Laboratorio de escritura 5 de noviembre.

Complementamos las reuniones Letraheridas con un laboratorio de escritura los sábados alternos. La primera sesión es el sábado 5 de noviembre de 11 a 1.

Comentaremos textos escritos por los participantes y haremos actividades de escritura en el momento, que nos pueden servir como semillas para la sesión siguiente o no.

Cada sábado tendremos una consigna sobre la cual escribir. Los textos se tienen que poner en los comentarios de la entrada pertinente antes del viernes anterior a la sesión. Podemos poner el texto tal cual o un enlace a un sitio donde leerlo. Los textos tienen que tener, como máximo, 900 palabras. Cada participante tiene dos compromisos: a) Escribir un texto y b) Leer los de los compañeros.

El laboratorio tendrá un número limitado de participantes. Para cada sesión podrán asistir quienes cumplan las dos condiciones anteriores, por orden de presentación de textos. Pedimos a todos los participantes honestidad y buen rollo.

Concretando todo esto para la primera sesión. Como consigna vamos a tener una imagen: «Un excursionista que va por el monte se encuentra un grupo de personas en círculo y en medio, subido en una roca, otra persona que parece ser su guía».

Tenéis que escribir vuestros textos y ponerlos en los comentarios de esta entrada, bien pegando directamente el texto, bien poniendo un enlace donde leerlo hasta el día 3 de noviembre a las 12 de la noche. Tenemos hasta el propio día 5 para leer los relatos de los demás.

Cualquier duda la podéis preguntar por el grupo de Whatsapp.

15 comentarios

  1. Lluís Guitard

    María le había hecho un gesto divertido indicándole que necesitaba orinar. Iván asintió y vio cómo ella se alejaba hacia unos pinos. Miró hacia adelante y vio que unos metros más allá el camino descendía abruptamente. Pensó que quizá en ese lugar hubiera una buena vista y que podía adelantarse para comprobarlo. Caminó aprisa, alargando todo lo que pudo las zancadas para llegar antes de que María volviera al camino.
    Se detuvo al llegar al recodo, se secó el sudor con el dorso de la mano y respiró profundamente. Había valido la pena. La montaña se abría hacia una pequeña hondonada iluminada por el sol del atardecer. Un mosaico de viñedos, árboles, caminos, casas, un riachuelo, algunas vacas, y no muy lejos de donde se encontraba, una persona sentada encima de una gran roca, rodeada por un grupo de excursionistas que misteriosamente caminaban en círculos, cabizbajos y con extremada lentitud. ¿Qué podía ser eso?
    Iván se giró y vio que María ya había vuelto al camino. Le hizo un gesto con la mano para que se acercara. El sol oblicuo de la tarde se reflejaba en su cabello ya casi completamente blanco. A Iván no le gustaba que María hubiera dejado de teñirse el pelo, hacía demasiado evidente que estaba envejeciendo. Se lo dijo en su momento y María lo entendió, aunque también se negó a cambiar su decisión. Una madre (aunque adoptiva, ella era su madre) tenía derecho a tomar sus propias decisiones.
    También había engordado, no se arreglaba, casi nunca salía de casa. Parecía una renuncia definitiva a encontrar pareja alguna vez, después de varias relaciones breves, cada vez más espaciadas, con hombres que no habían comprendido a Iván. Porque ninguno había aprendido a comunicarse con él. ¿Cómo iban a comprenderlo? Después de la adopción, los retrasos en el desarrollo del bebé empezaron a ser cada vez más evidentes y se confirmó que en el embarazo había sufrido las consecuencias del alcoholismo de su madre, allá en Rusia. Aunque la mudez no era un síntoma habitual del síndrome alcohólico fetal, Iván nunca había pronunciado una palabra.
    Bajaron por la ladera de la montaña, hacia el pueblo donde habían aparcado el coche. El grupo había dejado de caminar con extremada lentitud y, seguramente siguiendo las instrucciones del hombre que permanecía sentado en la piedra, se habían estirado boca arriba sobre unas esterillas. Eran hombres y mujeres de diferentes edades y vestidos con ropa deportiva. Iván le tocó a María el hombro, con excesiva fuerza, y le preguntó con gestos impacientes quienes eran. María le contestó que no lo sabía. Pregúntaselo, le ordenó Iván, señalando al hombre sentado en la roca.
    Pero el guía, o lo que fuera, un hombre casi calvo, de unos sesenta años, delgado y alto, sentado con las piernas cruzadas encima de la piedra, miró fijamente a María cuando ella se acercaba y se puso el dedo índice entre los labios para advertirle que no hablara. Con un gesto le indicó que siguiera su camino. A su alrededor, todos permanecían tendidos sobre sus esterillas, con los ojos cerrados y casi inmóviles. Solo se movían sus pechos, inspirando y expirando profundamente.
    Iván no atendió a razones, le daba igual que el hombre les hubiera pedido silencio y le recordó insistentemente a María que tenía que preguntarle qué hacían. Intentó explicarle como pudo que debían ser un grupo de yoga, de mindfullness, de budistas, lo que fuera, que estaban de retiro en el campo y quizá se pasaban uno o varios días meditando en completo silencio. Debían de respetarlo.
    Pero Iván no la creyó. ¿Por qué alguien que pudiera hablar se quedaría en silencio todo un día, varios días? Le hizo gestos ostensibles preguntándole si le tomaba el pelo y con rabia hizo un gesto obsceno para insultarla. A veces María no entendía por qué algunas cosas le ponían tan nervioso, quizá tenía que ver con el inicio de la adolescencia. Habían dejado atrás el grupo solo por unos metros, caminando sin dejar de gesticular, cuando Iván se negó a continuar andando, se giró y exigió que volvieran para preguntarle al hombre. Continuaba golpeándola en el hombro, cada vez más irritado, señalándose la sien para indicarle que estaba loca, reprochándole no cumplir su palabra, cada vez más desbordado. María notó que se le estaba acabando la paciencia y estaba a punto de explotar.
    Y entonces, lo primero que vio fue la mano posándose en el hombro de Iván. Una mano que parecía absorber su rabia con una calidez prodigiosa. Y después la cara de la mujer, que tenía una expresión triste pero luminosa. Abrazó a Iván con mucha lentitud, se apretó a su pecho, durante un tiempo se quedó así, acariciándole la nuca, y lo apaciguó. Después cogió su mano y la puso en la mejilla de su madre. Iván se dejaba llevar, dócil y sosegado. Le cogió una mano a María y la puso sobre el pecho de su hijo. Y así continuó, abrazando y manipulando a Iván y a María como si fueran dos muñecos, calmándolos sin decir ni una sola palabra.
    Mientras, el resto del grupo se había incorporado y los miraban, de pie o sentados en sus esterillas, y el guía se acercaba con el ceño fruncido y a grandes pasos a su desobediente alumna, como con un áurea de un rojo intenso revoloteando alrededor de su cabeza.

    • Natàlia Jaurrieta

      EL ROC FORADAT

      L’Albert era un home brúixola i sempre sabia cap a on es dirigia, però aquell dia gris i ennuvolat de començaments de març, per primer cop a la seva vida, s’hauria volgut perdre.
      La Marta, en canvi, no sempre volia saber el rumb que prenia, ni la seva destinació, però aquell dia fred de març, on la llum del sol era tènue, rere
      uns núvols que amenaçaven amb pluja, sabia perfectament on anava.
      Així doncs, una línea invisible va fer que les seves passes convergissin en aquell punt determinat del camí.

      Dos dies abans, van arribar a la casa familiar de la Marta, on a la parella li agradava molt anar-hi. Es tractava d’una masia de pedra de gairebé tres cents anys, semi restaurada, a les afores de Prats de Lluçanès. La casa havia passat de generació en generació i les seves parets embolcallaven els secrets de totes les ànimes que s’hi havien allotjat.

      L’Albert treballava de professor d’història a un Institut de Barcelona, on encara que no tenía la plaça fixa, hi portava uns anys. Li agradava molt llegir i també fer senderisme i pujar alguns caps de setmana a la masia el carregava d’oxigen, la vida a Barcelona cada cop se li feia més estressant. A més, aquells racons del Lluçanès estaven carregats d’història i de llegendes i això li semblava pintoresc i atractiu.

      La Marta era propietària d’un herbolari al barri- Sant Andreu-, i li anava força bé, podía permetre’s tenir una dependenta a mitja jornada. Tenien una filla de quatre anys, la Lali, una nena bonica, riallera i entremaliada, la nineta dels ulls que tots els pares i mares del món desitgen. Les seves vides eren plàcides, sense cap problema econòmic, ni de salut, ni professional i se sentien afortunats.

      Però darrerament la Marta estava estranya i taciturna, alguna cosa li rondava pel cap. Havia començat a fer preguntes a la seva mare sobre el seu passat familiar, i potser s’estava obsessionant una mica massa amb aquest tema.
      – Ostres Marta, estàs fent una autèntic arbre genealògic de debò- va dir l’Albert en veure una sèrie de gargots i noms en un DIN-A3 a la taula d’una habitació de la masia que havien arreglat com a despatx- biblioteca.
      -Si m’hi poso ho haig de fer bé- va respondre la Marta capficada.
      s’havia quedat encallada en la seva besàvia, perquè hi havia molt poca informació al respecte.
      A la nit, quan la Lali ja estava dormida i ells estaven sols a la sala menjador, l’Albert va aprofitar per sincerar-se amb la Marta.
      Et passa alguna cosa, Marta? – li va deixar anar, anant al gra.
      – Què vols dir?- va dir la la Marta amb to de voler tirar pilotes fora.
      .- Ho dic per les darreres setmanes.
      – No t’entenc.
      – Marta, estàs de mal humor, sembles neguitosa, si hi alguna cosa que et preocupa i no ho comparteixes amb mi, no puc ajudar-te.
      -No em passa res,de debò, simplement estic cansada-, va dir forçant un somriure.
      -Està molt bé que t’interessis per la història d’aquests indrets- la va animar l’Albert, conciliador-, trobo que l’Ajuntament ha fet molt bé en promocionar i recuperar la memòria de totes les dones que van ser cremades acusades d’heretgia.

      El Lluçanès era un territori on existien moltes llegendes al voltant de la bruixeria, barreja de realitat i de fantasia. Totes aquelles històries havien anat integrant-se en l’imaginari col lectiu, en unes contrades on hi havia molts indrets i camins que fins fa pocs anys eren força inaccessibles. Ara, en canvi, tots aquells llocs s’havien convertit en un atractiu turístic, s’havia recuperat la història, existia un centre d’interpretació de la bruixeria, rutes de senderisme… i fins i tot una fira de les bruixes!

      Se’n van anar a dormir i l’Albert va començar a petonejar i acariciar la Marta, la desitjava, però un cop més ella el va rebutjar dient que tenia molta son.
      La nit va ser freda i va haver-hi tempesta. Es podien sentir els cops produïts pel vent en els finestrals de fusta del dormitori i tronava amb intensitat. L’endemà al matí el costat del llit de la Marta era buit. L’habitació de la Lali també era buida. A l’Albert li va donar un volt el cor. Va anar a l’habitació biblioteca i allà tampoc no hi havia ningú. Sobre la taula hi havia el llibre que la Marta estava llegint: Les bruixes del Lluçanès. També el full amb l’arbre genealògic ple de gargots. En el lloc que devia ocupar la besàvia, hi havia el nom de la Napa.

      L’Albert va sortir esperitat a la recerca de la seva família i la va trobar. La Marta estava dreta sobre el roc foradat, i a baix, formant un cercle, hi havia ’altres cinc dones. També hi havia la Lali.
      La Marta va pronunciar les paraules que semblaven haver estat esperant el seu torn, des de feia anys i es va trencar el silenci d’aquella roca, dels camins i dels boscos. Es va sentir un eco que retornava les paraules de la Marta, enterbolint l’aire d’un auguri lúgubre. L’Albert volia ser cec i mut, tenia por d’allò que esdevindria…
      Però va saber què fer. Va anar cap a la Lali, li va agafar la mà i van córrer sense mirar enrere.

      Ara, anys després, la masia continua a la venda i les seves parets encara guarden estranys secrets.

  2. Raquel Cortés

    Dejo aquí mi ida de olla. 🙂

    El Templo del Tiempo.
    Desde la ladera de la montaña puedes ver el gran reloj que está delante del templo. Sí, ese gran círculo de hermanos que hay en la árida explanada frente a las puertas.
    Parece que todo vuelve a la normalidad después del caos que se ha creado esta mañana. Si quieres saberlo, es habitual que haya algo de desconcierto cuando alguno de los minutos o alguna de las horas muere, pero lo de hoy ha sido un suceso excepcional. Nuestro segundero ha fallecido de repente. No ha aguantado ni un solo día. Debía estar débil antes de iniciar el trabajo.
    Claro está que el hermano Segundero suele ser el primero en tener que ser sustituido. Rodar y rodar por el suelo hasta morir agotado, desollándose con cada segundo marcado, requiere mucha fortaleza, además de concentración para no perder el ritmo. Pero además, hoy, se han ido junto a él, al Valle del Olvido, el hermano Séptimo Minuto de la Décima Hora, el hermano Segundo Minuto de la Quinta Hora y, para colmo de males, al poco rato, también ha caído el Pilar. Sí, el hermano del centro del reloj. Y, como comprenderás, quienes debían sustituirles estaban en sus quehaceres diarios, por lo que hemos perdido un tiempo precioso en buscarlos. El reloj ha estado parado un buen rato.
    Sí, si perdemos el tiempo, lo perdemos todo. Debes saber que, en el Templo del Tiempo, vivimos por y para que el Gran Reloj esté siempre vivo y siga marcando la inexorable marcha hacia la nada.
    Entonces, ¿estás decidido formar parte de nuestra congregación?
    Amigo, si quieres unirte a nosotros, debes dejar aquí todas tus pertenencias y olvidarte de quien eres, porque una vez estés en frente del Gran Reloj, serás solo suyo.

  3. José

    Empezar de cero.
    Hacía ya bastante rato que no había vuelto a ver ninguna de aquellas señales. La última, hacía ya más de media hora, justo antes de abandonar la carretera principal. Ahora, ni siquiera sabría como regresar al lugar donde había dejado el coche.
    La senda era cada vez más escarpada y angosta. Una profunda brecha se retorcía justo en medio del camino y me obligaba en muchas ocasiones a dar zancadas de izquierda a derecha para poder avanzar, y con cada impulso pequeñas piedras corrían ladera abajo. Un conjunto de ortigas me castigaron piernas y brazos y en el horizonte más inmediato lo único que conseguía ver eran arbustos y más arbustos. Casi había perdido la esperanza cuando conseguí intuir una de aquellas señales, muy borrosa, dibujada en la superficie de una gran piedra —una hoja de color verde rodeada de un círculo rojo— acompañada de una flecha que indicaba que debía seguir con la ascensión.
    Poco más de quince minutos después, los matorrales dieron paso a un pequeño descampado donde había un grupo de más de treinta personas vestidas de la misma manera, con rostros muy relajados, ropa muy holgada y de color gris claro. Todos estaban sentados en el suelo y formaban un gran círculo alrededor de alguien que hablaba erguido sobre una gran piedra.
    Me acerqué poco a poco, no quería interrumpir. Pero a pesar de mi cautela, el orador, un treinteañero que recogía su cabello negro mediante una coleta y espesa barba, se quedó en silencio y se giró hacia mí. Todos me miraron.
    —¿Eres Samuel? —me preguntó.
    Asentí con la cabeza.
    —Bienvenido, Samuel, te esperábamos. Por favor, únete a nosotros.
    De repente, todos los oyentes se levantaron con una enorme sonrisa. Uno a uno me abrazaron y me pidieron que les acompañará.
    Me situé en un espacio que habían dejado para mí, dejé mi mochila y me senté como lo hacía el resto del grupo, en posición de loto.
    —Gracias hermano Samuel por honorarios con tu presencia. Supongo que has cumplido con lo que se te pedía ¿verdad?
    Dije que sí.
    —No te arrepentirás —me dijo mediante un susurro la chica que tenía a mi lado. Luego sonrió complacida y un poco ruborizada.
    Lo que quedaba de charla fue muy breve. Luego meditamos. Yo no lo había hecho nunca por lo que me limité a cerrar los ojos y a guardar silencio. Tras lo cual, el hermano Ismael, dio por finalizada la sesión y nos condujo a lo que, de ahora en adelante sería mi hogar.

  4. Irina

    El Círculo

    “—Solo va a ser una excursión —decía…”— jadeando, aguantándome entre las rocas como un pulpo, me rayaba la cabeza, esforzándome a contener mi cólera en los confines de mi mente revuelta, mientras estaba buscando un movimiento oportuno para desplazar alguna de mis extremidades para poder subir. Por lo menos un milímetro. Algo.

    Todo era en vano. Parecía que estaba en una posición idónea, en plena harmonía con los pedruscos contra que empujaba todos mis miembros sin poder moverme. El hecho de que mis músculos estaban al límite del esfuerzo, y necesitaba desplazarme desesperadamente en alguna dirección, pero preferentemente hacia arriba, a las rocas no les importaba, obviamente, ni un pepino. Han permanecido allí, tan tranquilas, millones de años sin mí, y seguirán con su tranquilidad inamovible e implacable, caiga yo o no.

    –¿Estás bien? —Hugo, el culpable de mi condición penosa, me seguía a distancia corta y no daba ninguna señal de agotamiento. ¿A lo mejor, para él, de verdad, era simplemente una excursión? “Respira, respira” —intentaba calmarme, ahuyentando de mi mente las imágenes de nuestros cuerpos rodando entre las rocas como una bola de nieve—. “Primero hay que subir, luego le mato.” Y con este pensamiento tan alentador concentré toda mi voluntad en movilizar la pizca de las fuerzas que me quedaba para el último empujón.

    Mientras estaba recuperando mi aliento, estirada sobre una roca más o menos llana, ignorando las piedrecitas y otras imperfecciones que se clavaban en mi carne ya que en comparación con el calvario anterior eran unas meras incomodidades, Hugo no tardó en alcanzarme.

    Le miré con resentimiento: no aparentaba cansado ni en lo más mínimo. El campeón múltiple de la Legión, qué le iba a hacer…
    —¡Una excursión? ¡¿Una excursión?! —hice yo un intento de manifestar mi indignación aun sabiendo que era inútil. Cualquier enfado con Hugo era inútil. Con su sonrisa de la marca me recriminó:
    —¡Qué floja eres! —pero viendo la furia en mis ojos, rápidamente y con una expresión de inocencia irreprochable se estiró a mi lado.

    Le era fácil, con su cuerpo perfecto y entrenado, con sus medallas e insignias, con sus títulos ganados y defendidos una y otra vez. Hugo era perfecto. Tan perfecto que las chicas de la Hermandad no cansaban de preguntarme por qué aún no le había llevado delante del centurión para declarar nuestros votos. Yo también cada vez me preguntaba lo mismo. Y ni mirando a los ojos de una Madre Vigilante habría sido capaz de encontrar una respuesta aparte…

    Los “apartes” había dos. El primero era la inexplicable sensación de que no era una decisión correcta ni para mí, ni para él. Nunca me habría atrevido a confesar tal cosa a nadie, porque iba contra La Razón e Lógica, pero solo imaginar pasarme la vida al lado de Hugo –Hugo perfecto, el favorito de toda la Legión y Hermandad— se me encogía el estómago.

    El segundo “aparte” ni me aventuraba admitir ni a mí misma. Porque rechazar a Hugo por un rostro visto en los sueños… Todas locuras tenían sus límites, incluso las mías. O, por lo menos, deberían…

    Me salvaba que Hugo se comportaba como un legionario ejemplar. Me dejaba espacio. No insistía en nada. Y hasta entonces yo había logrado a esquivar con bastante éxito los momentos peligrosos que rozaban a lo sentimental. “Por favor, por favor, que no me haya traído aquí con fines románticos”.

    —Bueno, y ¿qué hacemos aquí entonces? —intenté mantener el tono de la camaradería a lo máximo posible— ¿Qué hay aquí que ha valido la pena de toda esta subida y mi sufrimiento?

    Hugo estaba tan contento que parecía a un gato después de comer un bote entero de nata.

    —Mira detrás de ti —dijo con su famosa sonrisa que todos sus rivales intentaban practicar delante de los espejos. Sin resultados, claro.

    Me daba pereza. Me dolía todo el cuerpo, y lo único que me apetecía era seguir tumbada, mirando como se movía con los corrientes del aire el tejido de la tiniebla. Pero me esforcé (es que no sabía decir que no; bueno, nadie decía que no a Hugo, había que admitirlo). Levanté sobre los codos y me giré.

    —¡No puede ser!

    Allí estaban Ellos. Los Trece. La Leyenda. Los dioses olvidados de La Brecha.

    Estaba sobre mis pies en nada, todas mis aflicciones olvidadas. Mi anhelo era acercarme a las estatuas, poder tocarlas. Entrar dentro del círculo. Sentir el misterio. Pero al mismo tiempo alguna pared invisible me separaba de la reliquia, no me dejaba moverme.

    Los Doce estaban en círculo, con sus poses de sosiego, y los ojos cerrados. La última estatua estaba en el centro, subida sobre una piedra, que a lo mejor originalmente era un pedestal, pero en millones de años ha perdido su forma. Su figura elevada estaba girada hacia nosotros. Me estaba mirando. Directamente a mí.

    Frío. Qué frío de repente se hizo el aire. ¿O solamente me empezaba a darme cuenta ahora? Este rostro de piedra, que en las épocas remotas tenía que inducir al trance a los devotos de sus Dioses… Hacer sentir miedo, o exaltación, o lo que sea que experimentaban los antepasados en presencia de sus supuestos creadores… Esta cara era La Cara. La de mis sueños.

    Y entonces El Decimotercero me guiñó.

  5. Sergio Alonso

    Canta Narayama

    Amaba la montaña, pero odiaba a los excursionistas. Por ese motivo, siempre hacía sus ascensos solo y por los vericuetos más recónditos. No soportaba la torpeza de los pasos de la mayoría de excursionistas, el sudor de sus frentes perladas, los colores fosforescentes de sus atuendos, el nudo mal hecho en los cordones de sus botas recién estrenadas… Pero, sobre todo, lo que más detestaba era la predisposición que tenían a vanagloriarse por estar en la cima de un trozo de piedra. Porque él sabía que, para esa gente, la montaña era simplemente eso: un trozo de piedra. Pero no para él.

    La montaña siempre había sido el lugar en que más cómodo se había sentido. El frío, el entumecimiento muscular, el peso de la mochila en los hombros, el vaho y la soledad. Esa mezcla de sensaciones eran las únicas que le hacían sentir en un hogar.
    Aquel día decidió subir el monte Narayama. Era una excursión difícil, reservada a unos pocos expertos en la materia. Pocos intentaban subirla en grupo; nadie lo intentaba solo. Pero él lo hizo: pasó por acantilados prácticamente infranqueables, pequeños valles infestados de maleza y alimañas carnívoras, cordilleras escarpadas y demás obstáculos hasta que, prácticamente al llegar a la cima, divisó un grupo de personas en torno a un guía.

    Al principio no podía dar crédito a lo que estaba viendo: toda esa gente allí sentada, rodeando a una figura que estaba de pie, con actitud taimada. Ninguno llevaba encima mochilas, chaquetas, cantimploras o nada por el estilo, sencillamente vestían un pantalón largo y una camiseta de manga corta; pero cada uno de un color distinto.
    Él odiaba a los excursionistas, pero la curiosidad le obligó a acercarse. Sentía una pulsión irrefrenable que arrastraba su cuerpo hacia el eje de aquel grupo, hacia ese guía silente y misterioso.
    Conforme se acercaba, percibía con mayor nitidez un sonido que no podía identificar. Era como un bramido, aullidos sincronizados y armónicos. Cuando estuvo lo bastante cerca, pudo observar que el sonido emanaba del grupo. Todos los que estaban sentados en el suelo movían la cabeza ligeramente de lado a lado y articulaban esa suerte de zumbidos guturales.

    El guía se mantenía impertérrito. Él no alcanzaba a ver sus ojos, pero notaba una mirada perdida en ellos. Solo con mirar a aquella figura, toda su energía y vitalidad desaparecían. Le pesaban los brazos, se le cansaban las piernas, notaba su corazón ralentizando su ritmo. Sin embargo, no podía huir, necesitaba acercarse a aquel grupo.
    Estaba apenas a unos pocos metros cuando el guía levantó la cabeza. Su nariz y sus pómulos eran un amasijo de sabañones rojizos con pequeñas pústulas. Sus labios estaban completamente cortados, como alcanzados por la metralla de una granada. Era imberbe y no tenía cabello ni pelo en las cejas, y en las cuencas de sus ojos solo había oscuridad. Pero pese a no tener globos oculares, podía notarse el frío aterrador de su mirada vacía y precisa.

    Todos dejaron de cantar y se giraron hacia donde miraba el guía, hacia él. Entonces miró a los asistentes con más detalle. Pudo reconocer a más de uno, pero no sabía ubicarles en sus recuerdos, no sabía cómo podían resultarle tan familiares sin recordar nada de ellos.
    En un momento, el guía inclinó ligeramente la cabeza y levantó su mano derecha, muy despacio. Tenía dos dedos, anular e índice, y ambos en un estado deplorable. Le hizo un gesto con ellos para que se acercara y él no pudo resistirse. Encontró un pequeño hueco en el círculo y se sentó allí.

    Una vez sentado, todos volvieron a sus cánticos. Podía sentir la intensa vibración del mugido coral en cada esquina de su cuerpo. En un momento, sus articulaciones empezaron a tensarse y estirarse, sus músculos temblaban, su espalda se arqueaba, sus hombros crujían, su cuello se estiraba, su caja torácica se expandía. Su cuerpo se estaba preparando para emitir esos sonidos diabólicos.

    Cuando las convulsiones cejaron, por fin reconoció a una de las personas del grupo. Después de esa, fue fácil ubicar a todas las demás: eran famosos escaladores que, años atrás, habían muerto intentando escalar el Narayama. Recordaba sus caras de los noticieros, los periódicos o los artículos que había leído sobre la montaña.
    Su primera reacción fue de miedo y estupor, pero pronto empezó a comprender. Agachó la mirada y vio que únicamente llevaba una camiseta y unos pantalones largos, su mochila no colgaba de sus hombros, su brazo derecho acababa en el codo y también le faltaba el pie izquierdo.

    —¿Cuándo ha sido? —dijo fingiendo calma y aterrado por la posible reacción del guía, pero siendo incapaz de reprimir la pregunta.

    Todos dejaron de cantar de nuevo y el guía volvió a mirarle con sus ojos vacíos y terribles. Levantó su dedo índice y poco a poco lo acercó a sus labios estallados, pidiendo silencio. Todos volvieron a cantar, con los ojos cerrados, cada vez más alto.

    Cuando quiso darse cuenta, él también cantaba.

  6. Angel Julián Álvarez

    Me llamo Angel, mi madre me lo puso, no se porque razón, mi padre quería que llamará Miguel, como sel mismo, como su padre, como el padre de su padre, como mi tío, como mis primos, incluso a una tía abuela que no conocí, que se llamaba Miguelina, como era la tradición. Pero mi madre se «emperró» que Miguel, no, en ningún caso, fue de las pocas discusiones que le ganó. Mi padre, Miguel, era autoritario alcohólico y violento. Le gustaba darnos buenas palizas, a mi madre y a mi, por puro placer, incumbe un odio profundo por todo el mundo y por el, en especial. Le odio y miedo, a la vez. Mi madre era aficionada a lo esotérico, decía que tiraba las cartas, pero no tenía ni puta idea, y con poco de psicología se aprovechaba de los incautos, gente que necesita consuelo y esperanza, básicamente. Mi padre le gustaba pegarme y no necesitaba una razón, con el cinturón, con un palo que tenía para este propósito y con las manos, era su manera de calmar los nervios, en vez de tomarse un orfidal, que dice que no se fiaba, que eso era química, el muy cabron.
    Bebía, fumaba y se iba de putas, como si no hubiera un mañana, cuando tenía 70 años, le diagnosticaron EPOC, tenía taponados los pulmones, de tanto fumar y se estaba asfixiando poco a poco, está ingresado en Bellvitge.
    Mi madre me dijo que lo fuera a visitar, que todavía no había ido, le dije que ese cabron, no le iba a hacer ese favor.
    -Igual es la última vez que lo ves
    Me quedé pensando un instante
    -Si tienes razón.
    Cuando abrí la puerta de la habitación, vi un hombre devastado, una caricatura de lo que había sido, muy flaco y muy blaco
    -Hola, padre, como está?
    -Ah, hola Angel, pensaba que no vendrías nunca
    -Y eso porque, padre?
    -Los doa sabemos por qué, siéntate aquí al lado que quiero hablar contigo
    Se aclaro la voz y parecía que se le humedecieron los ojos
    -Yo se que no he sido un padre, de hecho, he sido muy mal padre, lo siento mucho, es culpa mía, no estaba bien y tu no tienes culpa, y te quiero pedir perdón de corazón, por todo el mal que te he causado, ¿Me perdonas?
    Me quedé un instante, mirándole a los ojos, una lagrima furtiva recorría su mejilla, me quedé po3un segundo extasiado con el azul de sus ojos, que nunca apreciado.
    -Claro que le perdono, padre
    -Gracias, hijo, no sabes lo importante que es para mí en estos momentos.
    -Deje que le ponga bien la almohada, para que esté más cómodo.
    Coji la almohada y se la puse en la cara, no puso mucha resistencia y en poco tiempo dejó de respirar, puse la almohada en su sitio y salí al pasillo, simulando que estaba alterado llamando a la enfermera.
    Luego me fui a emborracharme, para celebrarlo, y cuando volví a mi casa, me encontré un coche de policía en la puerta. Me entró el pánico, pensé que me habían cazado y fui con la moto cerca de la montaña del Tibidabo, la tiraría por un barranco, el móvil tambien e iría campo a través.
    Era ya de noche, subía por la ladera, cerca de la carretera de les Aigues, vi como una luces de velas, había un grupo de gente, como orando, en una lengua que no conocía.
    Me acerque no se porque, quizás por esa curiosidad que mata a los gatos y me hice notar con un hola, el círculo que formaban se abrió, había uno subido en un piedrasco y a sus pies un hombre muerto con una herida llena de sangre en la barriga.
    -Que ha pasado?
    -Te llamas Angel?me dijo el hombre del peñasco
    -Si, como lo sabes?
    -Te estábamos esperando
    Y me apunto con un revolver, directamente y me disparo directamente en la barriga, escuche la detonación, casi me revienta el tímpano, note un quemazon en la barriga y un sabor de pólvora en la boca, me paso toda la vida por delante.
    De repente, no tenía miedo, como si lo viera todo claro, por primera vez en la vida y… no pasó nada, sorprendente ente no estaba muerto y me sentía más más vivo que nunca, uno dijo es el elegido y todos se postraron ante mí.
    Han pasado 10 años, y ahora veo que todo tenía sentido, que las cosas pasan por alguna cosa y que tenía una misión en la Tierra.
    Hoy estoy eufórico, es el día más feliz de mi vida
    Hoy he ganado las elecciones de mi país con mayoría absoluta, ah, y no me llamó Miguel porque este expulsó a Lucifer del cielo

  7. Julian Mut

    Llevaban varias horas de marcha subiendo por la ladera del monte Izagasti. De improviso las piedras sobre las que andaba se deslizaron y cayó por la pendiente. En cuanto se detuvo pensó que, por la forma en que el suelo se había desprendido, sus compañeros no deberían haber caído. Se levantó, los buscó con la mirada y los llamó aunque no consiguió localizarlos. Dio unos pasos tratando de no alejarse del lugar sabiendo que sus compañeros no tardarían en dar con él y a una veintena de metros vió a un gran grupo de personas que observaba a otra que se alzaba por encima de sus cabezas. El excursionista avanzó unos pasos hacia ellos y alzó la voz para hacerse notar.

    –¿¡Hola!? –dijo titubeando.

    El grupo de personas giró la cabeza hacia él manteniéndose compacto y en silencio. El excursionista se extrañó que pudieran estar allí ya que llevaba desde el alba caminando y sabía que el sitio habitado más cercano se encontraba muy alejado.

    –¿Se han perdido? –volvió a dirigirse al grupo que seguía mirándolo tercamente sin moverse–. Yo les puedo ayudar a salir de aquí–. Se ofreció el excursionista ya que estaba seguro que sus compañeros no tardarían en llegar a por él.

    Se fijó mejor en el grupo y cada vez entendía menos lo que estaba pasando. Eran hombres y mujeres de todas las edades, pero su ropa no se correspondía con excursionistas, pero por alguna razón no se sentía intimidado por ellos. Sacudió la cabeza varias veces cerrando los ojos como si quisiera quitar de su mente un pensamiento ridículo y cuando volvió a mirar al grupo, se había movido abriéndose como un abanico dejando en medio a la persona que seguía erguida sobre una roca.

    –Buenos días–. El que parecía el guía empezó a hablar con un tono tranquilo. –El que está perdido eres tú.

    El excursionista frunció el ceño y achinó los ojos sin entender lo que estaba pasando y al observar con detenimiento al grupo vió que sus caras expresaban bondad, paz y tranquilidad.

    –Nosotros te mostraremos el camino –siguió hablando el guía.

    El excursionista se fue acercando al grupo y vio en el guía una gran sonrisa que invitaba a la serenidad. Respiró hondo y se dio cuenta que él mismo estaba muy calmado.

    En cuanto llegó junto al grupo, reconoció primero a un antiguo amigo de la infancia que había tenido un accidente de tráfico cuando tenían 10 años y observando al grupo se dio cuenta que los conocía a todos, a su padre, sus abuelos y sus amigos que habían muerto. Luchó una fracción de segundo por la incongruencia de lo que estaba viendo, pero le invadía un gran bienestar y una gran felicidad que lo mantenía inmóvil como si fuera un poderoso imán y una sonrisa se dibujó en su boca.

    Se empezó a formar una ligera llovizna que iba del grupo hacia arriba y se dio cuenta que el grupo empezaba a difuminarse. Se miró las manos y vio que la llovizna también se formaba sobre su piel, haciendo que los contornos fueran menos nítidos, aunque la felicidad que le había invadido hacía unos instantes seguía intacta. Se dio cuenta que no eran solo sus manos, sus recuerdos también se iban vaciando y a pesar de eso sentía una gran alegría. El último recuerdo que salió de él fueron los de su mujer y su hijo y sonrió dulcemente dejándose ir tranquilamente sabiendo que volvería a verlos.

  8. Yamir Ramírez

    El guía

    En la oficina de mi padre había un cuadro inmenso de un excursionista que va por el monte y se encuentra a un grupo de personas en círculo, en medio, subido en una roca, otra persona les mostraba el camino.

    Mi padre era guía de turismo, el cuadro tenía una nota al pie: “Todos necesitan un guía en la vida”. Ese era su credo y su religión, él era de ir a misa todos los domingos, de pedir consejo hasta para ir al baño, devoto del proverbio que dice: “en la multitud de consejos está la sabiduría”.

    Yo soy ateo de nacimiento, me gusta andar solo y sin mapa, me perdí mil veces en la puna y dos mil veces me encontré, perderse en estas alturas no es broma, cada tanto un turista descarriado es encontrado seco como charqui.

    Pero un día me extravié al otro lado del mundo, perdí mi trabajo, ella me dejo, me botaron de la habitación que rentaba. No sabía dónde ir, volver a encontrar trabajo quizá fue lo más fue fácil, luego de dormir unos días en la calle, pero descubrir que estaba perdido hace mucho tiempo incluso antes de cruzar el charco fue todo un descubrimiento, quizá mi padre tenía razón, todos necesitamos un guía, pero el primer paso para ser guiado es interiorizar que estamos completamente perdidos.

    Si quieres que te cuente este cuento nos vemos en la siguiente hoja.

  9. Silencio

    Parece silencio, pero no lo es. Dejo atrás la cacofonía insoportable, motores de coche, bocinas y sirenas. Gritos de la gente, chillidos insoportables de niños. La ola atronadora del metro llegando, tan potente que atraviesa los cascos con los que intento, en vano, protegerme. No es silencio, pero lo parece. Hago una inspiración fuerte y escucho. El susurro del viento, el enjambre de zumbidos. Los cortejos dulces de las aves.
    Hoy algo desentona. Un canturreo rítmico que nunca ha estado aquí. Es, claramente, un coro armonioso y repetitivo, tranquilizador, que no desentona con el entorno. Me voy acercando, curioso, al origen. Los veo desde la distancia. Una figura de pelo largo, alta y delgada, con una túnica blanca. Desde la distancia no puedo distinguir si es un hombre o una mujer. A su alrededor un grupo de unas veinte personas sentadas en la postura del loto. Con los ojos cerrados y una sonrisa apacible en la cara. Abren sus bocas con una extraña sintonía y de sus gargantas surge un canto que parece decir mi nombre. Pero no puede ser. Me invade una paz que me nace de dentro y siento unas ganas incontenibles de acercarme al círculo y sentarme con ellos. Pero puede mi timidez, mi miedo a que me miren mal, a desentonar, ser un cuerpo ajeno a esa maravillosa armonía. Tras unos minutos me retiro con esfuerzo poco a poco mientras me invade una extraña tristeza.
    Normalmente el lunes lo enfrento con entereza después de mi fin de semana de silencio. Pero hoy todavía me acompañan los cánticos como esas canciones pegadizas que no te puedes quitar de la cabeza. Esta mañana me he levantado con la sensación de haber soñado algo importante pero sin poder recordar qué. Por mucho que me esfuerzo no consigo traer a mi cabeza ni siquiera una imagen. Necesito una dosis doble de café para enfrentarme a la lista interminable de formularios que tengo que diseñar hoy. Estoy en una una multinacional con más de dos mil empleados, pero trabajo desde casa y ni siquiera tengo un jefe, tan solo un sistema informático que me va proporcionando tareas que envío con un simple click. Si hay algo mal me vuelven a aparecer con unas breves indicaciones y cada día puedo consultar la puntuación de mi eficacia. Si es superior al 80%, todo bien. Si me acerco al 100% (es complicado, pero posible) obtengo un bono a final de mes. Todo automatizado, sin intervención humana, claro, óptimo y sin errores.
    Apenas quedo con mis amigos. Nos limitamos a darnos like en instagram, hacer algún comentario y compartir memes en el grupo de whatsapp. Quedar toda la cuadrilla es imposible. Hay hijos, parejas celosas, triunfadores que siempre están de viaje y concretar una fecha es completamente imposible. Quizás por eso quería unirme al coro de la montaña, por esta capa de soledad que me asfixia sin darme cuenta. Pero hice bien, seguramente eran una secta o algo peor, y si no lo eran peor, me hubieran increpado y hubiera sido peor el remedio que la enfermedad.
    A mediados de semana me sigo despertando con inquietud. Me da la impresión de que me han transmitido un mensaje en sueños, pero no sé cual. La melodía de aquel canto ya se ha borrado de mi memoria. Hago la compra de la semana. Antes aún intercambiaba alguna palabra con quien sea que estuviera en la caja. Pero ahora paso por el autocobro, es más cómodo y hay menos cola. Una interacción menos. No hablo con nadie. Solo de vez en cuando con Ramón, el mendigo del barrio, que está siempre alcoholizado, gritando muchas veces mientras camina por la calle. No pide limosna, te la exige, y yo siempre tengo un euro suelto en el bolsillo para que el trámite sea rápido. Una vez me abrazó y casi me desmayo por el olor de su aliento. Como no está en un puesto fijo siempre ando con miedo de que me aparezca por sorpresa detrás de una esquina. Aunque ahora, quizás, no me importaría darle un abrazo.
    El viernes por la noche no sueño nada, o eso creo. Preparo la mochila con nerviosismo. Hoy no solo subiré a la montaña huyendo del ruido. Tengo la secreta esperanza de volver a encontrarme al grupo del fin de semana pasado. Esta vez he decidido que, pase lo que pase, me uniré al círculo. Por lo menos lo intentaré, no pasa nada si me rechazan, tengo la confianza de que no lo harán. ¿Será eso lo que he soñado noche tras noche? En el silencio que no es solo escucho los sonidos de siempre. No hay ninguna melodía repetitiva. Me dirijo al lugar donde los vi la otra vez. Pero no solo no hay nadie, sino que el paisaje parece diferente. No hay un claro con una roca en medio, es una ladera salpicada de arbustos. Lo primero que pienso es que me he equivocado de sitio, pero siempre he tenido muy buena orientación. Por si acaso recorro toda la zona, pero no sirve de nada. No encuentro ni el claro ni el coro. Regreso antes de que se haga de noche.
    El domingo lo vuelvo a intentar, hago una búsqueda exhaustiva, peino la montaña pero no hay ningún sitio parecido a mi recuerdo. Tengo miedo de haberlo soñado pero no, lo tengo claro en mi mente. El fracaso me deja un poso de melancolía. Al volver me encuentro con Ramon; no me pide limosna.

  10. Toni Duque

    MONTE DEL JUICIO

    Tenía que pasar….Era imposible que no estuvieran de acuerdo, que no se hubieran repartido la montaña, dónde dormir, dónde copular, dónde cocinar, comer, cagar, dónde esconder lo que subían de la ciudad y dónde tenían sus talleres, que todo aquello que preparaban no se hacía sin una organización .
    Que sitio había. Nadie salvo los últimos turistas subían ya a Montjuïch. Cuándo éstos se iban , bastante antes de la caída de la noche, sólo merodeaban por allí, ¿ cómo lo decías ? : » gente rara » . Sí , yo te decía , sí, cómo yo , estoy mimetizado , no hay de qué preocuparse.

    Y no me preocupé. Seguí con mis paseos rutinarios, plaza Europa en invierno, Satàlia en primavera, Miramar en verano , Sant Jordi en otoño, siempre calculando la hora del atardecer, despidiendo al sol sin hacer caso al crujir de la maquinaria y al batir de los tambores, al rumor constante de la conspiración.

    Hasta hoy. Los vi en círculo, bajando del Castillo, bajo el graznido oxidado del cable del funicular , que hacía años que nadie usaba.

    (Al principio pensé que los grafiteros habían pintado de colores el monumento a la Sardana , pero no, era gente, inmóvil, tomándose las manos y sosteniéndolas en alto )

    La curiosidad pudo con la prevención . ¿ No pasaba yo por uno de ellos, por los habitantes de la montaña, la población deambulante , expulsada de la ciudad ? Sin volverse, alzaron sus manos para que pasara por debajo. Así dejaron ver , en el centro del círculo, una forma sobre la que me miraba, fijamente , un jorobado.

    Sonrió , y sin dejar de mirarme, señaló el contorno de su trono y de su chepa :Reconocí en ambas el perfil de la montaña.

    Me acercó una piedra con un balanceo de jugador de petanca y me indicó que cerrara el círculo con mis compañeros , cada uno agarrando su arma con la ayuda del que tenía al lado . Entonces se alzó sobre la roca y girando sobre ella declaró : » Os recuerdo las instrucciones : Hay que refundar la ciudad. Primero lapidaremos a los de abajo , nivelaremos las tierras húmedas y colmaremos la herida de las canteras. Y sobre ellas levantaremos la nueva ciudad. Ahora, podéis descansar «.

    Nos sentamos y dejamos cada uno nuestra piedra delante. Supuse que esperaríamos los siguientes pasos de alguien que se extraviara y diera con nosotros. Yo había tenido suerte, pero pronto no haría falta más gente rara para empezar a construir la nueva normalidad.

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