Una mujer libre. Amparo Poch y Gascón
Por Miriam Jareño Comellas
Esta es la segunda biografía que traigo de la escritora Antonina Rodrigo. La primera, de la que hablé en un número anterior de esta revista, fue la de la química española María Teresa Toral. Sin duda alguna, la autora demuestra un empeño encomiable en traer a la actualidad las vidas de mujeres a las que ella misma admira, de las que no se ha hablado con la suficiente propiedad y que, bajo su punto de vista, deberían tener un mayor reconocimiento del que actualmente poseen.
A la hora de hablar de Amparo Poch caben destacar varios hechos. Comenzaré indicando que ella, al contrario que otras mujeres del mundo republicano, no provenía de una familia acaudalada. Este hecho ya la hace próxima a la realidad social y laboral de los habitantes de la España de los años 20 del siglo xx, pues formaba parte de ellos, conocía de primera mano cuáles eran sus sueños, aspiraciones y sufrimientos. Este hecho la inclinó, de forma más natural y directa, hacia el movimiento liberal y anarquista, dado que su realidad la empujaba a considerarse parte del pueblo oprimido.

En segundo lugar, su familia, al contrario de lo que cabría pensar, no tenía las mismas inclinaciones personales que ella. De hecho, su padre era militar de carrera y su madre trabajaba como sirvienta en la casa de huéspedes en la que se conocieron y en la que convivieron durante los primeros años de su matrimonio. No se sabe cuáles debieron ser las inclinaciones políticas de la madre, pero sí es conocido que tenía un carácter sumiso. En cuanto al padre, fue ascendiendo en el cuerpo militar y, durante la Guerra Civil, estuvo de parte del bando nacional. De hecho, una vez terminada la contienda, quiso desvincularse de su hija intentando borrar su expediente académico, hecho que no logró, afortunadamente. Con esto se deduce que el padre nunca llegó a estar orgulloso de las inclinaciones políticas y personales de su hija. En algunos momentos de la novela se trasluce que esta falta de apoyo debió constituir una espina dolorosa en la vida de nuestra biografiada, ya que se sabe que, una vez exiliada, quiso mantener el contacto con su familia con un éxito modesto.
Amparo, desde niña, demostró ser tenaz e inteligente. Se matriculó en Magisterio por deseo paterno, ya que no consiguió quitarle la idea de cursar estudios superiores. Este consideraba Magisterio una carrera adecuada para una mujer y ella accedió para poder dedicarse, más tarde, a la carrera que realmente deseaba, la de Medicina. Se licenció en el año 1929 con matrícula de honor en las 28 asignaturas que cursó demostrando con ello su obcecación. Fue la segunda mujer en graduarse, junto a su compañera de carrera Carmen Moraleda. Si este hecho ya es remarcable por la alta cualificación que demostró, lo es todavía más el de que obtuviera el Premio Extraordinario de licenciatura del curso 1928-29 compitiendo con 6 hombres, siendo ella la ganadora. Este hito deja muy patente la férrea voluntad de nuestra biografiada de dedicarse a la medicina. De la Amparo estudiante se sabe que fue un tanto rebelde, cuestionándose el menosprecio universitario al que se veía sometida la mujer.
Amparo, en su etapa universitaria, destacó también como escritora y columnista. Uno de sus primeros artículos se tituló: «¿Y yo?». En el cual debatía acerca de la profesión médica por parte de las mujeres. Con este artículo se estrenaba la otra faceta vocacional de la doctora Poch. Aparte de numerosos artículos científicos y divulgativos, elaboró una novela titulada Amor.
Pero la obra de Antonina Rodrigo se centra, debido a su capital importancia, en la etapa comprendida entre los últimos años de la década de 1920 y toda la de 1930, ya que es en este período en el que nuestra biografiada hizo más méritos para ser recordada. El primero de los hechos por los que se la recuerda con cariño en su ciudad natal, Zaragoza, es porque tuvo una consulta médica muy especial: con horarios adaptados a las personas de clase trabajadora, pasando consulta algunas horas en domingo y, además, con precios acordes a la capacidad económica de sus pacientes. El segundo hecho reseñable es que fue pionera en formar a las mujeres en cuestiones de salud sexual y reproductiva, algo totalmente tabú en su época. Era muy consciente de que la gran cantidad de hijos tenidos por las mujeres era inasumible para ellas en muchos casos, y este hecho se daba por el gran desconocimiento existente acerca de la concepción y de la anticoncepción. Esto ayudó, en gran medida, a que la población general de su entorno tomara conciencia, al menos en aspectos básicos, acerca de cuidados mínimos para tratar de controlar la natalidad. Unido a ello, estudió las enfermedades de transmisión sexual, haciendo hincapié en la sífilis, pues dejaba marcas visibles tanto en adultos como en bebés que nacían contagiados. Ya en esta etapa temprana de su ejercicio de la medicina se destacaba Amparo Poch como una mujer infatigable, siempre dispuesta a ayudar a los demás y a educar en la mejora de la salud integral.

Si avanzamos unos años más y nos adentramos en la Guerra Civil, nos encontramos a una Amparo médica miliciana que apoyó plenamente la incorporación de las mujeres a las milicias republicanas. Fue en esa época cuando fundó la revista Mujeres Libres junto a otras destacadas figuras femeninas del bando republicano: Lucía Sánchez Saornil (una poeta anarquista) y Mercedes Comaposada Guillén, en el lado más activista. Desde esta revista se dedicaron a concienciar a las mujeres para inculcarles ideas anarquistas e invitarlas a formarse y ponerlas en valor. Una característica llamativa de esta publicación es que estaba dirigida y escrita solo por mujeres (se excluyó de ella a todos los hombres excepto a Baltasar Lobo, que era el ilustrador y maquetista de la revista). En esta revista Amparo dio a conocer su labor como escritora y como pedagoga. Aunque muchos artículos escritos por ella estaban dotados de humor y sarcasmo, escondían sabios consejos acerca del cuidado de las madres y de sus hijos pequeños.
Pero Amparo no dejó de lado su principal preocupación, la salud y el cuidado de la infancia. Nos encontramos con una idea revolucionaria que llevó a cabo, la creación de hogares infantiles. En ellos acogía a niños provenientes de orfanatos que padecían terribles carencias a todos los niveles afectivo, nutritivo y de cuidado general. Les proporcionó verdaderos hogares en el que desarrollar plenamente su personalidad, en un ambiente donde primaban el amor, el cuidado y un entorno favorable para que pudieran olvidar las penalidades que habían sufrido. Si pudo hacer esta encomiable labor fue porque contó con la ayuda de una amiga influyente: Federica Montseny (biografía reseñada en Bioletras, Revista Letraheridas, número 25 de 2022 https://amzn.to/3RfU9d3 ), ya que era ministra de Sanidad y Asuntos Sociales. Ambas mujeres compartían preocupaciones y objetivos, y juntas lograron mejorar las vidas de no pocas criaturas.
Pero Amparo, que parecía estar en el epicentro de todo movimiento político y social que encajara con sus ideales, no tan solo se dedicó a ejercer la medicina en tiempos de guerra, velar por los hijos de los milicianos que corrían peligro de acabar en los orfanatos disponibles, sino que participó activamente en la Liga Hispánica contra la Guerra, sección española de la War-Resisters International. Esta organización, como su nombre indica, era de carácter pacifista y abogaba por el fin de la guerra.
Avancemos un poco más, siempre dentro de la contienda española, para encontrarnos con que Amparo, en el año 1937, se mudó a Barcelona para dirigir el Casal de la Dona Treballadora, situado en un piso de la Gran Vía de les Corts Catalanes 622. En este sitio se formaba de forma gratuita a todas las mujeres que tuvieran la voluntad de aprender, sin tener en cuenta su ideología. En cierto modo, recuerda a la labor ejercida por la también biografiada en Bioletras, Francesca Bonnemaison.
Pero con el fin de la Guerra Civil, Amparo se exilió a Francia, donde no pudo seguir ejerciendo oficialmente como médica. Eso sí, como era una persona querida y reconocida por su labor sanitaria, todo el mundo acababa recurriendo a ella, ya que era una persona en quien siempre se pudo confiar. A pesar de que durante los primeros años de su exilio tuvo que trabajar en lo que conocemos como economía sumergida, ya que su situación no estaba regularizada, no abandonó la medicina, se dedicó a ella de forma clandestina, hasta que, en 1946, pudo volver a ejercer de forma legal debido al Estatuto Jurídico de los Refugiados Españoles, que les permitió normalizar su situación y retomar sus vidas.
Amparo murió de cáncer cerebral en 1968 sin haber podido regresar a Zaragoza, donde solo le quedaban hermanos que la rechazaron por no comulgar con sus ideologías. Recordemos que el padre de Amparo se decantó por el bando nacional una vez estallado el conflicto y que trató de borrar sus registros para evitar afinidades sospechas.
Como conclusión, destacaría que Amparo Poch y Gascón es una figura que, con el tiempo, ha sido reconocida tanto en Toulouse, donde residió sus últimos años, como en Zaragoza, su ciudad natal, en la que se la ha homenajeado en los distintos lugares en los que dejó huella. Esta mujer fue inspiradora, tenaz, valiente, consecuente con sus actos y de una bondad y altruismo tales que la hacen merecedora de figurar en esta sección.