Tres poemas
Por José Antonio Prades Villanueva
EL CARTERO DEL VIENTO
Hubo un tiempo
en el que solían venir golondrinas
a mi ventana
mientras residíamos
en nuestros adentros
con los aromas místicos del dolor.
Entrábamos al túnel
con los labios abiertos,
ya bebía de ti.
Un día me trajo el mensaje
un cartero con los ojos vendados;
le habías dado mi dirección
y se conjuró
para nunca olvidarse del trayecto:
me llamabas
y llegué
cabalgando en un grito sordo.
Los soles nunca se apagaron.
Se abrieron las dunas
con el silbido del cierzo,
que se cuela por la ventana.
CUANDO FLORECEN LOS CEREZOS
Cuando florecen los cerezos,
suena una ternura,
primavera de la soledad
vestida o enamorada.
Los ojos profundos
y el aroma al descubierto,
tus aguas,
tus sonidos,
tus acordes en tus silencios,
tus silencios
mirándome
como quien mira un mar,
con un rayo de luna,
mientras nos enamoramos;
mientras nos enamoramos
un viento sonríe como tú y tus labios;
con ese gemido tan suave,
condensas el sentimiento en un bullicio,
vuelves a sonreír…
y me miras de nuevo.
¿Por qué tu rostro me sigue,
tus ojos,
tus labios,
tus pómulos compasivos,
tu regazo,
con mis temores huidos en ti?
Es como un disparo turbio,
una tensión,
tus secretos,
las lilas y las rosas,
una espiga o un nardo,
tus flores.
Ven, juntos, conmigo, dos o uno.
EL ÁGUILA ES COLIBRÍ
Volvíamos de ver el águila
que planeaba en las esquinas,
rebatimos la violencia
en nuestras alas
y aprendimos
en las miradas de mis nubes.
Íbamos de la mano
y seguíamos con la vista en alza,
un azul renovado
que querías lila para mí.
Recibo a tu águila,
es venturosa,
aguerrida,
casi templaria,
y se abre la puerta de la benevolencia
convertida en sabiduría,
y dos manos
de nuevo rozándose.
Surca en picado el águila
que se convierte en colibrí,
aletea y canta
mientras extiende las alas,
y te busca,
y te dejas encontrar en tu estallido
de paz.