Ecofeminismo para dar una vuelta al mundo
Por Montse González de Diego
Hace unos días, un amigo se extrañaba de que un animal herido o amenazado le despertara más compasión que el niño o el adulto que sufre una dolencia, un peligro o incluso una pérdida. No era animalista, ni veterinario, ni voluntario, ni había colaborado en refugios ni en santuarios donde personas maravillosas permiten segundas oportunidades. Era alguien sorprendido por un sentimiento en apariencia contradictorio que prendía en su interior a contrapelo, una llama que iluminaba el reverso de sus costillas. Él mismo encontró palabras para nombrarlo. Palabras como vulnerabilidad, perplejidad, indefensión. Desnudez.
Desnudez ante el maltrato, las danas o los incendios que cada verano arrasan miles de hectáreas y de vidas. Mamíferos, aves, reptiles, insectos mueren entre las llamas, apenas sobreviven en ecosistemas calcinados o se ven obligados a desplazarse en busca de refugio y alimento. Humanos que ven el fuego cercar sus casas y corren con sus perros y gatos en brazos dejando atrás sus posesiones materiales. Algunos lloran a quienes quedan rezagados, esas gallinas que padecen hambre al quedarse solas. Hay quien arriesga su vida salvando las cabras, quien reúne coraje, corre a las zonas amenazadas y lleva agua, comida o calma cubriendo tanto desamparo.
Por desgracia, tampoco falta quien, víctima de un pensamiento binario, alza la voz en contra: o los animales o las personas, como si proteger a unos excluyera a los otro. O protesta por ese saco de pienso vertido en los comederos de animales salvados de entre las llamas. Son los mismos que rara vez mencionan a los niños desnutridos, a los que duermen en la calle, a los que padecen enfermedades incurables o la soledad de los ancianos, pero que recuerdan a todos ellos mientras juzgan al primero que atraviesa los campos, conduce hasta una casa y rescata a un animal o llena de agua el bebedero de los que están sedientos.
En su libro Claves ecofeministas. Para rebeldes que aman la tierra y los animales (Plaza y Valdés), bellamente ilustrado por Verónica Perales, Alicia H. Puleo propone un ecofeminismo que aborda cuestiones vitales de nuestro tiempo, marcado por las catástrofes naturales —o provocadas— y el deterioro del planeta. Así, la defensa de la igualdad extiende sus alas y acoge cuestiones como el cuidado de la naturaleza y el de los animales que sufren en macrogranjas, en espectáculos o apartados de sus hábitats naturales, bien sea por el fuego o bien por intereses que arrasan sus ecosistemas y su condición de seres sintientes.

La autora habla sobre sostenibilidad, alejándola del significado difuso que a menudo se le atribuye y vinculándola con la ecojusticia y la sororidad internacional con las mujeres pobres e indígenas de los países más empobrecidos. Aborda la ética de los cuidados, práctica que extiende de igual modo a los hombres, y el aprendizaje intercultural como un diálogo necesario para aprender de las demás culturas sin romantizarlas y teniendo presente que todas han sido injustas con las mujeres, los animales o las minorías sexuales, a la vez que identificamos qué puede aportar la nuestra a las demás. Defiende la autonomía sexual y rechaza la maternidad forzada y otras formas de explotación disfrazadas de consentimiento. La ciencia, la tecnología, el transhumanismo —capítulo especialmente revelador— y la salud de las mujeres, más afectadas que los hombres por la contaminación ambiental, son otros temas que recoge.
Además, menciona a pensadores comprometidos con la causa animal. Leonardo Da Vinci creyó injusto el trato que recibían. Margarita Yourcenar los defendió mediante sus novelas y activismo. Montaigne vio en el maltrato animal la raíz de la tiranía. De hecho, en uno de sus ensayos, el filósofo francés habló sobre la capacidad de los animales para entender a las personas o para comunicar diferentes necesidades entre ellos. A continuación, enumera algunas de las artes que desarrollan y que más tarde aprendimos los humanos. «[…] La araña a tejer y a coser, la golondrina a construir, el cisne y el ruiseñor la música, y muchos animales, por su imitación, a medicar…». También Tolstói, en su extraordinario ensayo El primer peldaño. Y otros escritos sobre vegetarianismo, o Voltaire, en sus Reflexiones vegetarianas, y, más recientemente, autoras como Olga Tokarczuk, entre muchos otros, han abordado estas cuestiones. Pero ¿qué relación existe entre la defensa de los animales, la igualdad y el cuidado del planeta desde una perspectiva ecofeminista?
Históricamente, el feminismo ha denunciado las situaciones de explotación que han experimentado las mujeres. Alicia Puleo rescata la aportación de las sufragistas, pioneras del ecofeminismo, que relacionaron la dominación y la violencia patriarcales que padecían las mujeres con las que sufrían los animales, incluso antes de que aparecieran términos como especismo. Una violencia ejercida en los hogares, letal para ellas y para sus compañeros no humanos, y que, en el caso de las más empobrecidas, también se ejercía en los hospitales, donde eran víctimas de un maltrato similar al de ellos en la experimentación. Las operaciones de histerectomía, añade, corrían paralelas al auge de la vivisección animal.
No es de extrañar que el voluntariado en asociaciones protectoras de animales funcione principalmente gracias al trabajo de las mujeres. Tampoco que el movimiento en defensa de los animales cuente con más presencia femenina, lo que despierta el desprecio de muchos. ¿Cuántas mujeres comprometidas con la causa animal no han tenido que lidiar con la condescendencia de quienes, especialmente hombres, interpretan su empatía como debilidad y su sensibilidad como una forma de inferioridad?
Una de las mujeres implicadas es, sin duda, María Tello. En El diario de Etna (ed. Círculo Rojo), un libro solidario, prologado por Paco Catalán e ilustrado por Irlanda Tambascio, muestra parte de la labor que la autora lleva a cabo desde hace más de quince años como voluntaria en un refugio. Y lo hace mediante la voz de Etna, una gatita de apenas mes y medio que ve desaparecer a su madre y a sus hermanas, horrorizada e impotente ante la imposibilidad de que nadie pueda hacer nada contra el agresor que las ha matado.

Cuando Etna llega al refugio, descubre a otros animales que esperan también su destino en transportines. Algunos han sido abandonados por sus dueños, después de haber vivido una vida pacífica y rodeada de cierto cariño, por motivos tan absurdos —teniendo en cuenta su naturaleza felina— como afilarse las uñas en los sillones. El sufrimiento de la cachorrita, y del lector, aumenta debido al futuro incierto que aparece ante ella, un futuro que en lugar de abrirse parece cerrarse.
Con una ternura que infunde deseos de salir de casa corriendo para adoptar un gato, la autora explica las reacciones de Etna al llegar a su nuevo hogar y su relación con los demás felinos que lo habitan. Clotilde, Serafín, Isis y Alba. También la relación entre los humanos, especialmente con Humana que, como otro ser vivo más dentro de esta maravillosa familia, la acaricia y la calma tratando de compensar en lo posible la ausencia de calor materno. De esta manera, la frontera entre especies se desvanece abriendo un espacio central reservado a los cuidados y el afecto.
Uno de los aspectos interesantes del libro son los conocimientos de la autora sobre los gatos y su estado después de atravesar situaciones terribles de abandono o agresión. Los animales caseros abandonados en colonias sufren bajada de defensas y tienen que enfrentarse a peleas callejeras con felinos que les aventajan. Muchos renuncian a comer y a acicalarse y se dejan hasta morir. Los que padecen leucemia o inmunodeficiencia, reivindica la autora, pueden vivir con tratamiento como cualquier otro animal, algo que puedo constatar por experiencia propia. El propio pelo de Etna está tieso y carece de suavidad, debido a la ausencia de una lengua, la de su madre, que debería asearla mientras la acaricia.
El sentido del humor está presente a lo largo del libro. Gatos que trabajan en equipo para sacar la ropa del armario y deleitarse con el aroma del suavizante y con el tacto mullido de los suéteres. O bien observan a Humana mientras se prueba los bikinis y opinan. El retrato de Etna es especialmente encantador. La autora introduce los rasgos de su físico con habilidad, y mostrando sus conocimientos como historiadora del arte, al comparar los colores de su cabecita con una obra de Da Vinci.
La prioridad de Humana, como la de la autora, es el refugio, donde pasa la mayor parte del tiempo desde que conoció la situación de perros y gatos abandonados. Formado por voluntarios entregados y mantenido con pocos recursos, el refugio se convierte en el centro de una vida dedicada a reparar, en la medida de lo posible, el daño provocado por el abandono, la irresponsabilidad y, en algunos casos, la crueldad de quienes disfrutan con el sufrimiento. La experiencia de Tello, más de quince años como voluntaria en refugios, se refleja claramente en su sensibilidad y en los conocimientos adquiridos sobre los gatos a lo largo del tiempo.
Y esa sensibilidad se percibe de igual modo en el gusto por el arte, que enlaza hábilmente con el mundo gatuno cuando Etna convoca a sus amigos para ofrecer su primera charla del ciclo Las tardes del arte: Tarde Gatuna. Con el aforo completo, la gatita explica la fascinación de los egipcios por sus antepasados y su importancia para la supervivencia de la civilización egipcia. De forma divertida, relata el papel que los gatos han desempeñado a lo largo de la historia y el vínculo que han forjado con los humanos. Tono que mantiene cuando Humana llega a casa y encuentra a los mininos agotados y tumbados después de la charla, lo que muestra ese universo de juegos y costumbres propias, a menudo incomprensible para nosotros, y recuerda que es vital cambiar el enfoque, reconocer que nuestros compañeros no humanos tienen sus necesidades, como hacen tantas mujeres comprometidas con su cuidado.
En tiempos de incendios, catástrofes, violencia y deterioro del planeta, urge ampliar el centro e incluir a los animales. Revisar la forma de entender el cuidado y la igualdad. Cambiar los enfoques habituales para encontrar salidas al cambio climático que beneficien a todos. Cuestionar la manera de relacionarnos con los demás seres que habitan el mundo, un mundo al que dar la vuelta alzando la voz en defensa de los animales, rescatando a los que sufren en mitad del fuego o de otras formas. En palabras de Puleo al recuperar el mito griego: Teseo ya no entra en el laberinto para matar al Minotauro, sino que, acompañado por Ariadna, lo libera.