Trenes de ningún tiempo
Por Irina Mishina
Desde que era pequeña, todo lo relacionado con los ferrocarriles evoca en mí una mezcla de sensaciones, de nostalgia a experiencias místicas, como si un paso a nivel abriese un umbral a lo liminal. Las vías esconden posibilidades infinitas más allá del horizonte. La canción del hierro que produce la conversación entre las ruedas y los raíles te deja en un espacio entre mundos. Seguramente lo has oído: el que inicia el viaje y el que llega al destino son dos personas diferentes. El camino es un rito de pasaje: ya has partido, pero aún no has llegado. Estás en ningún lugar. La cuestión es: ¿qué nos cuesta sostener esa suspensión en un entre?
En un clásico de la literatura soviética, Más de un siglo se alarga el día, de Chinguiz Aitmátov, los trenes también juegan un rol de guías a través de lo liminal. Circulan del oeste al este y del este al oeste, por las desiertas estepas kazajas que actúan como ese espacio donde todo está suspendido y por lo tanto todo confluye: el tiempo, las épocas, el pasado y el futuro, las memorias de lo que era y de lo que será; la realidad misma se mezcla con el mito e incluso con la ciencia ficción. Un territorio vasto que acoge vidas pequeñas que a su vez sirven de reflejo de los destinos aún más grandes. Los protagonistas del libro viven en un humilde apartadero ferroviario, dedicándose al servicio de las vías, asegurando el paso de trenes a través del espacio vacío donde aparentemente no ocurre nada y en realidad transcurre todo.

La novela misma es un rito de pasaje. Formalmente, toda la narración se enmarca en un día que avanza desde la muerte de uno de los personajes hasta su entierro y un viaje a través de las estepas y el tiempo hacia el cementerio. En este camino, como es debido, el lector presencia la rememoración de toda la vida de los protagonistas, con las cortas y largas historias de amor y muerte, lucha y esperanza, y sobre todo el enfrentamiento del hombre pequeño con la máquina cruel del poder. Nada, simplemente la vida. O sería así si no fuese por los trozos de leyendas mitológicas (inventadas totalmente por el escritor, lo que no significa que no beban del folclore real) y hasta un relato fantástico del encuentro con una civilización extraterrestre, que se inyectan constantemente en la narración realista.
Toda esta mezcla, fascinante y algo liosa a la vez, hace que el lector se pregunte constantemente: ¿de qué va el libro? La respuesta más fácil y obvia sería que es una denuncia de la brutalidad del totalitarismo. Efectivamente, gran parte de la narración transcurre en los años 50, un poco antes y un poco después de la muerte de Stalin, y cuenta una trágica historia de cómo personas humildes, honestas y dignas caen víctimas del mecanismo de represión. Algunos críticos, aludiendo a las conversaciones con Aitmátov mismo, afirman que el peso central en el libro lo tiene la leyenda sobre los mankurts —los esclavos, sometidos a una tortura atroz que les obligaba a olvidar quiénes eran y hacía de ellos unos perfectos obedientes — que juega como metáfora de la coartación de las tradiciones nacionales, aplastadas por el régimen soviético, y de cómo perdemos la memoria de esa crueldad. Añadimos aquí los motivos de la lucha contra los nacionalismos locales, mencionada directamente en el libro, más la reivindicación de esas identidades nacionales con la introducción en el libro de los elementos mitológicos de Asia Central y tenemos un argumento perfecto: un imperio ruin construye su edificio del mal sobre los pilares de la opresión.
Sería sencillo. El problema es que la memoria de por sí es un asunto engañoso, eso ya nos han explicado los científicos que hurgan en el cerebro humano. Sería interesante seguir los hilos de algunas memorias para desliar el argumento facilón. El caso es que Chinguiz Aitmátov y el régimen soviético siempre se llevaban de maravilla, a pesar de que su padre fue fusilado a finales de los años treinta como enemigo del pueblo. De origen kirguís, desde el principio de su carrera como escritor arrasó en el panorama literario de la Unión Soviética e incluso internacional; escribía en kirguís y en ruso, relataba la vida del pueblo asiático, lideró todo un movimiento para la preservación de las culturas y lenguas nativas; publicado en todo el mundo, fue galardonado con múltiples premios estatales, incluido el premio de Lenin —el reconocimiento más alto en la Unión Soviética—, y sus obras llevan décadas formando parte del programa escolar de literatura rusa. ¿Os suena esto a un cuento de la opresión de la cultura local por el imperio malvado?

Sí, la historia del encuentro del hombre ordinario con la maquinaria, o incluso más bien, con la burocracia de la maquinaria de la opresión, es desgarradora. Y, sin embargo, si analizamos el conjunto un poquito dispar de todas las piezas que componen el libro, yo diría que lo que sobresale es nuestra relación con el poder, y no necesariamente en la oposición a la tradición —en algunas historias la tradición es lo que representa el poder y se contrapone a algo que se atreve a ser diferente—. Yo diría que el antagonismo principal presentado en el libro es el poder contra la vida y en esta dicotomía el poder siempre está en el lado del mal. Es esa necesidad imperativa de estructurar la realidad sobre el eje del bien y del mal lo que une al libro con el lector contemporáneo más que cualquier tema. La novela fue publicada en 1980. Aún no había llegado la Perestróika, aún los tiempos turbulentos no habían puesto todo patas arriba, pero supongo que algo ya estaba en el aire, algo que presagiaba la futura incertidumbre, y eso creó en Aitmátov ese impulso de poner las cosas muy claras: quién es el bueno y quién es el malo.
Es lo que nos pasa hoy en día a todos nosotros. Los humanos no somos muy hábiles en sostener la ambigüedad. En ese espacio liminal en que nada está claro, nada tiene forma definida, no hay ninguna base por debajo de los pies, nos sentimos muy incómodos, aterrados incluso. Entonces, a pesar de nuestra presunción de asumir las complejidades de las construcciones posmodernas y más allá, lo que hacemos es marcar el mapa con los postes evidentes: nosotros estamos aquí, el enemigo está por allá, nosotros somos buenos, el enemigo es malo. Y lo más curioso es que el enemigo es malo no porque piense lo opuesto a nosotros, sino porque tiene un sistema de coordenadas totalmente diferente. Todos vivimos en realidades incompatibles. Los rusos solemos bromear con que nuestra patria es un país de pasado imprevisible. Hoy en día todo el mundo tiene un pasado imprevisible. La memoria es lo que tiene: es maleable. Tu cerebro te dibujará una historia diferente según el contexto. Lo mismo ocurre con la memoria colectiva: cada día creamos un nuevo pasado porque no somos capaces de aguantar el futuro desconocido. Somos los mankurts no porque hayamos olvidado, sino porque creemos fieramente en una realidad que construimos sobre el humo. La polarización extrema del mundo de hoy, en todos los ejes, es el resultado de nuestra huida de lo liminal.
El libro de Aitmátov comienza con la descripción del encuentro de un zorro con un tren, una fuerza insuperable y aterradora que revuelve todo su ser animal. El libro acaba con un humano y su camello de la misma manera horrorizados por el lanzamiento de un cohete espacial que sacude la tierra y representa un poder contra el que todos somos impotentes. Y a la vez, allí arriba en el espacio, la humanidad se cierra contra un posible contacto con otra civilización porque todo lo desconocido es un peligro: el poder siempre teme al otro con el que no puede. Nosotros somos ese zorro, y ese humano, y ese camello, perdidos en un pequeño apartadero en medio de la nada del vasto universo que nos da pavor porque no lo controlamos; estremecidos ante el tren del tiempo que corre a tal velocidad que no sabemos si nos llevará con el viento o nos aplastará entre las ruedas y las vías; postrados ante el cohete de los cambios que remueven los cimientos de nuestra existencia, y nos parece que no podemos hacer nada, salvo parar el mundo.
La operación que organizan las grandes potencias en el libro para proteger a la humanidad del poder desconocido se llama «Aro». Un aro es el artilugio con el que hacen a los mankurts olvidarse de sí mismos. «Aro» es el título original de la novela, no aprobado por la censura. Aitmátov obviamente nos quería decir que hemos olvidado quiénes somos. Pero ¿quiénes somos? ¿El poder contra la vida? ¿El mal contra el bien? ¿Acaso la vida no lo engloba todo?
¿Y si recordamos que nuestra propia naturaleza no admite las definiciones exactas y las divisiones estrictas, porque somos tanto una cosa como la otra, y mucho, mucho más? No importa cuánto nos asuste el caos de la incertidumbre o nos amenace la certidumbre del caos, no podemos defendernos del futuro con los mapas del pasado. Todo lo nuevo en la vida siempre nace de la unión de los opuestos. Por mucho que nos agarremos a los postes del camino, nada será como antes, ni nosotros lo seremos, porque nunca lo fuimos. Sea donde sea adonde llegue el tren.