Morales y Berger «Mientras quede una rosa»
Por Montse González de Diego
Las huellas en la arena avisan de su llegada. Recuerdan al nervio central, ramificado hacia los lados, de una hoja, tres rayitas que dibujan un trazo ligero en la playa. Aparecen por decenas. Unas se mezclan con pisadas de gaviotas y urracas, otras se cruzan entre ellas marcando los distintos caminos que toma el ave. Ha llegado con el viento, por encima de las olas, siguiendo la ruta de un instinto primitivo, llevada por la pulsión de emigrar. Ha llegado de África. Cada año viene antes, y me pregunto qué pasará si las temperaturas aumentan y el continente vecino se vuelve inhóspito para ella. O si se queda todo el año y el alimento escasea. O si las lluvias torrenciales. O si el invierno. O los depredadores.
Mientras quede una rosa es el registro del viaje que Javier Morales emprende, las huellas en la arena que deja a su paso por algunos de los territorios que le inquietan y lo forman. La fragilidad del planeta y la sobrexplotación. La precariedad. Las desigualdades. Los desplazamientos forzados que obligan a muchos a vivir en otros países. La vida, la muerte, la literatura, el arte. Es un viaje de la memoria, personal y colectiva, y lo emprende regresando al punto de partida, a los lugares donde nace su vínculo con la vida rural, con la naturaleza, con quienes habitan los márgenes. También con escritores que lo inspiraron y contribuyeron a moldear su mirada del mundo.
John Berger es el hilo conductor de este recorrido, la ola que alcanza la orilla y empapa la arena dejando su marca. El libro empieza con un prólogo de Manuel Rivas. Este libro está escrito en una lengua materna llamada Berger. Y añade que es un lugar de encuentros y abrazos, de libertad y verdad. También de poesía, porque la prosa de Morales, tan alejada de la aridez, es sensorial y pictórica como esas flores que brotan en las dunas y colorean la playa en verano bajo un sol abrasador.
No es biografía, ni autobiografía, ni ensayo, sino el relato de un viaje en el tiempo acompañado por un autor de referencia. Javier Morales logra una polifonía enriquecedora compuesta por las voces de quienes compartieron momentos de su vida junto a Berguer. La primera parada de este viaje es Marisa Camino, en Robredo de las Pueblas. Restauradora de frescos que, aunque no pertenecía al mundo del arte, conoció al escritor británico y forjó amistad con él, además de una relación epistolar que duró casi hasta su muerte. La generosidad y la gratitud son las membranas sobre las que se sostiene el mundo, escribe Morales.
Joaquín Araújo, Isabel Coixet, Leticia Ruifernández o el mismo Manuel Rivas son otras paradas del trayecto. Cada uno aporta detalles reveladores sobre la vida de Berger, quien trabajó el campo y, sin embargo, no se consideró campesino. Sabía que, a diferencia de quien vive de labrar la tierra y depende de ella, él podía abandonarla si lo deseaba. No sorprende, por ello, que Simone Weil fuera para él referente y fuente de inspiración, ya que ciertos aspectos de sus vidas se relacionan de inmediato. «No soy campesino. Soy escritor», aclaró. Tampoco se definió como poeta, palabra que entendía más como adjetivo que como sustantivo.
La destreza de Javier Morales al desarrollar esta obra fronteriza es incuestionable. Viaja a Quincy en busca de la tumba de Berger y evoca la visita de este a Suiza, donde descansa Borges, a la vez que lo vemos en Plasencia ante las sepulturas de sus padres. Relata una coincidencia asombrosa —y quizá consoladora, una vez asumida la muerte, pues necesitamos símbolos y un mundo que nos hable de otras formas—, recuerda que su padre nació y murió el mismo día, igual que Berger y su amiga Tilda Swinton comparten la misma fecha de nacimiento. Porque este libro es también un espacio de encuentros entre personas y lugares, entre escritura y arte. Entre vida y muerte.

Precisamente, uno de los aspectos más fascinantes de Berger es su relación con la muerte. Al fallecer Beverly, comprende que su presencia no desaparece del todo y la siente cerca, parte de un ciclo vivo. Desde el marxismo, señala una carencia en sus principios tradicionales: su incapacidad de ubicar lo eterno. Javier Morales, en un viaje esperanzador como este, crea un espacio para reflexionar sobre la muerte y define con belleza su visión de lo eterno. Mirar al cielo y anticiparse a la lluvia, llenarse las manos de tierra, sentir el calor de los animales que conviven con nosotros, la vida y la muerte. También reconoce la importancia de los otros, necesarios para formarnos como seres humanos. La reencarnación existe en el momento en el que el agua se convierte en vida que piensa, dice citando a Araújo.
La muerte, sí, concebida como forma de permanecer en la tierra y en el otro, de integrase en los ciclos, es uno de los temas que Morales aborda con ideas que nos atañen a todos. Habla de la orfandad, del desgarro que deja sin importar la edad en que suframos la pérdida. Nos quedamos a la intemperie, a solas entre el cielo y la tierra. Pero no se trata de una soledad absoluta, sino habitada por otra temporalidad, argumenta. Berger enseña a mirar el tiempo de manera circular y a contracorriente del capitalismo, cuya visión lo concibe como la línea recta de una cadena de montaje. Esa circularidad impregna la obra desdibujando sus contornos.
La primavera, escribe el autor de Mientras quede una Rosa, es cada vez más breve, una brevedad que sugiere la desaparición de las flores que brotan con los primeros soles. La mirada crítica recorre el libro desde la primera página. El infierno de la Divina Comedia ya no pertenece a la alegoría: lo hemos construido aquí, argumenta, con olas de calor, deshielo y ciudades irrespirables. Y, sin embargo, frente al catastrofismo paralizante, reivindica la risa, la celebración, la esperanza. No es casual que evoque a Baruch Spinoza y su defensa de la alegría.
Javier Sáez de Ibarra, otra parada del libro, alude al talante liberal del filósofo neerlandés, una libertad que ejerció al abandonar la sinagoga y al apartar la Biblia de interpretaciones literales, como revela su luminoso Tratado teológico-político escrito con cierto sentido del humor. Es la misma libertad que sentimos al leer a Berger o a Gary Snyder en La práctica de los salvaje (Varasek Ediciones). Lo salvaje que sigue su propio orden, un orden imparcial, implacable y hermoso, a la vez que libre. Autor con quien Javier Morales caminó en su maravilloso ensayo Caminar con Gary Snyder y otros poetas (ed. Tundra).
Y sigue caminando y mostrando los lugares que contempla a su paso. Lo vemos en Madrid, con un ejemplar de En busca del tiempo perdido bajo el brazo, es la Semana del Orgullo. Reflexiona sobre la fragilidad de la memoria y la manera en que la administramos. Una se pregunta si la magdalena de Proust conservaba realmente el sabor y la textura que ya entonces evocó. Si acaso no contamos historias porque somos seres excedidos por el tiempo, necesitados de consignar nuestra existencia y de moldear el olvido cuando urge. Berger sostiene que la autobiografía nace del sentimiento de orfandad, de la conciencia de estar solos, y Morales asume esa herencia e integra sus recuerdos escribiendo sobre la infancia, los tres años que vivió en el Valle del Jerte y la influencia de Berger en su decisión de marcharse. Fundó, junto a unos conocidos, una de las primeras asociaciones de agricultura ecológica de Extremadura y dirigió una revista. Su paso por la Agencia EFE, la decisión de estudiar periodismo, de abandonar la Facultad de Físicas después de leer a Camus.
Datos autobiográficos que enriquecen el libro y dialogan con los entrevistados, con los campesinos del Jerte, el inmigrante que lamenta el racismo que ve en España, detenido por tener o no papeles —tanto da, eres igualmente sospechoso— o con quienes duermen en la calle y son expulsados del centro por el turismo masivo. La mirada crítica del autor es constante, y hace de la belleza un lugar de refugio, a la vez que comprende la urgencia de reflejar el sufrimiento de otros, del planeta, de los animales y de todos los seres vivos.
Los libros de Berger provocan la misma impresión, la certeza de estar ante un autor de mirada crítica. Amar como acto de resistencia, en Hacia la boda, bellísima y poética novela que retrata los márgenes. La situación del campesinado que describe en Puerca tierra, encabezada por el versículo de San Juan. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de sus fatigas. La situación de animales y simios supervivientes de los zoológicos en Por qué miramos a los animales, otro de sus prodigiosos ensayos. Incluso en Modos de ver analiza cómo el arte ha representado tradicionalmente a los pobres o cómo su autoridad se ha usado para legitimar el sistema social vigente y sus prioridades.

Mientras quede una rosa recuerda que Berger habló de la crisis que supone comer carne sin siquiera tomarnos las molestia de visitar un matadero. Algo similar planteó Tolstói en El primer peldaño (ed. Kairós), donde considera indispensable presenciar las atrocidades del sacrificio animal para comprender qué implica alimentarse con carne. En esta misma tradición se inscriben libros necesarios como La hamburguesa que devoró el mundo (Plaza y Valdés), en el que Morales analiza el impacto social y ambiental de la industria cárnica. O El día en que dejé de comer animales (Editorial Sílex), también del autor, donde reflexiona desde la experiencia y la ética sobre lo que significa hoy comer animales y cuestiona las creencias comunes relacionadas con su consumo.
La mirada crítica de Javier Morales abarca otras cuestiones. Además de la belleza estilística que alcanza en sus libros, concibe la literatura, tan presente en sus obras, como un medio. Explica que Berger se hizo novelista porque la novela formula preguntas que ningún otro género puede plantear. Como dato interesante, el escritor británico consideraba que el Ulises de Joyce, lejos del halo elitista que a menudo lo rodea, era una obra popular, atenta al lenguaje de la calle.
La literatura, además, como una guía para orientarnos mientras atravesamos la intemperie. La literatura para hablar de ciudades-dónut, que expulsan a sus habitantes, y del turismo de masas como forma de no viajar, de consumir lugares. Vivir en la tierra más como inquilinos que como propietarios, propone el autor, y recuerda que la lucha de clases y la crisis climática son inseparables. El petróleo, nuestra dependencia de él y las guerras que provoca lo evidencian a diario. También se ocupa de esas huellas en la arena que año tras año llegan antes a la playa, de aves cada vez más expuestas a un clima imprevisible que altera sus tiempos y, en definitiva, habla de todo ello Mientras queda una rosa.