Laboratorio 13 de junio: Superando los límites
Comentaremos textos escritos por los participantes y haremos actividades de escritura en el momento, que nos pueden servir como semillas para la sesión siguiente o no.
Cada sábado tendremos una consigna sobre la cual escribir. Los textos se tienen que poner en los comentarios de la entrada pertinente antes del viernes anterior a la sesión. Podemos poner el texto tal cual o un enlace a un sitio donde leerlo. Los textos tienen que tener, como máximo, 900 palabras. Cada participante tiene dos compromisos: a) Escribir un texto y b) Leer los de los compañeros.
El laboratorio tendrá un número limitado de participantes. Para cada sesión podrán asistir quienes cumplan las dos condiciones anteriores, por orden de presentación de textos. Pedimos a todos los participantes honestidad y buen rollo.
La consigna en esta ocasión la eligen los autores, por primera vez escapamos del yugo de las 900 palabras y esbozamos un comienzo, una estructura, algo que nos encamine a un relato más largo.
Tenéis que escribir vuestros textos y ponerlos en los comentarios de esta entrada, bien pegando directamente el texto, bien poniendo un enlace donde leerlo hasta el jueves anterior a las 12 de la noche. Tenemos hasta la sesión para leer los relatos de los demás.
Cualquier duda la podéis preguntar por el grupo de Whatsapp.
11/06/2026 @ 10:27 pm
Parte 1
Ella aparece en comisaría al caer la tarde, justo cuando las sombras se alargan sobre las deslucidas baldosas de la oficina. El chirrido del carrito de supermercado que arrastra quiebra la paz del edificio. Levanto la vista del informe que estoy escribiendo. Parpadeo. Me convenzo de que es un error en el sistema o un espejismo. A esas horas, el edificio suele estar tranquilo, casi desierto, pero su presencia allí no se desvanece y se enciende una alarma en lo más profundo de mi psique.
La veo limpiando una silla con la manga del jersey antes de sentarse, a pesar de que, a todas luces, la ropa que lleva puesta necesita un buen lavado. Después, evita mirarnos de frente, pero la contundencia de su presencia la delata, como la oscuridad delata a una nube de tormenta.
El sargento me hace una señal para que vaya a ver qué quiere. Se me escapa un resoplido. Siento la mandíbula tensa. Miro el reloj. Hoy ha sido un día duro, pero ¿qué día no lo es en esta maldita ciudad? Suspiro.
La mujer parece inquieta pero yo me acerco a ella buscando la manera de alargar el encuentro todo lo posible.
Me detengo a dos metros de ella. El olor que empiezo a notar es una barrera que no quiero cruzar.
—Perdone, ¿necesita algo? ¿Sabe dónde está? ¿Se encuentra bien?
Por su expresión advierto que está preocupada, pero también noto que recela de mí. No la culpo. Sé cómo acostumbramos a tratar a gente como ella y no es mejor de lo que solemos tratar a los delincuentes.
Antes de responder, la mendiga se frota las manos. Me armo de valor y me siento a su lado. La mujer mira al suelo y emite un quejido agudo y desacompasado, como el trino nervioso de un mirlo cuando detecta a un depredador.
—No encuentro al Quimet —me dice finalmente.
El olor acre del vino me golpea, pero me obligo a no apartarme de ella. Al menos parece estar sobria. tiene la voz ronca, pero pronuncia sin problemas. Su pie izquierdo traquetea como una máquina de coser. Me atraviesa con la mirada. Oigo el sonido de los tendones de mis hombros al tensarse. No puedo evitar ver que tiene los capilares enrojecidos y los iris grises. No sé si ha llorado o es solo un síntoma de su alcoholismo. Mientras busco la manera de no implicarme en lo que sea que le preocupe, el cansancio acumulado en las vértebras de mi cuello se acrecienta.
Parece que han pasado horas cuando le pregunto quién es ese tal Quimet.
—Un amigo. Mi amigo— Las palabras se amontonan en su boca.
—¿Cuánto hace que no lo ve? ¿Quiere denunciar su desaparición?
Calculo el tiempo que tardaremos en olvidar esta denuncia. “Un mendigo menos significa una acera más limpia”, le gusta decir a Del Río.
—Venga, le preparo un café y me cuenta lo que ha pasado.
En el fondo tengo alma de buen samaritano. La guío hasta mi mesa. Algunos compañeros me guiñan un ojo. Se oye un silbido.
Le vuelvo a preguntar sobre lo que la ha traído a comisaría. Escucho lo que me dice aparentando interés, pero algo en ella me enternece: su fragilidad. No puedo evitar sentir una punzada de remordimiento.
Me cuenta que se llama Alicia Claró. Me pregunta si he oído hablar de ella. Niego. Dice que hace años fue vedette en El Molino, pero que ya casi nadie la recuerda.
—Terremoto Alice, me llamaban, pero la calle me ha cambiado —dice disculpándose. Baja las desgastadas pestañas con inocente coquetería.
Cree que Quimet ha desaparecido porque hace semanas que no lo ve y le parece extraño, ya que ellos tienen una relación. Se sonroja como una niña. Cuenta que ambos duermen en la calle desde hace tiempo porque la vida no los ha tratado bien. Yo me pregunto si la vida sabe tratar bien a alguien.
Cuando termina su historia, dudo de si merece la pena mover un dedo por un caso así; hay tantos asuntos urgentes que la desaparición de un mendigo es un mal menor. Pero hay algo que ha dicho y que me ha dejado intranquilo: teme que esté repitiéndose lo de 2020 porque también echa en falta a otras personas sin hogar. Y yo me pregunto: ¿además del COVID, qué más pasó en Barcelona en 2020?
—Por favor. Busque a mis amigos, se lo ruego. Sé que usted es buena persona; se le nota en la mirada. No deje que esta ciudad se acabe tragando su humanidad.
—Haré lo que pueda —contesto forzando una sonrisa. No quiero defraudarla. Pero, aunque ahora todavía no sea consciente, en el futuro, sus palabras provocaran un seísmo en mí.
Por último le pido una dirección donde pueda encontrarla.
—Búsqueme cerca del Molino. Aunque ya nadie lo crea, sigo siendo una artista; eso la calle no me lo puede quitar. —Me mira con picardía y, bajo las arrugas, me sorprendo al intuir a la mujer atractiva y joven que fue.
Cuando Alicia Claró se marcha, busco a Del Río. Encuentro a la caporal junto a la fotocopiadora. Me dedica su sonrisa arrogante de siempre. Le pregunto si le suena algo sobre un caso de 2020 con personas sin hogar. Desde que me destinaron a Barcelona, hace tres años, Sandra del Río ha sido mi superior y no pasa un día sin que se divierta recordándome que esta ciudad me viene grande.
—¡Ay, hombre de provincias! —se burla—. ¿Es que en Lleida no os llegó el caso del asesino de mendigos?
Paso el resto de la tarde buscando informes sobre aquel caso, aunque dudo que tengan que ver con la desaparición del tal Quimet, Alicia sigue pareciéndome una falla la Matrix.
11/06/2026 @ 10:53 pm
Visita
Dio un toque corto, tímido. Escuchó el sonido al otro lado de a puerta. Incluso a él le resultó molesto. Comprobó que no se equivocaba, tercero segunda, correcto. Observó la puerta. Estaba desvencijada y llena de arañazos. Se adivinaban golpes, accesos de ira de los que no quería ni imaginar el origen. No era capaz de descubrir más detalles con la escasa luz de la bombilla que alumbraba la escalera. El timbre era un abultado trozo de baquelita con un botón redondo desgastado. Por algún motivo pensó que el aparato había llegado bastante después que el marco en el que estaba clavado. Un signo del progreso.
Aquella puerta no desentonaba, estaba en absoluta armonía con la decrepitud de todo el edificio. Había subido por una angosta escalera de peldaños de alturas desiguales en la que también eran frecuentes las variaciones en la profundidad. A veces costaba poner el pie porque la huella no era suficiente y valía la pena subir de dos en dos, lo malo era que te encontrases otra vez con el mismo problema, entonces se convertía en un ejercicio de escalada. No era de extrañar que el señor al que iba a visitar hiciera tanto que no asistía a ninguna de las citas en el centro. Hacía tiempo que no hablaba con él para saber como le iba, sólo lo hacía con la hija o los nietos.
Siguió esperando con paciencia, sin apoyarse en la pared por lo que pudiera pasar. Un día en una intervención por acumulación se le ocurrió apoyarse en un mueble y ni siquiera ahora se atreve a recordar la de cosas que le corretearon por la mano. Desde entonces evita el contacto, incluso el de las sillas y sillones si es posible. Hace sus visitas esperando que su velocidad se interprete como diligencia y no como lo que es, un deseo primario de salir del piso. Nunca le gustaron los domicilios, se siente más seguro en el despacho. Ni siquiera le gustaban al principio, cuando llegó para salvar el mundo. Afrontaba los casos con entrega, les dedicaba hasta su último aliento. Despertaba y se iba a dormir implicado en lo que hacía. Pero el mundo no se dejó salvar y resbaló hacia un estado de ánimo oscuro. Todas aquellas cosas que quería hacer, todos los sueños por cumplir, se convirtieron en todas aquellas cosas que sabía que no podría hacer y los sueños se pusieron a bailar entre el recuerdo nostálgico y el cinismo protector. Ahora había superado todo eso, se encontraba en otra fase, una anestésica. No sentía pasión por su trabajo, pero lo hacía con la mayor eficiencia posible. Cumplía con su compromiso como el asno que gira en la noria y ha desistido ya de encontrar sentido a su caminar, pero que sabe que la jornada acaba y hay forraje y sueño. Ahora era capaz de trazar una frontera entre el trabajo y la vida, quitárselo como un uniforme. No estaba quemado, era una vivencia tranquila cercana al desapego, a una falta de juicio que le liberaba a él y a aquellos a los que asistía. Hacía unos meses que había empezado a meditar.
Por el señor que había al otro lado de la puerta no sentía ni frío ni calor, no se posicionaba de forma indiferente sino ecuánime. A él no se le iba a caer el boli y salir corriendo para fichar. Si le tocase hacer alguna hora más no se sentiría estafado o furioso, lo haría, sabiendo que todo se reducía al deber. Una filosofía a medio camino entre en mindfulness y Kant.
Estaba encima de todo. Sabía que el señor Julián estaba recibiendo la comida a domicilio puntualmente y que la administración le ingresaba su subsidio. Que la tarjeta monedero estaba al día y que no se compraba nada inadecuado con ella. La hija los informaba puntualmente sobre cualquier detalle. Un caso plácido, pero por el tiempo que había pasado ya tocaba realizar una comprobación personal de la situación.
El señor Julián era un histórico. Había entrado en la rueda cuando era un niño. Era anterior a la propia creación de los servicios sociales. Sería un hilo conductor perfecto para narrar la historia de la pobreza. Había experimentado un proceso inverso al de la privatización. Junto con sus padres pasó de la caridad y beneficencia privada y religiosa del franquismo a inaugurar, ya con sus dos hijas, el nuevo modelo asistencial. Las chicas y sus sucesivas parejas, y los hijos que tuvieron con ellos, y luego los nietos, y ahora una nueva generación que se abría paso con la persistencia de las plantas que crecen entre las piedras, uno tras otro habían ido engordado el expediente que guardaban en el archivo, aún por digitalizar. A su vez había creado otros en paralelo en una mitosis interminable. Eran una dinastía, un tanto diferente a las de las páginas de las revistas. Los monarcas se van pasando uno a otro países, en la tribu de Julián sólo había un bien preciado, los cincuenta metros cuadrados construidos al otro lado de la puerta. Del intrincado universo surgido a partir del señor Julián, vivían en el piso una de las hijas, Adelfa, dos de sus nietos, José Luís y Francisco, un biznieto, Cristian, y una biznieta, Jenifer, con su recién nacida Martina. Un tatarabuelo, cuatro adultos, una adolescente y un bebé, la Jeni aún no había cumplido los diecisiete, todos reunidos bajo la protección de ese techo y de los subsidios e inventos que cada uno pudiera conseguir.
Se le hacía tarde. Esta vez dio un timbrazo sostenido.
11/06/2026 @ 11:34 pm
Una casa que por fuera es pequeña pero por dentro muy grande.
Unos jóvenes ofrecen como ofrenda a la chica rara el último dia de vacaciones.
Una casa abandonada en el vecindario, un gato que mira que le recuerda a alguien que realmente ha matado cuando eran niñas.
El personaje con mucha imaginación hace una barbaridad
Cuando es mayor piensa en el gato de la casa con la cara de la niña.
En cuanto acabábamos el colegio la familia se instalaba en el chalet de Llafranc. El plan del verano era siempre el mismo, a media mañana íbamos al club náutico donde nos encontrábamos con las mismas familias de veraneantes de todos los años y los niños de edades parecidas nos juntábamos de forma natural creando vínculos muy estrechos en veranos sin prisas, aburridos y átonos en los que parecía que el tiempo se detenía, año tras año estábamos en el mismo lugar tranquilo y por las tardes gozábamos de una libertad que no teníamos en Barcelona, ya que en ese entorno nada podía pasar.
Nuestro grupito de amigos no tenía un líder claro, bastaba que uno de nosotros propusiera un plan y un cierto consenso para que nos pusiéramos de acuerdo. Ir a tirar piedras a botellas de cristal, excursiones a calas o hacer cabañas con troncos de alguna poda era lo que solían proponer mis amigos. Mis planes solían dirigirse a la casa, como la llamaba yo, La Casa como nombre propio, como si fuera la única casa de la urbanización con derecho a llamarse así. Desde siempre tuve una fascinación especial por esa casa abandonada, la granate y achatada, la que tenía un pequeño desconchado sobre la ventana. El primer día de vacaciones cuando llegábamos con mi familia con el coche cargado la saludaba mentalmente como si fuera una relación de vasallaje por mi parte, como si me sintiera en la obligación de hacerlo porque mi sensación era que la casa me obligaba.
Solía arrastrar a mis amigos al jardín de La Casa, un jardín abandonado con maleza y pinos altísimos desde donde aprovechaba para observarla de reojo y estudiarla ya que me producía tanta atracción como aversión. Mis amigos eran reticentes a ir, sabíamos que estábamos haciendo alguna maldad ya que había un acuerdo tácito de nuestros padres de que esa casa era mejor evitarla, no gustaba, nadie sabía de quién era, nadie recordaba quien había vivido por última vez y de tanto en tanto nos soltaban advertencias de que en el jardín debían haber bichos o cristales y hierros con los que nos podíamos hacer daño.
Fue en una de esas primeras incursiones al jardín de La Casa en la que empezó a aparecer Nuria en nuestras vidas, la tenía vista en el mercado semanal cuando mi madre me pedía que la acompañara cuando en el centro del pueblo se ponían unas pocas paradas de payeses locales y algún que otro paradista de ropa y veía a Nuria entre las cajas detrás de sus padres que vendían verduras y ajenas a los mayores nos observábamos sin decirnos nada. Nuria debía de tener nuestra edad, aunque su cuerpo delgado y poco formado le daba un aspecto más infantil y anodino y su tez morena y pelo corto cortado a lo paje resaltaba con nuestras pieles enrojecidas por el sol y nuestros cortes de pelo modernos.
En todo caso recuerdo las primeras veces que Nuria apareció en nuestro grupo, tímida y retraída nos miraba a la distancia que hacía que cuchicheáramos entre nosotros sin saber muy bien qué es lo que quería. Podían pasar varios días sin que volviera a acercarse a nosotros hasta que volvía a aparecer mirándonos a lo lejos, sin atreverse realmente a acercarse demasiado ni dirigirse a nosotros, aunque en algún momento venció su timidez o alguno de nosotros le dijo algo o se creyó segura para unirse a nosotros, pero siempre estuvo de forma tangencial, sin participar en las decisiones ni en las conversaciones, ella se limitaba a escucharnos, mirándonos y observándonos con una cara de gatita asustada y en todo caso por nuestra parte nunca llegamos a considerarla del grupo y no la echábamos en falta si alguna tarde no aparecía.