Justa Freire
Por Miriam Jareño
En los tiempos que corren actualmente, con un sistema educativo en peligro ante su comprometida situación, es muy de agradecer que recordemos que la enseñanza, amén de un oficio, también puede ser una pasión. Indudablemente quien elige el camino de la docencia lo hace porque desea ganarse la vida con ella, pero esta carrera tiene un fuerte componente vocacional y la biografía que hoy saco a la luz es una muestra muy clara de ello.
La mujer de la que hablaremos, Justa Freire Méndez, sigue siendo una desconocida a día de hoy. No fue una persona con una vida destacable por haber cometido actos heroicos. No fue una guerrera. No luchó con las armas. No fue un miembro destacado de ningún partido político. Quizá podríamos decir que fue hasta cierto punto anodina, si nos atenemos a los criterios mencionados para otorgarle a alguien el título de destacable.

Pero no nos quedemos en la superficie. Si leemos esta biografía, escrita por una especialista en la historia de la educación española como es María del Mar Pozo Andrés, nos damos cuenta de que su biografiada fue una mujer de todo menos anodina. No fue una mujer de clase acomodada, pero tampoco pasó estrecheces. Podríamos decir que pertenecía a la actual clase media. Su madre y su tía fueron dos personas muy importantes en su vida, ya que ambas estuvieron muy pendientes de su educación y la impulsaron a cursar estudios superiores de Magisterio. Aunque Justa nació en un pequeño pueblo de la provincia de Zamora, se trasladó a Madrid una vez finalizados sus estudios universitarios, ciudad en la quiso ejercer su vocación docente por el resto de su existencia.
Su primera experiencia profesoral fue en un colegio rural en la misma provincia que la vio nacer, pero pronto ganó unas oposiciones que la llevaron a entrar en contacto con el Grupo Escolar Cervantes, que tenía una estrecha relación con el Instituto Libre de Enseñanza (ILE) —Grupo Escolar era una denominación usada en la España del siglo pasado para denominar a los actuales colegios—. Cabe destacar que Justa, cuando se estaba preparando estas oposiciones, era una mujer dotada de gran humildad, ya que, según deduce la autora de esta biografía tras haber podido consultar los diarios de esta maestra, no tenía nada clara su valía personal para enseñar en una institución del nivel del Cervantes.

Es aquí donde Justa Freire conoce a quien sería su mayor influencia a la hora de mejorar como docente: Ángel Llorca, el director del centro. Este fue un referente a lo largo de toda su carrera, su persona de confianza, a quien recurría cuando se sentía desanimada y también quien la apoyó y la animó a mejorar siempre como maestra, pues juntos realizaron varios viajes por Europa, concretamente a Bélgica, Francia y Dinamarca, países en los que Justa absorbe sus respectivos métodos educativos y los implementa primero en el Cervantes y más tarde en el grupo escolar Alfredo Calderón, del que fue directora tras ganar las oposiciones para ocupar dicha plaza. De hecho, cabe destacar que fue de las primeras mujeres directoras de un colegio, cosa que la convierte en una mujer pionera.
En el Calderón seguirá implementando los métodos educativos que había aprendido a lo largo de sus viajes y, a pesar de contar ya con suficiente autonomía y una mayor autoestima laboral, siguió consultando siempre que pudo a su mentor. De hecho, la impresión que se trasluce es que Justa estaba enamorada, platónica o realmente, del director del Cervantes, sin embargo, no parece haber existido una relación romántica entre ambos, ya que Llorca estaba casado y era mucho mayor que Freire. Dejando al margen este pequeño apunte intrascendente, cabe remarcar que ambos se compenetraban a nivel profesional, ya que aprendieron mucho el uno del otro y se apoyaron mutuamente cuando la adversidad les golpeó.
Con la llegada de la Guerra Civil se vio obligada a clausurar el centro y fue trasladada a Valencia junto con Llorca y varios pedagogos destacables para organizar allí las llamadas Comunidades Familiares de Educación, que fueron unos centros en los que alumnos y profesores convivieron en un clima lo más familiar posible para minimizar, en la medida de sus posibilidades, el trauma que suponía para los niños estar separados de sus padres y vivir en una guerra. Justa no pudo permanecer demasiado tiempo en estas comunidades, ya que el gobierno le iba encargando visitar los diversos centros existentes y supervisando su funcionamiento. Esta tarea, por lo que parece, la llevó a cabo con eficacia.
Una vez terminada la contienda, Justa Freire fue detenida y llevada a la tan tristemente conocida Cárcel de Ventas, en la que coincidió brevemente con Matilde Landa (a quien reseñé en la revista de abril de 2026). El paso de nuestra biografiada por la temible cárcel fue breve, ya que permaneció en ella solamente un par de años. Justa, que nunca abandonó su pasión por la enseñanza, se encargó, durante su período de reclusión, a alfabetizar a otras reclusas. Esta tarea no la llevó a cabo a solas, pues tanto Matilde como María Sánchez Arbós, otra maestra con la que mantuvo una buena relación a lo largo de su vida, colaboraron en esta tarea.
Cabe destacar en este punto que Justa no guardó un mal recuerdo de su paso por la prisión, ya que ella lo vio como un lugar diferente en el que seguir ejerciendo su labor educativa. Remarco esto porque me parece llamativo este recuerdo cuasi positivo de su paso por un lugar que encerró tanto dolor, tanta muerte y tantas torturas. También es cierto que, en su juicio, se dieron cuenta de que Justa no era una persona desafecta al régimen y no guardaba ningún sentimiento antifranquista, pues los jueces parecieron sentir hasta lástima por ella y trataron de ayudarla. Y Justa tenía, efectivamente, una buena lista de personas que pensaba que hablarían en su favor, pero sufrió alguna traición que no se esperaba.
Una vez liberada de la Cárcel de Ventas y ejecutado su expediente de depuración, no le quedó más remedio que ejercer de maestra particular, ya que era la única manera en la que pudo volver a su oficio y su pasión, la enseñanza. Con el tiempo consiguió entrar en el Colegio Británico como secretaria, aunque en la práctica la usaban de comodín, pues tuvo que sustituir en numerosas ocasiones a profesores que se ausentaban de forma justificada o no. Aquí tuvo que reinventarse, pues los métodos empleados para la enseñanza nada tenían que ver con los impartidos en el Calderón, pero Justa, como persona ávida de educar siempre de la mejor manera posible, se adaptó al cambio y ejerció su labor de forma eficaz, ganándose el cariño y el respeto de todo el cuerpo docente.
Justa Freire tuvo que pedir su reingreso en el cuerpo funcionarial de maestros nacionales, cosa que le concedieron en 1953, pero con la prohibición expresa de ejercer como docente en Madrid. Debido a este castigo acabó ejerciendo como profesora en el Grupo Escolar Padre Algué, en Manresa. Pero Justa, que no deseaba estar allí, se las ingenió para alternar su docencia entre la ciudad catalana y Madrid.
Con Justa Freire se cometió una injusticia que ella nunca comprendió. Anteriormente he mencionado a María Sánchez Arbós, otra maestra que estuvo muy presente en su vida. Ambas fueron depuradas por el régimen y castigadas por el mismo delito (el de haber tenido ideas izquierdistas, hecho que no se demostró en ninguno de los dos casos). Pero mientras que a Sánchez se la inhabilitó para ejercer puestos directivos y de confianza durante un período de tres años, a Freire se le amplió el castigo a cinco años. Idéntica acusación, castigo distinto. ¿Por qué Justa fue más duramente represaliada? Al parecer, la persona que dictaminó tan dura sentencia había tenido algún roce laboral con ella durante la etapa republicana y este rencor quedó guardado en su corazón. En cuanto le fue posible, ejecutó su venganza. Justa reclamó tanto como le fue posible. Lo más sorprendente es que siempre obtenía una respuesta favorable a sus requerimientos, pero en el último momento intervenía una mano negra que desmontaba la petición.
Como dato curioso en los años de madurez de Justa Freire, mencionaré que pasó de ser una persona sin una religiosidad marcada a albergar una fe bastante sólida, basada en años de reflexión y de conocimiento de las Escrituras por trabajar en el Colegio Británico de tintes religiosos. Y aunque Justa no dejó de demostrar que su fe era verdadera y coincidía con lo que el Régimen exigía a sus adeptos, no vio cumplido su sueño de volver a dirigir el Alfonso Calderón.
Para finalizar esta reseña, debo hacer constar que a lo largo del libro se menciona en incontables ocasiones que Justa Freire fue una maestra que quería ser maestra, que dedicó su vida a la enseñanza y que consiguió inculcar la sed de conocimientos a personajes de la aristocracia e incluso a varios hijos de jerarcas franquistas. Justa Freire nunca tuvo en cuenta la ideología de los niños ni de los padres, sino que se limitó a transmitir su pasión por saber y aprender a todos los niños con los que se fue cruzando a lo largo de su vida.
Sirvan estas líneas finales para rendir un sentido homenaje a todos aquellos profesores y maestros de nuestra época que siguen ejerciendo su labor en unas condiciones no sé si mejores que aquellas que tuvo que sufrir Justa Freire. Aunque hemos avanzado mucho en algunos aspectos, a día de hoy la labor de un maestro parece no estar tan valorada como lo fue en la época de Justa, ya que a los maestros se les exige no tan solo que eduquen, sino que sean casi unos segundos padres, y no siempre con el respeto que merece una profesión tan vocacional y tan importante como esta.