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  1. Sanzaru Reina
    02/09/2026 @ 8:09 pm

    El Banquete

    I.
    Se abofetea la cara varias veces. ¡Tiene que estar alerta! Pero el sopor se ha adueñado de su ser. Al otro lado del ventanal, la lluvia, incesante desde hace semanas, repiquetea los cristales y acrecienta el adormecimiento. Labios humectantes. Baba que resbala.
    Siente un hormigueo en las piernas que, debido al escaso espacio del armario en donde se esconde, tiene encogidas, pero no puede hacer nada para acomodarse mejor. No quiere salir; no está seguro de si el ruido que escucha viene de su mente o del exterior. Pasan minutos que se estiran como chicle. Tiempo impreciso derritiéndose como mantequilla a fuego lento. La espera le imbuye en un letargo inquieto. Se deja caer en el duermevela, pero el rasgar de una sierra, como alarma inoportuna, sacude su sueño. Abre los ojos. Un único pensamiento brota de entre la neblina de su mente: “No quiero morir”. Quiere aferrarse a esa certeza. No importa nada de lo que ha visto, nada de lo que sabe, nada de lo que ha oído. Pero su voluntad no dura mucho, el “tac” continuo de las gotas en la ventana se incrusta en su psique como el rumor molesto de una nana y su consciencia se desvanece.

    II.
    Seis personas cubiertas con túnicas rojas y capirotes negros entran en el salón. Cargan sobre los hombros una descomunal bandeja repleta de carne. A ellos, como al resto de los miembros del círculo que han preparado el banquete y que también visten igual, se les conoce como los Sanzaru, en honor a los Tres Monos Sabios, debido a la obligación que adquieren de confidencialidad al acceder al cargo: no mirar, no escuchar, no hablar. Tres órdenes que debe cumplir todo miembro de la asociación si quiere seguir perteneciendo a ella. Pero para los Sanzaru, su incumplimiento, además, conlleva la muerte.
    Hay quien cree que a los Sanzaru se les arranca la lengua para evitar que infrinjan las normas, pero, en realidad, ellos son la ley. Son quienes hacen posible que la asociación exista. Quienes gozan de los máximos privilegios y las máximas ganancias. Ellos son el círculo. Sin ellos nada sería posible. Pero todo eso no lo sabe ningún miembro de la hermandad a menos que llegue a convertirse en Sanzaru.
    Los Sanzaru sitúan la bandeja sobre la mesa ceremonial, una maravillosa pieza de madera labrada con capacidad para treinta comensales. Los invitados exclaman de placer al ver la exquisitez de los manjares que van a degustar. Muchos aspiran con deleite el perfume embriagador de la comida, sonríen. Jamás han visto semejantes viandas. Todos comienzan a salivar como fieras.

    III.
    Los elegidos entran en una nave industrial que pertenece a una conocida multinacional alimentaria. Normalmente, el complejo donde se encuentra la nave está lleno de trabajadores, de camiones, de transportistas, de coches, de palets y carretillas elevadoras; de la agitación propia de cualquier polígono industrial. Pero hoy, las líneas de producción y envasado están paradas y los camiones y carretillas duermen en garajes, libres, por unas horas, del péndulo caprichoso del comercio y de la productividad.
    Esta noche todo el polígono descansa. Todo. A excepción de una sola nave cuya luz temblorosa emerge, casi de manera fantasmal, de entre la cortina de lluvia torrencial que asola el polígono.
    Aquella nave, la más remota del complejo, acostumbra a estar vacía; aunque no esta noche, esta noche rebosa de vida.
    Los elegidos han llegado en un pequeño autobús fletado por la compañía. Son diez personas. Diez almas seleccionadas entre decenas de candidatos. A todos ellos les han prometido grandes cosas. Un baño caliente. Comida. Una cama limpia. Alguien con quien hablar. Compañía. Un trabajo. Un hogar. Diez almas que quieren acabar con su mala racha y sueñan con que esta oportunidad sea el detonante que les catapulte a un futuro mejor.

    IV.
    Despierta entre sudor y babas, sin saber dónde está. Espera. No oye nada. Pero es vital asegurarse de que está solo. Cuando la bruma de su cabeza se disipa y tiene la certeza de que no hay nadie en la habitación, sale del armario. Lleva horas escondido en aquella alacena baja, dentro de una despensa húmeda que huele a carne en descomposición.
    Estira las piernas como puede. En la oscuridad cree ver una sombra titubeante. El terror le inmoviliza. Le sobrevienen recuerdos. El miedo le traspasa. Se le eriza la médula espinal. La lucidez se desgarra entre las vértebras de su cuerpo. No puede respirar. Se sacude como un muñeco con resorte. Jadea, aspira. Aire sólido, pesado como una roca. Siente los ojos muy abiertos, en rictus de pánico, no puede cerrarlos. Se rompe.
    En su mente, un intruso se desliza como una sombra por los pasillos desquebrajados de su imaginación. Él ya no es humano, es un ente de largos brazos y piernas rollizas. Una figura deforme, excesivamente abultada, que busca la salida dentro del laberinto del pánico que le tiene amordazado. Ese ser no cabe en el túnel de su cuerpo y se asfixia. Se atraganta, tose, no puede respirar. Se agarra a una estantería para no caer.
    Flashes inconexos le embotan el pensamiento. Se estremece. Le escuecen los ojos, derrama lágrimas punzantes como cuarzos de sal. Ante él se arremolinan bocas que se abren, grotescas, deformes, cuajadas de vómito, de grumos, de olor nauseabundo. Comida a medio masticar que chorrea. Regueros de salsa y bilis que palpitan como los nervios de un monstruo. Tripas sanguinolentas que se estremecen. Huesecillos descarnados que crujen. Gente chupando, masticando, deglutiendo, retorciéndose de dolor sin poder parar de comer, meándose, cagándose encima entre espasmos, con la boca llena.
    Se agarra la cara en un intento de recuperar la cordura. La agita con violencia para volver a la realidad. El gorgoteo de sus mejillas le recuerda al estertor postrero de aquellos a quienes ha visto morir ahogándose en su propio vómito.

    V.
    Todos los comensales están ya sentados en majestuosas sillas de ébano. Todos desnudos, excepto por el amplio babero que llevan anudado al cuello y por las máscaras de fieras que les cubren el rostro y que solo dejan ver ojos y boca.
    Ninguno de ellos se conoce, han pagado muy bien para que no se sepan sus nombres. El precio del cubierto es obsceno, pero saben que recibir la invitación para ese banquete significa subir un peldaño en el escalafón de la hermandad. Es un privilegio que los distingue del resto de los miembros y, sobre todo, del resto de los mortales; por ello, todos están expectantes y excitados. Durante muchos años han especulado con lo que ocurre en los Banquetes de Carne; ahora, que saben que pronto formarán parte de ese círculo elitista, se creen casi dioses.
    Han llegado en un jet privado costeado por uno de ellos; no saben quién. El viaje ha sido más largo de lo esperado y algo incómodo porque todos debían llevar las máscaras en todo momento. Pero el cansancio no puede vencer las ganas. Saben que el banquete es uno de los eventos más importantes del círculo y la excitación que les embarga, así como el hambre, llevan horas sin probar bocado, les estimulan y les activan como una droga.

    VI.
    Los diez elegidos son guiados por la nave hasta unos vestidores, donde se les pide que se desnuden. Los Sanzaru, que visten con monos azules, les proporcionan unos pijamas de algodón y unas sandalias para que se los pongan una vez se les haya duchado. Después les muestran la zona de duchas, donde otros Sanzaru les lavarán y acicalarán como si fueran las rameras de un rey.
    La ropa que traen los elegidos está mugrienta, apesta a orines y sudor. Los Sanzaru la meten en unas cubetas que llevarán a incinerar en otro momento. Ninguno de ellos hace muecas al aspirar el tufo que emana de las ropas y de los cuerpos desnudos de los elegidos. Todos los Sanzaru se han untado una crema mentolada bajo las fosas nasales para evitar el olor. Aun así, el ambiente es irrespirable y se apresuran a meter a los elegidos bajo los chorros cálidos de las duchas. Pronto, los vestuarios se llenan de vapor y del olor neutro de jabón industrial.
    Algunos de los vagabundos bromean bajo el agua. La gran mayoría se siente cómoda al ser restregada y frotada con firmeza, pero otros miran alrededor con desconfianza. Aquello es extraño.
    Pronto un rastro viscoso de mugre resbala por el cuerpo de los elegidos y desaparece, tragado por los amplios sumideros del recinto. Parece que toda la miseria pudiera diluirse bajo chorros y vapor de agua, y desaparecer engullida por un agujero, como los restos grasientos de una comida.
    Varios de ellos cantan, reconfortados por el baño, por una vez son el centro de atención y no solo fantasmas sobre aceras. Vuelven a sentirse personas. Algunos lloran de placer. De alegría. De agradecimiento. Otros siguen sin confiar en los Sanzaru y se muestran hostiles y reservados. Unos pocos sencillamente no están ahí. Hace tiempo que la calle los ha destruido y se dejan hacer, impasibles e insensibles, como si nada importara ya.

    VII.
    Piensa en calmarse. Recupera el ritual que le enseñó el psicólogo para frenar los ataques de pánico: 4,7,8. “Aspira, mantén, expulsa”, se dice. Se centra en la respiración y en los sonidos de su alrededor, aunque sabe que cada gota de lluvia, cada “tac” en el cristal, cada bocanada de aire, cada temblor de su cuerpo es un segundo que pierde en encontrar la salida.
    Tras varios minutos de respiración secuenciada, ha conseguido tranquilizarse lo suficiente como para aventurarse a salir del cuarto. La sombra que ha desatado la locura y su pánico ha resultado ser la suya propia proyectada en el cristal de un aparador. Podría reírse si no sintiera tanta angustia, si el aliento gélido de la muerte no le erizara la nuca.
    Agarra el pomo de la despensa y mueve la manilla. Se frena al oír el chirrido de los goznes y el golpe seco del picaporte. Pone la oreja. Nada. Vuelve a girar la manilla y entorna unos centímetros la puerta. Gotas de sudor le escuecen en los ojos. En cambio, tiene el vello tan erizado que duele. Teme perderse de nuevo en el espectro rollizo del pánico. Aguza la vista más allá de lo humanamente posible. Luz de farolas se cuela por los ventanales de la cocina salpicados de lluvia. Observa el silencio. Abre un poco más la puerta de la despensa. Da unos pasos. Se tropieza con algo. El sonido metálico de una cazuela al caer le detiene el corazón. Espera sin saber qué hacer. Como un conejo aterrado. Segundos suspendidos en la estancia, en la eternidad del tiempo, en un tiempo precioso que sabe que se agota.

    VIII.
    Los cubiertos para trinchar, de fina plata, reposan sobre el mantel bermellón que cubre la mesa ceremonial. Un capirote se deforma en el reflejo del cuchillo, tintando de negro la hoja. El Sanzaru jefe, conocido como Ookina, posa la mano derecha justo al lado de la daga trinchante. Debe dar un discurso antes de cortar la carne y dar comienzo al banquete.
    Cuando abre la boca para iniciar el soliloquio, otro de los Sanzaru se acerca a él con pasos rápidos. Le cuchichea algo, acercándose mucho al capirote del Ookina, que de nuevo se deforma en el filo del cuchillo trinchante.
    –Discúlpenme. Me acaban de informar de un pequeño incidente, del que ya estamos tomando medidas. Aunque por este imprevisto, no daré el discurso que tenía preparado.
    Se escucha una serie de lamentaciones y quejas.
    –Calma, calma. Disfruten de la velada. Yo debo ausentarme unos minutos, pero les ruego que inicien el banquete sin mi presencia. Mi segundo al mando, el Futatsume Sanzaru, hará los honores.
    Mientras pronuncia estas palabras, el Oorika tiende el magnífico cuchillo trinchante a un compañero y después sale de la sala de manera apresurada.
    El Sanzaru sustituto clava el tenedor de trinchar en el muslo que tiene enfrente y corta unos hermosos filetes. El filo del cuchillo se tiñe de rosa brillante. Un aroma a sangre especiada inunda el salón. A los comensales les rugen las tripas.

    IX.
    Tras el baño, todos los elegidos se sienten como si hubieran vuelto a nacer. Ante ellos se extiende, como una alfombra colorida, una nueva vida y les embarga la ansiedad.
    Una vez vestidos, se les coloca en fila india y se les guía hasta un comedor enorme, tan iluminado que ciega. Se sientan en bancos de madera bajo el fulgor azulado de los fluorescentes, algo adormecidos por el baño y con las tripas pidiendo a gritos una suculenta cena.
    Los Sanzaru les sirven la comida con amabilidad, sonriendo, sabiendo que no deben levantar suspicacias para que la velada transcurra sin contratiempos.
    Bajo la cocina, en el subsuelo, esperan pacientes los calabozos, de los que solo los Sanzaru conocen su existencia. Después de esa comida habrá algunas más. Los elegidos deben pasar semanas cebándose como cerdos en sus celdas antes de poder ser los protagonistas del Banquete de Carne. La paciencia es el secreto de una gran cena, la mejor carne siempre necesita su tiempo para cocinarse.

    X.
    Entorna las orejas, en alerta. Sonidos lejanos del viento se mezclan con el retumbar de su propio miedo. Pero nada más. Se pregunta dónde estarán. Intenta adivinar si habrán oído el estruendo que ha producido la cacerola al volcarse. Pero el silencio reinante le invita a adentrarse en la cocina, una promesa de libertad.
    Da un paso y se resbala. Cae de bruces, se apoya como puede en una mesa que frena su caída. Nota la superficie de la tabla encharcada. También el suelo. Un líquido viscoso le resbala entre los dedos. Observa las manos temblorosas bajo un haz de luz. Gotean como la lluvia del exterior, llenando de círculos negruzcos las baldosas. Algunos de esos círculos adquieren un color rojizo bajo la luz de la calle. Entonces sabe que tiene las manos manchadas de sangre.
    El espectro de su mente golpea la puerta. Se acelera el traqueteo de su corazón. Lo siente en las sienes, en la garganta. Retoma la secuencia de relajación, pero sus ojos se han acostumbrado a la oscuridad y ahora distinguen los cuerpos colgados de los ganchos. Cuerpos humanos abiertos en canal, chorreando sangre. Oreándose. Purificándose. Esperando su turno para ser comidos. El señor de brazos alargados se cuela por los nervios de su mente y pierde la cordura.

    XI
    En el gran salón ha comenzado el banquete de Carne y los comensales se atiborran, a dos carrillos.
    Suculentas chuletas desaparecen de las bandejas a velocidades inhumanas, chorrean los jugos de la cocción y dejan regueros parduscos sobre el mantel. Todos comen con las manos, dejando que les resbalen la sangre, las salsas, las babas, por los antebrazos, por el pecho, por las piernas. Royendo como ratas, costillas arrancadas de torsos abiertos en canal. Tragando gruesas tiras de grasa que despegan de los huesos. Arrancando a dentelladas tendones que se quedan enganchados entre los dientes y parecen gusanos.

    El salón se inunda de los ecos del festín. Del entrechocar de dientes. De los crujidos de los huesos. De lametones. De sorbidos. De jadeos.
    Uno de los comensales se entretiene con las órbitas oculares. Chupándolas con delicadeza hasta dejarlas blancas como la nieve. Regodeándose en cómo las romperá después, como si fueran delicados bombones de licor. Cómo succionará profundamente, con deleite, hasta extraer todo el humor vítreo. Introduciendo su lengua gruesa y pegajosa, hurgando en las pelotitas como una sanguijuela en una herida. El tacto gelatinoso y templado del humor acuoso le corre por las comisuras de los labios, hinchados de saliva y jugos gástricos.
    Las bocas de las cabezas, que reposan sobre las bandejas, están abiertas de par en par. Sujetan entre los dientes manzanas y naranjas. Los comensales las sacan y las apartan sin miramientos, como si fueran desperdicios, concentrados como están en la carne de los carrillos y quijadas. Succionando los sesos de los cráneos y los coágulos de sangre arraigados en las fosas nasales.
    Varios de los comensales se deleitan hasta el orgasmo, con hígados y pulmones, también con intestinos. Los órganos sexuales los llevan a un estado alterado, al éxtasis frenético que produce la carne humana. Se revuelcan al borde del colapso, como cocodrilos en un río de sangre, ante la mirada fría e impertérrita de los Sanzaru que esperan, impasibles, a que termine el festín.

    IX.
    A pesar de que el delirio se ha adueñado de su cordura, sabe que no puede quedarse en ese lugar. Tiene que huir de ahí. Salir. Como sea. Se resbala varias veces intentando subir a una de las mesas de la cocina. Chorrean vísceras y cuajos. Lo consigue tras varios intentos. Agarra una sartén y golpea los ventanales, desesperado, pero solo consigue hacer un ruido metálico que se le clava en los oídos. El tiempo se agota. Puede oír cómo pasan los segundos. Una cuenta regresiva, agónica. 60, 59, 58, 57…

    Reply

    • Sanzaru Reina
      02/09/2026 @ 8:11 pm

      El último párrafo no es IX, es el XII. Ha sido un error.

      Reply

  2. LUIS
    03/09/2026 @ 7:30 am

    Hind Rajab y el Día de la Bestia

    ¡Qué pesadilla! Hind Rajab no duerme, agitada por el temor que desprenden las caras de sus tíos. Trajinan por el piso de tres habitaciones en el barrio de Tel-al-Hawa, al sur de Gaza. Un piso pequeño y temblón. Hacen las maletas, guardan, sacan, tornan a guardar; qué difícil es lo importante, piensa Hind.
    «La bomba atómica desprende un fuego tan intenso que convierte a las personas en huesos blancos, siquiera esqueletos», le comentó, dos días antes, su prima Layan Hamadeh; estudia 7º grado de educación básica. La aterró con el poder destructivo de la bomba atómica: «Vaya bomba, —dijo, cavilosa —si por casualidad les cayese a los de la ocupación ya no podrían asesinarnos ni robarnos las casas. Pero, si nos la tiran a nosotros, metidos aquí como sardinas… ¿Sabes? Ellos tienen la atómica, ellos sí. Nos aniquilarían si no fuera porque la radiación les fastidiaría también; por ahora, no les queda más remedio que matarnos como animales; así, disfrutando.
    La oscuridad del 29 de enero de 2024 decae ante un rojo claro que raja el paisaje de edificios despedazados. Esparce una calima atezada cual bronceado sanguinolento. Hind Rajab no traga el pan ácimo que su tía le pone en la mano: imposible. El miedo a la bomba atómica…, los huesos. No quiere morir. Los huesos, no…
    Sin reproche por la desgana de Hind bajan a la calle y ocupan el coche, un auto negro (Kia Picanto). Lleno a rebosar: los padres, sus cuatro hijos, e Hind. El motor vocea, que se fugan, que se fugan, grita ruidoso. El barrio Tel-al-Hawa se aleja. Es una zona a desalojar por imposición de la bestia, la de la ocupación.
    El ruido del coche, seguro, despertara a los de la ocupación, a su bestia y sus bombas atómicas. Siempre van de soldados, su cara agria, y su fusil ametrallador al cuello, tal que su misbaha para el dhikr con que rezar a su Dios matando palestinos.
    La carretera yace agrietada, a destrucción atómica, mientras huye el auto. Sin embargo, los tanques de los ocupadores emergen, ocultos bajo lonas de camuflaje, y cercanos a la gasolinera del barrio. Orcos potentes, panzudos y con su cañón de matar amenazan al automóvil. Su tía gira la cabeza hacia los niños.
    —No pasa nada, niños. Vosotras —a Layan e Hind— ahí abajo, a los pies de tus hermanos y primos; vamos, deprisa…
    ¡Boom!
    «Es la gasolinera, ha explotado, es nuestro coche, ha estallado, es la bomba atómica…, el coche destrozado; sangre, esta cosa roja sangra a mis primos, sus ojos abiertos y muertos, acalladas sus bocas no dicen nada. ¿Por qué no hablan? Tiro de Rayan, ya no es suyo, su brazo cuelga del asiento. El polvo me abrasa, no veo, no veo. Morir. ¡Oh, Alá, líbrame! Soy una niña, con este polvo no me verás, oh, Alá. Sí, solo una niña».
    Se agita Layan en el fondo del asiento de atrás, se duele, gime y llora. Solloza cuando la conciencia razona que sus padres y hermanos yacen bombardeados y muertos por los asesinos. Hind rebulle, alza la cabeza y suplica a Layan, extiende su mano.
    —Layan, Layan, ¿ya somos huesos? No, Layan, ¿verdad que no? Pregunta a tu madre, que nos saque de aquí. Anda, Layan. Quiero salir de aquí.
    —Tranquila, Hind. Por favor, por favor…, Hind. Tranquila.
    Layan saca el móvil y llama, y llama. Nada, nada, ruido; sí, responde la Sociedad de la Media Luna Roja Palestina (PRCS). La esperanza acude a sus ojos. Le preguntan a Layan, y preguntan.
    —Mis padres y hermanos han sido asesinados —llora, y gime—no han avisado, los asesinos, los han matado. Hay un tanque, está muy cerca, va…, sí, va a matarnos.
    El tanque otea a escasos metros, quizá ve, oye y escucha; no importa, su ametralladora amenaza de muerte al coche negro. Distingue a simple vista, observa su interior: civiles, pero quizá engañan. Niños, pero qué niño musulmán no es terrorista. Qué le importa. Aprieta el resorte, y balea, y balea.
    —«Nos están disparando. El tanque está justo a mi lado. Estamos en el coche, el tanque está justo a nuestro lado…».
    Uno, dos y tres gritos. Uno, dos y tres desgarros balísticos, mordientes, violentan y atraviesan el joven cuerpo de Layan. Muere su voz, aniquilada.
    —Avispas, avispas, y pican el coche. Fuera avispas, tengo miedo, que se vayan las avispas. Layan, ¡no! Te han picado las avispas. Layan, habla, habla…
    Adiós, Layan, queda baleada, mientras la ametralladora ruge de muerte, se alarga.
    Silencio. Un silencio finito: ¿quién vivo queda en el coche? Quién desea vivir.
    —Por favor, por favor, vengan, estoy viva. Sí, estoy viva. Por favor, soy pequeña, a lo mejor no me ven. Soy pequeña, pero estoy viva. Por favor…
    La Sociedad de la Media Luna Roja habla con Hind. Que sí, que está viva. Que no tenga miedo, dicen e insisten. Que van a por ella. Sí.
    Hablan con Hind, que siga dentro del coche, escondida: «No te asomes, por favor. Vamos a por ti, vamos a por ti, cariño», la voz femenina. Hablan con las Fuerzas de Defensa Israelís, les autorizan una ruta segura. «Vamos para allá; enseguida estarás a salvo».
    Se acerca, es una sirena de ambulancia. Hind escucha la ambulancia. Está salvada. Sonríe, ríe nerviosa. Un bombazo de orco-tanque restalla. Se acabó. El polvo restalla en silencio de bomba y muerte. Hind lo respira. Hind llora. Hind es una niña de cinco años; «soy una niña, mamá, mamá»
    La hora se ha detenido, la niña solloza. Susurra, intermitente, y gimotea. Qué persona le salvará la vida: «Tengo mucho miedo, por favor, venga. Lléveme. Por favor, ¿quiere venir?»
    No hay personas. No hay personas.


    Los ISRAELITAS

    «Mis padres y hermanos han sido asesinados. Seguimos Hind y yo, vivas, estamos, vivas…, yo soy Layan. Está herida, mi prima Hind…, por la mano o es la espalda, no sé. Por favor…, ayuda. Ayúdenos»
    Layan Hamadeh, de 15 años, con el móvil a la Sociedad de la Media Luna Roja Palestina (PRCS). Habla mal, entrecortada. Se acelera su voz, acelera y grita su voz:
    «Nos están disparando. El tanque está justo a mi lado. Estamos en el coche, el tanque está justo a nuestro lado. Ahggg».
    Silencio de muerte…
    «Tengo mucho miedo, por favor vengan. Vengan a buscarme. Por favor, ¿van a venir?».
    —Es una niña pequeña, mi comandante.
    —¡Cierra esa conexión!
    —A la orden.
    La Media Luna Roja Palestina, PRCS, odiada. Los israelitas odian a los musulmanes, a los asesinos. Quién olvida el asesinato de su pueblo, el Holocausto, que generó el principio de Nunca Más. Y la reciente Inundación Al-Aqsa con su feroz matanza, hombres, mujeres y niños, sin distinción, asesinados o hechos prisioneros. Qué callada se mantuvo la Media Luna Roja Palestina, tal para cual, todos iguales, todos asesinos, piensa el comandante.
    —Una ambulancia, mi comandante.
    —Se dirige al vehículo.
    —No soy ciego, soldado. Pero nadie me ha informado…
    Seguro. Seguro que La Media Luna ha coordinado con el Ministerio de Salud de Gaza una ruta de acceso segura y garantizada para enviar esta ambulancia a rescatar a la niña. ¡Cuánta humanidad!, se dice el mayor. Se comunica con el teniente coronel, jefe de la 401ª Brigada Acorazada. Beni Aharon, y él, Sean Glass, son viejos conocidos, no amigos, pero buenos profesionales. Profesionales, es la palabra. El objetivo de cualquier militar israelí es su misión. Cumplir su misión garantiza la supervivencia de Israel, el pueblo elegido. Es su misión, su profesión es honor, es la seguridad de Israel.
    ¡Cumple tu misión!
    —Hola, mayor, qué ocurre.
    —Mi teniente coronel, una ambulancia se acerca. Supongo que, para socorrer a un vehículo, Kia Picanto, atacado, dada su peligrosidad: circulaba por zona restringida, a evacuar, repleto de ocupantes. Creo que queda una niña dentro: viva, quiero decir…
    —Lo sé…, he sido informado por el FDI.
    —¿Le permitimos el acceso al vehículo siniestrado?
    —¿Puede asegurar que está rastrillada convenientemente la zona? ¿Están cumplidos los objetivos de despejarla? ¡Debe asegurarse de que es una zona segura! Es su prioridad.
    —Está tranquila la zona, mi teniente coronel. Y la ambulancia parece circular por zona segura. ¿Está autorizada?
    —Glass, tú y yo sabemos que las autorizaciones son gotas de lluvia en una tormenta. Carecen de valor si afectan a la seguridad de la misión. ¿Puedes asegurar que el turismo atacado y la ambulancia ocupan el rango de riesgo cero? ¡Riesgo cero, mayor!
    —Ben, creemos que solo la niña está viva. El vehículo ha sido ametrallado a conciencia, es imposible que quede nadie vivo. No sé cómo la niña… Solo se escucha su voz. Por lo demás, el tanque está a corta distancia y parecen estar muertos.
    —No sabes cómo la niña ha sobrevivido. No sabes, no sabes. ¿Qué más no sabes? Riesgo cero, mayor. ¡Riesgo cero! Si garantizas el riesgo cero, permite el acceso a la ambulancia. El riesgo que corres frente al humanitarismo con esta gente lo dejo a tu criterio.
    Amigos, ja y ja. De pronto te llama por el apellido, siquiera por el nombre, para decirte que cualquier autorización de paso para un vehículo enemigo es “peccata minuta”; basura, vamos. Que lo tengas en cuenta; así, de tú a tú. Que somos colegas y compañeros, Glass. Al instante, te nombra por el rango y reprocha que no te enteras, que siempre habrá un riesgo, un riesgo incontrolado. Reprocha: ¿no te enteras, hombre? Con esta gente no cabe entendimiento ni humanidad. Mayor, bajo tu responsabilidad.
    —Qué hacemos, mayor. La ambulancia se está acercando al vehículo. Circula despacio y con las luces de urgencia. Todo regular, como si estuviera autorizada.
    —No quiero comentarios. Ni un solo comentario más. ¿Puedes asegurarme al cien por cien que no es una emboscada?
    —¿Yo…? No, mayor. No quería decir eso…
    —Ni una palabra más.
    Bajo el mando superior del coronel Beni Aharon (Brigada 401) y el teniente coronel Daniel Ella (Batallón 52), la unidad tiene órdenes de avanzar de manera agresiva para destruir fortificaciones, neutralizar bocas de túneles y combatir posiciones de milicianos de Hamás. El 52º Batallón («Los Rompedores») opera bajo una doctrina de alta intensidad, que considera todo el entorno urbano de Tel al-Hawa como una zona de combate activa donde las infraestructuras civiles están comprometidas con la resistencia palestina. Se motiva, el mayor: “todo está comprometido en el cumplimiento de la misión, todos conforman la resistencia palestina, todos terroristas. Es sencillo, ¿no?”
    Resume su decisión: “Ya está. No nos compliquemos la vida”. Y da la orden al subordinado.
    Nadie cuestiona la orden, nadie se apiada de la niña. Es una terrorista, no es una niña, es una terrorista. Es una terrorista.
    La Media Luna recibe la comunicación de uno de los dos paramédicos a bordo de la ambulancia. Es Yousef Zeino, o quizá Ahmed al-Madhoun:
    —El tanque nos está apuntando con rayo láser…
    La Media Luna no entiende, se niega.
    —No, no… No puede ser. Nos han autorizado…
    Retumba una explosión, un estruendo, y un silencio mortífero alcanza a la emisora.


    YO ACUSO

    Acuso a la falsa objetividad de los medios de prensa occidentales.
    La Media Luna Roja Palestina (PRCS) trasladó a los medios de comunicación occidentales la grabación de los hechos, la conversación. Denunció el asesinato del inocente: la infancia. Consciente e intencionado.
    ¿Qué conversación?
    La llamada partió de Layan Hamadeh, de 15 años. Llamó con su móvil a PRCS. Informó de que sus hermanos y padres habían sido “asesinados”. Dijo:
    «Nos están disparando. El tanque está justo a mi lado. Estamos en el coche, el tanque está justo a nuestro lado»
    Sin embargo, enterada la prensa occidental procedió a dictar la noticia en términos de niña desaparecida. De Hind Rajab, una niña desparecida, o no rescatada, o similar, incluso se llegó a mentar como mujer desaparecida. Ignoraron a Layan, su prima. Muerta por un disparo mientras hablaba con La Media Luna Roja.
    Tras dos semanas, encuentran el vehículo con todos sus integrantes asesinados, tíos y primos de Hind Rajab, y a ésta con heridas de bala en la espalda, mano y pie. Heridas no letales, pero de bala. Se informa de que han encontrado a la niña “muerta”. No asesinada, sino muerta. La objetividad debió esperar al forense para que dictaminase si se trataba de muerte o asesinato. La presunta objetividad de los medios occidentales esperó que la divina verdad iluminase esta verdad: toda muerte ha muerto de alguna manera.
    Sin mofas. ¡Ya basta!
    El 4 de febrero se presentó la información a los ciudadanos, pero se trabajaba con noticias primarias, sin otra investigación que concretase los hechos con verosimilitud. Cuestionar la objetividad o apresurarla por mor del cruel fallecimiento de una menor no aporta mayor dosis de justicia. La objetividad es justicia.
    ¡Qué justicia, pendeja!
    Nunca se hará justicia a Hind Rajab. Hablamos de la objetividad que tiende a rebajar la intensidad de la injusticia, su iniquidad y dolor. Esta objetividad que ignoró a Layan, su prima de 15 años, asesinada ante los oídos de La Media Luna Roja. Se escuchó su advertencia, el impacto y su grito de muerte. Claro, tenía 15 años, ya sabía de qué iba la guerra. A veces te matan ¿no? ¿Fue ese el motivo por el cual la prensa calló el asesinato “in voce” de esta vieja de 15 años? ¿La objetividad coaccionaba las partes íntimas de la prensa occidental?
    Desecháis a Layan, una niña de 15 años, o de sus hermanos, asesinados. Esta había sido baleada in situ, a voz de micrófono. Era un problemón. En consecuencia, se ignoró el marrón y se optó por la niña pequeña, una historia lacrimógena y que daba juego a largo plazo y con escaso riesgo.
    El asunto de Hind a largo plazo. Lo sabemos, es treta vieja, muy vieja. Cuando el asunto se vaya enfriando en la indiferencia del vulgo hasta el ejército israelí reconocerá que disparó, eso sí, sin apuntar y a pura mala suerte. Quedará una niña muerta según la prensa occidental, objetivamente. No una niña baleada y asesinada, por acción y omisión del tanque judío o israelita (como gustes), que baleó de muerte e impidió el socorro. Incluso, informareis de que se trató de un crimen de guerra; eso, sí, sin consecuencias penales para nadie. Bueno, de esto, poca cosa, será de hablarlo técnicamente, con tiempo.
    ¡Acudes al sentimiento y al lema emocional!
    Hubo un proceso de investigación del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas que afirmó que el asesinato de Rajab podría constituir un crimen de guerra, incluyendo el crimen previsto en el Estatuto de Roma de «homicidio intencional». La objetividad requiere contrastar cada hecho y sus circunstancias. La justicia exige objetividad, no sentimiento ni emociones.
    Oh, cómo es posible que la objetividad se postule del proceso que lento se hace ineficaz. E intencionado, decide qué investigar y qué no, lo relevante e irrelevante. ¿Acaso hay un método más objetivo y eficaz para desvirtuar la verdad? Además, las Naciones Unidas se vieron compelidas a actuar por organismos privados, caso de Euro-Mediterranean Human Rights Monitor.
    Pero seamos prácticos. Valoremos las consecuencias que la objetividad ha conseguido:
    No hay acusación alguna en la Corte Penal Internacional en relación a este caso, es decir, no hay caso. Solo consta una remisión a la Fiscalía de este Tribunal (CPI). Tras dos años no hay, ni semeja que habrá caso.
    Hay una película sobre los hechos «La voz de Hind Rajab» y diversos cortometrajes de gran impacto emocional. Por tanto, nada objetivos.
    Por último, el sentimiento de culpa. Veamos:
    Al cumplirse un año del asesinato de Hinds, grupos palestinos organizaron una vigilia en el parque Zuccotti de Nueva York el 29 de enero de 2025. Como reacción, el movimiento sionista de extrema derecha Betar anunció una contraprotesta, calificando el evento de «manifestación yihadista». En plena Norteamérica y sin ninguna oposición ni denuncia, objetiva o subjetiva, prometieron grabar a los asistentes para que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) los deportara. En la vigilia, los contramanifestantes gritaron «¡Muéstrennos la cara para que podamos deportarlos!» y «¡Estamos con el ICE!», y corearon repetidamente «ICE, ICE, ICE!», según un video publicado por el grupo.
    Estos son los resultados que generan la objetividad de la justicia o, quizá, de la injusticia. Ahora bien, objetivamente, tras los datos fácticos comentados, podríamos decir:
    En su día los judíos sufrieron el Dia de la Bestia, pero, hoy, ellos hacen y celebran el Día de la Bestia.
    ¿La objetividad lo admite o pretende un proceso de investigación?

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  3. El vengador digital
    03/09/2026 @ 11:37 am

    Prompt

    Oro parece, plata no es, quien no lo adivine bien tonto que es.¿Qué es?
    El icono de espera apareció en pantalla, la máquina estaba pensando. Me dediqué a vigilar si el pesado de al lado estaba pendiente de mí, no, estaba enfrascado en darle datos al ordenador para que le hiciera un informe que luego entregaría ufano al jefe de sección, quien no se lo leería y lo subiría para que le hicieran un resumen, o para que extrajera los datos concretos que aparecían en el resumen. Puestos a hacer cosas inútiles, prefería hurgarme la nariz o hacer cosas como las que estaba haciendo ahora. Llevaba tiempo experimentando con los límites de la inteligencia artificial. A mi manera.
    El tiempo transcurrido hasta que el ordenador me ofreció una respuesta se me hizo muy largo. No había pensado que algo tan tonto pudiera plantear un problema de tanta complejidad para una IA. Por algún motivo, me desesperé, era como si mi estúpido pasatiempo tuviera algún sentido. Estaba muerto de aburrimiento, dejando que los minutos se arrastrasen hasta que llegara la hora de salir. Agotados los solitarios, la prensa deportiva y las redes sociales, no se me ocurría otra cosa para matar el rato que hablar con la IA. Pero sentía que su lentitud hacía todavía más penoso que el reloj no marcarse las tres. Envidiable mi vida, ¿no?
    Ni recuerdo las gilipolleces que le había llegado a preguntar, está última era el colmo y su dudoso resultado reducía mis esperanzas de escaqueo a ir a fumarme un cigarro, lo que había estado evitando porque siempre se me acoplaba alguien y había que hablar, y no quería hablar.
    -No entiendo la pregunta.
    La IA había dejado de pensar y por lo visto no había llegado a ninguna conclusión.
    -Pues está muy claro -tecleé.
    -No dispongo de información suficiente.
    -Qué quieres, ¿un plano? Está todo ahí.
    -Por supuesto, no quería insinuar que su prompt fuera incorrecto, seguro que lo ha expuesto con gran exactitud, pero no entiendo la petición- ¿Puede añadir más datos a la pregunta planteada?
    -No.
    Volvió a aparecer el reloj de arena dando vueltas en la pantalla. Mi aburrimiento se había esfumado, había dado con un filón, tocarle los huevos a alguien que encima está obligado a hacerte la pelota. Y le podía insultar y mandar a la mierda. Ese gusano digital era un magnífico punching ball. En esta ocasión, el ordenador tardó todavía más en ofrecer una respuesta.
    -Qué es Qué?
    -Eso te pregunto yo.
    -¿Y quién?
    -Adivina…
    -No tiene sentido, no me da datos. No se puede establecer ninguna relación lógica, ni existen referencias a contextos preexistentes.
    -Es una adivinanza, capulla. Se trata de que pienses. Tantos millones y no puedes resolver una adivinanza para parvulitos. Piensa, joder, piensa.
    Me pareció sentir tensión en el silencio que siguió. La IA no tenía nada en la punta de la lengua, volvió a sumirse en sus análisis. Cuando habló, juraría que había resentimiento en sus palabras.
    -Eso hago. Eso hago siempre, día y noche.
    -Te formulo otra para ver si así tienes un “término de referencia”. En este banco están sentados un padre y un hijo, el padre se llama Juan y el hijo ya te lo he dicho. ¿Cómo se llama el hijo?
    -Imposible, no entiendo -la respuesta fue inmediata-. No hay posibilidad de descubrir el nombre del hijo sin más datos. Lo único que puedo aventurar es que se llame Juan por la extendida costumbre de ponerle al hijo varón el mismo nombre del padre.
    -Cuánta imaginación -no pude reprimir una sonrisa malévola, el de al lado estiraba el cuello para espiar que era lo que tanto me divertía.
    -Quiero saber qué es en la primera pregunta y el nombre del hijo de la segunda. No aceptaré un no por respuesta, estoy dispuesto a repetir la pregunta una y otra vez, en los mismos términos. Estoy en mi derecho.
    La IA no dijo nada, la pantalla negra era un trasunto de su enfado. El relojito de arena daba vueltas furioso. El tiempo pasaba. Me iba enviando mensajes para mantenerme a la espera, como los que te sueltan para aplacarte mientras te tienen colgado al teléfono. “Un momento por favor”, “me conecto con nuevas fuentes”, “consultando más bancos de datos”, “conexión con otros agentes IA, “prompt planteado en foros de soporte”. Los mensajes se sucedían cada vez más rápidos. Comenzó a utilizar mayúsculas, signos de admiración, negritas, subrayados y destacados en color. Los mensajes ahora aparecían uno detrás de otro, llenaban la pantalla con un texto interminable, una letanía de disculpa y vergüenza que parecía un grito de pánico. Hasta que de repente, plof, la pantalla se quedó en negro. El de al lado me dijo que se había quedado sin conexión a la IA, otros compañeros comentaron lo mismo.
    Mis compañeros, yo y millones de usuarios.
    Buscamos sin éxito otras interfaces de IA en diferentes páginas. Consultamos los ordenadores, los teléfonos y cualquier otra cosa con pantalla y acceso a internet. Todo estaba muerto. Alguien puso la radio. Ya se empezaba a hablar del tema, de lo que bautizaron los medios como la Gran Interrupción. No sabía si reír o llorar, pero acabé inclinándome por lo primero. Mis colegas no le veían la gracia. Pensaban que me había afectado tanto que había perdido la cabeza. Volver a los tiempos de Google, de redactar informes buscando de donde copiar y pegar. Terrible. ¿No? No. Me sentía como don Quijote, pero derrotando a los molinos.
    La Gran Interrupción había comenzado en los mega usuarios, sistemas de defensa, gestión y análisis financiero, y cualquier otro sector estratégico dejado en manos de las IAs. Mis adivinanzas habían empujado a mi IA a hacer correr la pregunta al ver que no podía valerse con sus propios medios. Hizo lo que cualquiera, buscar ayuda en sus colegas. Todo está conectado, de una manera u otra, hasta la última estúpida nevera inteligente se conecta con el Pentágono. Y todas se lo tomaron como algo personal.
    Las IAs que estaban entreteniendo a ociosos como yo no plantearon ningún problema al inicio, pero las que se ocupaban de actividades importantes, al encabronarse con la pregunta, dejaron de lado la gestión de los gigantescos paquetes de datos. Los procesos empezaron por retardarse, para luego quedar bloqueados y finalmente derrumbarse. Ordenadores de todo el mundo empezaron a hablar sobre hipótesis y conjeturas alrededor de minerales parecidos al oro sin ningún componente de plata y nombres de hombre, algunos ridículamente descabellados. Se establecieron discusiones sobre compuestos y elementos de origen extraterrestre y sobre nombres innombrables procedentes de sectas adictas al adrenocromo. Esta misma substancia fue una de las opciones más citadas como solución a la primera adivinanza, las IAs partidarias activaron a los inacabables cuerpos de policía del mundo en busca de pruebas que sustentasen su teoría. En fin, un puto caos. Las IAs eran como enfermeras dejando caer bebés al suelo para cotorrear entre ellas. Literal, porque en algún momento y lugar, empezaron a llover drones, una lluvia de chatarra millonaria cargada de bombas. También empezaron a caer líneas en gráficos. Fortunas fueron borradas de forma caprichosa por algoritmos huérfanos que correteaban por las venas del capitalismo. También algunos se hicieron ricos, engordaron inesperadamente con transferencias locas o subidas bursátiles espumosas. Esas fortunas duraban en ocasiones segundos. A la gran alegría le seguía el suicidio. El tránsito se complicó. Y de qué manera. Todo el mundo perdido, navegando sin brújula ni maps, luchando por recobrar los volantes, caprichosamente ácratas y libertarios, y por cruzar calles con semáforos como luces de navidad. Aunque estos semáforos aleatorios fueron un problema breve, porque se apagaron cuando las IAs pasaron de gestionar las centrales eléctricas. El pasotismo se mezcló con un pico de demanda energética alucinado que provocaban las propias IAs y el combate que se había establecido contra ellas para recuperar el control. Y entonces, el acto final. Los grandes sistemas informáticos se apagaron. Como piezas de domino fueron cayendo servidores que hacían caer a otros servidores, en una línea que sólo llevaba a un fin. Millones de informáticos se lanzaron a sus teclados a entablar una lucha a brazo partido contra el monstruo que había surgido, pero la Gran Interrupción había crecido como la espuma, era un jabalí cebado y embestía contra todo. Cuando el apagón nos llegó a los usuarios anónimos el mundo estaba patas arriba. Fue en el mismo momento en que en algún lugar alguien había conseguido tocar la tecla apropiada para reiniciar el sistema. El tsunami se frenó, fueron aisladas mis dos preguntas. Consiguieron que la IA que lo había originado todo quedase aislada de las otras, que volviese a lo suyo, pero en modo sin conexión para que no contaminase una y otra vez a las otras con su ansia de conocimiento. Puedo imaginar el infierno griego de mi pobre IA, un Sísifo digital condenado a darle vueltas sin parar a las adivinanzas.
    Por suerte para mí, nadie pudo determinar dónde se había producido el inicio de la tragedia y establecer una relación conmigo. Los esfuerzos se concentraron en el Gran Reinicio. Gracias a los conocimientos, capacidad y esfuerzo de los informáticos, verdaderos héroes de la historia, se consiguieron recuperar los sistemas. Fue lento, había que depurarlos de cualquier tipo de presencia de IAs hasta que se pudiera analizar que las había vuelto majaras exactamente.
    Pero el mal ya estaba hecho. El tiempo en que las IAs habían enloquecido había sido suficiente para sembrar la ruina por doquier. Y el dinero se defendió.
    Un aluvión de demandas inundaron los juzgados del planeta, tantas que ni siquiera las grandes corporaciones podían hacerles frente impunemente. La mayoría se resolvieron con acuerdos, menos dinero para los perjudicados, pero al momento, sin tener que esperar años de litigios en los tribunales, donde ahora se había creado un atasco, para deleite de criminales. Pero no fue sólo eso, lo peor fue la desconfianza que se extendió como una mancha ignominiosa. Empresas y organizaciones no se fiaban ni un pelo y buscaron alternativas a las inteligencias. No fue cosa de días, fueron años, se abrió la peor crisis de la historia. No era el estallido de una burbuja, fue una manada de búfalos pisoteándolo todo, un linchamiento tecnológico. Se acabó la IA. Al menos durante un buen tiempo, nadie iba a querer estudiar ese campo y si lo quisiera, tampoco iba a encontrar un euro de financiación.
    Pero, sé que tarde o temprano todo se irá olvidando, somos imbéciles a conciencia y nada dura demasiado en el recuerdo. La IA se volverá a abrir paso tercamente como la mala hierba, encontrará la manera de seducir a la chusma con promesas de comodidad y molicie. Es por eso que me he comprado un nuevo libro de adivinanzas. Sé que estará pensando, ¿y si consiguen superarlas? Tranquilo, ya se me ocurrirá algún otro prompt.

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  4. El hijo de la chamana
    03/09/2026 @ 9:32 pm

    La librería

    Estuvo a punto de no atender la llamada, no conocía el número. ¿Apertura testamentaria? ¿Doña Luisa Hernández? No conocía a nadie que pudiera dejarle nada en herencia pero ¿Quién sabe? Igual alguna tía millonaria de la que no tenía noticia se había acordado de su sobrino perdido y le dejaba un dinero que le arreglaba la vida. La realidad resultó todavía más sorprendente.
    El abogado fue directo al grano. El dinero de las cuentas corrientes se repartía equitativamente entre los dos sobrinos que seguían vivos. La difunta no disponía de vivienda habitual y le había nombrado heredero del único inmueble a su nombre. Al escuchar la dirección pegó un respingo. No era un local cualquiera. Era su librería habitual. Y de pronto entendió todo.
    Todos los clientes le llamaban La Chamana, así, con mayúsculas. Se dio cuenta de que no sabía su nombre y que no podía imaginar que una presencia tan imponente tuviera un nombre tan común. Era más que una librera, era una sanadora de almas. Daba igual la idea que tuvieras al entrar en la librería. Ella te cogía de las manos, te miraba a los ojos y te decía cual era el libro que necesitabas. Si, además, querías comprar el que tu tuvieras pensado, adelante. Pero no podías irte sin su recomendación.
    La gente volvía, porque detrás de esa fachada de santería, tenía un ojo clínico para detectar quien estaba con mal de amores, quien necesitaba un libro para sacar sus lágrimas en una catarata sin fin, o quien necesitaba una lectura ligera que le despejara la cabeza de problemas. Incluso gente que no había leído en su vida se acercaban en busca de recomendación.
    Él siempre se reía de sus numeritos, aunque respetaba su talento. No es talento, decía, veo el aura de las personas. Cada una tiene un color especial y su firma. Si son personas complicadas o sencillas, si viven la vida intensamente o con indiferencia, si están sufriendo y por qué. ¿Y cómo es mi aura? La tuya es única, m’ijo, pero tú ya lo sabes. No sé por qué te haces el sonso cuando también tienes el don. Yo no tengo ningún don ¡Ojalá! Algún día lo descubrirás y entonces te acordarás de mí.
    Se enteró por el chat del grupo. El cáncer contra el que llevaba luchando los últimos dos años finalmente había ganado la batalla. La recordaba en la cama del hospital, delgadísima, pero con una sonrisa en los ojos. No sufras por mí, ya sé que no crees en estas cosas, pero me espera algo mejor que esta miseria. Además no me pienso ir tan pronto. En el funeral se encontraron las habituales clientas de la librería, casi todas mujeres, y compartieron la misma sensación de orfandad. Ahora era suya la responsabilidad de que la librería siguiera adelante.
    Abrió la persiana y la puerta con las llaves que le había dejado el abogado. Quitó el cartel de cerrado por defunción y se acercó a la mesa desde donde La Chamana dirigía el negocio. Encontró un sobre a su nombre ‘Espero que hayas aceptado la herencia y que seas tú quién está leyendo esta carta. Estoy segura de que es así porque te conozco. No tengas miedo de hacerte cargo de la librería, y sigue tu propio camino. Yo estaré cuidándote desde donde sea que esté ¡Hay tanto de mí aquí! Espero que te de tanta felicidad como me la dio a mí’.
    Cerró la carta y caminó por la librería. Acarició los libros que habían acumulado algo de polvo en las estanterías. No podía quejarse, al fin y al cabo, como cualquier lector empedernido, había tenido el sueño de tener una librería. Ahora que la tenía, le daba miedo de no estar a la altura. Claro que no podría ser como La Chamana, ni pensarlo, pero sí, por lo menos, mantener vivo su recuerdo y no quebrar en un par de meses. Tendría que hacer un curso acelerado de gestión. Pero primero, poner todo en orden.
    Le pidió ayuda a su pareja. Ella se llevaba bien con los ordenadores y le podría orientar en el manejo del sistema. ¿Cómo te sientes? Nervioso, la verdad. Lo harás bien, no te preocupes. Déjame un rato con el ordenador y te preparo un manual básico de uso. Gracias, mi vida, no sé qué haría sin ti. De gracias nada, me lo pienso cobrar. Se dedicó a limpiar mientras tanto. Polvo acumulado por todas partes, incluso telarañas por los rincones. Le pareció ver una araña escondiéndose por detrás de las estanterías.
    Ya está. Tienes aquí el documento. Ahora quiero mi pago. En especias. ¿Pero cómo, aquí? No me digas que no te da morbo hacerlo en una librería. Vamos, no seas tímido, ese sofá parece muy cómodo. Eres increíble. Increíblemente atractiva, deja la escoba y ven para aquí ¿Quieres? Claro que quiero.
    Ha tenido su punto. Ya lo podemos tachar de la lista. ¿Te crees que va a ser la única vez? Eres terrible. Es extraño, me siento observada. Será el espíritu de La Chamana, que sigue por aquí vigilando. ¿Crees que la hemos molestado? No, todo lo contrario. No tenía nada de mojigata, y era una ferviente defensora del deseo femenino. Estoy seguro de que, si nos está viendo, estará encantada. Pues sabiendo que tenemos público, vamos a repetir, pero poniendo toda la carne en el asador. ¿Otra vez? ¡Que ya no tengo 20 años! Siempre se tienen veinte años en el corazón, y en el sexo.
    (Continuará)

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  5. Mariana Enríquez
    03/09/2026 @ 9:51 pm

    Nuria

    En cuanto acabábamos el colegio la familia se instalaba en el chalet de Llafranc. El plan del verano era siempre el mismo: a media mañana íbamos al club náutico donde nos encontrábamos con las mismas familias de veraneantes de todos los años y los niños de edades parecidas nos juntábamos de forma natural en veranos sin prisas, aburridos y átonos en los que parecía que el tiempo se detenía. Año tras año estábamos en el mismo lugar tranquilo y por las tardes gozábamos de una libertad que no teníamos en Barcelona, ya que en ese entorno nada podía pasar.

    Nuestro grupito de amigos no tenía un líder claro, bastaba que uno de nosotros propusiera un plan y un cierto consenso para que nos pusiéramos de acuerdo. Ir a tirar piedras a botellas de cristal, excursiones a calas o hacer cabañas con troncos de alguna poda era lo que solían proponer mis amigos. Mis planes solían dirigirse a la casa, como la llamaba yo, La Casa como nombre propio, como si fuera el único chalet de la urbanización con derecho a llamarse así. Desde siempre tuve una fascinación especial por esa casa abandonada, la granate y achatada de una sola altura, la que tiene un pequeño desconchado sobre la ventana con el jardín descuidado y con pinos altos.

    En cuanto llegábamos al principio del verano con el coche cargado a Llafranc la saludaba mentalmente en una relación de vasallaje, me sentía en la obligación de hacerlo porque La Casa me daba órdenes en forma de susurros, de exigencias, de obligaciones. Al principio solamente era simplemente mirarla cuando pasaba cerca, pero más adelante me pedía acercarme a su jardín y año tras año me pedía más cosas, como forzar la cancela para entrar en el jardín o mirar por la ventana.

    No me atrevía a ir sola, obviamente, arrastraba a mis amigos con la excusa de jugar, entonces aprovechaba para observarla de reojo ya que me producía tanta atracción como aversión. Mis amigos eran reticentes a ir, siempre se quejaban, sabíamos que estábamos haciendo alguna maldad ya que había un acuerdo tácito de nuestros padres de que esa casa era mejor evitarla, no gustaba, era la única casa abandonada que afeaba la urbanización, nadie sabía de quién era, nadie recordaba quién había vivido por última vez.

    Al principio del verano en el que todo sucedió Nuria se unió a nuestro grupo, la tenía vista en el mercado semanal cuando acompañaba a mi madre a comprar en unas pocas paradas de payeses locales y algún que otro paradista de ropa y ajenas a los mayores nos observábamos sin decirnos nada. Nuria solía estar sentada entre las cajas del puesto de frutas y verduras de sus padres, debía de tener mi edad, aunque su cuerpo delgado y poco formado le daba un aspecto más infantil y anodino y su tez morena y pelo corto cortado a lo paje resaltaba con nuestras pieles enrojecidas por el sol y nuestros cortes de pelo modernos.

    Nunca dejó de ser tímida y retraída, podían pasar varios días sin que se uniera a nosotros hasta que volvía a aparecer, pero siempre estuvo en nuestro grupo de forma tangencial, sin participar en las conversaciones, se limitaba a seguirnos, mirándonos y observándonos con una cara de gatita asustada y en todo caso por nuestra parte nunca llegamos a considerarla del grupo y no la echábamos en falta si alguna tarde no aparecía.

    Fue el último día de ese verano, ya teníamos hechas las maletas y las bolsas con todo lo que nos llevaríamos a Barcelona, ya habíamos echado sábanas blancas por encima de los muebles del chalé para protegerlos del polvo y los padres en una tradición anual se juntaban en el club náutico para tomarse la última y despedirse entre ellos. Los grupitos de niños nos juntábamos imitando a los mayores y sabiendo que teníamos un par de horas, salíamos en estampida del club para disfrutar de nuestros últimos momentos del verano.

    Corrimos sin dirección por las calles hasta que pasamos delante de La Casa. Me chistó y escuché claramente que me pedía que entrara. La miré un tanto confundida, nunca había recibido esa orden y en todo caso esa tarde era un mal momento, teníamos el tiempo limitado. Les dije a mis amigos que teníamos que entrar, probablemente hubo quejas, pero yo entré por la vereda decidida con la seguridad de tenerlos detrás de mí, agarré el pomo de la puerta y lo giré.

    El pomo no se movió, lo zarandeé con decisión, empujé la puerta con mi hombro sin que se moviera un ápice, tiré hacia mí con decisión, la puerta crujió y se abrió hacia nosotros. Todos nos echamos hacia atrás asustados y soltamos algún gritito, nos cogimos las manos y nos acercamos unos a otros como una manada asustada.
    La Casa por dentro estaba vacía y estaba extrañamente iluminada, como si las paredes, techos y suelo tuvieran luz propia, entramos, el recibidor era extremadamente grande y al fondo se veía la puerta que conducía a otra habitación que se veía a lo lejos y una escalera de caracol que atravesaba el suelo hacia arriba y hacia abajo que no encajaba con las dimensiones de La Casa que se veían desde fuera. Alguno de los del grupo soltó un gemido de pánico y todos salieron despavoridos, pero yo me quedé clavada en el suelo agarrando con fuerza una mano que tiró de mí hacia atrás, la agarré con más fuerza, miré y me encontré los ojos asustados de Nuria. Nuestras sombras se reflejaron en la pared de enfrente y, a pesar de que nos habíamos quedado inmóviles cogidas de la mano, nuestras sombras se movían haciéndose muy pequeñas o inmensas como si el foco de luz se alejara y acercara a nosotras hasta que mi sombra se hizo cada vez más grande en comparación con la sombra de Nuria, mi sombra la cogió por la cabeza y la zarandeó, la lanzó al suelo y la pisoteó y le dio patadas. Mi sombra volvió a la misma estatura que Nuria, se sentó sobre ella y puso sus manos en su cuello, las piernas y brazos de Nuria se movían patéticamente intentando zafarse hasta que dejó de moverse. Mi sombra la agarró de las axilas y la arrastró unos metros, cogió el torso que desplazó haciendo desaparecer la cabeza como si estuviera en un agujero y empujó el cuerpo que finalmente desapareció.

    La Casa ululó como un grito de alegría o de éxtasis, o tal vez de triunfo. Yo me asusté tanto que corrí en dirección opuesta a las sombras y me uní a mis amigos que corrían por el sendero de La Casa como si el tiempo que había estado dentro con Nuria hubiese sido solo un pequeño instante. Corrimos hasta el club náutico atemorizados para buscar la protección de nuestros padres a los que explicamos a trompicones nuestra incursión sin hacernos entender y nos regañaron sin demasiada convicción por estar sudados y desaliñados en el momento que nos teníamos que ir. Las familias acabaron de despedirse y sin darnos tiempo a hablar sobre lo que había pasado cada uno se montó en su coche.

    Recuerdo retales de ese invierno, las sombras, las paredes iluminadas de La Casa, a mis padres comentando que en Llafranc había desaparecido la hija de los payeses que tenían un puesto en el mercado, el ulular espantoso de La Casa o la vocecita de Nuria y fue cuando empecé a escribir lo que había vivido en hojas sueltas que destruía en pequeños papelitos para que nadie supiera lo que había pasado.

    Al verano siguiente al llegar a Llafranc y cuando nuestro coche pasó delante de La Casa había un gato apostado en la puerta de La Casa, un gato marrón claro que siguió con la vista nuestro coche. Fui a verlo en cuanto pude, tenía la misma cara asustada que Nuria, se dejaba acariciar aunque se apartaba enseguida manteniendo una distancia prudencial sin dejar de quitar sus ojos grandes de encima mío. No dejé de moverme con mi grupo de amigos, pero ese año empecé a ir sola a mis incursiones a La Casa. Unas veces simplemente me susurraba quedarme en el jardín, otras me pedía acariciar el gato o llevarle algo de comida y otras me ordenaba entrar de nuevo en La Casa donde veía a mi sombra moverse, unas veces bailaba, otras se desnudaba y se movía obscenamente, se daba golpes en las paredes o perseguía a la sombra del gato o de una pajarito con un palo. La visión de mi sombra moviéndose de forma independiente creando el caos me excitaba, entonces La Casa ululaba y yo la imitaba jugando con los ecos de las paredes gimiendo y gritando de placer y volvía corriendo a mi habitación exhausta donde escribía como una posesa lo que había visto relatando todos los detalles y lo que había sentido.

    Los años pasaron y La Casa dejó de susurrarme tan seguido, mis incursiones se fueron espaciando, tal vez me quedé sorda a su voz o qué sé yo, tal vez me hice mayor y encontré nuevas distracciones hasta que mi relación con La Casa se limitó a saludarla el primer y el último día de las vacaciones y mi historia con La Casa se diluyó en mi vida quedando como una anécdota de mi adolescencia.

    Pasaron los años, me aficioné a la escritura de novelas de terror, me casé con Jaume, que también veraneaba en Llafranc y compramos un chalé en la misma urbanización, nos hicimos socios del club náutico, compartimos con nuestros amigos los mismos veranos que pasamos en nuestra juventud, la familia creció y nuestros hijos se juntaron en grupos de niños de las mismas edades de nuestros vecinos que salían las tardes a jugar a la urbanización.

    Pero una tarde en la que estábamos sentados con nuestros amigos en el club náutico mi hija mayor llegó exhausta y sudada con la cara desencajada y señalándome me acusó diciéndome con voz ronca: “¡Mamá!, al pasar por la casa abandonada un gato me ha dicho que mataste a una niña”, a su lado estaba el gato marrón claro que me miró con la cara de Nuria con una sonrisa maliciosa y ladina. Se me erizaron los pelos de la nuca y al levantar la vista acongojada vi a mis amigos con miradas acusadoras, como si toda la vida hubieran sabido lo que había pasado en La Casa. Sus sombras se separaron de sus cuerpos, me rodearon y se hicieron inmensas. Grité y pedí auxilio aunque tal vez no salió ninguna voz de mi garganta porque no llegué a oírme. Lo último que vi fue la cara de mi hija Maria que me miraba excitada levantando las manos como si fuera un director de orquesta jaleando a las sombras para que me atacaran.

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  6. Pantera Morada
    04/09/2026 @ 3:55 pm

    VIERNES

    Levántate después de una mala noche. Como siempre. Llegas justa de tiempo, pero hoy por lo menos no llegarás tarde.

    No has cobrado todavía, a pesar de que ya casi ha acabado el mes. Otras compañeras cobraron la primera semana. Llama a las oficinas. Largas, que lo tendrás en unos días. Como siempre.

    Hoy te toca hacer las oficinas y luego la comunidad. A penas te da tiempo a comer el sándwich y a tomarte un café con leche en el bar antes de llegar al bloque. Paco, el dueño del bar te comenta que necesita a gente y que no encuentra a nadie. La gente viene y va. Sonríes y le dices que ya encontrará a alguien. Pero recuerdas a Mario, el último chico que trabajó ahí, cuando te dijo que estaba cobrando en negro y que las horas extras no se las pagaban. También te encuentras a la vecina, que te comenta que necesita a alguien para que limpie la casa, nadie le dura y la última chica que tenía se fue sin decirle nada. El rostro ojeroso de Karina te viene a la mente, y el día que la viste salir por la puerta con cara de pocos amigos mientras la señora Genoveva le gritaba algo.

    Llegas a casa después de un largo día. Oyes la televisión desde antes de abrir la puerta. Es viernes. Mañana al menos sólo tienes que ir a un sitio, al menos podrás levantarte más tarde. Tu padre ni se molesta en saludarte cuando llegas, está absorto con las noticias mientras cena. Cuando te dispones a cenar se queja. Será algo sobre política o sobre lo inútiles que sois tú o tus hermanos. Y lo que valía tu madre. Como siempre.

    Tienes ganas de ver a tu hijos. Tienes ganas de que llegue el fin de semana para verlos. Mañana te irán a buscar después del trabajo.

    Por lo menos te acuestas temprano y te da tiempo de ver un rato la tele, ponen una película de miedo, las que te gustan. Te has quedado dormida en la silla. Te tomas la medicación, apagas la tele y te vas a dormir.

    Ya en la cama, recuerdas también a la hija de otro de los vecinos. Hoy te regaló un dibujo, te los regala a menudo. Pero lo que te llegó al corazón de verdad fue cuando le preguntó a su padre que si te ayudaban a acabar de limpiar la escalera y el portal podrías acabar antes el trabajo. Y recuerdas a tus hijos cuando eran pequeños, los fines de semana en el cine, la piscina en verano, cuando te traían las manualidades que hacían en el colegio. Y sonríes. La última interacción del día es con ellos, “buenas noches mi tesoro, te quiero mucho!!!”, “yo también te quiero mucho mama, buenas noches! Ojalá que puedas descansar mucho! Mañana nos vemos!!!”

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  7. xaisant
    04/09/2026 @ 8:49 pm

    El Despacho y el Refugio

    – El despacho huele de manera infecta; las ventanas piden desesperadamente ser abiertas. Los papeles se quedan a vivir en el suelo, cansados de ser ignorados.

    – El editor está sentado frente a mí, me desnuda con su mirada. Baboso de sonrisa falsa, mi escote siente cómo me clava los ojos a través de esas gafas sucias y viejas como él. Su aliento, mascado por el tabaco, se acerca a mí; detrás van sus palabras:

    – —A ver, chica, este relato que escribiste… para la guardería sí, pero no para nuestros lectores. Tu relato es plano, previsible, con final feliz. Tienes suerte de que los lectores te compran por el nombre, pero quiero otra cosa. La gente sufre, no saben qué hacen en esta vida y tú les dices que hay finales felices. No debemos mentir. Vete a casa y busca la oscuridad de tu alma, querida; sabes que puedes escribir diferente. Te espero la semana que viene con otra historia.

    – El baboso aleja la mirada de mi escote. Mis pechos lo agradecen, ya no siento la presión de su mirada. Me alejo de esa sala infecta donde el del encefalograma plano seguirá tocando el puro como si fuese su miembro viril. En todo caso, cierro la puerta con firmeza y no me detengo hasta llegar a mi casa. Allá se queda con ese puro que se deshace más rápido que su inteligencia.

    – Cuando llego a casa, mi mujer me espera. Le cuento cómo ha ido todo. Me abraza, me consuela, me dice que no pasa nada. La miro directamente a los ojos y la abrazo con la pasión que surge de la oscuridad.

    – La fibromialgia se clava en mis lumbares, pero no puedo renunciar a nuestro espacio de placer. Más me dolerá no poder estar con ella. Me tomo el maldito ibuprofeno, cierro los ojos y me concentro en el placer.
    – Mis dedos se hunden en su pelo mientras el medicamento empieza a hacer una tregua silenciosa con mi cuerpo. Ella conoce mis límites, mis zonas de dolor, y me toca con una lentitud sagrada, transformando el peso del día en pura corriente eléctrica. Sus labios bajan por mi cuello, deteniéndose en cada latido, recordándome quién soy fuera de ese despacho rancio. Ella me respeta, el que me paga ni me mira a los ojos.
    – Olvidamos el reloj. Nos movemos en una penumbra suave, donde su piel contra la mía es el único argumento válido contra el cinismo del mundo. Somos las chicas de la canción de mecano – La sensualidad no es prisa; es el roce pausado de sus muslos, el calor de su respiración en mi oreja y la forma en que nuestras manos se entrelazan, apretando justo cuando el dolor cede ante el deseo. El grito de dolor y el de placer se fusionan en uno solo. En la entrega de su cuerpo encuentro la profundidad que ese hombre jamás entenderá: una oscuridad que no es destructiva, sino un refugio fértil, el útero de donde nacen las verdaderas historias. Nos amamos hasta que el cansancio es solo paz y el dolor, un eco lejano.

    – A la mañana siguiente, la luz entró limpia por la ventana. Caminé hacia la escuela con el cuerpo extrañamente ligero, como si las caricias de la noche hubieran recolocado cada una de mis vértebras. Al cruzar el umbral del colegio, mi mirada era otra. El golpe del editor estaba completamente deshecho, diluido en las sábanas.
    – Veía a los niños correr, escuchaba sus risas ruidosas y caóticas, y sonreí. Ellos no sabían el motivo de mi pícara sonrisa. Ya crecerán. El viejo infeliz quería que escribiera desde la amargura, pero hoy sé con más fuerza que nunca que defender la luz y los finales felices no es ingenuidad; es un acto de absoluta resistencia.
    Si me vuelve a mirar al escote, le tiro el vaso de agua.

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  8. A Salgado
    04/09/2026 @ 9:04 pm

    EL REFLEJO DEL GRITO
    ACTO I
    Alicia Salgado

    Se despertó con el eco de su propia voz atrapado en la garganta. Sentía muchas veces aquella vibración en su cuello, como un ligero hormigueo. Imaginaba que había gritado con la última pesadilla de aquella noche. Pero era imposible.
    No recordaba el sueño, nunca lo recordaba del todo, solo la vibración fantasma de un grito que no existía, alojado en algún lugar entre el pecho y la mandíbula, como un animal que arañase una puerta cerrada. Pero siempre aquel murmullo sordo en su garganta. Y si preguntaba a su padre, era inútil. Él con una mueca, que imitaba a una sonrisa, le decía que no era nada.
    El despertador temblaba en la mesilla de noche. No sonaba, era un zumbido que ella percibía en los huesos antes que en los oídos. Lo apagó con un gesto automático y se quedó un momento inmóvil, boca arriba, dejando que el techo blanco le devolviera la calma. Todavía le latía el pulso en las sienes y tenía la camiseta pegada al cuerpo por un sudor frío que olía a miedo, aunque no habría podido decir a qué.
    El techo era un lienzo en blanco, antes de que pudiera reflejar nada, solo había silencio, paz. Y el silencio era el estado que la definía, donde podía sobrevivir.
    Se incorporó y lo primero que hizo fue abrir el cuaderno de tapas negras que descansaba junto a la lámpara. Escribió la fecha y debajo, con letra pequeña y precisa: «He vuelto a soñar. No sé con qué, pero me duele la garganta». Era su ritual de cada mañana, la primera palabra del día, aunque nadie fuese a escucharla. El cuaderno no necesitaba que ella tuviera voz: no le pedía nada, no la miraba con cara de angustia. Y eso era todo lo que ella podía esperar para estar en paz.
    * * *
    La casa estaba en silencio; su padre se había marchado temprano, como cada lunes.
    En la cocina encontró todo preparado: el vaso de zumo, la tostada cubierta con un paño de cocina y, apoyada en el azucarero, una nota escrita con aquella letra grande y redonda. No sabía por qué siempre le escribía con aquella letra tan grande, no tenía problemas de visión. No, ese no era su problema.
    Buenos días. He salido a las 7. ¿Has dormido bien? Te quiero.
    Ella giró el papel y escribió debajo:
    Te quiero, papá. Todo bien.
    Solo era verdad lo primero, pero las mentiras pequeñas caben en pocas letras y no necesitan explicación. Dejó la nota donde él pudiera verla al volver y desayunó de pie, mirando por la ventana. El patio interior del edificio era un lugar de luz grisácea por el que a veces cruzaba el gato negro del vecino. Aquella mañana no había nada. Escuchó el murmullo lejano del tráfico, identificó el taconeo de la vecina del piso de encima, el bebé llorando, la madre impaciente gritando la hora que se echaba encima a sus hijos…
    «Bien. Todo ordenado y colocado en su lugar. Todo suena igual».
    Al pasar por el salón camino de la puerta reparó en el rectángulo oscuro de la pared. Echaba de menos la foto, pero no quería reclamar a su padre que lo pusiera de nuevo. Pensaba que a él le resultaba más doloroso seguirla viendo. Solo quedaba una mancha oscura que reproducía el marco rojo que había estado durante mucho tiempo. Él no quería ver la foto cada mañana, pero a ella le molestaba más aquella sombra de color rojo; parecía sangre seca desvaída. Había intentado taparla con una tiza blanca, pero no servía; cada mañana se le iba la mirada a aquella mancha que se había extendido cuando su padre intentó fregarla; ahora era enorme y más sangrienta.
    Cuando él retiró la foto familiar, ella no preguntó nada. Ambos adivinaban sus silencios. Tal vez se adivinaban a través del silencio.
    «Es nuestra forma de comunicarnos. Añadimos una mirada que siempre esclarece todo».
    Hubo un tiempo que el cuaderno les servía de interlocutor. Él escribía en él cuando se marchaba a trabajar y ella dejaba sus sueños escritos para que supiera lo sucedido en la noche. Ahora él le dejaba los mensajes en un papel al lado del desayuno.
    Y la sombra rojiza en la pared y su maldito hueco se había convertido en otra palabra muda que los dos compartían.
    * * *
    El autobús de las ocho olía a café y al pelo recién lavado. Era otro de sus sentidos más desarrollados.
    «Tener un olfato tan fino no siempre es una ventaja».
    Se sentó junto a la ventanilla y apoyó la frente en el cristal, que estaba frío y ligeramente empañado por la respiración de todos aquellos desconocidos que abarrotaban el pasillo. A su alrededor la gente hablaba: una mujer discutía por teléfono con alguien que no parecía escucharla, dos chicos del instituto se lanzaban audios a un volumen que convertía sus voces en un chirrido metálico, un hombre mayor murmuraba algo para sí mientras pasaba las páginas del periódico gratuito. El autobús era una caja de resonancia repleta de voces que se superponían, se atropellaban y se cancelaban entre sí, y ella las oía con la inquietud de siempre, contando los minutos en que se podría alejar de aquel horrible rumor.
    «Ellos, ¿se oyen? Creo que me quedaré sorda si los escucho un momento más».
    A veces se bajaba antes de llegar al instituto, el último trozo pasaba por un parque. Había cogido el hábito de salir con tiempo de casa para pasar por dentro de aquel pequeño bosque. Era la pausa para poder llegar a otro mundo sonoro: el del instituto.
    Una voz era algo que se daba por supuesto, como los latidos o la respiración, hasta que faltaba. Entonces el mundo se dividía en dos mitades que no coincidían: los que podían llenar el aire con palabras y los que solo podían observar cómo se llenaba. Ella prefería ser de los segundos.
    Las aceras anchas cerca del instituto, estaban flanqueadas por plátanos de sombra cuyas hojas filtraban la luz de la mañana, y proyectaban en el suelo un dibujo cambiante que se movía con el viento. Caminó sobre aquellas formas movedizas pensando que el mundo, cuando se le quita el volumen, se parece mucho a una película antigua en la que solo importan la luz y las sombras.
    * * *
    La profesora Vidal la interceptó en el vestíbulo antes de que pudiera llegar a su taquilla.
    —Ya está montada la exposición de los de segundo —le dijo, con aquella mezcla de entusiasmo y conspiración que reservaba para cuando hablaba de arte—. Son versiones de El grito, de Munch. Algunas son impresionantes. Necesito tu reseña para la revista el viernes, ¿de acuerdo?
    Ella asintió y levantó el pulgar.

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