Novela de misterio en dublín
Por José María Tovillas Morán
El secreto de Christine
Benjamin Black
Negra Alfaguara Narrativa Hispánica
Editorial Alfaguara
Septiembre 2018
388 págs.
19,86€
El secreto de Christine es una novela de misterio escrita por el autor irlandés John Banville (Wexford, Irlanda 1945) firmada bajo el seudónimo de Benjamin Black. El novelista utiliza su nombre auténtico para sus numerosas novelas serias que le han dado prestigio e incluso le han permitido recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2014 y se protege con un nom de plume como Benjamin Black para las novelas negras.
Dentro de sus novelas negras, El secreto de Christine (originariamente escrita en 2006) es la primera historia de la serie que tiene como protagonista al médico patólogo forense del Hospital de la Sagrada Familia de Dublín Quirke cuyo nombre de pila no aparece en las novelas y no he podido localizar en internet. Actualmente, son ocho las historias que tienen a Quirke como detective aficionado. Ya se ha producido una miniserie británica e irlandesa de tres capítulos para televisión con las historias de Quirke.
Según la página web https://detectivesdelibro.blogspot.com/ , Quirke tiene 40 años, es rubio, nariz partida y corpulento. «Su tamaño desmedido siempre le había resultado un estorbo», aunque pacífico «la única sangre que había derramado en la vida era la de la mesa de disección, aunque de esta sangre fuesen ríos los derramados por su mano». Bebe demasiado, especialmente whisky. Pasa muchas horas en la taberna, el McGonagle donde se ha convertido en un habitual.
La historia comienza en Dublín en los años cincuenta. Quirke descubre por casualidad que Mal(achy) Griffin, considerado el mejor ginecólogo de Irlanda y de una reputada familia que había sido su concuñado (Quirke es viudo de la hermana de la esposa de Mal) falsifica el informe de la autopsia de una tal Christine Falls, uno de los últimos cuerpos llegados al depósito de cadáveres. A partir de aquí, Quirke, adopta el papel de detective aficionado, investigando las causas de la muerte de Christine y desentrañando una historia donde abundan secretos familiares y de clase social y una trama de tráfico de bebés.
El estilo de la novela me ha parecido lento y no resulta sencillo de leer. Creo que le falta ritmo o, mejor dicho, el autor prefiere emplear un ritmo más sosegado que el que se acostumbra a ver en otro tipo de novelas del género policial. Para algunos, el hecho de que la trama sea lenta hace que sea más difícil engancharse a la historia. Desde el punto de vista del argumento, creo que todos los lectores podemos intuir fácilmente qué ha pasado y por qué ha pasado.
Sí es cierto es que se incluyen algunas acotaciones o comentarios de un posible lector omnisciente cargadas de ironía sobre los personajes y el género humano en general. Quizás ese es el mayor atractivo de la obra.
Considero que otro de los elementos destacables de esta novela proviene de su condición de fresco de la sociedad dublinesa de los años cincuenta. Como sucede muchas veces en la novela negra, el marco, el lugar donde se desarrollan los hechos, es también un protagonista de la historia. Algún crítico ha sostenido que esta historia consigue un «Dublín convertido en escenario perfecto de la mejor novela negra». Se trata del otoño dublinés húmedo y gris solamente soportable con una buena copa. Se describen barrios modestos aunque también barrios mucho más acomodados así como parques urbanos y la manera de vivir de sus parroquianos muchos de ellos cercanos a la miseria económica. También aparecen personajes en la novela que parecen arrancados de fotografías del Dublín de la época. Por supuesto, en la trama rezuma la importancia de la religión en ese marco espacio-temporal (para describir a sus colaboradores en la sala de autopsias Quirke emplea la religión protestante de uno y la judía de otro) y también diría yo que destaca como uno de los elementos costumbristas el consumo de alcohol que parece omnipresente.
Si bien es verdad que el protagonismo espacial le corresponde a Dublín también sucede parte del drama descrito en Boston. Quizás el autor con esta técnica está remarcando todavía más la vinculación tan estrecha en lo personal y cultural entre los dos territorios separados por el Océano Atlántico. Algunos críticos han advertido que esta trama paralela en la que no aparece ningún elemento de misterio poco tiene que ver con la trama principal.
A lo largo de la novela he recogido algunas frases que me han parecido que invitan a la reflexión:
No eran los muertos los que a Quirke le parecían extraños. Eran más bien los vivos.
En secreto Quirke apreciaba la soledad como un tesoro, como un sello de cierta distinción.
¿No se supone que los desesperados siempre recurren a Dios?
¿De veras no crees en Dios, Quirke? Yo creo en el Demonio.
La paciencia, la tolerancia, la indulgencia, nunca habían estado entre las no muy numerosas virtudes de Quirke.
A Quirke le dolían las mandíbulas por el esfuerzo de contener los bostezos.
De tanto tratar con los muertos, uno a veces se pregunta por la vida que llevaron.
Era demasiado tarde, o demasiado temprano, para lo que ella bien sabía que quería él.
En irlandés, esa lengua maravillosa que aprendí en la cárcel, la universidad de la clase obrera.
Como si la isleta vacía y lisa en la que había estado felizmente plantado acabara de sufrir un zarandeo preliminar, y a punto estuviera de revelar que no era tierra firme, sino el dorso jorobado de una ballena.