Matilde Landa: de la Institución Libre de Enseñanza a las prisiones franquistas
Por Miriam Jareño Comellas
Hablar de Matilde Landa es hablar de convicciones inquebrantables, de una firme personalidad y de ser consecuente con sus actos y sus creencias. Su vida nos muestra a una mujer dedicada a los demás, valiente, fuerte y que despertó interés no tan solo entre las filas republicanas, sino en las franquistas. Teniendo en cuenta que ella era una importante miembro del PCE, nos encontramos con una mujer extraordinaria que, a lo largo de estos párrafos, confirmaremos.
Matilde venía de una familia burguesa liberal, con unos padres librepensadores que creían en la cultura y en la educación de todas las personas. Ellos se casaron por lo civil, hecho que, a finales del siglo xix, no era nada usual. De igual modo, también fue un hecho notorio el que la recién nacida Matilde no recibiera el bautismo. Este hecho nos habla de unos padres que inculcarían en la niña la coherencia con sus pensamientos.
Fue Matilde una joven inteligente que no se conformó con los estudios generales, sino que asistió a la universidad, cursando la carrera de Ciencias Naturales en Madrid y licenciándose en 1929.
La Institución Libre de Enseñanza fue mucho más que una escuela alternativa al modelo educacional existente por aquel entonces. Podríamos decir que era una experiencia educativa que tuvo un éxito notorio y duradero en el tiempo, ya que estuvo activa entre 1876 y 1939. Esta escuela tuvo sus orígenes en un grupo de catedráticos separados de la Universidad de Madrid por no estar de acuerdo con el hecho de no poder disponer de libertad de cátedra, entre otros factores. Apostaron por la educación de la mujer y buena prueba de ello es que muchas mujeres que hoy conocemos (citaré a María Moliner, ya que un diccionario llevaba su nombre) participaron y se vieron vinculadas a ella.
Pero volvamos a Matilde. Tras su paso por la ILE, como se la conoció, y su licenciatura nos hallamos ante un vacío vital de unos pocos años. Se sabe que se casó por lo civil y tuvo dos hijas, una de las cuales moriría con pocos meses. Se cree que trabajó en un laboratorio junto al psiquiatra Gonzalo Rodríguez Lafora.
La biografía que hoy traigo a la revista, sin embargo, se centra más en los años de la Guerra Civil y su posterior encarcelamiento en las cárceles primero de Ventas y luego de Palma de Mallorca. ¿Significa esto que antes de este acontecimiento su vida no era importante? No, ni mucho menos, pero si se la conoce y se la reivindica es por su papel en estos años.
Al estallar la Guerra Civil no dudó en colaborar activamente con el bando republicano, trabajando en un Hospital de Sangre y dirigiéndolo de forma eficaz. En estos años, siendo ella militante del PCE, conoció a otra mujer destacada del mismo partido y también notoria, a Tina Modotti, fotógrafa italoamericana que tampoco dudó en viajar por medio mundo luchando contra las diferentes dictaduras que fue hallando. Ambas trabajaron codo con codo en dicho Hospital de Sangre atendiendo a los heridos de la guerra; Modotti como enfermera, Matilde dirigiéndolo y ayudando en todo lo que se la necesitaba. Aunque tuvo instrucción militar, Matilde no luchó de forma activa en la guerra, ya que su ayuda era más necesaria detrás del conflicto. Sus dotes organizativas y su energía inagotable la llevaron a participar en el Socorro Rojo Internacional viajando por toda España para evacuar a niños y enfermos hacia zonas más seguras.

Cabe señalar que Matilde conoció en 1934 a la ya por entonces mítica Pasionaria, Dolores Ibárruri, pues en este año participó en el congreso fundacional del Comité Nacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo. Durante los tres años de duración del conflicto, viajó alrededor de toda España reorganizando la sección española del Socorro Rojo Internacional, proporcionando ayuda a los heridos de guerra y apoyando a los refugiados republicanos que lo necesitaran.
Una vez terminada la Guerra Civil, Matilde fue capturada y apresada en la terrible prisión de mujeres de Ventas. De esta cárcel se ha hablado largo y tendido, por ejemplo, en el libro Irredentas, de Carles Vinyes, en el cual se menciona a nuestra biografiada y cuya lectura recomiendo encarecidamente. En esta prisión, excesivamente saturada y con unas condiciones de vida pésimas, Matilde comenzó a destacar. Ella estuvo inicialmente condenada a muerte, pero su pena fue conmutada por la de 30 años de encierro. Esta mujer no desaprovechó la oportunidad de prestar sus conocimientos al servicio de las demás; organizó la conocida como oficina de penadas. Este despacho improvisado lo formó con el apoyo inicial de la directora de la cárcel. Su labor consistió en prestar ayuda legal —el padre de Matilde era abogado y ella trabajó con él, con lo cual tenía conocimientos de leyes— para lograr el indulto de otras penadas a muerte. Aunque los resultados no fueron especialmente llamativos, el mero hecho de contar con la ayuda de Matilde suponía un rayo de luz en medio de la oscuridad que suponía enfrentarse a la pena de muerte. Hay que tener en cuenta que muchas presas eran analfabetas y estaban encarceladas sin un motivo claro; algunas veces se las acusaba de actos que era literalmente imposible que hubieran cometido por no hallarse en el lugar de los hechos; en otras ocasiones estas mujeres no sabían de qué crímenes se las acusaba. Matilde, asistida por otras presas jóvenes que también tenían un cierto nivel cultural, se mostró como una mujer infatigable, siempre dispuesta a ayudar a las demás incluso pasando por encima de sí misma. Un dato a tener en cuenta es que Matilde no gozaba de una salud muy fuerte, pues tenía algún tipo de afección pulmonar que la tenía siempre debilitada. Pero para ella su salud no es que no fuera importante, sino que consideraba que mientras tuviera fuerzas debía dedicarse a los demás.
Poco tiempo después, le prohibieron seguir con su oficina de penadas y la trasladaron a Palma de Mallorca. Allí comenzó su mayor calvario. Matilde era una figura muy importante para el régimen franquista, ya que les interesaba captarla por sus fuertes convicciones políticas. Creían que llevándosela a su bando demostrarían que cualquier persona podía ser convencida de lo erróneo de sus creencias. Además, les era importante por su cultura. La sometieron a torturas más psicológicas que físicas, ya que pensaban que venciendo su mente lograrían que cambiara de opinión. Para ellos, una persona sin fuerzas era una persona maleable y se dedicaron a intentar vencerla con todas las armas de las que disponían, en este caso la tortura y la pena. Pero no contaban con la aguda inteligencia de Landa, que no les veía ni como superiores ni como inferiores, sino como a seres iguales con los que se podía dialogar. ¿Fue un error por su parte pensar que el diálogo sería eficaz? No. Matilde no los subestimó, habló con personas que tenían tanta inteligencia como ella y se interesó genuinamente por sus maneras de pensar y proceder. Ya que, para el franquismo, era importante tener fe (verdadera o fingida) en Dios, Matilde quiso conocer las vidas de los santos, las leyó y las estudió. Esto, para los religiosos de la prisión de Palma de Mallorca, era una supuesta buena señal, ya que creyeron que ese interés era señal de conversión. Sabían que Matilde no estaba bautizada y se pusieron manos a la obra para que pasara por ese trámite de forma voluntaria. Pero claro, no es lo mismo bautizarse por libre elección que hacerlo cuando no queda más remedio, cosa que para el régimen venía a ser lo mismo.
Lo más terrible de su vida fue el trágico final que experimentó. La presionaron hasta tal punto que, como último recurso, apelaron a lo más sagrado para ella: los niños. Matilde tenía una hija a la que había enviado a la Unión Soviética para que no cayera en manos del régimen franquista y nunca pudo perdonarse el haberla abandonado. Trató de expiar su culpa ayudando a las madres presas con hijos pequeños, y el régimen, sabiéndolo, la sometió a la peor de las torturas: la quisieron obligar a bautizarse si no quería que esas madres y esos bebés dejasen de tener alimento para sobrevivir. Algunas voces apuntaron que al final se bautizaría, había fecha establecida para el evento. Pero ese mismo día tomó la tremenda decisión de suicidarse, aunque nunca quedó esclarecida la causa de su muerte, ya que también se apuntó a un ataque de epilepsia o a un desmayo desafortunado. No murió de inmediato, tardó unas horas en fallecer, horas que los religiosos de la cárcel aprovecharon para bautizarla in articulo mortis, como queriendo hacer entender que en el último momento se dio cuenta de la verdad.
Pero nadie les creyó, todo el mundo sabía que se negó a pasar por ese trámite. Su muerte tuvo consecuencias, ya que poco después se cerró esa prisión.
La vida de esta mujer, consecuente hasta el final, entregada a la causa que creyó más justa y que murió literalmente por sus ideales, debe ser justamente reconocida y reivindicada. Nos ofrece una importante lección de perseverancia, de sabiduría, de auténtico compromiso con las creencias. Todo ello la hace digna de figurar en esta revista y este artículo es un pequeño homenaje a alguien que únicamente inspiró bien.
Artículo basado en el libro del autor David Ginard i Ferón.