Y Tadzio se hizo mayor
Por Óscar Alberto Álvarez
Luisgé Martín imagina la vida y la muerte del adolescente creado por Mann y Visconti.
Seguramente también Gustav Aschenbach, el caballero de Venecia que me persiguió durante aquel verano de la peste, padecía el mal de los hombres que creen que si llegan a poseer aquello que admiran no podrán ya luego, cuando lo hayan perdido, recordarlo con esplendor.
Descubrí a Luis G. Martín cuando ya firmaba como Luisgé Martín, a raíz del magnífico ensayo titulado El mundo feliz. Una apología de la vida falsa (2018). Su lectura —su estilo literario, más que sus postulados— me invitó a interesarme por las novelas que había escrito. ¿Por cuál empezar? Para alguien a quien le encantan tanto la novela de Thomas Mann La muerte en Venecia (Der Tod in Venedig, 1912) como, a pesar de sus no pocas torpezas narrativas, la adaptación cinematográfica de Luchino Visconti, la elección fue fácil: había que descubrir el futuro imaginado por el autor madrileño para Tadzio, el adolescente polaco cuya belleza obsesionó a Gustav von Aschenbach.
La muerte de Tadzio (2000) se nos presenta como una extensa epístola —cuyas intenciones solo se revelarán completamente, y con toda su crueldad, al terminar su lectura— escrita por el propio Tadeusz Andresen y dirigida a alguien a quien llama su «amigo», su «querido Fornari». En ella, un ya anciano y muy enfermo Tadzio, que ha vuelto definitivamente —cómo no— a Venecia para morir, pasa revista a los hechos más relevantes de su vida, durante la cual conoce —al igual que el Aschenbach del film de Visconti— el éxito como compositor y la admiración que conlleva; pero también y sobre todo experimenta un perverso descenso a los infiernos de la degradación moral en su particular búsqueda de la belleza más terrible, aquella que nos empuja a la injusticia de querer corromperla y acaso destruirla mientras la nuestra se va apagando.
Novela superior, poesía hecha prosa, La muerte de Tadzio incorpora contraindicaciones dirigidas al lector pacato —lo cual debería considerarse prácticamente un oxímoron—, aquel a quien puedan escandalizar sus abundantes pasajes escabrosos; en cambio, quien busque en literatura la sublimidad del estilo tiene una cita inevitable con esta obra maestra de muerte y belleza, cuyas páginas son plenamente conscientes de que lo siniestro y malsano solo es soportable si nos llega acompañado de las más hermosas palabras.
Aschenbach también fue un personaje admirado por los hombres de su época. Poseyó las grandes virtudes que entonces se ensalzaban. Envidiaron su fortaleza moral, su sobriedad de ánimo, su ingenio, su lucidez extraordinaria, sus modales, su renombre y hasta su riqueza. Todo ello, sin embargo, me lo entregó a mí. Lo puso a mi disposición, a mis pies. Y si es justo que se enorgullezca el noble por todo lo que posee, ¿no tiene más motivos para hacerlo aquel señor o aquel rey de quien es vasallo? La vida es extraña, querido Fornari. He creído hasta ahora que en el curso de los años había logrado un raudal de glorias y de posesiones, pero parece probarse lo contrario: aquel sombrío caballero al que yo miraba con curiosidad en el hotel Excelsior me ofreció ya todas las grandezas, y al vivir he ido perdiéndolas. Las que tengo ahora, muchos años más tarde, son únicamente un humo de alto surco, una sombra que anda tras otro cuerpo. Solo ha habido derroche, gasto, ruina.