quietos ante el paso de Lang: el acróbata y rockero regresa a casa.
Y vuelve a los pocos espacios que quedan habitables, a las áreas desvaídas por la fuerza del tiempo en la periferia de un ambiente extraño, inesperado, a veces fascinante que esboza su estado emocional de transición y busca donde mirar. Y miramos nosotros admirados (ese color fotográfico azul predominante que va más allá) mientras capturan perros rabiosos. Él rescata a una indomable perra negra que lo conduce a la fidelidad y a la liberación, transformado en un héroe del desierto que le permitirá resolver afrentas, recuerdos que desempolvar, objetivos que cumplir y cuidar a quien lo espera.
Su recorrido está lleno de silencio, solo interrumpido por la música cinematográfica de Breton Vivían (temas adaptados de Pink Floid, David Gilmour y Roger Waters ) y una pequeña pieza popular española a guitarra que puntualmente narran el argumento fundamentado en la amistad mientras el protagonista atraviesa por diversos escenarios en decadencia del pasado: la granja de serpientes regentada por el tío de la víctima; el zoo propiedad de su padre (escaparate de felinos como el tigre dormido y tranquilo conviviendo con algún que otro animal en extinción); y un circo ambulante disminuido y decrépito dónde trabaja una equilibrista, papel revelador, interpretado por la actriz Ton Liya, sutil y elegante que delicadamente al atardecer explica a Lang el dolor de sus relaciones, el anhelo y el deseo de cambiar su vida nómada. Conforman todos ellos un manifiesto de la inminente necesidad de cambio en la sociedad china.
En el transcurso aparecen otros papeles secundarios que revelan el delgado velo entre la vida y la muerte permitiendo que rasgos y elementos del pasado se fusionen con la realidad acompañados de bandas musicales (de influencia Pop) que componen un punto de análisis y de inflexión, explicando aquello que no se dice entre los personajes, lo que no se habla, pero sí lo que se escucha y deja entrever en el silencio la perspectiva de un hogar.
El filme produce la sensación de estar rodado de forma rápida, con bajo presupuesto y de formato documental con un guion estructurado en espacios exteriores que parecen alargarse en el tiempo, más que en los espacios interiores, con unas tomas largas, cámara sujetada en mano y el sonido del ambiente. Situado desde una perspectiva individualista y poco romántica evidencia la desorientación en la cual deambula el protagonista por los diversos emplazamientos, la relación entre lo humano y lo animal en una naturaleza indómita y en una ciudad barrida institucionalmente que nos permite cuestionar e interpretar lo que va a pasar: oímos los sonidos que por ella transcurren, prestamos atención a los sectores urbanos desvaídos y dejados que caen en decadencia y vemos cómo algunos ciudadanos contemplan la decrepitud de sus negocios ante la incorporación de China al moderno sistema capitalista.
Black Dog erige una propuesta a partir de la panorámica de sitios y locales especiales, de una fotografía inmejorable (Leitmotiv), del silencio revelador y de la conexión inesperada del desamparado Lang con una perra llamada Xin, el retorno del exconvicto a las raíces donde el arraigo es cada día más complicado por la diversificación del yo y de la identidad, planteando otra vuelta distinta, no al elemento materialista arquitectónico de recuperación, sino a la edificación de un espacio que tal vez no sea un lugar para vivir la vida, sino más bien una toma de conciencia y un propósito a seguir logrando que lo imposible se convierta en un fondo de posibilidades.