Laboratorio 16 de mayo: Zafio, vulgar, grosero y chabacano
Comentaremos textos escritos por los participantes y haremos actividades de escritura en el momento, que nos pueden servir como semillas para la sesión siguiente o no.
Cada sábado tendremos una consigna sobre la cual escribir. Los textos se tienen que poner en los comentarios de la entrada pertinente antes del viernes anterior a la sesión. Podemos poner el texto tal cual o un enlace a un sitio donde leerlo. Los textos tienen que tener, como máximo, 900 palabras. Cada participante tiene dos compromisos: a) Escribir un texto y b) Leer los de los compañeros.
El laboratorio tendrá un número limitado de participantes. Para cada sesión podrán asistir quienes cumplan las dos condiciones anteriores, por orden de presentación de textos. Pedimos a todos los participantes honestidad y buen rollo.
La consigna en esta ocasión es escribir un relato que sea zafio, vulgar, chabacano, grosero, basto…
Tenéis que escribir vuestros textos y ponerlos en los comentarios de esta entrada, bien pegando directamente el texto, bien poniendo un enlace donde leerlo hasta el jueves anterior a las 12 de la noche. Tenemos hasta la sesión para leer los relatos de los demás.
Cualquier duda la podéis preguntar por el grupo de Whatsapp.
14/05/2026 @ 7:24 pm
Sábado sabadete
Me agarro la polla con la mano y empiezo a mear, me la miro y le digo con alegria: “hoy tenemos fiesta” levantando la voz por encima de la música que suena con sordina dentro de los baños de la discoteca. Suelto una risa estridente que resuena y me tengo que apoyar en la pared de enfrente para no caerme de la tajada que tengo mientras el chorro cae indiscriminadamente por el cubículo sucio y maloliente riendo con alegría por estar viendo como no soy capaz de acertar dentro de la taza, pero sobre todo porque esta noche voy a triunfar.
Tengo claro que la tía con la que me he enrrollado esta noche acabará en polvo, del grupo que chavalas que hemos conocido con diferencia es la que está más buena y la que tiene más cara de salida. Al pobre Chucky le ha tocado la pedrea, como siempre, el chaval es buena gente, pero se comporta como un cretino y su geta no le acompaña, no moja seguro y con el careto de aburrida que tiene la suya espero que no arrastre a sus amigas y nos las levante. Tendría que aprender un poco, fijarse como hacemos el Lacio y yo, que nos llevamos siempre las mejores: hay que fijar el objetivo, decirle cuatro chorradas que ellas quieren escuchar y cuando la tienes riendo por una gracia que le has dicho le sueltas una guarrada y si no se larga, ya tienes vía libre para meterle mano.
¿Cómo se llama la pava? Ostias, piensa,¡piensa! Ahora no se te puede olvidar. Carmina, Carmela, Cristina. Ostia puta, que no. Piensa, piensa que te juegas el polvo, ¡venga, venga!, que la pava está a puntito. Casandra, Clara… me cago en su puta madre, que no era un nombre muy común, que me lo ha repetido varias veces. Cloe, Carla, que no, menos pijo. Ca-Ce-Ci-Co-Cu. Noooo. Cra-Cre-Cri-Cristel. ¡Bingo! Cristelita, vaya pedazo de guarra estás hecha, ahora volveré a calentarte y luego te propongo ir a casa, solo está mi hermano y podemos echar un polvo tranquilo. Un par de polvos en mi cuarto, con mis cosas, es lo que más me gusta, y mañana por la mañana con un poco de suerte y si me despierto empalmado y no tenemos mucha resaca echaremos otro tranquilito, como una pareja de casados.
Por la mañana debe dar miedo, un puto cuadro de terror, ¡mira que va maquillada la pava!, lleva más capas de pintura que una pared con gotelé. Verla despeinada y con el maquillaje corrido será para echar a correr. Al menos tiene unas buenas tetas, de eso no hay duda. Y una buena mano que me buscaba por debajo de mi camiseta, seguro que esta noche me lo paso bien con ella, no es como esa melindrosa de la semana pasada, que al final nada de nada, ésta tiene ganas de juerga y no se está quieta, todo el rato bailoteando, sudando como si hubiese salido del agua, ¿se habrá olvidado echarse desodorante? ¿Y su aliento?, ¿qué debe haber comido? ¿Ajo? ¡A quién se le ocurre comer ajo antes de salir de fiesta! Está claro que la chavala tiene la cabeza hueca. Bueno, el pensar no es lo suyo, ni piensa en nada ni sabe nada, su discursito de cani de barriada, que ella no vale para estudiar, ni ha leído un libro en su vida ¡y encima se ríe!, que dejó el último curro por que en el restaurante tenía que quedarse media hora más para limpiar, que qué se creía el encargado, que si les dan una paga a todos los inmigrantes, que si los moros nos quitan el curro.
Ahora pensandolo bien no sé si llevarla a casa, a ver si le da por darme un discursito como el de hace un rato y se me baja el empalme y además va a dejarme un pestazo en la habitación que no se quitará ni ventilando una semana entera. Me cago en dios, mejor si me la traigo aquí para echar un polvo en esta pocilga y adiós guapa, espero no verte otro día.
¡Ostia que pesado! Deja de aporrear la puerta. ¡Ya salgo, coño! Que no se puede ni mear tranquilo.
14/05/2026 @ 7:58 pm
Ojalá sean molinos
– En verdad te digo, amigo Sancho, que si no fuera por el amor que siento por la sin par Dulcinea del Toboso, a dos leguas te diría de tomar el camino de la derecha, pues conduce a un palacio habitado por poderosas encantadoras, que debilitan la voluntad del hombre y le obligan a realizar los más impúdicos actos que pensar puedas.
– Se equivoca vuesa merced, lo mismo que con los molinos. A la derecha lo que está es la venta del tío Chinchorro, que tiene seis o siete pupilas de muy buena voluntad cuando se enseñan dineros, y alguna hay que paresceme que latín sabe
– Palacio es y no venta, Sancho, que en dos ocasiones estuve, antes de entrar en la orden de la caballería, y me vi envuelto en una serie de sortilegios que me hicieron olvidar mi condición de gentilhombre, así se lo expliqué al padre Pedro, que fue muy comprensivo, me dijo que razón tenía al llamarlas encantadoras y me preguntó si la que me había doblegado tenía un lunar con forma de fresa en la nalga derecha
– ¡Ya se quién es! Que me conozco todas las nalgas de la susodicha venta, y esas nalgas pertenecen a la caoba, una moza muy bregada y con una amplia entrada porque ha dado a luz muchos hijos y que por apenas un maravedí permite la entrada por la puerta de atrás, que la tiene suave y de fácil acceso, con apenas un salivazo y ya, y que berrea como cerdo en matadero, que te suben unos calores que uno no querría parar.
– No es esa la que yo conocí, sino una muy delgada y pálida, con cara de ángel, que engaña con la dulzor de su rostro, porque luego se transforma en un monstruo de lascivia, que se contonea de modos imposibles y con una lengua ardiente que parece forjada en el infierno.
– ¡La Puri! La llaman purificación por su aspecto de santa, aunque yo sé que se llama Paca, es la hija de un porquero de un pueblo de aquí al lado. Le dijo a su padre que estaba hasta el coño de la mierda de cerdo y se fue para la venta encantada, se gana buenos dineros, según me dice, pero nunca la caté yo, que tiene demasiada poca carne para mi gusto.
– Error es, mi buen Sancho, guiarse solo por las apariencias y fiarse de un libro por su cubierta, que en muchas ocasiones llaman a engaño
– Y que ya decía mi madre que ‘del agua mansa líbreme Dios que de la brava ya me libro yo’ y cierto es que no hay que fiarse nunca de las mosquitas muertas
– Cierto es, que yo afirmo que la dicha encantadora es capaz de provocarte temblores en todo el cuerpo, como quien sufre una fiebre gustosa y gozosa
– Por tal y como lo cuenta vuesa merced me arrepiento de no haberle dado una oportunidad y que pena es que su alma enamorada le impida ir a la venta para poder probar suerte
– Mi amor por Dulcinea del Toboso es superior a todas las cosas
– Estoy seguro de que así es ¿No sería una prueba de la fuerza de su amor ir al palacio y resistir las tentaciones?
– Miedo me da, amigo Sancho.
– Si vuesa merced no confía en su voluntad yo si lo hago, y le aseguro que estaré a su lado pidiéndole resistencia.
– Razón tienes e incluso más, porque ¿Qué mejor prueba de amor que sucumbir a la tentación pero manteniendo mi amor intacto? Seguro estoy de que podría entrar y salir de esas asentaderas decoradas con una fresa sin dejar de pensar en el amor puro de mi querida Dulcinea
– ¡Diga usted que sí! Vamos a la venta, digo, al palacio, y demostremos a esas encantadoras lo que vuesa merced vale.
– ¡Podrán corromper el cuerpo, pero nunca el alma! Azucemos a las cabalgaduras, amigo Sancho, quiero presentar batalla cuanto antes
– ¡Y yo también! ¡Así se habla!
14/05/2026 @ 8:34 pm
¿Inaceptable?
Iluso: Aún me acuerdo de esa clase donde compartí aula con compañeros como él. Yo era un
joven profesor con ganas de comerse el mundo; él, un funcionario cansado de todo y con
ganas de despedirse de la vida con malos modales. El aula 2-C era nuestro nexo común. No
era un recinto de enseñanza; era una fosa séptica con pupitres. Antes de que apareciera el
profesor, el ambiente ya estaba cargado con el presagio de la tragedia: un olor a humedad, a
bocadillo de chopped olvidado en la mochila y a las hormonas efervescentes de treinta
adolescentes que, en cualquier país civilizado, estarían picando piedra.
En un edificio provisional donde no había ventanas, solo un circuito de aire acondicionado,
los técnicos dijeron que no nos preocupásemos. Al final, lo único que conseguimos es que el
olor a sobaco de algunos fuese dando vueltas circulares y se pasease por las aulas. ¿Estudios
de ingeniería para esto?
Las palabras de los máximos responsables fueron: «Tranquilos, este verano los técnicos
vendrán a mirárselo». Solo necesitábamos una ventana en cada aula, que entrase el aire del
exterior a establecer batalla contra las feromonas adolescentes.
La puerta se abría de una patada, no por ímpetu juvenil, sino porque don Eustaquio tenía las
manos ocupadas: en una llevaba un termo con un café que olía a combustible de cohete y en
la otra un fajo de exámenes corregidos (o más bien ejecutados) mientras desayunaba
torreznos. Don Eustaquio era un monumento a la dejadez biológica. Su chaqueta de pana, de
un color marrón que recordaba a las deposiciones, tenía coderas que brillaban por la grasa
acumulada de décadas de apoyo en barras de bar. Para él, la clase era una parada entre sus
interminables horas en el bar. Le recuerdo comiendo ese osobuco con patatas, pan y mucho
ajo.
—Eustaquio, los vas a matar con todo ese ajo que comes; recuerda que no hay ventanas —le
decía yo.
Recuerdo cuando se levantaba; necesitaba un tiempo para elevar su barriga, sus posaderas
y sus vergüenzas. Me miraba a los ojos y solo soltaba:
—¡Que se jodan! ¡Es lo mejor para los adolescentes chupasangres!
Eustaquio se dirigía a la sala de tortura para soltar sus clásicos gritos:
—¡Sentaos ya, pedazo de carne con ojos! —bramó, y su voz sonó como si alguien
estuviera arrastrando un sofá viejo por un suelo de grava.
Iluso: Se dejó caer en la silla del estrado. La madera gimió, pidiendo clemencia. El profesor
se hurgó la nariz con una parsimonia casi religiosa, extrajo un tesoro de sus fosas nasales y
lo contempló con la curiosidad de un biólogo antes de pegarlo discretamente —o eso creía
él— debajo de la mesa. El objeto preciado se juntó al lado de los chicles que los desalmados
pegaban debajo de la mesa. Una vez, uno de ellos lo pegó en la silla; Eustaquio se sentó y sus
posaderas fueron una malla atrapada por donde no podían ni salir las ventosidades.
Don Eustaquio era la sátira viviente del funcionario quemado, el «blanco» perfecto para
criticar un sistema que permite que los fósiles humanos custodien el futuro del país.
Dinosaurios que ya no deberían estar en las aulas de este país.
—Hoy toca el Siglo de Oro —disponía él, soltando un bostezo que reveló una
dentadura donde el sarro había construido una civilización propia—. Se llama así no
porque tuvieran dinero, que eran más pobres que las ratas, sino porque escribían
cosas que ninguno de vosotros, panda de analfabetos funcionales, sería capaz de leer
sin que le diera un derrame cerebral. Eso para los que saben qué significa leer, eso
que se hacía antes de que la inteligencia artificial crease batallones de imbéciles que
superaban en ignorancia a sus padres.
Les decía con sorna y el apoyo de su contrato de funcionario.
Iluso: ¿Acabaría yo, profesor novato con todo un mundo por descubrir, siendo una copia de
don Eustaquio? ¿En qué punto de mi vida los vampiros de esa aula chuparían mi sangre y
me convertiría en un culo pegado a una silla, donde solo mis ventosidades darían ambiente
a la clase? ¿Tantos años de estudio para expresarse a través de los cuescos? No estaba en
ese punto, pero quizás era mi camino más pronto o más tarde.
Sacó un pañuelo que parecía una mortaja usada y se limpió el sudor de la nuca, una nuca
que presentaba tres pliegues de grasa donde, según la leyenda escolar, vivía una colonia de
ácaros con derecho a voto.
—Tú, el de la camiseta de colorines —señaló a un alumno con un dedo que parecía
una salchicha de cóctel—. ¿Sabes quién era Quevedo? No, no es el que canta esas
mierdas que escuchas con los cascos, ¡pedazo de burro! Quevedo era un tipo que
tenía más mala leche que yo un lunes por la mañana. Escribía insultos que hacían que
la gente se quisiera suicidar. Pero claro, para insultar hace falta vocabulario, y
vosotros para decir «tonto» necesitáis tres minutos de proceso mental y que no se os
corte la conexión al wifi. Quevedo era un visionario; escribió «Érase un hombre a una
nariz pegado» sin saber que su relato cogería forma en adolescentes como vosotros.
Iluso: El profesor se rascó la axila con una energía que generó una nube de caspa visible
bajo el fluorescente parpadeante. La invectiva era su único método pedagógico. Para él, el
alumno no era una vasija que llenar, sino un estorbo que drenaba su energía vital. Yo era el
tutor de todos esos adolescentes; cuando me contaban todo lo que pasaba, no podía
creerles.
Para explicar la métrica, Eustaquio decidió ponerse «creativo». Se levantó, dejando ver que
el cinturón apenas contenía una barriga que desafiaba las leyes de la elasticidad, y empezó a
recitar mientras se sacaba un resto de comida de entre los molares con una uña larga y
amarillenta.
—«Érase un hombre a una nariz pegado…» —recitó con una cadencia que recordaba a
un borracho recitando la lista de la compra—. Pues mirad, esto es un soneto. Catorce
versos. Si supierais contar más allá de los dedos de las manos, entenderíais la
estructura. Pero como sois una generación de blandengues que se ofende si le soplan
fuerte, no podéis entender la genialidad de un tío que le decía a otro que su nariz era
un «pez espada». Hoy día, Quevedo estaría en la cárcel y yo estaría feliz, porque al
menos en la cárcel la comida es mejor que la que me pone mi mujer. De cárcel a cárcel
y tiro porque me toca. Del aula a mi casa. ¡Suerte de mi larga estancia en el bar,
señores sin palabra!
La yuxtaposición de la belleza clásica de los versos de Quevedo con la zafiedad de sus
comentarios creaba una disonancia que hacía que el aire en el aula se volviera más denso,
casi sólido. Una alumna, armándose de un valor que solo da la ignorancia del peligro,
levantó la mano.
—Don Eustaquio, ¿esto va a entrar en el examen?
La miró como si fuera un bicho raro que acabara de salir de un vertedero. Soltó una risita
que degeneró en una tos tabáquica, expulsando un pequeño proyectil de flema que aterrizó
en el cuaderno de la chica.
—Cariño, lo único que tú aprenderás en tu vida es qué tipo de hamburguesa quiere el
cliente o en qué estante pones los botes de lejía. No os engañéis, el sistema os quiere
ignorantes, y vosotros estáis colaborando con un entusiasmo que me conmueve. ¡Me
conmueve tanto que me dan ganas de vomitar!
Se sentó de nuevo y, en un acto de incongruencia absoluta con el decoro académico, se sacó
un zapato de rejilla para rascarse un juanete que tenía el aspecto de una patata vieja. El
alivio en su cara fue tan obsceno que varios alumnos desviaron la mirada, temiendo por su
salud mental.
—Para las mentes más ilustradas, esto en catalán se llama «galindons» —añadió.
Iluso: La sátira aquí no era solo contra el profesor, sino contra la farsa educativa. Él era el
síntoma de una enfermedad: el abandono. Un hombre que una vez, quizá, amó las letras,
pero que fue derrotado por la desidia de una administración que mide el éxito en
estadísticas y de unos padres que usan el colegio como guardería de lujo para sus «tesoros»
malcriados.
—¡Venga, abrid el libro por la página ochenta! —gritó mientras el timbre de fin de
clase empezaba a sonar—. ¡Y no os vayáis todavía, que no he terminado de
despreciaros! El que no me traiga mañana hecho el comentario de texto sobre La
Celestina, que se prepare. La Celestina era una vieja alcahueta, una profesional de los
fluidos ajenos, casi tan eficiente como vuestros padres intentando convencerme de
que sois inteligentes. Para los «chupateles», el Carlos Sobera de First Dates de hace
unos años.
Iluso: Cuando el aula quedó vacía, el silencio fue interrumpido por un largo y sonoro eructo
que resonó en las paredes desconchadas. Sacó un frasco de orujo de debajo de la mesa, le
dio un trago directo que le hizo entornar los ojos y se limpió los labios con el dorso de la
mano, dejando un rastro de humedad sobre su piel cuarteada.
—Cultura… —murmuró con una mueca de asco—. La cultura es como el papel
higiénico: en este país, todo el mundo sabe que existe, pero nadie lo usa hasta que
está con la mierda al cuello. Sentaos en el retrete y leed una revista; así sabréis qué
significa esa palabra.
Pasaron los años y, como todo lo que se pudre en un sótano sin ventilación, don Eustaquio
terminó por jubilarse. No hubo placa de agradecimiento ni aplausos; solo el silencio de un
aula que él mismo había convertido en un desierto. Su partida dejó un vacío que alguien
debía ocupar; el sistema, en su infinita pereza, me señaló a mí.
Durante meses, luché contra la sombra de su chaqueta de pana. Intenté abrir las ventanas
inexistentes, hablé de la belleza de los versos a adolescentes que solo veían en mí a otro
carcelero, y traté de que mi sudor no oliera a derrota. Pero la 2-C era una fosa séptica con
memoria. El aire viciado, ese circuito cerrado que solo movía el «olor a sobaco» en círculos
eternos, fue minando mi voluntad día tras día.
Una tarde de lunes, tras recibir un insulto anónimo en un examen y una llamada de la
dirección exigiéndome que «aprobara a todos para cuadrar las estadísticas», sentí el crujido.
No fue en la silla, sino en mi espíritu. Me encontré a mí mismo frente al espejo del baño,
hurgándome un diente con la misma parsimonia religiosa con la que Eustaquio buscaba
tesoros en su nariz. Espejos que te succionan eran las imágenes del dinosaurio en mi mente.
Entré en el aula. No llamé a la puerta; la golpeé con la punta del zapato, notando cómo el
roce de mis muslos ya empezaba a generar esa fricción de funcionario quemado. Me senté
en su sillón. La madera no gimió; me acogió con un abrazo familiar, como si siempre hubiera
estado esperando que mis posaderas se fundieran con el cuero. No era él, pero sí era él.
Saqué un palillo de madera, lo deslicé entre mis molares y extraje un resto de carne que
contemplé con una mezcla de asco y triunfo. Los alumnos, esos «vampiros» de hormonas
efervescentes, me miraban con la misma cara de «analfabetos funcionales» con la que
miraban a su predecesor.
—¡Escuchadme, pedazos de carne con ojos! —bramó, y me sorprendí al reconocer en
mi propia garganta el sonido de un sofá viejo siendo arrastrado por gravilla.
Extendí el brazo, mostrando el palillo con el resto de comida atrapado ante sus rostros
horrorizados.
—¿Veis esto? La vida es exactamente como esta brizna de despojo que os muestro. Se
puede disfrutar un momento, pero al final, cuando el sistema termina con vosotros y
los vampiros os han chupado la sangre, solo quedan los restos, queridos ignorantes.
Le di un trago al termo de café que, por primera vez, sabía más a orujo que a cafeína. Me
recosté, me saqué un zapato de rejilla para aliviar un juanete que empezaba a brotarme y
sentí, por fin, la paz absoluta del que ya no espera nada. El «Iluso» había muerto; el «Sumo
Sacerdote» del barro, el sudor y el cinismo acababa de nacer.
14/05/2026 @ 9:59 pm
ORIGEN
Zafio, le había dicho zafio. Y qué será eso, pensó al tiempo que se hurgaba la nariz. La señora enjoyada, una vieja con cara de estar chupando un limón, se lo había soltado a la salida de una iglesia. Cansado, se había sentado en los escalones que subían hasta el portón del edificio. Hacía mucho calor y llevaba tanto rato andando que se quitó los zapatos para que le respiraran los pies. Por los numerosos agujeros de los calcetines escapaba un olor acre, casi como de cabrales. La señora, tapándose la nariz con un pañuelo empapado de ronquina, se había agachado y le había dejado una moneda al lado de la bolsa del mercadona donde llevaba sus cosas. Al decirle que él no estaba pidiendo, la señora se había molestado y le había dicho que era un zafio. Luego había cogido los veinte céntimos de vuelta y se había ido andando estirada como si le hubieran metido una escoba por el culo. Él se puso los zapatos y se marchó también. Seguía igual de cansado, pero le pareció más educado irse, por si la señora quería volver a misa.
Mientras caminaba la palabra le rebotaba por la cabeza. Estaba seguro de haberla oído antes. No recordaba dónde, pero creía que no era nada bueno. Le dio rabia no saber el significado de lo que según aquella señora era él. Anduvo un tanto sin rumbo, sin entrar en ningún otro súper, que para eso estaba en la calle a pleno sol, para preguntar si necesitaban a alguien para el almacén o para colocar cosas o para lo que fuera. No había tenido éxito.
Era imposible entender a esa gente de la ciudad. Algunas cajeras le habían ignorado o enviado a paseo, otras de mejor trato habían avisado al que debía ser el que mandaba en la tienda. Le sorprendió que en todos los casos fueran muchachos jóvenes que le miraban poco al hablarle. Le decían que no aceptaban currículos en el establecimiento, que tenía que hacer la solicitud por la aplicación. Él asentía, avergonzado de no saber de que demonios estaban hablando. Al menos la mañana le estaba sirviendo para descubrir que para encontrar trabajo era necesario un currículo de esos y una aplicación, que era algo que salía en el teléfono. Le deprimió no saber cómo se hacía el currículo ni tampoco como conseguir que en el teléfono apareciera la aplicación. Uno de los jóvenes que le atendió se apiadó y le dijo que le dejara el teléfono, que se lo hacía él. Estuvo trasteando un rato y se lo devolvió diciendo que el teléfono no tenía datos. Ahora, por lo menos, sabía que había una tercera cosa que necesitaba para encontrar trabajo, los datos. Se despidió deshaciéndose en agradecimientos y volvió a la calle; fue entonces cuando le ocurrió lo de la señora enjoyada.
Ahora estaba plantado delante de otro supermercado, reuniendo valor para afrontar un nuevo rechazo. En sus miradas nerviosas alrededor, reparó en que había una biblioteca al lado de la tienda. Nunca había estado en una. Sabía lo que era, que no era tonto del todo, pero no le había pasado por la cabeza que fuera a necesitar usarla. Entre los muchos libros que debía haber allí dentro seguro que en uno dicen lo que son las palabras.
Renunció a la búsqueda de empleo y se fue a la biblioteca.
La impresión era la de entrar en una iglesia. Se respiraba un silencio reconfortante y no hacía calor. Las agradables sensaciones le animaron a acercarse, eso sí, tímidamente, a una señora que estaba sentada detrás de un mostrador. Cuando estuvo frente a ella le pidió un libro que tuviera la palabra zafio. La señora le respondió con voz muy flojita que allí había que guardar las formas y hablar bajo. Al parecer había gritado su petición. Debía tratarse también de un templo y la señora era una especie de cura puesto ahí para que respetaran a los libros. Le sacó de sus pensamientos la pregunta; que qué tipo de libro quería. Le dijo que uno que explicase las palabras, sobre todo la palabra zafio, que no sabía de dónde salía. La señora guardó silencio un momento. Debió llegar a alguna conclusión, porque se levantó y le pidió que le siguiera. Lo llevó hasta una estantería llena de librotes. Eran de diferentes formas, unos gruesos como listines telefónicos y otros grandes como los periódicos. Le ofreció uno diciéndole que era un diccionario etimológico, que le serviría. Le indicó una silla donde sentarse. Hizo lo que le decía. Puso el libro sobre la mesa y lo abrió. Un mareo se apoderó de él. Tantas palabras. No sabía ni por donde comenzar. De nuevo sintió vergüenza, mucha. Se quedó mirando el libro sin saber que hacer. La señora había vuelto al mostrador y lo observaba desde allí, él devolvía la vigilancia por el rabillo del ojo. Estaba a punto de aceptar la derrota, se levantaría haciendo como que ya tenía lo que quería y volvería a sus supermercados, pero la señora había abandonado el mostrador0 y estaba de pie junto a la mesa. Se vio como el hombre más ridículo del mundo. Un analfabeto en una biblioteca. Sin embargo no había juicio en los ojos de la bibliotecaria. Le preguntó si podía ayudarle. Sí, le dijo, no sé cómo usarlo. ¿Dónde está la palabra zafio? La señora pasó las páginas hasta casi llegar al final del libro. ¿Quiere que se lo lea?
“Del árabe hispánico «falláh sáfi», que significa «mero labrador».”
Le agradeció mil veces la ayuda y salió a la calle. Antes de abordar el siguiente supermercado, se rascó la cabeza intentando entender que veía de malo aquella señora de la iglesia en ser un campesino.