Laboratorio 3 de octubre: en el bosque
Comentaremos textos escritos por los participantes y haremos actividades de escritura en el momento, que nos pueden servir como semillas para la sesión siguiente o no.
Cada sábado tendremos una consigna sobre la cual escribir. Los textos se tienen que poner en los comentarios de la entrada pertinente antes del viernes anterior a la sesión. Podemos poner el texto tal cual o un enlace a un sitio donde leerlo. Los textos tienen que tener, como máximo, 900 palabras. Cada participante tiene dos compromisos: a) Escribir un texto y b) Leer los de los compañeros.
El laboratorio tendrá un número limitado de participantes. Para cada sesión podrán asistir quienes cumplan las dos condiciones anteriores, por orden de presentación de textos. Pedimos a todos los participantes honestidad y buen rollo.
Consigna: Continuamos con la historia del sábado pasado, caminando por un bosque. 3000 palabras en tres sábados
Tenéis que escribir vuestros textos y ponerlos en los comentarios de esta entrada, bien pegando directamente el texto, bien poniendo un enlace donde leerlo hasta el jueves anterior a las 12 de la noche. Tenemos hasta la sesión para leer los relatos de los demás.
Cualquier duda la podéis preguntar por el grupo de Whatsapp.
01/10/2026 @ 2:46 pm
He deixat la part 1 de la sessió anterior i he afegit la part 2.
https://cloud.o2online.es/share/1SLBHDCDTCEBKI9W
01/10/2026 @ 10:29 pm
Vale, lo tengo. El primer paso que hará la pareja para tantear al protagonista será que la tía se bañará desnuda en el lago, el guía la observará con deseo y el chico le propondrá hacer el trío. Hacer un trío en una tienda de campaña debe ser muy incómodo, la otra opción es hacerlo en el suelo a la luz de la luna, pero en el suelo siempre hay piedras o raíces o bichos y eso no mola.
Para el guía será una primera vez que hará un trío y será su primera experiencia homosexual así explicaré sus sensaciones mientras que la pareja lo irá guiando. Para la tía describiré a mi amiga Esther, que siempre me ha dado mucho morbo y el tío será como Pedro, que se cuida y que pega para el papel.
No haré un relato lineal, que será muy aburrido. Empezaré el relato cuando ya están en el lío e iré añadiendo elipsis para describirlos y explicar cómo han llegado a hacer el trío, creo que así el relato será más intenso desde el principio y espero que a Alicia le guste este golpe de timón y que no le parezca previsible.
Me acerqué a Esther que buscó mi boca, agarró mi mano y se la puso en el pecho que amasé y apreté su pezón. Gimió, giró su cabeza y besó a Pedro. Yo no sabía muy bien que podía hacer, estaba descolocado y aún tenía miedo que las cosas se torcieran. Mi mano cambió de pecho y me topé con la mano de Pedro, la aparté como si hubiera tocado una plancha caliente, levanté mi mirada y Pedro me sonrió cariñosamente, dándome toda la seguridad que me había dado desde el principio, agarró mi mano, me la acarició con el pulgar y la colocó de nuevo sobre la teta de Esther.
No me gusta, va demasiado lento, tendría que empezar cuando ya están follando.
Estábamos los tres en la tienda de campaña, habíamos puesto las esterillas que cubrían todo el suelo, Pedro estaba encima de Esther moviendo sus caderas follandola rítmicamente, yo estaba a su lado observándolos excitadísimo mientras que Esther me miraba y me acariciaba con la mano que tenía a mi lado. Estiró el cuello pidiéndome con el gesto que la besara, me puse de lado y acerqué todo mi cuerpo para notar todo el calor de la piel de ambos en la mía y nos besamos intensamente. Nuestros cuerpos seguían el compás de los embistes de Pedro, con mi mano libre acaricié el muslo de Esther, recorrí su cuerpo que enseguida confundí con el de Pedro y sin casi darme cuenta mi mano estaba sobre su espalda.
Bien. Me gusta este principio, suficientemente caliente para atraer la atención. Ahora introduciré a los personajes para bajar la calentura.
Había conocido a esta pareja el día anterior, cuando los recogí en el centro de visitantes para guiarlos en una excursión al lago Estallenc que duraría dos días. Desde el primer momento estuve relajado con ellos, los dos estaban en forma, llevaban buen equipamiento y se notaba que sabían moverse por la montaña. Debían estar al final de los cuarenta años, tal vez ya habían rebasado los cincuenta. Esther tenía la piel morena, con una cabellera ondulada, una voz melodiosa, un culo respingón apetecible, una sonrisa preciosa y un escote que se le formaba un canalillo que daban ganas de tirarse de cabeza, más de una vez me pilló asomando la vista. Pedro tenía la cabeza rapada para disimular su calvicie, sin barba, mantenía su cuerpo en forma, se notaba que se cuidaba, era tan alto como yo, con una sonrisa franca y un tono de voz pausado que te hacía sentir bien.
Para, para que te estás enrollando mucho. Ahora continuaría con el lío, espero que esta descripción no haya sido demasiado larga. Iba en que la mano del guía estaba en la espalda de Pedro.
Pedro dejó de moverse y me miró, por un momento pensé que se iba a complicar, que me diría que nada de mariconadas, me darían una paliza hasta matarme, me hundirían en el lago con unas piedras dentro del saco de dormir y no me encontraría nadie. En lugar de eso Esther le dijo al oído a un volumen para que yo pudiera oírlo.
—Déjale un rato a él.
Pedro se desacopló con una ligera sonrisa en sus labios cuestionándome con la mirada para que me moviera. Se puso de rodillas entre las piernas de Esther mostrándome su polla erecta y brillante. Me moví y nos intercambiamos los sitios, con toda naturalidad Pedro me dio un condón que me puse con rapidez y me recosté sobre Esther que seguía con las piernas abiertas y la penetré sin dilación. Empezó a sonar música, levanté la vista y vi que Pedro estaba trasteando con su móvil, sonó samba suave o tal vez bossa nova.
Me gusta, muy sexual y así incorporo la música. Estoy seguro que esta vez Luis no se quejará que no describo el sexo como él espera. Ahora volveré con otra elipsis para explicar cómo es posible que hayan acabado haciendo un trío.
Por la tarde habíamos llegado al lugar de acampada, estábamos solos y no se esperaba que apareciera nadie más, mientras Pedro y yo montábamos una de las tiendas Esther se alejó hacia el lago, se desnudó completamente y se metió en el lago. Yo la miraba de reojo disfrutando de la vista de su espalda y su culo, se sumergió del todo y se puso a nadar. Pedro me sacó de mi ensimismamiento con una pregunta retórica.
—Está buena, ¿verdad?
Asentí levemente e hice como si continuara con el montaje de la tienda con miedo a que me abroncara por estar mirando a su pareja.
Al poco rato Esther salió del agua y se quedó de pie un buen rato con el agua por los tobillos mirándonos descaradamente, mostrándonos su cuerpo desnudo que yo observé estupefacto y susurré para mis adentros: “joder”.
01/10/2026 @ 11:06 pm
Dentro del bosque
La llave está debajo de una piedra, tal como la dejé. Abro la puerta. En la entrada me saluda el olor a vacío, como un reproche silencioso.
Han sido muchos los años de abandono. El polvo se ha adueñado de todo. El polvo, las telarañas y las sombras, flotan por todos los rincones; aposentados en cada esquina, en el suelo, en los muebles, bajo las lamas de la madera quejumbrosa. Se respira el aroma acre de la soledad en todas partes.
Dejo la ligera maleta en la entrada. Me acerco a la escalera y paseo los dedos por la barandilla. Observo mis yemas, sucias por el verdín del bosque. El perfume salvaje a hojas secas trae imágenes de otras épocas y me dejo hipnotizar por los recuerdos.
Escucho el canto de los pájaros que antaño gorjeaban en el tejado. Oigo el griterío de zapatos bajando los escalones. Aspiro aire frío que trae olor a pan recién horneado y a tormenta. El aroma especiado de la vegetación, lo impregnaba todo, en segundos.
Veo a mi madre que sale de la cocina. Limpia sus manos llenas de harina en el mandil gastado que lleva anudado en la cintura. Nos riñe con ternura. Hacíamos tanto ruido… “No, no podéis salir ahora; cuando pare de llover”. Siempre era lo mismo. Los tres nos dejábamos caer en los sofás del comedor, abatidos.
Pobre mujer, mi madre. La recuerdo siempre cocinando para nosotros que éramos un pozo sin fondo. Pero teníamos tanta energía, estábamos tan llenos de vida, siempre tan hambrientos. Luego, cuando la tragedia nos despertó a bofetadas de nuestros ingenuos sueños de críos, ella se apagó como una llama bajo la tormenta, convirtiéndose en un humo denso y gris que cegaba y escocía en los ojos. Hasta que se apagó dejando a su paso una niebla amarga que ya no alimentaba el estómago ni el corazón.
En aquellos veranos, el aburrimiento feroz nos ardía en las tripas. Yo, muchas veces me tendía junto a Tom. Le acariciaba las largas orejas y le contaba mil secretos, sonriendo al ver su mirada distraída y perezosa. Ojos fríos de mastín. Lánguidos como los días de lluvia. El tiempo se estiraba, mientras tumbada al calor del can, escuchaba el golpeteo de su corazón. Cada latido era un segundo que perdía de vida. Pero en ese momento yo no era consciente. Nada importaba. Solo la placidez de la modorra. Al poco, cansada de escuchar el gorgoteo de las tripas del perro, me reía como una loca sin saber de qué, solo por el placer de escuchar mi propia risa.
Mis hermanos no me hacían caso, entretenidos como estaban construyendo castillos de colores. Erigiendo torres tan altas que se vencían por el peso y se desmoronaban. Me gustaba el ruido que hacían las piezas al golpear la madera del suelo. A mis hermanos también. Por eso montaban esas torres infinitas. Siempre fuimos destructores. Nos gustaba el caos hasta que el caos nos tragó.
Aquel día, los truenos nos hicieron imaginar que éramos marineros de barcos a la deriva. Náufragos en un mar embravecido. Nos subíamos a los sofás, a las sillas, a la mesa. Hacíamos ver que nos caíamos de la borda y nos tirábamos al suelo. Rodando. Riendo como estúpidos. Sudando a mares. Las mejillas encendidas y el pelo alborotado. Pelusas y agujas de pino secas enganchadas en la ropa. El placer de lo ocioso. La ignorancia del mañana. De un mañana que nos abofeteó, sin previo aviso, unas horas después.
Abro la puerta del comedor. Creo escuchar el rumor de nuestras voces infantiles, como si éstas se hubieran quedado suspendidas en la estancia, contenidas por el paso del tiempo. Congeladas como estalactitas entre los muros de la casa. Pero es solo una ilusión. Hace muchos años que nuestras voces dejaron de ser ingenuas, de ser ligeras como la brisa. Ahora solo hablamos con la voz pesada de la distancia. Alejados unos de otros. Ignorantes de nuestras raíces, como desconocidos en una gran ciudad.
Encima del hogar descansa su retrato. Mi padre. Me parece extraño, como si jamás hubiera existido. Una imagen detenida en mi memoria a la que no consigo dar vida. No recuerdo su voz, aunque a veces me sorprende su risa. Una risa atorada en mi garganta, como si se burlara de mí. Como si se riera de nuestros sueños infantiles. De unos sueños que se marchitaron aquella tarde de verano. Su vida se apagó en el asfalto de una carretera. Nuestra infancia se detuvo bajo la luz mortecina de unos faros en la tormenta. De una tormenta que maldecimos porque no nos dejaba salir a jugar. Pobres náufragos en la tormenta.
Subo al piso de arriba y dejo la maleta en la que fue mi habitación. Ligeros haces de luz se cuelan por entre las lamas ajadas de la persiana y se depositan, titubeantes, sobre el colchón que apesta a humedad. No sé qué hago aquí. En esta casa ya no queda nada mío.
Abro el armario y me encuentro con perchas de las que solo cuelgan telarañas. Una araña escapa de la luz. Soy una intrusa en su mundo. La araña y yo envueltas en sombras, ocupando un espacio impreciso en la bruma de esta casa solitaria. De una casa que fue un hogar y que ahora, como mi corazón, es un desierto.
Descorro la cortina para dejar entrar más luz. Subo la persiana, abro la ventana. Aspiro el aire a bocanadas, sedienta de vida. El bosque ha llegado hasta la casa. Durante todos estos años ha crecido desordenado. Salvaje. Adueñándose de un lugar que siempre fue suyo. Las ramas de los castaños acarician la madera enlutada de las paredes. Los pinos han dejado caer sus agujas sobre el tejado. Huele a sabia y a piñas verdes. La hiedra cubre los muros como un amante tirano, opresivo. Opacando la luz, cada vez más escasa. Aislando a la casa y ahogándola dentro de su oscuro y salvaje corazón de bosque.
Me gustaría no recordar el pasado, pero en este lugar es imposible. El pasado es lo único que queda. Decido salir a pasear. Espero que el bosque me lo permita. Al llegar he visto como la vegetación se cerraba a mi paso, cubriendo el camino, ocultando la salida. No debería haber vuelto, pero es difícil no regresar al origen cuando pretendes salir del laberinto en que se ha convertido tu vida.
El camino se divisa a duras penas, cubierto de maleza. La vegetación ha crecido rápida, incontrolable. Como un cáncer voraz, se expande sin compasión por todos lados. El bosque es un ser cruel, inhóspito. Se agarra a las paredes de la casa con espinas y púas. Los árboles están hambrientos de espacio. Sedientos como sanguijuelas. De la madera rezuma sabia espesa y pegajosa. Las raíces han entrado en los cimientos de la casa, violentando los muros. Agrietando la madera. Dejando estacas de punta en las paredes quebradas, en un acto defensivo contra aquél que ose detener su expansión salvaje. Pronto la casa de mis padres también desaparecerá engullida por el estómago voraz del bosque. Es un animal sediento, necesita contener la vida para no secarse.
Está borrando la casa y, ahora, me quiere borrar a mí. Lo noto. Escucho su voz susurrando entre las hojas. Como el jadeo de un animal, traído por el ulular del viento. Necesito alejarme de la casa para poder pensar con claridad. En ella me confundo con las paredes. Me diluyo entre las grietas. Temo desaparecer convertida en polvo. En el bosque está la salida, pero no sé si el bosque querrá que la encuentre.
Entre la maleza me siento observada por ojos invisibles. Son los habitantes de la selva. El viento trae sus nombres. Nombres que no recordaba, pero que ahora me reconfortan y me guían. Son los amigos que se quedaron en el devenir del tiempo. Compañeros de diversión, de fatigas. Siento en las mejillas la caricia de su aliento. Me hace sentir poderosa. El bosque parece menos hostil y amargo. Quizá se abra y pueda salir.
En un recodo del camino, oigo una rama que se quiebra y aparece una niña de grandes ojos y pelo dorado como el trigo. Me sonríe y echa a correr. Yo voy tras ella. Oigo su risa, fresca y etérea como el agua de una cascada. Va dejando una estela de flores perfumadas a su paso. Sigo sus huellas hasta una cueva. Ella se ha metido ahí pero yo no consigo entrar. El hueco es demasiado pequeño. Saco un espejo del bolsillo. No recordaba que lo llevara encima. Consigo reflejar el interior de la cueva. Más allá, al otro lado, veo a la niña que salta como un cervatillo, esquivando árboles y troncos; dejando atrás el bosque que se abre a su paso. Cada vez más lejana, caminando de puntillas como una bailarina o pisoteando el camino como si pudiera separar montañas. Se aleja de mí. Se aleja del bosque hasta llegar a un claro. Allí se tumba sobre un prado colmado de hierba fresca. Forma alas con los brazos. Amables ángeles de hierba aposentada. La niña crece ante mis ojos hasta convertirse en una mujer, pero ya casi no puedo verla, está muy lejos. Se escapa de mi visión. Sigue su camino hacia parajes inalcanzables. Aún así, su voz llega a mí traída por el viento. Una voz madura y cálida que me enciende el corazón. Mis ojos se humedecen. No sé si ha sido un recuerdo. Si ha sido un sueño. Entonces, la lluvia fresca cae sobre mí y las hojas de los árboles se mueven como si la risa de la niña-mujer las hiciera bailar.
01/10/2026 @ 11:15 pm
SIN RETORNO
Mateo empezó a sentir cómo el oro se adentraba en su cuerpo. Su corazón comenzó a latir con furia; era una carrera a ninguna parte. Su respiración agónica no lo llevaba a ningún lado. Sentía que su camino empezaba a cerrarse para siempre. Dentro de sus entrañas, el polvillo de oro recorría arterias y venas sin descanso, sumergiéndose en todos los rincones de sus órganos: desde los ventrículos, pasando por los hemisferios cerebrales, hasta llegar a sus pies. El polvillo de oro transformó todo su cuerpo. Solo el alma sobrevivió a tal furibundo ataque; cerró los ojos para no volver a caminar por el sendero de la vida.
El polvillo de oro iluminó la penumbra del bosque con un destello tenue, y las copas de los árboles comenzaron a agitarse en un baile frenético, ajeno al aliento del viento. Como marionetas impulsadas por una fuerza subterránea, los diez jóvenes volvieron a erguirse; pero no había vida en sus pasos, solo la rigidez de quienes echaban raíces. Sus pies, clavados en la hojarasca, se hundían a medida que la tierra reclamaba su materia. La fusión con la naturaleza no era un mero trance, sino una metamorfosis irreversible que consumía lentamente su condición humana.
Sol, la líder del grupo, fue la primera en recuperar la conciencia. Intentó comprender qué les había sucedido. Habían desafiado a la naturaleza muchas veces, pero siempre habían regresado. Esta vez, sin embargo, habían cruzado un umbral definitivo. Sol conocía el poder de aquel bosque encantado y sus antiguas leyendas, pero jamás había imaginado que su poder pudiera conducirlos hacia una transformación de la que no existiría retorno.
Sol no podía moverse. Atrapada en medio de una existencia que se desvanecía, sus piernas se iban transformando progresivamente en madera. La pregunta sobre cuánto tiempo les quedaba antes de la fusión definitiva se convirtió en una angustia silenciosa. También apareció la posibilidad de que existiera alguna forma de revertir el hechizo.
El viento del atardecer no solo agitaba las copas de los pinos; ahora traía un crujido sordo, subterráneo, como si el corazón mismo de la montaña estuviera latiendo a través de las raíces.
El chico de las rastas también había despertado. Su voz ya no sonaba completamente humana y parecía resonar con el eco cavernoso del agua golpeando la piedra subterránea. Al girar el cuello, un movimiento glacial que le costó un crujido de corteza en la nuca, Sol vio cómo la piel violeta del muchacho se agrietaba en veteados dorados. A su lado, la chica de la túnica blanca estiraba los brazos hacia el cielo; sus dedos ya no tenían uñas, sino brotes tiernos de pino que buscaban ansiosos la última luz de la tarde.
Poco a poco comprendieron que ellos no habían roto el umbral. El umbral los había llamado. El brebaje solo había sido la llave para abrir una cerradura que llevaban dentro. La transformación no era un accidente ni un simple envenenamiento: formaba parte de una fuerza antigua que esperaba el momento de despertar.
El muchacho de las rastas recordó entonces que todos iban a morir algún día y que, en cierto modo, fusionarse con la naturaleza podía parecer una forma de eternidad. Sin embargo, la imagen de sus familias y de las vidas que todavía les quedaban por vivir convirtió aquella supuesta liberación en una condena. Nadie comprendía quién había llevado hasta allí el oro mágico ni quién había acabado realmente con sus vidas.
Mateo, erguido como un centinela de roble a pocos metros del pozo, sintió que el pánico intentaba aflorar en su pecho, pero su corazón ya no bombeaba sangre. El líquido que recorría sus entrañas era una savia dorada, viscosa y tibia, que sofocaba cualquier rastro de miedo. Comprendió que la mente humana era demasiado pequeña para contener la memoria de la tierra. La razón se evaporaba; en su lugar nacía una conciencia colectiva, profunda y sin tiempo. El destino parecía haber sido escrito mucho antes de que ellos llegasen a aquellas tierras.
Sol intentó encontrar una salida. Recordó el cuaderno y sus notas. Allí se afirmaba que la red de la tierra no destruía, sino que integraba. Si la red los integraba, quizá todavía podían conservar su voluntad.
El suelo respondió con una sacudida vibrante. La tierra húmeda comenzó a engullir sus tobillos mientras las fibras de madera subían implacables por sus pantorrillas, fusionando la carne con las micorrizas subterráneas. La resina dorada brotaba de los poros de los diez jóvenes y de Mateo, conectándolos mediante finos hilos de luz parpadeante que se hundían en el manto del bosque.
Entonces Mateo comprendió que ya no necesitaba hablar con la boca. Su voz parecía proceder del propio suelo y resonar en la mente de todos al mismo tiempo. La idea que transmitía era terrible: no podían volver porque nunca se habían ido realmente. La ciudad, la carne y el tiempo habían sido únicamente una ilusión prestada. La montaña no devolvía aquello que siempre le había pertenecido.
Sol miró sus manos. La piel de sus palmas había desaparecido, reemplazada por una textura rugosa. Intentó tirar con todas sus fuerzas, buscando el dolor de la carne y el dolor de estar viva como humana. En lugar de eso sintió la sed de los pinos lejanos, la humedad del acuífero que fluía a cien metros bajo sus pies y la frialdad de la noche que se desplomaba sobre la cumbre.
El hechizo no era una maldición. La posibilidad de dar marcha atrás se disolvió en el instante en que el último rayo de sol tocó la copa del pino más alto.
El crujido de la madera alcanzando sus pechos marcaba que el inicio de la quietud estaba próximo. El único lenguaje que les quedaría pronto sería el del viento.
El chico de las rastas miró fijamente a Mateo. Pronto ellos mismos serían ramas del bosque infinito. Entonces recordó haber visto una bolsa con granos de oro en la habitación de Mateo. La imagen regresó con claridad: Mateo guardándola cuando él lo había visto con ella en las manos.
La sospecha se transformó en acusación.
Los jóvenes comprendieron que Mateo había ocultado algo desde el principio. No se trataba únicamente del hombre que los había encontrado muertos en el claro. Había conocido el secreto del oro y había participado en aquello que había provocado su transformación.
Mateo apenas conservaba aliento. Observó a todos los que habían sido humanos mirarlo, maldecirlo y escupirle, aunque ya ninguno tenía piernas con las que llegar hasta él para matarlo.
Finalmente, Mateo reveló la verdad.
Había tenido sus dudas. Cuando se arrepintió y quiso salvarlos, ya era demasiado tarde. Él conocía los secretos del bosque porque el propio bosque se los había revelado, y los había anotado en el cuaderno. Sabía lo que sucedería al fusionar el oro con sus pócimas en aquel bosque mágico.
También conocía su propio destino.
Había aceptado el final de su vida del mismo modo que ellos tendrían que aceptar el suyo.
El bosque necesitaba once almas para despertar su vieja red, y Mateo había sido el encargado de entregar la última semilla.
Pero aquella revelación contenía una segunda verdad.
Mateo no había sido únicamente el responsable.
También había caído en la trampa.
Había llevado el oro hasta allí creyendo que podía cumplir la función que el bosque le había impuesto, pero cuando comprendió la verdadera dimensión de lo que estaba haciendo intentó detenerlo. Ya no podía hacerlo. El ritual estaba completo y la montaña también lo reclamaba a él.
La corteza comenzó a cubrirle los labios.
La respiración se hizo cada vez más lenta.
Los once cuerpos estaban unidos por la misma red dorada.
Ya no existía una frontera clara entre Mateo, los jóvenes, las raíces y la tierra.
La noche había caído por completo.
Sol intentó recordar su vida anterior. Durante un instante aparecieron imágenes fragmentadas: una habitación, una madre, una voz, una ciudad. Después comenzaron a desvanecerse.
Primero desaparecieron los nombres.
Después los rostros.
Después los recuerdos.
Y finalmente la propia sensación de haber sido humana.
Las once figuras quedaron inmóviles.
El bosque recuperó su silencio.
Bajo la tierra, las raíces continuaron extendiéndose lentamente por la montaña, conectándose unas con otras como una inmensa red.
El bosque había despertado.
Y ahora sabía que los humanos existían.
Mateo les dijo sus últimas palabras, aun faltaba una respuesta……
02/10/2026 @ 5:00 am
Hola, he añadido la parte 2 a la parte 1 (la de la semana anterior)
https://docs.google.com/document/d/16f4pAHTgehMdDgj5pz3OxLimQzuWyVaS/edit
Alicia Salgado