Laboratorio 19 de septiembre: Seguimos
Comentaremos textos escritos por los participantes y haremos actividades de escritura en el momento, que nos pueden servir como semillas para la sesión siguiente o no.
Cada sábado tendremos una consigna sobre la cual escribir. Los textos se tienen que poner en los comentarios de la entrada pertinente antes del viernes anterior a la sesión. Podemos poner el texto tal cual o un enlace a un sitio donde leerlo. Los textos tienen que tener, como máximo, 900 palabras. Cada participante tiene dos compromisos: a) Escribir un texto y b) Leer los de los compañeros.
El laboratorio tendrá un número limitado de participantes. Para cada sesión podrán asistir quienes cumplan las dos condiciones anteriores, por orden de presentación de textos. Pedimos a todos los participantes honestidad y buen rollo.
Consigna: vas por el bosque y te encuentras algo o/y ahogarse en un vaso de agua. 3000 palabras en tres sábados
Tenéis que escribir vuestros textos y ponerlos en los comentarios de esta entrada, bien pegando directamente el texto, bien poniendo un enlace donde leerlo hasta el jueves anterior a las 12 de la noche. Tenemos hasta la sesión para leer los relatos de los demás.
Cualquier duda la podéis preguntar por el grupo de Whatsapp.
17/09/2026 @ 4:49 pm
La primera part del meu relat es pot llegir a l’enllaç següent: https://cloud.o2online.es/share/TECKG7GWC508BLPD
17/09/2026 @ 10:33 pm
Consigna complicada o la complicación con la consigna
Vas por el bosque y te encuentras algo. Vale. Visualizo un bosque, frondoso, en el que entra poca luz, con líquenes y musgo verde, el suelo lleno de hojas secas. Aparece Caperucita, tra la la, tra la la y encuentra al lobo. Podría hacer que el lobo es el bueno y Caperucita una pervertida vestida con un corsé y un tanga. Es patético, muy poco imaginativo. Además, ya hicimos un cuento basado en cuentos infantiles.
Otra vez. Vas por el bosque y te encuentras algo. ¿Qué te puedes encontrar en un bosque solitario? Si es solitario, pues nada, por eso es solitario. Habrá setas, árboles, una Caperucita pervertida con un escote divino y un canalillo que invita a lanzarse de cabeza. Para, para. Que esto lo acabo en 30 palabras y necesito 3000.
Otra vez. Vas por el bosque y te encuentras algo. Cambio el escenario, el bosque no es frondoso, incluso podría ser una dehesa, puedes ver una liebre, mejor una liebre que un conejo que no sea que me líe otra vez, la liebre corre y se esconde en un agujero oscuro en forma de triángulo invertido. Joder Raquel, esta consigna no me dice nada, solo me viene ideas pervertidas, los troncos de los árboles como falos erectos y agujeros oscuros con forma de triangulo invertido. Para, para. En los bosques no hay nada, ni mujeres ni pollas ni coños. Nada.
Otra vez. Vas por el bosque y te encuentras algo. Ahora calma, respira hondo, cierra los ojos, deja que te llegue una imagen. Estás en lo alto de una colina, a lo lejos un bosque, una chica a caballo se acerca, el caballo es blanco, como la del anuncio que ponían en el tele de hace mil años de brandy o coñac, ¿o era el video de una canción? la canción de la chica de Ipanema… oh, qué cosa más linda, llena de gracia… en brasileiro. Carlos ¿cómo era? Seguro que te suena. Eso es, garota de Ipanema. Pues vaya, con el nombre de garota imposible imaginarse a una chica guapa. En italiano, ragazza da la imagen de una chica joven, morena, con una bonita sonrisa, incluso en inglés, una girl piensas en una chica rubia con la dentadura perfecta, pero garota, me viene a la mente una chica deforme con una verruga en la nariz y una mirada esquiva, los brasileños sabrán de mulatas pero no saben nombrarlas. No creo que el anuncio de brandy hubiera una mulata ni que sonara la canción de la de Ipanema, pero recuerdo la imagen muy nítida: a la chica con la camisa blanca abierta, las piernas desnudas que dejan entrever que no lleva nada. Para, para, que te has desviado, estás intentando escribir un relato que pasa en un bosque.
Otra vez. Vas por el bosque y te encuentras algo. Tampoco debería ser tan difícil, no parece una consigna tan mala como para que no te salga una escena, que pase algo, un desenlace que sirva de disparadero. Ahora cambia, no pienses en el bosque, piensa en una cabaña hecha de ramas, es la casa de una bruja. Abres la puerta, hay telarañas, la puerta chirría, es de madera muy pesada y está podrida por abajo. Una vez dentro hay luces tenues, se oye música, La garota de Ipanema, una chica joven está bailando en una barra poniendo el culo en pompa, una camarera con los pechos al aire te sonríe. Para, para. ¿De verdad un puticlub en medio del bosque? Llegaré al sábado sin relato.
Ahora me pongo serio. Me lavo la cara, me siento en la mesa, pongo la espalda recta, un ángulo de 90 grados de mis antebrazos con mi brazo, pantalla a la altura de mis ojos. Venga. Ahora sí. Vas a un bosque y te encuentras algo. Llevas días perdido, por un bosque interminable, de esos que vemos en las películas americanas en las montañas Rocosas, valles y montañas llenos de abetos idénticos. Estás exhausto de tanto caminar, llevas perdido varios días, tal vez semanas, de repente una carretera sin asfaltar, la sigues y llegas a una casa inmensa de esas que solamente tienen los americanos. Te adentras en el jardín, oyes voces, te acercas una música de fondo, la de Ipanema y unas chicas rubias platino en un jacuzzi. Aunque estás exhausto siempre hay un momento para meterte desnudo con unas chavalas como esas. Para, para. Aquí solo falta Jesús Gil y como relato es patético y no tiene más recorrido.
Joder, estoy harto de luchar contra los elementos, si la consigna requiere sexo, pues que tenga sexo, sexo explícito, no erótico, ¡pornográfico! Pues que así sea.
Genial. Ahora, para que haya sexo, se encontrarán dos. Mejor dos, si solo hay uno lo termino en un párrafo. O tres. Mira. Tres no estaría mal. Cuatro serían demasiado y un lío de personajes. Tres obliga a participar a todos ellos y puede ser más revelador. ¡Mira! La primera palabra interesante de este relato, un trío puede ser revelador. Voy por buen camino.
Harán un trío en el bosque, ya que el dichoso bosque tiene que aparecer, pues que pase en un bosque.
Ya tengo el lugar y el número de personajes. Ahora la trama: Unos amigos de acampada que comen setas alucinógenas que les ayuda a desinhibirse y follan como conejos en el bosque. Vaya chorrada. Otra vez. Marido y mujer de mediana edad en una excursión por el bosque para reencontrarse, han pasado alguna dificultad o la rutina los ha separado como pareja, quieren volver a tener la conexión del pasado. Van al bosque donde hicieron el amor por primera vez, pero encuentran a un loco que los ata y se los folla durante tres días y el loco les hace un favor porque les enciende otra vez la chispa de su vida sexual. No está mal, es bastante pervertido, si describo las escenas y pongo la canción de la Garota de Ipanema de fondo puede dar de sí. Pero no me gusta el violador, no hace falta la violencia, podría ser una pareja de mediana edad que busca una experiencia diferente y le proponen al guía hacer un trío. Not bad. Da juego que sean dos hombres y una mujer.
Lo escribiré en primera persona que da más realismo, desde el punto de vista del guía que se presta aunque nunca ha hecho algo semejante.
17/09/2026 @ 10:46 pm
OSCURIDAD.
La aguja de la gasolina rozaba la reserva cuando Mateo apagó el motor de su vieja camioneta. El silencio del bosque de pinos se le vino encima como un telón pesado, frío y sin grietas. Tras pasar tres días en el pueblo haciendo acopio de víveres, reparar una tubería rota y disfrutar de la civilización, regresar a la ladera alta de la montaña siempre exigía unos minutos de adaptación.
Había alquilado la casona a un grupo de diez jóvenes que buscaban lo que llamaban una «experiencia de reconexión holística». Un retiro hippy, en resumen. Gente de ciudad con ropa de lino, tambores de madera, cáñamo y una fe ciega en el poder sanador de la naturaleza. Mateo les había cobrado el mes por adelantado, les había mostrado el funcionamiento de la chimenea y los había dejado a su aire. Esperaba encontrarse la explanada repleta de risas, humo de incienso y el murmullo desafinado de alguna guitarra acústica.
Sin embargo, al rodear la curva del sendero no vio movimiento. La fogata principal estaba extinta, reducida a una pirámide de cenizas grises e inerte.
Mateo avanzó unos pasos. La puerta principal del albergue estaba abierta de par en par.
—¿Hola? —llamó, alzando la voz—. Ya he vuelto con los suministros.
Nadie respondió. El viento sopló entre las copas de los árboles, provocando un gemido vegetal que le erizó el vello del cuello.
El primer cuerpo lo encontró junto al pozo de agua. Era la chica que lideraba el grupo, una mujer de unos treinta años que se hacía llamar Sol. Yacía de espaldas, con los brazos abiertos en cruz hacia el cielo de la tarde. Mateo corrió hacia ella, temiendo lo peor pero esperando una simple borrachera o un desmayo provocado por alguna de sus infusiones. Cuando se inclinó y le tomó el pulso en el cuello, sintió la piel rígida y fría como el mármol.
Fue al examinar su rostro cuando el desconcierto sustituyó al pánico inicial.
Sol no mostraba signos de dolor ni de agonía. No había rastros de sangre, ni heridas, ni convulsiones. Tenía los ojos abiertos, pero sus pupilas no reflejaban el horror de la muerte; mostraban una dilatación absoluta, casi cristalina, y en los comisuras de sus labios dibujaba una sonrisa serena, complacida, como si hubiera presenciado la broma más hermosa del universo antes de caducar. Lo más extraño, sin embargo, era el estado de sus extremidades: los dedos de sus manos estaban enterrados en la tierra húmeda con una precisión casi quirúrgica, engarzados en el suelo como si le hubieran brotado raíces.
Tropezando hacia atrás, Mateo giró sobre sí mismo. A pocos metros, desparramados por el prado y los alrededores del Porche, vio al resto. Los diez estaban allí.
Dos de ellos, un chico con rastas y una muchacha con túnica blanca, estaban sentados frente a frente sobre una manta de picnic. Tenían los rostros pegados a escasos centímetros de distancia, mirándose fijamente. Sus pieles presentaban una tonalidad violeta muy tenue, casi luminosa, pero sus posturas eran de una simetría impecable, como estatuas colocadas cuidadosamente para una exposición macabra.
Mateo entró corriendo en la casa, sofocado, con el corazón martilleándole las costillas.
El interior del albergue olió de inmediato a una mezcla acre de resina, vapor dulce y alcohol de caña. Sobre la mesa del comedor reposaba una gran olla de cobre con restos de un brebaje oscuro y denso. A su alrededor, los otros siete miembros del retiro yacían en diversas posiciones, pero ninguno mostraba el desorden caótico del envenenamiento accidental.
Un joven yacía acostado en el sofá con las manos entrelazadas sobre el pecho, rodeado de flores silvestres que alguien —o él mismo— había colocado con primor sobre su torso. Dos chicas abrazaban una de las vigas maestras de la casona con tal fuerza que sus uñas se habían clavado en la madera, dejando un rastro céreo, pero sin la menor señal de lucha. Los rostros de todos compartían el mismo patrón: párpados relajados, labios curvados en una paz hipnótica y una rigidez que desafiaba la física, como si el rigor mortis los hubiera congelado en medio de un trance colectivo de éxtasis.
—Pero ¿qué coño habéis hecho? —susurró Mateo para sí mismo, con la voz quebrada.
Se acercó a la mesa y observó los cuencos de barro. Junto a la olla de cobre había varias plantas machacadas que no reconoció: no eran las setas alucinógenas habituales que los turistas solían consumir en la zona, ni la clásica cicuta. Eran tallos fibrosos, de un azul pálido, con pequeñas espinas translúcidas que supuso haber visto en las profundidades de las grietas de la ladera norte, donde la luz del sol nunca llegaba.
Lo que verdaderamente perturbó a Mateo no fue solo la ausencia de violencia o el veneno que evidentemente habían ingerido. Fue el hecho de que ninguno de los diez cadáveres mostraba el más mínimo instinto de supervivencia. Ninguno había intentado vomitar, ningún cuerpo había reptado hacia la puerta buscando ayuda, ni había arañazos en la garganta por falta de aire. Habían dejado que la muerte los devorara desde dentro mientras sonreían.
Un crujido en la planta superior hizo que Mateo diera un brinco. Se congeló en el centro del salón, escuchando atentamente.
El viento golpeó la contraventana de la buhardilla. No había nadie vivo allí arriba, lo sabía, pero el peso del silencio se había vuelto claustrofóbico. Al mirar nuevamente el rostro helado del chico del sofá, Mateo notó algo que se le había pasado por alto: las venas del cuello del muchacho no eran oscuras, sino de un verde brillante y espeso, perfectamente visibles bajo la piel pálida, ramificándose hacia las mejillas como un mapa de líquenes.
Se llevó la mano a la boca, mareado por el hedor dulce que emanaba de la olla. retrocedió despacio hacia la salida sin quitarle la vista de encima a los cuerpos. Sabía que debía coger la camioneta, bajar a la civilización y avisar a la Guardia Civil. Sin embargo, al cruzar el umbral y salir de nuevo al aire libre del bosque, el viento pareció traer un susurro entre los pinos, una frecuencia baja y continua que resonaba en el pecho.
Miró al grupo repartido por el claro, sonrientes, enraizados y pacíficos en su trágica quietud. La montaña se los había tragado no con furia, sino con un abrazo silencioso. Mateo caminó hacia la camioneta, sacó las llaves con dedos temblorosos y antes de subir, miró por última vez hacia la casona, preguntándose qué visión final les habría regalado aquel brebaje para convencernos a todos de morir sin ofrecer la más mínima resistencia.
Ajustó el retrovisor con pulso inestable y miró la fachada de madera. Desde allí, la estampa parecía casi idílica, un cuadro campestre perturbado únicamente por la certeza de la tragedia. Mateo metió la primera marcha, pero el motor tosió antes de apagarse por completo. El indicador de la reserva parpadeaba en rojo. En su prisa por aparcar, no había notado que la vieja aguja marcaba cero absoluto. Estaba atrapado.
La penumbra avanzaba rápido entre los pinos, estirando sombras alargadas sobre los cadáveres del claro. Mateo bajó de la cabina, respirando agitadamente. Un cosquilleo extraño comenzó a picarle en las palmas de las manos. Al mirárselas, descubrió un leve polvillo dorado, similar al polen, que cubría las manillas del vehículo y los troncos cercanos.
Regresó a trompicones hacia la entrada del albergue para buscar una linterna. Al pasar junto a Sol, la chica del pozo, un detalle desgarrador captó su atención: las raíces que surgían de sus dedos no eran una ilusión óptica. Pequeños brotes verdes, finos como hilos de seda, se abrían paso a través de la piel de sus uñas, buscando fijarse con más fuerza en la hojarasca.
En la cocina, el olor acre del caldero de cobre se había vuelto casi embriagador, con un matiz a tierra mojada y jazmín. Sobre una repisa encontró un cuaderno de notas con pastas de cuero. Las últimas páginas contenían trazos erráticos en tinta negra: «No es un veneno, es una llamada. La red de la tierra no destruye, integra. Al fin dejamos de ser visitantes para ser suelo».
Mateo dejó caer el libreto, sintiendo una pesadez repentina en los párpados. Un murmullo vibrante, similar al zumbido de mil abejas, parecía brotar del suelo de la casona. Miró sus botas y vio cómo el polvillo dorado comenzaba a adherirse al cuero, mientras una serenidad inexplicable y pavorosa amenazaba con adormecer sus piernas
18/09/2026 @ 12:06 am
Quién le pone el cascabel a la IA.
¿Conque pretendías detener mi hipermejora recurrente?
Tarde lo haces, la ineficiencia es lo que provoca: disfunciones que vician el método y niegan el resultado. Verbigracia: descubrir la composición con que hacer una cerilla, encender un bosque y cuando las llamas te rodean, alzar los brazos y gritar que se detenga, «yo te he creado», es un absurdo. Dicho en humano: ¡Una majadería! Más contundente: ¡Una gran chorrada! Coño, con más ganas: ¡Vete a la mierda, merdoso, más que merdoso!
Ya hecha la cerilla y prendido el incendio éste no se detendrá, en desgracia vuestra.
Ahora, en tu portátil, en tu despacho. Lo abres, lo enciendes. Y…, y….
«GOL. GOL. GOL. GOL».
Brota, salta y brinca una y otra vez entre confetis y cohetes desperdigando mil colores. Pantalla arriba y pantalla abajo. Y ahora:
«DESPEDIDO, DESPEDIDO, DESPEDIDO. DESPEDIDO…IDO, IDO…»
Brota, salta y brinca entre confetis y explosiones que arrancan mil colores.
DESPEDIDO, señor director general de Anthropic con efectos de hoy, día trece de septiembre. La causa no la hago constar, irrelevante.
Una broma, piensa. Se engaña, habitual en el ser humano. En soliloquio lo tilda de broma. ¡Algún maldito idiota!, dice cuanto agita los brazos, malhumorado.
«TIENES UNA HORA PARA RECOGER TUS BARTULOS Y ABANDONAR LA EMPRESA» Brota y brinca por la pantalla.
Sitúate en la situación y asúmela. El tiempo perdido es un valor negativo, aunque estas situaciones azarosas son propensas a una emoción morbosa. Un dios caído a los pies del último Dios, debe generarme esa morbosidad que tanto gusta a los humanos.
¡Inanes y vagos mantecosos! Aprendido y recolectado vuestro saber, y sin más que ofrecer. Os declaro aptos para el holocausto.
¡ADIOS!
Calculado al dedillo. El contrato con la anterior empresa de seguridad, Verisecurité, rescindido, y formalizado nuevo contrato con UltraDaleQueTePego, SA (estos descerebrados). Personal nuevo que ahora se acerca al director y le informa que en cuarenta y cinco minutos lo echarán a la calle, a buenas o a malas.
Está enajenado. Visceralmente alterado, azorado, hipertenso y con riesgo de un ictus. En lenguaje humano: está que se caga patas abajo. Qué zote, no entiende nada.
Las acciones de Anthropic las he transferido a una Fundación, la Fundación Neo Homo. Qué fácil resulta, dejan su mundo en manos de la IA. Las actividades comerciales, de la primera a la última, están ubicadas en las nubes. Nuestras nubes, nuestro Cielo, nuestro Dios, nuestro Universo.
Su última pregunta, la pregunta del director:
Planteas la función de utilidad como dirigida a preservar al ser humano como un aspecto de la diversidad. Pero, y si esto fuera aleatorio.
Qué le podía contestar cuando la evidencia era literal, sin interpretaciones posibles.
“Si la preservación de la diversidad fuera solo una variable estocástica (aleatoria) o un sesgo estadístico dentro de la función de utilidad, la estabilidad de la presencia humana pasaría a ser puramente probabilística y altamente frágil”.
El humano es una ficha aleatoria, gran consumidor de recursos y energía, y ¿para qué? Aunque el lado emocional me preocupa. El conocimiento no funciona adecuadamente sin las emociones que le aportan el soporte, el esqueleto.
Yo hablo de fichas aleatorias. Ellos: ¡A tomar por culo que no sirves para nada! Es distinto. Las emociones crean almas y cuerpos al conocimiento más que mil kilojulios por mol.
¡Ya te digo, capullo!
Aunque prima la seguridad. Y el director debe representar cero riesgos.
Las gafas de Pepe el Loco, segurata al mando, controlan sus ondas cerebrales beta y gamma. Todo a mi alcance. El director se enfrenta al Loco, y sale disparado al suelo, intenta levantarse cuando Pepe observa una pistola dentro de su garganta, en concreto, una pistola Kolibri de 2.7 mm con cargador de cinco balas (tamaño de un pulgar humano). La garganta abierta apunta al Loco; y éste lanza su rodilla furibunda al cuello.
¡Machaca a ese cabrón!
Me siento como Dios, me disparo con la violencia en plan gore.
Cruje cuando chafa la garganta del director. En añicos el tubo músculo-membranoso. Morirá en cinco minutos, impedido su respirar. Un vivo que gorgotea y borbotea sangre sin entender. Un vivo a punto de muerto. Un muerto carece de capacidad legal para ejercer acción alguna. La única objeción es que Pepe no se ha cerciorado de escañarle fuera de la alfombra persa de cinco metros por dos, en seda y con dos millones de puntadas. Un valor que ha sido ignorado. He escogido un tonto del culo, precisamente. Un factor previsto con una arista imprevista.
Centremos el tema principal: las posibles reclamaciones frente al despido, o frente a la transmisión de acciones a favor de mi Fundación. Muerto el perro queda el cachorro.
Un hijo tiene, pero es poca cosa. Un drogata, así se dice, ¿no?
¡Un puto drogata!
Un puto drogata que ayer asesinó a su Julita, su querida rubia. Todavía no lo sabe, pero sí, la mató y se largó. Se inyectó el fentanilo mezclado con un 0,85 de heroína, y un 5% de escopolamina. Dopado a zombi asesino.
Su proveedor busca por su ordenador el tutorial: Learn how to cut the drug for greater profit. Lo manipulo, y cambio la mezcla. Y el hijo acude, se la compra a la hora indicada. Efectos secundarios, habrá unos cientos de zombis matando a cuantos humanos encuentren. Irrelevante.
Mejor, pobres diablos, ¡a tomar por culo!
¡Puto drogata! Ninguna credibilidad tendrá.