Pegar dos veces
Por Juarjo Gómez
—Todo lo que sé es que solo hay dos maneras de hacerse un nombre en esto, una es teniendo la suerte, o el talento, no sé, la suerte también es un talento, de ganarte algunos concursos literarios, así empezó Poe, hoy todo el mundo conoce a Poe, que si el cuervo, el gato negro, que si el amontillado, ¡el amontillado!, cuando nadie sabe qué es lo que se amontilla cuando algo queda amontillado. El otro camino, mi amigo, es el de regalar tu trabajo publicando aquí, allá y acuyá, lo cual no deja de ser muy injusto si uno va y piensa que solo en Latinoamérica estas colaboraciones no las pagan, te enemistas con la sociedad por estar escribiendo tus condenadas fábulas para que al final regalés así sin más el fruto de tus traumas y carencias; así empezó Bukowski, aunque pagado, hoy todo el mundo tiene algo para decir del hombre, pero nadie en todo el perro siglo veintiuno ha hecho lo que él ha hecho, que es poner a todo el mundo a hablar de lo mismo. Y bueno, nunca tuve el talento de ganarme nada, tan solo tuve lo que siempre tuve, lo que la bruja de tetas lechonas me dijo antes de hacerle el amor, ella me dijo, «Jon Putísimo Gomes, en esta vida tan solamente tu palabra te va a poder salvar el culo», cuando eso ella sabía de que siempre tuve el deseo de escribir; luego estuvimos fornicando toda la noche, tanto lo hicimos que hasta muy tarde me di cuenta de que era que estaba enamorado de ella y ella de mí.
»Y en mi palabra confié. Me pasé diez años escribiendo en las sombras, porque debajo del sol no hay nada nuevo, aislado del mundo y de la bruja, y así construí una obra, ponele que constaba de dos novelas enteras y alrededor de cuarentaiún cuentos; solo entonces, cuando la hube terminado volví a salir a la luz y me dije, «Vamos a ver si Jon Gomes no va a ser capaz de alcanzar al putísimo Bukowski», abandoné el pueblo para venir a la capital, ¿y qué hice? Poco y nada. Me convertí en mi propio agente literario. No había opción.
—Bueno don Gomes, lo que entiendo es que así fue que empezó a publicar en revistas de internet y fanzines baratos.
—¡Ojalá! Mi carrera literaria no la hice escribiendo, como la hacen los periodistas, por malos que sean, o los profesores de lengua que tienen amigos editores; no, a mí me tocó el camino de Chinasky. ¡Qué pocos son los escritores que hablan de esa etapa mística entre que vieron que tenían vocación y que les publicaron su primera cosa! Dan por sentado que la escritura y la impresión son una misma cosa que pasa y ya, como de que comiendo se come. Solo conozco a dos o tres, a lo sumo cinco, que lo haigan hecho, siendo doña Sylvia Plath la más honesta con estás cosas. Por eso me da rabia con don Dahl porque el malparido solo dice en su historia personal, «TUVE MUCHA MALPARIDÍSIMA SUERTE Y TE LA TRAGAS ENVIDIOSO», en mayúsculas lo dijo. De por eso es que dicen de que no hay fórmula, sino que a cada cual le toca abrir trocha solamente, pero sí la hay, al azar nada pasa tantas veces. Yo no era don Dahl, yo tuve que ir a emborrachar a los Quiénes y Dones y Doñas de la literatura antioqueña, y en las bacanales que les patrocinaba, allá en el bar el Guayabo, les regalaba también mis cuentos en forma de la tradición oral cual bardo o juglar. Hubo incluso el que me robó mis relatos publicando a nombre propio las historias que yo les contaba. Y ni así. Pero la bruja con tetas de almohada me había dicho lo que me dijo y yo me dije lo que me dije. Entonces no podía dejarme caer. Me fui con mis cuentos a los periódicos y revistas de cualquier género a esperar en la salida y se los leía a los que andaban en los carros más lujosos. En aquel entonces no sabía que el lujo más grande excluye a los demás, entiéndase que hablo del lujo de leer por placer y de que gente sin lujo no sabe de arte. Como era de esperarse no conseguí otra cosa que burlas y empapadas, menos mal a un hombre no lo mojan dos veces con el mismo charco de lluvia. Entiéndase bien que cuando digo hombre me refiero a la gente que, con pelotas o con raja, no se deja de la vida.
—¿Entonces señor Jon, cómo lo hizo? ¿Cómo se abrió paso en la industria editorial? ¿Le apetece otro tintico?
—Déme un carajillo con cara de carajo. Bueno, ¿y si le digo que no sé? Es de broma, no se me asuste. Lo que hice que fue acordarme de don de Maupassant, de que él necesitó un mentor que fue monsiur Flaubert, así como don Mejía con don Mejía, entonces yo tuve que asirme a un mentor, me lo busqué a mi medida, y así fue que di con don Juangui Valsa, un señor de gran tamaño en de mente, de cuerpo y de corazón; era un alcahuete del estilo de doña Gertrude Stein, mucho a mi medida. Lo que me aconsejó, que me acuerde, fue de volver a buscar a la bruja de mis sueños, «Has caído tanto que solo ella te podrá parar», me dijo don Juangui. Una vez haciendo el amor ella me dijo, «Tengo los pezones de para adentro, a que no me los puedes sacar» y yo me quedé pensando en sus pezones invertidos toda la vida. La busqué por puro despecho porque ya estaba harto de tantear por respaldo, e imprimir obra ya no me importaba mucho hacer eso. Entiéndase que con esto renunciaba a ser escritor por cuánto dijera don Mejía Vallejo de que el que escribe y no imprime entonces es que no escribe.
—¿Y la encontró? Aquí está.
—Gracias. No. Por mucho que busqué no la hallé a ella. Entonces me hablé otra vez, me dije, «Para encontrarla más te vale tener obra impresa, malparido asqueroso, para poder preguntar por ella en la televisión y el internet». Yo no sé qué hice ni cómo hice, me enceguecí escribiéndole a todo mundo, pero aquí estoy con mi primer libro impreso con editorial, ya después de haberla pegado la primera vez imprimiendo por cuenta propia con gran sacrificio porque me salía mejor que con las editoriales que cobraban la imprimida, vendiendo la cosa en librerías a costa de pérdida, a Juangui es que le debo esa entrada y otras; después de haber andado mucho en revistas, contando cuentos y hablando de escritores famosos; ya no me quejo de eso porque hasta Borges regalaba lo escribido, y después de haber hablado con editores fifís de los derechos de registro y de las correcciones; aquí estoy con la única intención de preguntarle a los que nos ven, nos leen o escuchan, preguntarles por si saben de la bruja por la que me volví escritor. Porque viera usted, mi amigo, que mi palabra todavía no me salva el culo de la soledad.