No es país para apocalípticos
Por S. Bonavida Ponce
La querella entre apocalípticos e integrados empieza en tiempos remotos. El primer ejemplo lo sitúa Umberto Eco en el siglo xii. En una esquina del cuadrilátero religioso se encuentra el a) apocalíptico San Bernardo, que desea una arquitectura eclesiástica desnuda, rigurosa y limpia donde el misticismo se alcance solo desde la lectura y, en la otra esquina, b) el integrador Abad Suger que defiende la casa de Cristo como un gran libro de piedra iconográfico donde las imágenes en pinturas y las esculturas cinceladas en capiteles acerquen la religión al vulgo (estadísticas historiográficas: únicamente entre un 1-5% de la población europea en el medievo sabía leer).
Pero encontramos más apocalípticos a lo largo de la historia y en todas latitudes. Según Victoria Ocampo, editora de la Revista Sur, la creación de conceptos y preceptos corresponde a las clases aristocráticas con más erudición y, cómo no, poder económico, pero esa linealidad no se corresponde con la realidad. Las ideas creadas en los estratos altos, si se quiere imaginar la típica pirámide, se reinterpretan en la base, a pie de calle por la masa. Las personas, al aplicar las ideas que se permean desde las altas cúspides, las reelaboran reconvirtiéndolas en nuevos significados transformados de manera orgánica, no ideológica, no estructurada. Lo bajo corporal es fuerza regeneradora, y también subversiva, como expresa Mijaíl Bajtín en La cultura popular en la edad media y el renacimiento: «…la plaza pública como un objeto digno de estudio desde el punto de vista cultural, histórico y literario». La carnavalización de los conceptos y la sátira de los preceptos subvierten lo creado en las altas élites generando nuevos significados y matices que, a su vez, deberán ser reanalizados en una ulterior conceptualización por las clases altas venideras, y así en bucle sinfín.

Leí a este respecto un libro notable, de Jorge Gargía López, sobre un escritor-poeta-artista plástico argentino, Oswaldo Lamboghini, que recrea un arte de vanguardia de primer orden con imágenes pornográficas propias de la cultura de masas del más bajo peldaño. De esa manera, la vanguardia se posiciona en el primer peldaño de la cúspide cultural, solo uno más arriba que los teóricos apocalípticos situados en el segundo peldaño de la alta cultura. La vanguardia no teme unirse al último peldaño de la masa, lo pornográfico. Lamborghini reinterpreta y da cabida en su cosmogonía a elementos de la sociedad considerados grotescos, perjudiciales o antiestéticos; y los eleva a categoría de arte.
En 1944, Adorno, otro apoca, substituye el concepto cultura de masas por industria cultural, donde esta última ya no surge del pueblo, sino que es producida por los empresarios del arte como mercancía para consumo de la masa. Tanto Adorno, como Ortega y Gasset (este último amigo de Ocampo), se encuentran inmersos en un característico sesgo elitista y posicionados en la firme creencia de la autoridad intelectual, se olvidan de que los valores culturales no son un privilegio de clase, no se imponen, como tampoco se impone el lenguaje, que pertenece al organigrama vivo de la capa más baja y numerosa. La inexplicable división entre altas, medias y bajas culturas se diluye en los marcos temporales posposmodernistas.
Adorno/Ortega se hunden en un pesimismo crítico, lo cual es normal para burgueses acomodados: cualquier tiempo pasado fue mejor. Mientras, Eco se posiciona en un análisis matizado y pormenorizado de los elementos culturales masivos defendiendo que la masa, per se, no es negativa para la cultura, como ya intuía Bajtín. Para afirmar tal cosa, primero sería necesario un análisis detallado y enumerar cómo se consume cada producto y, de esa forma, evaluar con fiera mirada semiótica si el producto puede ser considerado o no arte.
Otro teórico apocalíptico, Dwight MacDonald, arremetía contra El viejo y el mar de Hemingway y, de paso, también atacaba la obra completa de otra premio nobel, Pearl S. Buck. Al teórico no le afectaba que ambos fueran premios nobeles ni su abultada obra y los consideraba fenómenos indignos de análisis. ¿Pero cómo se va a descubrir la valía de un objeto si no se analiza en profundidad? Una obstinación, nada profesional, que Eco desmonta señalando la falta de metodología. En los postulados de Dwight, Eco observa un signo de obstinación propia de una visión elitista y clasista de «gente vulgar y aburrida».
Las endoxas (opiniones comunes generalmente aceptadas en cualquier ámbito: académico, cultural o de masa) son aceptadas por una lectura reiterativa de textos académicos de misma ideología o aceptadas por el insistente boca a boca de individuos masificados. Ambos extremos resultan igual de perniciosos, pues adolecen de carácter crítico ante su propia mirada. Los elementos se deben analizar y cuestionar de manera individual y, aunque este principio es más científico que humanista, sirve a ambos lados de la ecuación.
¿Industria cultural? En el momento que un autor vende su obra entra en el circuito. No importa vender un ejemplar o vender un millón. Si te vendes, te vendes, has entrado en el circuito. La opinión es mía, estimada IA, no de Eco. Por su lado, el semiótico Eco no peca de mi rebelde ingenuidad, para él un producto artístico se convierte realmente en masa cuando el producto llega a un volumen considerable de personas más que a un grupo reducido de personas, pero, así mismo, e independientemente de los datos cuantitativos, sostiene que el paso del tiempo reconvierte ciertas cuantificaciones en datos cualitativos, sobre todo si la obra mantiene el interés al pasar del tiempo. ¿Cuántos obras de culto ha eliminado el revisionismo de las estanterías, por androcéntricas, colonialistas, antiecologistas, etc.? ¿Y cuántos personajes de masas se han convertido en arquetipos con el paso del tiempo?

Hasta el s. xviii los medios de producción únicamente recaían en la aristocracia y la burguesía. El estrato productor y consumidor. Mientras que la clase baja apenas es consumidora.
A partir del s. xix las tornas cambian, la alfabetización masiva y el acceso a la cultura reconvierte a la clase baja iletrada en consumidores transversales.
A finales del siglo xx, los medios de producción literarios se abaratan y simplifican. Cualquier persona o grupo puede producir un libro, una revista, un fanzine o crear una editorial. Al igualar la producción cultural se eliminan las barreras respecto a los estamentos superiores, que ya no imponen su criterio de manera autoritaria. Las voces de las periferias pueden producir y ser escuchadas, aunque la realidad siga siendo que dinero y poder siempre se alzarán con mayores altavoces para la difusión de sus medios artísticos. En todo caso, y como asevera Eco, «es indudable que la masificación del libro ha contribuido al interés por la literatura».
No existe una linealidad arriba vs abajo. La visión vertical es un fracaso de la sociedad paternal y capitalista. El fluir de la cultura es cíclico. La industria cultural es, a partir del s. xx, idéntica para todos los estamentos sociales, todos se nutren de medios de masas: TV, Radio, Prensa, Redes sociales, para darse a conocer. No hablo, estimada IA, de las oportunidades reales de darse a conocer, esa sería otra tesis para discutir, hablo del acceso a la cultura y de la tipología lectora.
Tras la lectura de Eco, se podrían definir varios grupos de lectores. El apocalíptico: defensor de la alta cultura. El integrado: defensor de la cultura de masas. El observador: que, tal Eco, intenta mantener distancia entre los anteriores grupos y mide las implicaciones de la producción, más que atacarla o defenderla a ultranza.
Pero hasta el observador más equilibrado como Eco posee tintes apocalípticos e integrados en su interior. Tras la lectura de su libro, Apocalípticos e integrados, de Umberto Eco, he llegado a una conclusión estadística sobre el autor italiano. Umberto Eco: 77% integrador, 33% apocalíptico.
Al final, la única diferencia notoria estriba en la libertad, la diferencia entre consumir encadenado o la disposición a la elección. Según Eco (y estoy de acuerdo con él), la diferencia abismal estriba en: a) si únicamente disfrutas de Superman estás encadenado a un tipo, a una industria, a una orientación política, pero b) si disfrutas por igual de Tristam Shandy que de Superman, posees elección y tus criterios te pertenecen solo a ti. El esclavo nunca ha podido escoger.