Tierra sagrada
Por Montse González de Diego
Una mañana te asomas al balcón y ves un jardín, un peral, una montaña. O quizá veas el mar y sientas que la paz del azul acaricia tus pupilas, desciende lentamente hacia tu pecho y calma tu respiración. Unos segundos bastan para que las aguas se adentren en cada poro de tu piel. Llega la noche, tomas el poemario de la mesita y lees cuatro poemas, quizá seis, te detienes en las palabras dirigidas a ese lugar impreciso de ti, palabras que persisten en el silencio de la estancia. Al día siguiente, porque los días pasarán sin remedio, vuelves al balcón, al libro, y observas que el ritual nace del paso del tiempo a la vez que lo suspende. Un tiempo distintito del productivo, del que te emancipas, inscrito en un calendario íntimo.
Hay costumbres que evocan tiempos ancestrales y celebran la vida, una vida que empezó hace millones de años, antes de que estuviéramos atentos a los ciclos. Las estaciones. La siembra, la cosecha; el día, la noche; el sol, la tormenta o el movimiento de los astros vincularon a nuestros antepasados con la tierra y perfilaron, en el devenir, nuestras creencias, también las religiosas. Lo sagrado, que precede a cualquier sistema o doctrina, nace de la relación entre nosotros y la naturaleza, de la necesidad de comprenderla y de armonizar con sus ritmos, dice Patrick Banon en su maravilloso libro Los orígenes de lo sagrado (Errata naturae), ilustrado por Antoine Pateau. ¿Y por qué leer hoy una obra que hable sobre lo sagrado?
Durante la Semana Santa, contaba El País, un fraile católico brasileño convocó a miles de personas mediante internet, las redes sociales y la televisión, animándolas a levantarse a las cuatro de la madrugada para rezar el rosario. Otros recurren a plataformas como TikTok o YouTube para dirigirse a sus fieles. Incluso celebridades como Rosalía o Andrea Bocelli exponen su fe y promueven sus creencias reflejando el resurgimiento de una religiosidad que, en las últimas décadas, parecía relegada a territorios inciertos. Datos especialmente llamativos si se tiene en cuenta que las religiones institucionalizadas no siempre han contribuido a una convivencia armoniosa entre las personas.
¿A qué se debe este retorno de lo religioso? Cuando la ciencia revela sus límites, la racionalidad occidental entra en crisis y deja de identificarse con la verdad. Cuando Nietzsche recuerda que todo conocimiento es metáfora —también el científico—, la metáfora religiosa adquiere una validez semejante a cualquier otra forma de interpretar el mundo. Así lo dice Dario Sztajnszrajber, filósofo al que sigo desde hace lustros, en una de sus conferencias al reflexionar sobre esta reaparición de lo religioso manifestada en la búsqueda de ese algo más que nos excede, al margen de la institución.

Asimismo, los autores de Los orígenes de lo sagrado desvinculan lo sagrado de cualquier sistema de creencias organizado y lo sitúan en el origen de la existencia humana, en la naturaleza y en esa necesidad inherente al ser humano de buscar e interpretar simbólicamente el mundo, que lleva a lo religioso. El deseo de comprender nuestra casa, la Tierra, ha dado forma al pensamiento humano, a sus miedos y esperanzas desde tiempos remotos. Y es en ese espacio donde nace el mito, donde se insinúa el sentido de la vida y la muerte, donde se oculta el origen de lo sagrado.
Lo sagrado, umbral entre lo puro y lo impuro que emana de la idea de tabú, se manifiesta en la tierra como una fuerza invisible, capaz de hacer desaparecer el sol o de ahogar a las fieras más gigantescas en una tormenta, como se puede leer en el relato del diluvio bíblico y en tantos otros. Entre el miedo y la adoración, el Homo religiosus, aprende a otorgar sentido a la realidad desde lo invisible. Mira al suelo, en el que brota alimento, pues requiere su atención constante. Y, aunque teme el cielo, alza la vista y lo mira atentamente para leer las migraciones de las manadas y las aves, los eclipses, capaces de anunciar el desastre, el ciclo de las estaciones o el tiempo de recolección. Incluso los presagios de terremotos o erupciones volcánicas se inscriben en su vastedad, también la salvación: el agua de la lluvia nutre los campos, el sol sale cada mañana y devuelve el calor a la tierra.
Del mismo modo, las montañas ocupan un lugar sagrado en muchas mitologías por su proximidad con el cielo. El sentido mágico y religioso que se les otorgó a lo largo de los siglos las elevó a la condición de tótem y umbral entre los humanos y la bóveda celeste. Lo ejemplos son numerosos. Después del diluvio el arca de Noé se posa en el monte Ararat, en la actual Turquía, restituyendo así la vida sobre la tierra. Durante el éxodo judío, Yahvé se revela a Moisés en el monte Sinaí mediante la zarza ardiente y, más tarde, recibe allí mismo las Tablas de la Ley. De hecho, en la Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis de San Juan, los montes ocupan un lugar destacado en la fe y el simbolismo de los pueblos. También la tradición griega posee el monte Olimpo, el punto más elevado de Grecia y morada de dioses y diosas, en su cosmogonía.
Además de las montañas, la primavera, el renacer de la vida, es otro motivo de veneración y provoca los mayores desvelos de nuestros antecesores. Las muestras de su deificación son abundantes. Inanna, diosa sumeria asociada a la luna y a la estación primaveral, encarna el poder femenino que regenera la vida. Para los griegos, la fertilidad de la tierra se vinculaba claramente con el ciclo de la vida y la muerte, igual que las semillas permanecen en la penumbra hasta la siembra de otoño y renacen en época de florecer.
El pensamiento simbólico aparece tempranamente, hace unos setenta y cinco o cien mil años, cuando los hombres y mujeres del Paleolítico descubren su capacidad para imaginar lo invisible y la intuición para concebirlo tan real como su propia realidad material. El arte parietal, que tanto nos fascina y conmueve, inaugura el pensamiento mágico y estético que sacraliza los elementos —aire, fuego, agua y tierra— como fuerzas de regeneración de la vida. Aquellos primeros habitantes, que en primavera contemplaban las flores del campo y más tarde las veían marchitas o desparecer, creían que la muerte no era el final, sino el punto de partida, el inicio de un ciclo, un eterno retorno.
La inquietud que suscita la primavera en nuestros ancestros se percibe en otras latitudes. En los Alpes del Sur, en el monte Bego, hace unos cinco o seis mil años, las Pléyades, estrellas asociadas a la primavera y al equinoccio, se representan en dos rocas. La Losa de la Bailarina muestra una figura antropomorfa de quince centímetros de alto coronada por un círculo solar y orientada al oeste en alusión al ocaso helíaco. La segunda roca, las Pléyades, simboliza el cúmulo estelar orientado hacia el sur evocando la época en que se observan justo antes del amanecer. No es de extrañar que el nuevo año babilonio comenzara con el equinoccio de primavera como ocurre hoy en la tradición hindú, la iraní, la kurda, la uzbeka, la afgana, la tailandesa o la china. Incluso en el Egipto faraónico se celebraba esta renovación con las fiestas de la resurrección del dios Osiris vinculadas a la fertilidad de los campos fecundados por el Nilo.

A lo largo de la obra, la relación entre la naturaleza y lo sagrado, y su manifestación a través de los siglos en distintas religiones y creencias, se ejemplifica de diversas maneras. Resulta especialmente cautivadora la parte dedicada al fuego desde su aparición. Y en Pensar lo impensable, conferencia celebrada el pasado abril en el CCCB, Amitav Ghosh alude a esta dimensión de lo sagrado al recordar que en Nueva Zelanda el río Whanganui ha sido reconocido como persona jurídica. El escritor imagina a los jueces que tomaron la decisión y se pregunta cómo es posible que hombres blancos y bien posicionados atribuyan tal reconocimiento a un río. Y concluye que las danzas maoríes, profundamente vinculadas a la tierra, podrían haber influido, de algún modo, en una resolución tomada por personas que pertenecen a ese mismo territorio. ¿Cómo recuperar los vínculos con el planeta y los demás seres vivos que mantuvieron nuestros ancestros? ¿Qué otras formas de habitar la Tierra se abren al recuperar la dimensión sagrada de nuestra relación con el planeta y los demás seres vivos?

Robin Wall Kimmerer, en su libro El Guillomo (Capitán Swing), toma la misma naturaleza como ejemplo para mostrar una forma más amable de relación con todos los seres que nos rodean. Entiende que los frutos de guillomo que recolecta para consumo propio y para sus vecinos son un regalo de la tierra, una dádiva compartida entre los pájaros, humanos y otros seres que se alimentan de él, incluso cuando cae al suelo y se descompone.
Para los anishinaabe la Tierra es el origen de todos los bienes. Y el intercambio es su forma de distribución. Una vida se entrega para ser sostén de otra. Sin embargo, recibir su fruto conlleva un compromiso basado en la reciprocidad y en una gratitud que va más allá del simple gracias. No se trata de mostrar gestos de cortesía, aclara la autora, sino de tomar conciencia de que la dádiva origina una deuda y de que la vida depende de la Madre Tierra, pues se nutre de ella y de otros seres. Si el agua, el alimento y el suelo son vida que se integra en la nuestra a través de la fotosíntesis y la respiración, se revela la dimensión espiritual del acto de llevarnos comida a la boca, al vincularlo con un sentido de pertenencia que, al mismo tiempo, recuerda que nada nos pertenece, que todo son dones.
Para la sociedad occidental contemporánea, la abundancia es la recompensa a una vida asociada a la producción constante. Es interesante la mirada de la autora en este sentido, alejada del consumismo depredador, al plantear que enumerar los dones que recibimos a diario crea esta impresión de abundancia. Reconocer la suficiencia de lo dado y tomar solo lo preciso como actos radicales en un mundo que fabrica necesidades superfluas originando la catástrofe climática y pérdida de biodiversidad. Y plantea si acaso el cultivo de la gratitud no podría ser parte de la solución en este mundo consumista.
Agradecer al dador, la Madre Tierra, es urgente, pero también desplegar un sentido de reciprocidad, responder generosamente al regalo de esas manos abiertas que nos mantienen con vida. ¿De qué forma podemos responder a las plantas, pregunta? Crear un hábitat para las abejas solitarias, reducir la huella de carbono, apoyar políticas respetuosas con el planeta, cambiar la dieta o tender la ropa al sol, especialmente en hogares donde es posible, entre otras acciones dependiendo del lugar que habitamos.
En Una trenza de hierba sagrada (Capitán Swing), Wall Kimmerer insiste en la importancia del ritual como forma de expresar nuestro lugar de pertenencia. Quizá responder a los dones recibidos —también de otras personas— podría formar parte del ritual cotidiano. Reconocerlos y corresponder a ellos con la misma entrega con la que, a cierta hora del día y en un lugar determinado, contemplamos una montaña o el mar, o abrimos un poemario para apartarnos del murmullo y habitar, aunque sea por un momento, un espacio sagrado. Una tierra sagrada.