En el principio era el verbo
Por Lesley Galeote
En el principio era el verbo y ahora el verbo ni es ni está. Es el principal damnificado en los atentados diarios perpetrados contra la lengua española en los medios de comunicación tradicionales, en redes sociales y en conversaciones de personas alfabetizadas e incluso universitarias. Se suele señalar al inglés como culpable, pero no es el único, y además al inglés también lo vapulean. Aunque la chapucería también afecta a otras categorías gramaticales, el caso del verbo es sangrante ya que es el motor de la oración, el reactor que inyecta movimiento y agilidad al texto.
La plaga más llamativa es la de los verbos pasivos. Se da en la lengua escrita y en la lengua hablada de los medios, pero no en el lenguaje cotidiano. En español existe la pasiva perifrástica, (El secreto fue revelado), la pasiva refleja, (Se reveló el secreto) y la estructura «A Juan le mató su hermano», que anticipa el complemente directo para poner el foco en el elemento pasivo de la acción sin renunciar al verbo activo. La perifrástica es la opción más plúmbea, pero le está comiendo el terreno a las otras. Encima, a menudo se emplea la oración pasiva cuando sería mejor la activa. El contagio de los verbos continuos del inglés agrava la enfermedad. Veamos algunas joyitas: «Lo de Venezuela estaba siendo preparado durante meses» (de una ex ministra); «Las ruedas cuadradas causan que sea descarrilado el tren» (en la televisión); «Los problemas de infraestructura estaban siendo advertidos por los maquinistas» (Twitter/X); «Un señor estaba siendo preguntado por los medios» (en la televisión).
Se culpa al inglés sin tener en cuenta que en inglés el superávit de pasivas también es un defecto estilístico. O sea, que encima se imita un inglés malo. En el artículo Politics and the English Language (1946), George Orwell achaca este vicio periodístico y académico tanto a la desidia como al deseo de ocultar responsabilidades políticas. Stephen King declara la guerra a los verbos pasivos porque entorpecen la narración (On Writing, 2000). En su batalla recluta a un aliado, el manual The Elements of Style de Strunk y White. En España Armando de Miguel condenó este pecado vicioso en su libro La perversión del lenguaje (1984).

En los noventa yo trabajaba en el Writing Center de una universidad americana. Como a la universidad llegaban tantos estudiantes que redactaban mal, se habilitaron estos despachitos donde les enseñábamos a mejorar su escritura. Tanto los directores como los manuales de escritura insistían en que los verbos pasivos nunca se deben usar por defecto y no es casualidad que los estudiantes de masters y doctorados eran los que más pasivitis sufrían. Los verbos pasivos en cantidad generan un estilo forzado y difícil que mucha gente confunde con un estilo formal. Son el pus de la formalidad impostada; por eso infectan a los medios y los textos escritos, pero no al lenguaje cotidiano.
Quien está poco habituado a redactar confunde formal con impersonal y tira de malabarismos estrafalarios para evitar el pronombre yo a toda costa. Si describe un método de investigación para una tesis, por ejemplo, escribirá «Dos mil cuestionarios fueron enviados de forma aleatoria» en lugar de «Envié dos mil cuestionarios de forma aleatoria». Si el autor quiere dejar claro que ha hecho la investigación y no se la ha encargado a un ente impersonal, ¿qué sentido tiene la falsa modestia? Además, si un tema técnico o científico es difícil en sí, ¿conviene sumarle la tortura de una prosa insufrible? ¿Queremos que nos lean o no?
Otra gripe española es el retroceso del verbo estar. No sé si estar es una víctima colateral de la plaga pasiva o si padece de la influenza to be. Transcribo algunos ejemplos: «No es permitido subir al bar» (empleada en la entrada del hotel Vela); «Esa gente es incentivada por una paga» (Twitter /X); «La Fontana de Trevi siempre es llenísima de gente» (Twitter/X); «El partido político en Madrid es dirigido por Ayuso» (locutor de radio). Curiosamente, muchos estudiantes de inglés creen que to be es ser y stay (permanecer/ pernoctar) es estar. Olvidan que en español ser y estar son dos verbos copulativos que en inglés o francés se funden en uno (to be/ être). El tándem ser y estar aportan matices y distinciones que sería una pena perder.
La semántica verbal está falta de vitaminas, sobre todo en la lengua hablada. Sus anticuerpos caen impotentes ante el virus «hacer», que fagocita a otros verbos. Por ejemplo: «Hicieron (usaron) el mismo sistema. Hacerse (pegarse) un tiro en el pie»; «Hacer (redactar) un escrito» (en la radio); «Muchos donantes han hecho (han aportado) una cuantía» (Twitter /X); «Ha hecho (tomado) una decisión» (Twitter/X); «Hacer (formar) una opinión. Hacer (dar) una respuesta» (en conversación real); «El monito y su madre no hicieron (formaron/forjaron) un vínculo» (Twitter/X); «Hacer (cometer) un error» (hasta en la sopa). En la conversación diaria es un continuo. Armando de Miguel ya describió en 1984 al homo faber. Los verbos baúl o verbos comodín como hacer son parches para un vocabulario pobre.
Muchos anglicismos innecesarios son, cómo no, verbos. Unos pocos ejemplos son: Te aplica (te atañe o te incumbe), colapsar (derrumbarse) reportar (denunciar o informar), o el participio concernido (preocupado). Encima importan anemia cuando desplazan a vocablos más expresivos. «El edificio colapsó» resulta triste e insípido comparado con «El edificio se derrumbó». Pero si pedir precisión es como pedir la luna cómo vamos a pedir estilo y expresividad. Mención aparte merece la reducción del tándem oír/escuchar a escuchar porque se pierden significados. En inglés, sin embargo, la diferencia entre hear/listen to se mantiene incólume.

Los tiempos verbales padecen artrosis. En internet muchos padres se quejan de su poca variedad en las traducciones actuales Los cinco de Enid Blyton en comparación con las traducciones setenteras. Armando de Miguel lamentaba la escasez de futuros y subjuntivos. Y hasta el concepto mismo de conjugación sucumbe ante el «infinitivo radiofónico»: «Decir que…», «Informar que…». Se llama radiofónico precisamente porque brotó en la radio autóctona donde sigue gozando de buena salud. Hoy, además, pulula por las redes sociales y YouTube. Yo lo he avistado en algún mensaje de texto, pero no lo he detectado en conversaciones cotidianas. En inglés no se da nada parecido.
Si consultamos a la Inteligencia Artificial, nos dice que la entropía del sistema verbal es parte de la evolución normal del lenguaje. Será que la IA tiene como ideal lingüístico a Tarzán, ese gran orador.
Sobre todos estos temas se han viralizado dos explicaciones: «es culpa de las pantallas» y «las lenguas evolucionan». Ninguna de las dos resiste un análisis serio. Orwell escribió su artículo en 1946, antes de que se inventara la televisión. Armando de Miguel escribió su libro antes de que se popularizaran los ordenadores y el de Steven King salió antes de la era smartphone. Las pantallas agravan el problema, pero no lo han generado.
Lo de que «las lenguas evolucionan» hacia el balbuceo se lo cree quien no ha estudiado la historia de ninguna lengua. En cualquier momento histórico quienes dominaban de verdad la lengua escrita e incluso la oral han sido minoría. Antiguamente los demás eran analfabetos. Hoy apenas quedan ágrafos, pero se han multiplicado los semilingües, es decir, las personas que conocen dos o más lenguas, pero no dominan ninguna.
Los analistas se obsesionan con manipulaciones políticas o predicciones apocalípticas para el idioma y pasan completamente de lo que le pasa al hablante. Esto es un error de enfoque.
Las lenguas vivas tienen y han tenido siempre recursos sobrados para que un orador o escritor competente genere textos ricos y precisos. Y aunque alteren el vocabulario, las importaciones en avalancha nunca han acabado con ninguna lengua. Si no, el inglés ya hubiera desaparecido. El inglés no se libra de las importaciones como señala Orwell, que se quejaba de los barbarismos en 1946.
Pero cuando un hablante está aquejado de barbaritis, el problema principal es lo que revela como hablante: que no ha consolidado su propio vocabulario y no lo distingue del ajeno. Ningún indigente semántico utiliza una gramática rica y precisa, ni puede aprender bien otras lenguas porque primero no domina la suya. Se quedará flotando en un limbo lingüístico y conceptual llamado semilingüísmo. La pobreza semántica y la conceptual van de la mano, se retroalimentan, e impiden desarrollar ideas claras y precisas sobre ningún tema.
Dominar una lengua requiere un esfuerzo consciente de años que mucha gente no está dispuesta a hacer. Antiguamente la mayoría no podía; hoy los medios son accesibles, pero suele faltar la voluntad y en algunos casos la capacidad. Es cierto que muchos trabajos requieren poco lenguaje, pero muchas profesiones y actividades exigen una buena competencia lingüística sí o sí.
Los mitos de que «la lengua evoluciona» o «la culpa es de las pantallas» exculpan al individuo y proporcionan explicaciones fáciles a quien no quiere pensar. Por eso estos mitos triunfan aunque no son más que excusas para la chapucería.