Amor fati
Por Irina Mishina
Cuando tenía unos 20 años, mi novio de entonces solía contarme anécdotas de su vida en las cuales él se presentaba como un personaje gracioso, pero culto, capaz de encontrar en cualquier situación una respuesta original e irónica. Por ejemplo, en una tienda, a la pregunta del dependiente, «¿Qué desea?», pronunciada con un tono que daba a entender claramente que mejor era no desear nada y desaparecer del establecimiento cuanto antes, él podía responder con un aire soñador: «Deseo que todos fueran amables, educados y civilizados». Como una mujer fiel, le escuchaba atentamente con la boca abierta, alentándole a seguir ilustrándome sobre su brillantez.
En aquella época él leía apasionadamente a Serguéi Dovlátov, un escritor ruso que, al no encontrarse de tú a tú con el sistema soviético, fue obligado a emigrar de la URSS a finales de los setenta y fue descubierto y reconocido por la madre patria solamente en los años noventa, ya después de la muerte del autor en la lejana Nueva York. Para mi chico la prosa de Dovlátov era un retrato mordaz de la realidad soviética y una demostración de por qué era imposible vivir en aquel país. Seguía proclamando que el escritor era el mejor descubrimiento literario de la actualidad y que todo el mundo tenía que leerlo.

Yo me resistía por pura rebeldía.
Cuando unos años después nuestra relación llegó a su lógico fin y perdí la necesidad de llevar la contraria a nadie, sucumbí finalmente a la moda para comprobar de qué todo el mundo hablaba tanto. Imaginad lo atónita que me sentí cuando descubrí en los relatos de Dovlátov las múltiples escenas anecdóticas que mi ex pasaba por su propia vida.
Y eso es la principal característica de la prosa de Dovlátov: la fusión total entre la ficción y la realidad hasta que resulte imposible separar una cosa de la otra.
Érase una vez un niño llamado Serezha, el hijo de una actriz y un director teatral de poca monta. Creció, llevaba su vida insignificante, entró en la universidad en la Facultad de Filología, se enamoró, dejó de estudiar, le expulsaron de la uni y él se fue a la mili. Una historia cualquiera. Quién sabe si la vida de Dovlátov se habría convertido en un clásico de la literatura rusa contemporánea si no le hubiesen asignado hacer el servicio en las tropas de seguridad en el sistema penitenciario del GULAG. Allí, supongo, es donde le alcanzó plenamente la inevitable sensación de lo absurdo de la vida que permea todos sus escritos. Según el testimonio de Joseph Brodski, Dovlátov volvió de la mili con una mirada un poco loca y un montón de relatos. Hoy en día componen el libro La zona. Dovlátov, al volver, hizo múltiples intentos de publicar sus escritos. En vano. No es de extrañar. Lo que sí me sorprende, la verdad, es la ingenuidad de esos intentos, digna del Maestro de Bulgákov: aquello en esos años obviamente no era publicable. Aunque, a diferencia de Solzhenitsyn y compañía, Dovlátov describía el sistema de opresión no desde el punto de vista de los prisioneros, sino desde el otro lado. Él descubrió que realmente no había diferencia: libre no era nadie.
Allí empieza la larga saga de Dovlátov de procurar que le publicaran. Su drama era que no encajaba por ningún sitio. Su prosa, desde luego, no correspondía a los altos ideales del realismo soviético. Sus personajes no eran comunistas ejemplares, sino todo tipo de fracasados, bohemios y judíos (una categoría de ciudadanos que siempre despertaba sospechas a los ojos del régimen) y, en lugar de mostrar el camino hacia el mejor futuro socialista, bebían mucho, pasaban de su deber civil y hacían tonterías. En su afán de conseguir el reconocimiento del sistema (en la Unión Soviética solo podías llamarte un escritor si tenías un carnet oficial que lo certificaba y para ello había que ser un autor publicado), hizo un par de intentos de acoplarse a la narrativa autorizada, lo que le provocaba remordimientos de conciencia, y no por razones ideológicas, sino meramente por su propia visión literaria: gran parte de lo que se publicaba en los canales oficiales a Dovlátov no le parecía digno de llamarse literatura.
Por otro lado, él tampoco era un oposicionista. Le faltaba ideología. Sus relatos no eran realmente antisoviéticos, simplemente eran poco soviéticos. Se vio desplazado a los círculos bohemios alternativos no porque fuera un disidente de verdad, sino porque le unía con sus compañeros-inconformistas una cosa: no les publicaban. Sin embargo, en aquel mundillo tampoco le tomaban demasiado en serio: recordemos, le faltaba chispa ideológica. Se aprobaban sus ejercicios literarios, pero era un hermano menor, un peso ligero. Un compañero de viaje ocasional.
Lo único a lo que aspiraba Dovlátov en toda su vida era ser reconocido como un escritor digno. Y no lo encontraba por ningún sitio. Y de eso escribía.
En aquel entonces en la URSS, como suele pasar en cualquier entorno opresivo, existía un mundo de literatura alternativa. Las copias de los manuscritos no aprobados (o claramente prohibidos) circulaban clandestinamente, pasando de mano a mano. A veces, siguiendo las mejores prácticas de espionaje, un texto podía cruzar la frontera e incluso acabar siendo publicado en el extranjero, a menudo sin ningún conocimiento del propio autor. De esa manera, dos libros de Dovlátov salieron en Estados Unidos. Y desde entonces el sistema definitivamente le tachó como enemigo. Así, Dovlátov acabó en Nueva York. Él no quería emigrar. No se veía fuera de la literatura, y su literatura estaba en ruso. El problema es que cuando el sistema te considera un elemento hostil, poco puedes hacer para pretender que la coexistencia es posible.
Esta historia se lee claramente en los relatos de Dovlátov. A la vez, toda su obra es autoficción pura y dura. La prosa autobiográfica en apariencia, siempre escrita en primera persona, a menudo con el narrador-personaje incluso conservando el propio nombre del autor, todo está inventado. Por lo menos, eso afirman los testigos y el escritor mismo. Hay pruebas, desde luego. Algunos pasajes, algunas escenas vagabundean de un texto a otro, copiados casi textualmente. A un lector atento eso le provoca sospechas. Y, sin embargo, cuando comparas los datos documentales con los textos supuestamente ficticios, una cosa queda clara, sin duda alguna, Dovlátov escribía sobre sí mismo.
Algunos dicen que él retrataba la naturaleza kafkiana de la vida soviética. Otros afirman que su obra trata de la búsqueda de la libertad y la tragedia del creador en la ausencia de esa libertad. Yo creo que, independientemente de qué exactamente esté contado, Dovlátov siempre escribía sobre un solo tema: un hombre que se siente escritor y que busca desesperadamente una confirmación del entorno de que es así y no la encuentra. Él mira la realidad que le rodea a través del prisma de esta incongruencia y, como resultado, todo lo que ve es un disparate. Es amargura mezclada con la risa, con un toque de ternura y autoironía. La vida convertida en una anécdota.
A mi parecer, la emigración le sentó a Dovlátov bastante bien. En Estados Unidos sus libros se publicaban: en ruso y luego también en inglés. ¡Diez veces sus relatos salieron en las páginas de New Yorker! Y, aun así, no le abandonaba su síndrome del impostor, multiplicado por la manía de la grandeza. En varios textos él dice: «Toda mi vida lo único que quería es ser un escritor ordinario. Dios me dio lo que le pedía. Ahora resulta que en realidad yo quería algo más. Pero ya es tarde. No se pide extras a Dios».
Aparentemente, la falta de aquel carnet del escritor se quedó escondida en él como un hematoma interno: no se ve, pero ¡cuántos problemas causa! Dovlátov quería el reconocimiento de la madre patria.
El primer libro de Dovlátov publicado en Rusia —El retiro, mi favorito, por cierto— salió al mundo tres meses después de su muerte.
La narrativa habitual dicta que el drama de la vida de Dovlátov es una ilustración de la maldad de la censura en un sistema totalitario. Yo creo que es algo mucho más universal. Simplemente él tuvo mala suerte de no encajar en la coyuntura. Puede pasar a cualquiera, y el mercado libre aquí no es la panacea: preguntémoslo a Stendhal, a Melville, a Lovecraft. ¿Qué significa ser un escritor de verdad? Nuestro lema de siempre, «El escritor es aquel que escribe», puede no ser suficiente en los instantes oscuros cuando te parece que todo lo que haces no vale para nada. En estos momentos recuérdatelo: hoy en día los libros de Dovlátov venden millones de copias. Y sigue escribiendo, como lo hacía él.
Para mí Dovlátov es un escritor para escritores. Cuando lo lees, quieres aprender a escribir como él. Por su maestría del lenguaje engañosamente simple —dicen que en las universidades de Estados Unidos los libros de Dovlátov se usan para enseñar ruso— que en realidad es rigurosamente trabajado. Por su mirada penetrante que convierte en literatura cualquier situación de lo más ordinario. Y, sobre todo, por su capacidad de afrontar la realidad, con toda su insensatez e irracionalidad, con una dosis de sarcasmo que lo transforma todo.
Como dijo el propio Dovlátov, «En la lucha con lo absurdo hay que seguir la misma línea. La respuesta tiene que ser igual de absurda». Es la única manera de ser correspondido por la vida.