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  1. Pedro Picapiedra
    28/10/2026 @ 9:04 pm

    El profesional

    Ay, Melisa.
    La sociedad bondadosa es una caja de impotentes mierdosos. Lo sufriste, pero no aprendiste, siempre esperanzada: otra vez, veamos, otra oportunidad. Las segundas oportunidades crean toros resabiados, más peligrosos.
    Vladimir, con sus veinte años recientes, me estudia, serio a la par que cínico. Un come mundos, brillante torturador, ambicioso y ególatra. Si le dan un pie te tortura el otro y las dos manos, luego las trocea; con estilo y mucha clase, eso sí. La mafia rusa no contrata a cualquier torturador de barrios bajos, contrata a los mejores.
    Da un rodeo a mi silla. Silla en la cual estoy maniatado y maneado, esperando la feroz tortura por mi felonía: aliarme con la policía española para destapar la red local de mafia rusa en Barcelona. La policía, unos tarugos. Hete aquí, atrapado y a punto de degustar mis propios atropellos, mi técnica torturadora.
    Sí, yo pulí y perfeccioné las técnicas de Vladimir. El maestro torturador era yo, el gran profesional, respetado y valorado por la organización local. Pero, apareció Melisa. Me lo advirtieron. ¡Olvídate! La organización no autorizaba tal relación: una drogadicta era una chivata en potencia, un eslabón débil en cualquier cadena delictiva. ¡No!
    Vladimir ojea raudo a los presentes. Toda la plantilla mafiosa local, allá, obligada a contemplar mi escarmiento. Torturado y, finalmente, degollado. Se dispone a utilizar el ahogamiento, luego el arrancamiento de uñas y por último la picana eléctrica.
    Esperaba algo más, por ejemplo, la cuna de Judas. Es bestial. Su estructura piramidal se encuentra al fondo de la sala. La sala de torturas es un doble sótano de unos cien metros que dispone de viejas joyas en el arte del suplicio. La alta tecnología está ubicada en la sala contigua. La cuna de Judas, te cuelgan de los huevos y dan la vuelta a la pirámide. Quedas boca abajo, colgando de los huevos. Más de uno cayó a saco, al suelo, y sus huevos, como colgajos allá arriba.
    Me acerca al gran barreño, tira la silla al suelo e introduce mi cabeza en el agua. Aguanto la respiración. En condiciones normales son treinta o cuarenta segundos, y la gente vulgar comienza a boquear, pero soy duro. Vladimir lo sabe, y ajusta los tiempos. Es un experto, seguro que me atormenta con un ahogamiento de dos minutos. Cierto, cuento un minuto y cincuenta segundos, ha calculado bien. Unos dos minutos. Una tortura correcta, perfecta. Boqueo algo, y él duda. Le hago dudar, es el factor experiencia.
    Boqueo un poco más al pensar en Melisa. Me negué a dejarla. ¿Y…? Muerta en la calle Quintana nº 13. Su espalda sobre una bolsa de basura: sobredosis. Cumplieron su amenaza. No quise, y nos separaron para siempre. Los odié, del primero al último. Asesinos sin piedad. Melisa era mi chica. ¡Mi chica!
    Dos minutos y veinte segundos. Vladimir saca mi cabeza del agua y endereza la silla. La tortura del agua es la primera, él lo sabe. Se acerca a la mesita y revisa las tenazas, es una precaución ineludible. Repasa mis manos izquierda y derecha; yo comenzaba por la derecha, por el meñique, el dolor acrece más en este orden, resulta insoportable. Vladimir es consciente y engancha mi meñique.
    ¡Bien hecho!
    Agarra la uña con las tenazas y arroja ferozmente su brazo al infierno. ¡Agg!, la uña grita y aúlla, resulta arrancada de cuajo y la sangre enrojece el dedo. ¡Diós, que dolor! Agarra el siguiente dedo. Debo aguantar ¡Ag! Qué bien lo hace. Metódico y riguroso. ¡Uff!, qué ramalazo de dolor, me levanta las tripas e impide valorar adecuadamente el trabajo de Vladimir, mis enseñanzas.
    La policía procedió a detener a cuatro mierdas locales de la organización. El Paján local se camufla bajo otros jefecillos segundones. Así aconteció, prendieron a tres jefecillos. Una chapuza propia de la policía nativa, ineficaz a conciencia. Prometieron protección: testigo protegido. Y aquí estoy. Ineficacia a conciencia.
    Melisa muerta, y sin venganza.
    Vladimir finaliza con precisión su trabajo, y mis dedos yacen inflamados, enrojecidos y clamando calvarios y sufrimientos. Muerdo mi labio inferior, un hilillo de sangre brota, destaco mi dolor en la cara el punto necesario. Un punto de debilidad, en su justa medida, engaña, puede engañar.
    Ceñudo, me ojea, Vladimir. Esperaba que a estas alturas el martirio deviniese suplicante. Pero no suplico, y eso cuestiona su trabajo. Una buena tortura si no rompe al torturado es un fracaso. Un absoluto fracaso.
    Agarra la picana eléctrica, una especie de porra cuyo final dispone de dos electrodos. Resulta devastador aplicado al ano y los genitales. Una tortura fuera de serie. Pocos sistemas lo igualan.
    Hago que mi cara refleje un cuadro de terror y la boca de Vladimir sataniza una sonrisa maligna. Cree leer mi miedo, mi rotura. Craso error, niñato creído; con veinte años y se cree un maestro. ¡Niñato! Acera la picana a mis tripas y aprieta el botón. Mis tripas bailan y brincan, pero controlo. Me lanzó hacía Vladimir. Con mis pies y toda mi fuerza me lanzo silla adelante con mi cuerpo. En una dirección concreta, muy concreta: el barreño de agua. Este salta y desparrama su agua cuando la electricidad regurgita y quema salvaje. Brinca y restalla mi cuerpo, brinca y restalla el cuerpo de Vladimir. Quema la electricidad, somos carne quemada, electrocutada.
    Mi último pensamiento: «Vladimir, niñato, qué te pensabas. Cuántas veces te he dicho que las víctimas se las saben todas».

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